Reencarnado Con Un Sistema de Invocación - Capítulo 647
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Capítulo 647: 647
Los Cultivadores que sobrevolaban la zona se recuperaron primero, debido a su inmenso poder, y aterrizaron en círculo alrededor del Señor de la Ciudad y la estatua con las armas en la mano, listos para defender el área de cualquier tipo de amenaza.
—Relájense, viejos amigos. Este extraño hombre acaba de hacer una estatua de la profecía para la ciudad. La activé para ver si era auténtica, y la luz que vieron fue la amenaza de un ataque de un Señor Demonio en algún momento de mi vida —explicó el Señor de la Ciudad a los Cultivadores del Reino Divino reunidos.
—¿Una verdadera estatua de la profecía? ¿Podemos probar? —preguntó al Señor el hombre más fuerte de entre los recién llegados.
—Adelante. Ha accedido a vendérsela a la ciudad, aunque todavía no hemos acordado un precio —asintió él.
Caín pensó por un momento y se dio cuenta de que su misión aún no había terminado, así que estos hombres podrían serle muy útiles hoy. Solo tenía que pasar un día sin una Guerra de Gremios.
En retrospectiva, habría sido mejor afirmar que estaba entrenando en reclusión y simplemente pasar el día sin hacer nada, pero a Caín no se le había ocurrido esa opción hasta ahora.
—Lo único que pido es que de verdad la coloquen en un lugar accesible y la pongan a disposición del público en general. A todo el que quiera ponerse a prueba se le debería dar la oportunidad —recomendó Caín.
Las miradas exultantes y codiciosas en los rostros de los Líderes de Secta decían que esa era la decisión correcta. Si estaba en público, podrían apostar reclutadores cerca por si alguien mostraba potencial para cambiar el mundo. Quienquiera que acogiera y entrenara a una persona así tendría muchas posibilidades de alcanzar nuevas cotas por asociación.
—Puedo estar de acuerdo con eso. Yo mismo no soy un Líder de Secta. Por eso me toca a mí dirigir la ciudad. Pero estas son las Seis Divinidades cuyas Sectas tienen sus recintos dentro del propio valle —explicó el Señor de la Ciudad.
Realmente se iban a forrar esta vez. Eran locales, así que les resultaba fácil arrebatar los nuevos talentos en el momento en que se revelaban, negándoselos a las Sectas más lentas.
Uno de los Semidioses miraba la estatua con curiosidad, luego sacó una hoja de piedra sin filo y extendió la empuñadura hacia la estatua.
Superando las expectativas de todos, la estatua extendió la mano y le quitó la espada, hizo una floritura brusca y luego giró la hoja hacia abajo para perforar la piedra bajo los pies del Serafín.
Caín pudo sentir diversión por parte de la estatua y sospechó que con su creación había atraído la atención de un Serafín real, pero la sensación se desvaneció rápidamente y todos los ojos se volvieron hacia el Semidiós que le había dado una espada.
—Es un tesoro que usamos para medir la aptitud. Funciona de forma similar, brillando cuando se le introduce poder. Me preguntaba si habría resonancia, pero nunca esperé que la Estatua de Runas me lo arrebatara —masculló el hombre.
—Regla número uno al tratar con los Serafines. Nunca les des un arma que necesites de vuelta. Puede que sean justos, pero les encanta el combate —respondió Caín.
Todos los Cultivadores Divinos asintieron, pues conocían al menos un poco la naturaleza de los Serafines tras vidas tan largas.
—Ahora es multiusos —señaló Luna, sonriendo con suficiencia a la estatua.
El Señor de la Ciudad se giró para dirigirse a ella. —¿Entonces por qué no vas tú ahora, pequeña? ¿Podemos ver cómo reacciona con otra persona?
Luna se levantó alegremente y corrió hacia la estatua, estirándose para tocar la hoja en las manos del Serafín.
La hoja se iluminó desde la empuñadura hacia abajo, bañando toda la hoja de un rojo brillante, mientras que las alas del Serafín brillaban con una tenue luz blanca, y los ojos de la estatua refulgían con una feroz luz negra que parecía atenuarlo todo excepto a la propia estatua.
El efecto general era inquietante, e incluso los Semidioses parecían confundidos.
—La hoja dice que tiene el potencial para convertirse fácilmente en una Divinidad, y las alas dicen que tiene una ligera posibilidad de hacer una contribución memorable a la historia, pero ¿qué pasa con esos ojos? —preguntó el Señor de la Ciudad.
—¿Podría ser porque soy una Sacerdotisa del Dios de la Guerra? —preguntó Luna, sacando la corona creada por su habilidad y colocándosela orgullosamente en la cabeza.
—Podría ser eso. Las Runas solo especifican la profecía y el destino, no indicadores específicos para ellos —convino uno de los Semidioses, acariciándose la barba mientras pensaba.
—Tú, seas quien seas. Ven y prueba esta estatua —exigió el Señor de la Ciudad al hombre que originalmente había solicitado la creación de tal objeto.
—Sí, su santidad —respondió él y de inmediato colocó una mano sobre la estatua, sin canalizar ninguna energía, para ver si podía engañarla.
La estatua extrajo una oleada de energía de él, y la hoja se iluminó con una luz azul en toda su longitud, un poco menos brillante que cuando lo intentó Luna, y la mitad de la uña del dedo corazón de la mano izquierda empezó a brillar.
—Buen potencial. No hay razón para que no puedas alcanzar las últimas etapas del Rango Inmortal. Sin embargo, parece que tus posibilidades de ser el protagonista de futuras leyendas son un tanto pésimas —le informó el Señor de la Ciudad.
El hombre estaba a punto de sugerir que Caín le estaba tomando el pelo, ya que estaba seguro de que la estatua acababa de hacerle una peineta, pero bajo la atención de los Semidioses, no tuvo más remedio que morderse la lengua.
Un portal se abrió en el aire, y uno de los Líderes de Secta sacó de su interior a un niño de unos cinco años.
—Ragnar, ponte a prueba en la estatua —le exigió al niño sobresaltado, que todavía tenía comida alrededor de la boca, pues lo habían sacado de su merienda sin previo aviso.
Tocó la estatua y empezó a palidecer mientras esta extraía energía de él. Aún no era capaz de usar su energía externamente, así que la estatua lo hizo por él, iluminando plumas dispersas en las alas y una delgada línea de luz roja en una espada que brillaba mayormente en azul.
—¿Una pequeña posibilidad de alcanzar la Divinidad, y algunas posibilidades aleatorias de tener un impacto notable en el futuro? Eso es exactamente lo que dijo el Oráculo cuando fuiste a visitarlo, ¿no es así? —preguntó el Señor de la Ciudad.
—Casi con esas mismas palabras. Vuelve con tu madre y sigue cultivando, muchacho. Con esas palabras, el niño volvió a desaparecer, y la multitud empezó a mirar la estatua con renovado interés.
No era fácil conseguir una audiencia con los Oráculos, y estaban muy ocupados, pero la estatua no tenía otras cosas que hacer. Podías verla en cualquier momento.
Sin embargo, ninguno de ellos se hacía ilusiones de que fuera a ser una tarea fácil en un futuro próximo. La estatua había conmocionado a la multitud y, una vez que el Señor de la Ciudad la exhibiera, tendría que vigilarla para evitar que la muchedumbre de Cultivadores que deseaban saber si podían ser el Protagonista de los libros de historia la invadiera.
—Me pregunto qué dirá de ti… —le preguntó el Señor de la Ciudad a Caín.
—¿Quién sabe? Yo solo paso mis días buscando conocimiento. Los que aplican el conocimiento son los que tienen más probabilidades de ser recordados por la historia —se encogió de hombros Caín.
—Ven a probar tu creación. Sospecho que tendrá algo interesante que decir —le informó uno de los Semidioses, y estaba claro que no era una sugerencia.
Caín suspiró y se puso de pie, preguntándose si este era el fin de sus esperanzas de completar la misión de un día sin una Guerra de Sectas.
Caín colocó la mano sobre la estatua, y la hoja se iluminó con una penetrante Luz Dorada, provocando suspiros de asombro en toda la multitud. Entonces, la propia estatua se iluminó, y el ruido se hizo aún más fuerte.
—¿Por los siete cielos, qué es eso? ¿La ha roto por ser el creador? —preguntó uno de los espectadores.
Los Semidioses que estaban detrás de la estatua, protegidos de la luz de la espada, se giraron para examinar a Caín, claramente intrigados por él. Caín tuvo que esperar a que la luz de la espada se desvaneciera para ver qué había atraído su interés, pero cuando lo hizo, lo único que pudo hacer fue reír.
Toda la estatua estaba iluminada, principalmente con la plata pálida de los Serafines Antiguos, pero con todas las plumas de diferentes colores, dando la apariencia de un proyecto de Arte Moderno. Pero el rasgo más llamativo era el pelo, que brillaba con colores imposibles, unos que el ojo humano no debería poder percibir. Algunos ni siquiera eran visibles para Caín, aunque podía sentir que brillaban, y solo carecía de la capacidad para percibirlos adecuadamente.
—¿Una certeza casi absoluta de convertirse en un Dios Mayor, con una pequeña posibilidad de hacer algo? ¿Es eso lo que la estatua intenta decirnos? ¿Carece de la habilidad de interpretar el potencial de aquellos que tienen el poder de moldear mundos a su antojo? —preguntó el Señor de la Ciudad.
—Lo más probable. Yo no tengo esa habilidad, y no sé cómo explicarla adecuadamente, así que es probable que mi creación tenga la misma dificultad —ofreció Caín.
Los Semidioses se miraron unos a otros, deliberando en silencio, y luego asintieron. —Solo podemos hacer lo que podemos hacer. Incluso los Oráculos solo pueden ver una parte del futuro.
Antes de que pudieran decir algo más, un adolescente con túnicas azules y vaporosas salió corriendo de entre la multitud, extendiendo la mano hacia la estatua. Todos eran lo suficientemente rápidos como para haberlo detenido, pero de todos modos le dejaron intentarlo, no queriendo hacer añicos sus sueños por si resultaba ser alguien como Caín, que tenía un potencial infinito.
—¡Seré el Héroe más grande de la Historia! —declaró el joven Cultivador con condescendencia.
La mitad central de la hoja se iluminó con una etérea luz gris, y unas cuantas docenas de plumas se volvieron negras con un suave resplandor.
—Potencial de Rango Espiritual medio con una ligera posibilidad de hacer algo tan despreciable que le lleve a la notoriedad mundial —informó uno de los Semidioses al chico, cuya mirada orgullosa se había transformado en horror antes de salir disparado de la zona, presa del pánico.
—El destino es en verdad una espada de doble filo —rió entre dientes una discreta Semidiós de largo cabello dorado mientras el chico se alejaba llorando.
—Quizás pruebe con mi propia discípula. Se le han subido un poco los humos para su propio bien.
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