Reencarnado como un Príncipe Imperial - Capítulo 6
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6: Primeras decisiones 6: Primeras decisiones La guerra en el Lejano Oriente comenzó cuando el Imperio Ruteniano quiso expandir su influencia sobre el Reino de Choson y, casualmente, el Imperio Yamato también.
La guerra llevaba casi un año causando estragos, y aunque ambos bandos sufrían pérdidas, el que estaba siendo duramente castigado era el Imperio Ruteniano.
Según los recuerdos de Alexander, la razón por la que el Imperio Ruteniano estaba perdiendo contra el Imperio Yamato se debía a dos cosas.
La primera era que el Imperio Ruteniano subestimaba al Imperio Yamato por su ubicación; creían que eran unos incivilizados, brutos y bárbaros que no sabían nada y temían a Occidente.
El Imperio Ruteniano juzgó mal la situación, pensando que nunca se atreverían a enfrentarlos.
No se los tomaron en serio.
La segunda era el poderío militar del Imperio Yamato.
El Imperio Yamato era una enorme potencia industrial y militar, mientras que el territorio oriental del Imperio de Ruthenia estaba lejos de ser moderno.
La guerra comenzó cuando el Imperio Yamato torpedeó los acorazados rutenianos atracados en el Puerto de Busan sin una declaración de guerra.
Aunque sí que hubo una, llegó demasiado tarde.
El padre de Alexander le declaró la guerra al Imperio Yamato y el conflicto ha continuado hasta hoy.
—La guerra va mal para nosotros, Su Majestad.
Han tomado el Puerto de Busan y han hecho añicos nuestra Flota del Pacífico.
El Cuerpo del Ejército Siberiano se ha visto obligado a retirarse…
—Hmph —resopló Sergei, interrumpiendo la conversación—.
En cuanto la Flota del Báltico llegue al Pacífico, la guerra se inclinará a nuestro favor —dijo con confianza.
—Su Majestad, continuar con esta guerra tendrá un coste muy alto para nuestro país.
La economía se está debilitando y el pueblo se queja de la subida de impuestos y del racionamiento de alimentos.
Tenemos que poner fin a esta guerra.
—¡Alexei!
—la voz de Sergei restalló como un látigo—.
¡¿Es que no tienes vergüenza?!
¿Por qué intentas hacernos quedar como si estuviéramos derrotados, eh?
¿Como si no tuviéramos ninguna posibilidad de ganar contra esos monos?
—Es una guerra sin esperanza, Primer Ministro —dijo Alexei, manteniéndose firme, impávido ante el bramido de Sergei—.
Es difícil de admitir, pero no podemos ganar contra el Imperio Yamato.
Nos superan en todos los aspectos: militar, potencia de fuego, tecnología, personal y logística.
Sergei dirigió la mirada hacia Alexander, que escuchaba la acalorada discusión.
—Su Majestad, lo único que necesitamos es paciencia.
En el momento en que nuestros barcos lleguen al Imperio Yamato, los diezmarán igual que ellos hicieron con los nuestros.
—Su Majestad, el pueblo está desesperado por una vida mejor.
No necesita una guerra —intentó convencerlo Alexei.
—Eso es exactamente lo que necesitan —replicó Sergei—.
No deje que el pueblo le pase por encima, Su Majestad.
Los dos ministros intercambiaron una mirada fulminante.
Mientras tanto, Alexander reflexionaba profundamente sobre el asunto en cuestión.
«¿Así que la situación es tan mala, eh?».
Aunque todavía no había sido coronado formalmente, ya era el jefe de Estado.
Y pensar que en su primer día tendría que tomar decisiones tan difíciles.
Sopesó los pros y los contras.
Dado que el Imperio de Ruthenia estaba en declive, ganar esta guerra sin duda aumentaría la confianza del pueblo en el gobierno, pero si fracasaban, podría poner en peligro el dominio de los Romanoff.
No solo eso, la Flota del Báltico era el pilar del poder de Ruthenia en Europa.
Si perdían esa flota, su estatus entre las grandes naciones del mundo se derrumbaría.
Alexander sabía todo eso gracias a que su padre lo obligaba a asistir a las lecciones con el tutor real.
Tenía dos problemas entre manos: la inminente protesta y la guerra que iba fatal para ellos,
Era una decisión difícil de tomar.
Alexander respiró hondo antes de tomar una decisión.
—¿Señor Alexei, si mi padre envió la Flota del Báltico al Pacífico, dónde se encuentra ahora?
—Según el último informe del almirante de la Flota del Báltico, se encuentran en el Océano Índico.
—Así que ya han llegado tan lejos, ¿eh?
—dijo Alexander, pasándose la lengua por el interior de la mejilla—.
Si, y solo si, nuestra Flota del Báltico llega, ¿qué posibilidades tenemos de ganar la guerra?
—No estamos seguros, Su Majestad —respondió Alexei con inseguridad.
—Entonces, ¿no confía en que vayamos a ganar la guerra aunque nuestra flota más poderosa llegue allí?
¿Es eso lo que está diciendo?
Alexei asintió mientras unas gotas de sudor le perlaban la nuca.
—Me temo que sí.
—Señor Vladimir, ¿cuál es su opinión sobre este asunto?
—Estoy completamente de acuerdo con el ministro de guerra, Su Majestad.
Esta guerra está pasando factura a nuestra economía.
Las huelgas, las protestas, los disturbios civiles…
La respuesta de Alexei y Vladimir le valió una mirada de desaprobación de Sergei.
—Entonces, he tomado una decisión.
Vamos a poner fin a esta guerra.
—¡¿Su Majestad?!
—fue Sergei el primero en hablar—.
¡¿Está seguro?!
Podríamos fácilmente…
Alexander hizo un gesto con la mano para silenciarlo.
—Ya he oído bastante.
Si es una lucha que no podemos ganar, es mejor no librarla.
No quiero enviar a más soldados rutenianos a la muerte.
Pero poner fin a esta guerra significa que tendremos que hacer algunas concesiones, ¿verdad, Primer Ministro?
—Sí…
—¿Cuáles cree que serán sus exigencias?
—Bueno, nos pedirán que retiremos nuestras tropas del Reino de Choson, exigirán reparaciones de guerra, concesiones territoriales, reconocimiento…
—la voz de Sergei se fue apagando—.
El pueblo no aceptará esta derrota, Su Majestad.
Alexander se puso de pie y lo miró con frialdad.
—Mi responsabilidad es lidiar con el pueblo, no la suya, Primer Ministro.
Así que contacte con nuestra embajada en el Imperio Yamato para concertar las negociaciones.
Usted se encargará de tratar con ellos, así que asegúrese de que nuestras pérdidas se reduzcan al mínimo.
¿Entendido, Primer Ministro?
Sergei tragó saliva, intimidado por la mirada de Alexander.
Asintió rápidamente.
—Muy bien —dijo Alexander, y su mirada se desvió hacia Alexei—.
Ordene la retirada de la Flota del Báltico.
—Sí, Su Majestad.
—Bien, pasemos al siguiente tema de discusión.
La reunión se prolongó durante más de tres horas, en las que pusieron al día a Alexander sobre la situación del país durante su ausencia.
—Eso es todo por hoy.
Los veré mañana.
Los ministros se inclinaron ante él antes de abandonar el despacho.
Al ver que se habían ido, Alexander estiró los brazos, que tenía doloridos de estar tanto tiempo sentado.
Unos golpes en la puerta hicieron que Alexander se girara bruscamente.
Una voz encantadora sonó mientras la puerta se abría.
—Querido hermano, ¿has terminado ya la reunión con tus ministros?
Era Christina.
—Sí, acabo de terminar —respondió Alexander mientras se estiraba el cuello—.
No esperaba que durara tanto, me duele el cuello.
—¿Ah, sí?
—dijo Christina mientras revoloteaba por la habitación, y su vestido veraniego y su pelo plateado danzaban a su alrededor.
En cuanto llegó, se ofreció: —¿Quieres que te dé un masaje?
Alexander sonrió.
—Claro —dijo, y se quitó la chaqueta para sentarse frente a su escritorio.
—Bien, entonces cierra los ojos.
Alexander obedeció, y las cálidas manos de su hermana recorrieron sus hombros.
—¿Qué tal ha ido?
—Justo como me lo esperaba —respondió Alexander, reclinándose en la silla—.
Tuve una pequeña discusión con Sergei.
Sigue siendo el mismo viejo gruñón, amargado y egocéntrico de siempre.
Christina rio tontamente.
—De eso no tengo ninguna duda.
¿Dijo algo que te molestara?
—Sí, quería que continuara la guerra contra Yamato —respondió Alexander con pereza.
—No me sorprende que dijera eso.
Y, ¿cuál fue tu decisión?
—Consideré la opinión del ministro de guerra y del de finanzas, y decidí poner fin a la guerra con Yamato.
Las negociaciones probablemente tarden un mes.
Por dentro, a Alexander le costaba mucho actuar como el Alexander que todos conocían.
En su vida pasada, había sido silencioso, severo y calculador, pero para no levantar sospechas, necesitaba ser como el hermano que ella recordaba.
—Ya veo, ha sido una buena decisión, querido hermano.
Yo también he notado los efectos de la guerra en nuestro país.
Si hubiera sido nuestro padre, estoy segura de que se habría puesto del lado de Sergei.
Oí que envió toda nuestra Flota del Báltico al Pacífico.
—No hablemos de eso ahora.
—Vale, vale —rio Christina entre dientes.
—Tengo buenas noticias.
Le he ordenado al ministro de comercio e industria que haga un pedido del equipo, los productos químicos y las bacterias…
—¿Bacterias?
¿Qué vas a hacer con bacterias?
—¿Tú qué crees?
—dijo Alexander con cara de palo—.
Voy a crear una cura a partir de bacterias.
Igual que la penicilina se extrajo de un moho.
—¿Cómo?
—Aunque te lo explicara no lo entenderías, pero para simplificar, podemos extraer la cura del proceso de fermentación.
Es mucho más complicado que cómo se creó la penicilina.
Cultivaremos una bacteria llamada Streptomyces griseus, la fermentaremos y la extraeremos.
Es más fácil decirlo que hacerlo.
—Suenas muy seguro, hermano…
No sabía que tuvieras tanto talento en el campo de la medicina —dijo Christina mientras le masajeaba las sienes.
Bueno, no es como si pudiera responder que era de otro mundo y una persona diferente a Alexander, alguien con un doctorado en Ingeniería Biomédica que justificaba sus conocimientos.
—Lo leí en los libros —dijo Alexander con sencillez.
—¿Ah, sí?
Entonces es bueno que tengamos tantos libros por aquí —bromeó Christina.
—Es verdad.
Es algo bueno —respondió Alexander con aire ausente.
Actuar como un hermano era agotador.
Ni siquiera sabía si lo estaba haciendo bien.
¿Así es como interactúan los hermanos?
¿Con una conversación cálida?
—¿Seguimos mañana?
Todavía tengo trabajo que ponerme al día.
—Claro.
—Gracias por el masaje, ha sido muy reconfortante.
—Puede que no sea de mucha ayuda, querido hermano, pero si necesitas un masaje, solo tienes que llamarme.
—Lo tendré en cuenta.
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