Reencarnado con un sistema de sorteo afortunado - Capítulo 435
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Capítulo 435: Advertencia final
El jefe final estaba acribillado de agujeros, su forma sombría rezumaba esencia oscura como tinta de un vial perforado.
Esta vulnerabilidad existía solo porque Aaron estaba jugueteando con él, alargando la pelea para su propio entretenimiento en medio de la penumbrosa y resonante arena.
Pero con la jefa muerta, su cuerpo inerte tendido en un charco de hielo derretido y sombras evanescentes, Aaron se dio cuenta de que era hora de ponerle fin al asunto.
Un sentimiento de finalidad se apoderó de él, agudizando su concentración como una hoja afilada a la perfección.
Con la Forja del Dragón de nuevo en su mano, sintiendo su peso familiar y reconfortante, Aaron lanzó un tajo cruzado en diagonal con sus armas.
Las hojas cortaron el aire en un arco grácil, dejando dos tajos profundos en el pecho del jefe que brillaron con energía residual.
El jefe gimió de dolor, un sonido gutural que resonó desde las profundidades de sus sombras retorcidas.
Intentó escapar de nuevo, y zarcillos de oscuridad se extendieron desesperadamente para arrastrarlo hacia el vacío.
Pero Aaron ya no pensaba darle la oportunidad; su expresión se endureció con determinación al anticipar el movimiento.
Con solo un pensamiento, la Esfera Negra se transformó en cadenas, y eslabones de metal forjado en el vacío se materializaron en un instante.
Se enrollaron con fuerza alrededor de las muñecas del jefe, enroscándose como serpientes y anulando cualquier posibilidad de escape, mientras las sombras se esforzaban inútilmente contra las ataduras inquebrantables.
De un rápido tirón, Aaron arrastró al jefe hacia él. Las cadenas traquetearon por la tensión mientras la criatura se deslizaba por el suelo lleno de marcas, con su resistencia desmoronándose ante la fuerza.
Y con su Excalibur lista, cuya hoja radiante zumbaba con una luz pura e implacable, le atravesó el pecho al jefe con la espada.
El tajo lo atravesó limpiamente y acabó con la vida del jefe en un estallido de sombras que se disiparon como el humo en el viento.
¡Bip!
Aaron oyó un timbre agudo, un sonido que perforó el aire como un repique digital, señalando que la segunda fase llegaba a su fin con la muerte del jefe.
La atmósfera de la arena cambió y la tensión se disipó a medida que la simulación llegaba a su fin.
Sus dos armas del ego revirtieron a sus formas esféricas originales, flotando brevemente antes de colocarse en su sitio con un suave resplandor.
La Esfera Blanca se transformó en una muñequera que se ajustó a la mano izquierda de Aaron con un clic impecable; su superficie, lisa y fría contra la piel, era como plata pulida infundida con luz estelar.
Y la Esfera Negra, haciendo lo mismo, se ajustó a su mano derecha: una banda a juego que pulsaba débilmente con una oscuridad interior, un peso reconfortante que prometía poder al alcance de su mano.
Una vez terminada la competición, Aaron salió del campo de batalla por su cuenta, y sus pasos resonaron suavemente en el terreno agrietado mientras dejaba atrás el caos.
—Bueno, la última fase no estuvo tan mal —dijo Aaron, arrogante como siempre, con un matiz de suficiencia en la voz.
Se dirigió una vez más hacia la zona VIP, la plataforma elevada con vistas a la arena que estaba bañada por suaves luces artificiales.
—Añadí el arma de ilusión a la mezcla por una razón.
Era para evitar que usaras tus armas originales —le dijo Loki a Aaron, con el rostro contraído en una mueca de falsa angustia y las cejas fruncidas con exagerada decepción.
—Bueno, solo luchaba contra ilusiones, no contra gente de verdad. Así que no tienes que preocuparte de que mate a nadie. Además, me gustan más las originales que tu imitación ilusoria —replicó Aaron con despreocupación, con un tono cargado de confianza y desdén mientras le restaba importancia al asunto.
—Claro. Por eso tuviste que destruir más constructos. Pero debo decir que tienes unas armas divinas muy peligrosas —masculló Loki, entrecerrando los ojos ligeramente con una admiración reticente, y sus palabras contenían un deje de cautela.
—Soy consciente. Bueno, supongo que esto se acabó, así que me retiro. Me voy a dormir un poco —masculló Aaron, bostezando con pereza y estirándose para remarcar su indiferencia.
Se marchó de la plataforma con paso decidido, con una postura relajada pero imponente.
—¿Quién te da derecho a marcharte? —le preguntó uno de los administradores a Aaron con frialdad, alzando la voz con un tono autoritario que cortó los murmullos de la multitud.
La postura del hombre era rígida, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Aaron se detuvo y se giró para encarar al administrador que se había atrevido a cuestionarlo; sus ojos místicos se clavaron en la figura con una intensidad que hizo que el aire pareciera más pesado.
—¿Cuál es tu motivo? —preguntó Aaron con frialdad. Sus palabras, cortantes y directas, tomaron por sorpresa al administrador y provocaron un atisbo de incertidumbre en su expresión.
—¿A qué te refieres? —replicó el administrador con brusquedad, atónito por la respuesta directa de Aaron. Su ceño se frunció aún más mientras intentaba recuperar la compostura.
—No te importan las formas. Ese no es tu motivo. Puedo ver la codicia emanando de ti como un tiburón hambriento —dijo Aaron con calma, mientras sus ojos místicos traspasaban la fachada para ver el remolino de emociones que emitía el administrador, un aura turbia de avaricia que contaminaba el aire a su alrededor.
—No sé de qué estás hablando —negó el administrador, y el ceño fruncido marcó arrugas más profundas en su rostro, con una negativa teñida de un matiz defensivo.
—¿De verdad quieres andarte con juegos conmigo? La última vez que te vi no tenías esa codicia. Oh, ya veo. Ahora todo tiene sentido —masculló Aaron, y una sonrisa de entendimiento se dibujó en su rostro cuando se dio cuenta, iluminando sus facciones con una astuta diversión.
—¿El qué tiene sentido? —preguntó Nick, incapaz de seguir la conversación entre Aaron y el administrador, con el ceño fruncido por la confusión mientras se inclinaba ligeramente.
—Mis armas han llamado tu atención y han encendido tu codicia. No solo la tuya, sino la de un montón de gente aquí. Bueno, consideradlo una advertencia final. Si queréis conservar la vida, haréis bien en no tocarme las narices, o podríais desear no haber nacido —advirtió Aaron con frialdad al administrador y a todos aquellos de quienes sintió la codicia.
Su voz tenía un matiz escalofriante, y la amenaza quedó suspendida en el aire como un nubarrón de tormenta, mientras su mirada recorría a las figuras allí reunidas.
Con el mensaje transmitido alto y claro, Aaron se marchó sin la menor preocupación, con paso ligero y sosegado, hasta que desapareció por los pasillos, dejando un tenso silencio a su paso.
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