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Reencarnado como un Príncipe Imperial - Capítulo 61

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61: Te tendré como mi cena 61: Te tendré como mi cena De vuelta en el palacio de invierno, Sofía estaba tumbada en la cama, leyendo novelas románticas con las mejillas sonrojadas y una sonrisa tonta en la cara.

Estaba en un estado de euforia y se sentía bien estar así de despreocupada por una vez.

Habían pasado cuatro meses desde que ella y Alexander se comprometieron y las cosas iban bastante bien, pero había un problema…

Bueno, no.

En realidad, puede que hubiera un problema.

Los pensamientos de Sofía se desvanecieron al recordar el momento en que pensó que no estaba a la altura de ser su mujer.

Después de todo, no tenía experiencias románticas por lo protegida que había sido siempre.

Pero hubo una vez en la que tomó las riendas del asunto haciendo lo que hacen las parejas: el amor.

Sin embargo, después de un acto tan eufórico, seguía sin sentirse feliz o plena, porque en el fondo, todavía dudaba de si era digna de ser su esposa.

Alexander es un esclavo de sus deberes y responsabilidades, y hay veces en que ni siquiera tienen la oportunidad de hablar.

Ella siempre quiso saber si él la amaba de verdad; si lo que habían vivido o se habían prometido era real y no solo una farsa como ella creía, a pesar de las garantías de Alexander.

Por mucho que quisiera averiguarlo, Sofía no podía simplemente irrumpir en su despacho y hacerle preguntas tontas.

Alexander es el futuro emperador del Imperio de Ruthenia.

Aunque no ha sido coronado formalmente, Alexander es el jefe de Estado, y trabaja sin descanso para revitalizar el imperio.

Por eso estaba leyendo una novela romántica, con la esperanza de encontrar tácticas que la ayudaran a hacer que un hombre se sintiera amado por su mujer sin tener que recurrir a actos carnales.

¡Y, por todos los cielos, encontró una escena en el libro que podía hacer que a cualquier hombre le diera un vuelco el corazón!

Tras leer, memorizar y estudiar las acciones de la heroína principal durante un par de páginas, Sofía se detuvo a medias al oír una voz que venía de fuera de su habitación.

De inmediato, volvió a guardar el libro bajo la almohada antes de levantarse y dirigirse hacia la puerta.

Al abrir la puerta, Sofía vio a Christina, que le sonreía adorablemente.

—Sofía…, mi hermano acaba de volver de su viaje.

Ya le he pedido al cocinero que prepare su aperitivo y bebida favoritos.

Así que, sea cual sea el plan que acabas de urdir, ¡esta es tu oportunidad perfecta!

El rostro de Sofía se iluminó de alegría, le agarró la mano y se la llevó a los labios.

Su expresión era tan pura mientras miraba a su querida cuñada.

—¡Sabía que podía contar contigo…, Christie!

—Bueno…, yo también quiero que mi hermano se sienta a gusto.

Ha estado trabajando demasiado.

Se merece que lo mimen —dijo Christina mientras le devolvía la sonrisa a Sofía.

—No te preocupes, Christie…

Haré todo lo que pueda para ayudarlo a relajarse y desconectar —aseguró Sofía.

…

Sofía caminaba con cuidado por el pasillo dorado, con una bandeja de comida en las manos.

Se había asegurado de arreglarse bien ese día; llevaba uno de sus vestidos de seda blancos que le llegaba por encima de la rodilla y que resaltaba sus esbeltas piernas.

Eso era algo que había aprendido tras leer la novela romántica.

Finalmente, llegó a la puerta del despacho de Alexander y la abrió con suavidad.

Se asomó para mirar dentro antes de entrar.

Como de costumbre, lo primero que vio fue una montaña de papeleo.

En medio de la montaña de papeles, que parecía que iba a derrumbarse en cualquier momento, estaba Alexander, hablando por teléfono con alguien.

Podía oír su voz desde la puerta.

—Sí, rey Licht, este es un momento histórico…

Nuestra delegación comercial está deseando reunirse con usted en Viena para discutir formas de mejorar nuestras relaciones bilaterales…

Ajá…

Todos lo esperamos, señor.

De acuerdo, gracias.

Alexander colgó el teléfono y suspiró mientras observaba la pila de papeles con ojos somnolientos.

Iba a ser mucho trabajo, pero, no obstante, prosiguió.

Justo fuera de su despacho estaba Sofía, que empezó a replantearse su plan.

Quizá no era un buen momento para entrometerse.

—Quizá la próxima vez…, supongo —dijo Sofía con aire sombrío.

Pero justo cuando había decidido abandonar su plan, de repente oyó que la llamaban por su nombre.

—¿Sofía…, eres tú?

—dijo Alexander, que se había percatado de su presencia en la puerta ligeramente entreabierta mientras intentaba ordenar unos documentos.

—¡Hola, Alex!

Vine a traerte la cena…

—respondió Sofía con una risa nerviosa, mientras entraba en su habitación con la bandeja de comida.

Alexander miró la bandeja y su rostro se iluminó al instante.

—¿De verdad?

Gracias…

La verdad es que me vendría bien.

Déjalo sobre esa mesa.

Alexander señaló el escritorio.

En cuanto Sofía dejó la bandeja, Alexander agarró inmediatamente una galleta y se metió la mitad en la boca.

—¡Está riquísima!

—exclamó, feliz.

Sofía sonrió ante su respuesta.

—De nada.

—Sofía soltó una risita.

Luego, la habitación se quedó en silencio…

o, mejor dicho, se hizo un silencio incómodo.

Alexander volvió a su trabajo, absorto en lo que fuera que estuviese escribiendo.

Parecía que intentaba terminar cuanto antes.

—Ehm…

¿notas algo diferente en mí?

—dijo Sofía, jugueteando con un mechón de su larga melena dorada entre los dedos.

Alexander levantó la cabeza de golpe y se fijó en su atuendo: un vestido de seda blanco bastante ceñido que acentuaba sus curvas y le llegaba justo por encima de las rodillas.

El vestido era sin mangas y el bajo apenas le cubría las piernas.

Su maquillaje era mínimo, pero aun así se veía elegante.

Sí…

se veía maravillosa con ese vestido…

Por desgracia, él tenía mucho trabajo que hacer.

—Es bonito…

—comentó Alexander simplemente, y volvió a su trabajo.

No era la respuesta que Sofía esperaba, pero no importaba.

Esta era solo la primera fase.

—Ehm…

¿te importa si me quedo en tu despacho un ratito?

—preguntó Sofía.

—¿Estás segura?…

Podrías aburrirte viéndome trabajar…

—No pasa nada…

De todos modos, es la razón por la que he venido —dijo Sofía en voz baja.

—Bueno…

como quieras —respondió Alexander con indiferencia.

Sofía asintió agradecida antes de sentarse cómodamente en una de las sillas de cuero.

Un minuto después, llamó a Alexander.

—Parecen muchos papeles en los que trabajar…

¿por qué no te tomas un pequeño descanso?

No deberías exigirte tanto —sugirió Sofía.

Si Alexander aceptaba su sugerencia, seguro que tendría la oportunidad de mimarlo.

Sin embargo…

—Lo siento…, pero esto no puede esperar —dijo Alexander.

—¿Eh?

¿En qué estás trabajando, si se puede saber…?

—tartamudeó Sofía, tímida.

—Bueno…

tengo que revisar el proyecto de ley de gastos militares y las iniciativas de política nacional y exterior.

Además, he reorganizado las Fuerzas Armadas Ruthenianas, así que tendré que redactar nuevas normas de entrenamiento para una máxima eficiencia, y por si fuera poco, examinar a cientos de posibles candidatos judiciales para que el Tribunal Supremo se ocupe de los casos sin resolver del registro actual.

Sin un tribunal que adjudique las nuevas leyes del Imperio, somos un gobierno fallido…

Sofía se quedó boquiabierta al escuchar la explicación de Alexander.

Peor aún, no entendía ni la mitad de lo que estaba diciendo.

Aun así…

¡Alex es increíble!

Es brillante y tiene muchos conocimientos.

Sin embargo…, un pequeño descanso no haría daño, ¿verdad?

Bueno, no importaba, aún podía mimarlo mientras él trabajaba.

Sofía se acercó por detrás de él y empezó a juguetear con su pelo, acariciándolo suavemente.

—¿Qué haces, Sofía?

—preguntó Alexander.

—No me hagas caso…

tú céntrate en tu trabajo —dijo Sofía.

Le dio un golpecito en el hombro derecho a Alexander, haciendo que él mirara a su derecha, solo para no ver nada.

—Je, je, je…

—sonrió Sofía; estaba al otro lado.

Alexander suspiró.

—Sofía…

estoy en medio de algo…

deja de molestarme.

—…

—Sofía hizo un puchero y decidió tomar una medida bastante más atrevida.

—Ngh…

De repente, Sofía se sentó en su regazo.

—Sofía…, ¿qué estás…?

—No me hagas caso…

—susurró Sofía mientras acurrucaba su nariz contra el cuello de Alexander.

—No puedo trabajar así…

Alexander le pasó un brazo por debajo de los hombros y las rodillas y la levantó en brazos como a una princesa.

Pero a Sofía no pareció importarle.

Al contrario, rodeó con fuerza el cuello de Alexander con sus brazos mientras él la llevaba al otro lado de la habitación.

Apretó el rostro contra la curva de su cuello, inhalando su aroma.

Luego se echó hacia atrás y sonrió, mirándolo con adoración.

—…

Hueles bien…

—dijo Sofía en voz baja.

Pero…

Alexander ignoró sus dulces palabras, la depositó en un sofá y volvió a su escritorio.

—Mira, Sofía, no sé si entiendes mi situación.

Ahora mismo estoy en medio de mi trabajo.

Si vuelves a molestarme…

te ignoraré.

—Sus palabras fueron como una daga en su corazón.

Sofía hizo un puchero.

¿Cómo podía decir cosas tan crueles cuando ella no había hecho nada para provocarlo?

La estaba tratando como una molestia.

Por supuesto, Sofía sabía que su trabajo era importante y precisamente por eso intentaba ayudarlo a relajarse.

Bueno…

si ese era el caso…

ya no había vuelta atrás.

Iba a hacerlo.

Sofía se levantó, caminó de nuevo hacia él y lo abrazó por la espalda.

Y entonces, le plantó un suave beso en la mejilla.

Tal y como Alexander le había dicho antes, iba a ignorarla, y así lo hizo.

Como resultado, Sofía terminó viéndolo trabajar hasta que acabó.

Una hora después.

—¡Uf!

Ya he terminado…

Ahora estoy listo, Sofía —anunció Alexander, estirando los brazos.

—No…

¡Yo soy la que ha terminado!

—Sofía apartó la mirada de él al oír sus palabras.

—¿Eh?

—dijo Alexander, confundido—.

¿Por qué?

—Porque…

—masculló Sofía con amargura—, es obvio que me odias.

No quiero molestarte más.

—¿Eh?

¿Crees que puedes salirte con la tuya molestando a alguien mientras trabaja y luego simplemente ignorarlo cuando ha terminado?

Sofía se sobresaltó al notar que Alexander estaba de pie detrás de ella.

Alexander la empujó sobre el sofá y se sentó a horcajadas sobre ella, atrapándola entre él y el respaldo mientras seguía mirándola fijamente; su rostro estaba tan cerca que Sofía podía sentir su cálido aliento rozando sus mejillas.

—No dejaré que te vayas sin castigo…

Sé la razón por la que has venido…

Vestida con ese atuendo, es obvio que ambos sabemos adónde va a parar esto…

—murmuró Alexander seductoramente mientras sus labios se acercaban a los de ella.

—…

Ngh…

¿qué estás…

diciendo…

Alex?

—rio Sofía nerviosamente.

—No me hagas decirlo…

sabes lo que es…

De hecho, te lo estás imaginando ahora mismo —respondió Alexander en tono burlón—.

Tú serás mi cena.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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