Reencarnado En My Hero Academy Como Dos Shinobi De Rango S (Resubido) - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Cambios +18 Segunda Parte
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7: Cambios (+18) Segunda Parte 7: Cambios (+18) Segunda Parte La respiración de mi otra mitad era cálida y enviaba cosquillas por mi cuello.
Sus labios carnosos y encantadores entraron en contacto con mi piel.
Sus ojos cerrados por la vergüenza del acto que cometíamos y sus brazos rodeando mi cuello, confiándome su cuerpo, me llenaron de una excitación que ningún video pornográfico o Hentai me habían hecho sentir en mi vida pasada.
Mei había estado masturbándose durante tres noches seguidas, perturbando mi sueño y provocándome erecciones que no se detenían y casi eyaculaciones sin que tuviera que hacer algo.
Al principio no entendía.
¿Por qué rompió su propia regla?
A pesar de molestarla con el tema, siempre la traté con cuidado y comprensión, no porque fuera una chica o alguna tontería como esa.
Fue porque entendí desde el primer momento que el cambio abrupto la dejó confundida, asustada.
Le tomó años aceptarse realmente.
Le tomó años usar falda y ropa interior de mujer.
Le tomó años referirse a sí misma como “ella”.
Era mi otra mitad, era yo mismo.
Pude ponerme en sus zapatos mejor que cualquiera.
Durante la segunda noche de su masturbación constante, comprendí lo qué estaba pensando.
Mei estaba en una etapa en la que necesitaba aceptarse como mujer.
Necesitaba conciliar su mente con su cuerpo, pero no podía hacerlo sola.
¿Estaba yo dispuesto a ser tocado por un hombre?
Mierda que no.
Jamás.
Preferiría morir virgen.
Ese era el pensamiento de Mei y yo lo sabía, porque yo también soy ella.
Pero Mei tenía algo que ningún otro pobre diablo en el multiverso en su misma situación tenía: Me tenía a mi.
Yo noté la repulsión que sintió Mei ante las miradas de los chicos de la escuela, ante la mirada de los hombres en la calle.
Ella lo odiaba, más que ninguna otra feminista loca.
Pero mi mirada no le repelía.
Nunca le dio asco que la viera, ni que nos bañásemos juntos.
Ella dejó de hacer eso último por vergüenza, no rechazo.
Aún así, no hice nada la segunda noche.
Tenía que pensar bien las cosas y llegar a la conclusión a la que llegó mi otra mitad, pero que no comunicó.
¿Es esta falta de disposición a decir lo que piensa y enviar señales para mí un efecto de convertirse en mujer?
¿O está tan aterrorizada de admitir que sus impulsos femeninos le exigen que se acepte a sí misma y no puede expresarlo, ni siquiera a mi, que soy ella?
En cualquier caso, hoy tomé mi decisión en el momento en que ella llegó al clímax y me envió esa ola de sensaciones a través de nuestro vínculo.
Mei es una mujer, un hombre en mente, mi propia mente, pero un cuerpo que le exige cosas que van en contra de su naturaleza.
Mei no le dará jamás su cuerpo a otro hombre.
Pero yo no soy otro hombre.
Yo soy ella y ella soy yo.
-Yo tomaré la responsabilidad- declaré a mi otra mitad.
No había dudas en mi, ya no.
Mi otra mitad necesita ayuda antes de que este problema de identidad le joda la mente.
Y yo soy la solución.
Levanté su muslo y quité mis shorts, así como la ropa interior que intentaba contener mi miembro erecto.
Líquido preseminal manchaba mis prendas, pero no me importó.
Moví mi trozo de carne con cuidado, rozando intencionalmente la zona prohibida de mi otra mitad, haciendo que un estremecimiento la recorriera.
Finalmente, nuestros pubis se encontraron, mi pene en contacto con las puertas de Mei.
No hubo penetración.
No era lo que Mei deseaba ahora, no estaba lista para eso.
Bajé su pierna con cuidado, sus muslos presionándome y llenándome de estímulos, mientras los de Mei sólo amplificaban el efecto.
Y empecé a moverme.
Lento al principio, movimientos hacia atrás y adelante, el roce de nuestra carne aumentando nuestro placer.
Estábamos haciendo algo incorrecto, algo malo, pero eso nos estimuló aún más.
Esta era la manzana del Edén, y la estábamos tocando en desafío a un ser superior.
Mis caderas se movieron más rápido a medida que los jugos de Mei se derramaban, lubricando mi glande y facilitando mi accionar.
Pequeños gemidos se le escapaban de vez en cuando, sus brazos me apretaron más fuerte, sus ojos cerrados sin atreverse a mirarme.
-N-no está bien, Tetsu, ah ah, Tetsumaru, no está bien- incluso gimió a través de nuestro vínculo.
Aumenté mi ritmo, un sonido húmedo resonando en la habitación y mi pubis impactando su clítoris, haciéndola jadear, abrir los ojos y arquear la espalda.
Un chorro de líquido bañó mi pene y su propia corrida me hizo expulsar mi semilla, manchando el suelo y sus muslos.
Mei tembló, mis piernas casi flaquean por el placer.
Esta fue la eyaculación más salvaje que jamás haya tenido en mi vida.
La sensación de alcanzar el clímax multiplicado por dos.
Y queríamos más.
Tomé a Mei por la cintura y la eché a su cama, sorprendiéndola por lo abrupto del movimiento.
Un destello de temor cruzó sus ojos, pero al encontrarse con los míos, regresó a la calma, la excitación y la aceptación.
No necesitamos palabras para comunicarnos.
Ella no estaba lista para convertirse en una mujer de verdad y yo no iba a forzarla.
Pero todavía íbamos a usarnos el uno al otro para satisfacer estos impulsos adolescentes.
Me acosté al lado de Mei, mi mano firme en su cintura y mi otro brazo a modo de almohada para mi otra mitad.
Su espalda y mi abdomen se encontraron, mi pene aún erecto deslizándose entre sus nalgas y volviendo a encontrarse a lo largo del camino de su abertura.
Y comencé a frotar de nuevo, semen y fluidos vaginales empleados como lubricantes para nuestro disfrute.
La espalda de Mei se arqueó de nuevo, mi mentón presionando su cabeza y una de sus manos agarrándome el cabello, como si intentara acercarnos más.
Mi mano libre se movió hasta apretar sus pechos en crecimiento, mis dedos encontrando sus lindos y rosados pezones, retorciéndolos como se que le gusta.
Besé su cuello, lamí sus orejas y sus gemidos me estimularon a ir más rápido.
Una necesidad abrumadora de penetrarla y hacerla mía casi me hacen ensartar mi pene sin previo aviso.
Casi.
Por el bien de mi otra mitad, no haría algo como eso sin su consentimiento.
Probablemente le gustaría, pero no estoy dispuesto si ella no tiene la resolución.
Cuando estábamos a punto de alcanzar el clímax, tomé su mejilla y moví su cabeza hacia mi, nuestros labios conectándose y nuestras lenguas retorciéndose.
Metí mi lengua hasta su garganta, y ella me aceptó con ojos nublados por le placer.
Y así recibimos nuestra segunda corrida de la noche.
Nuestras lenguas en la boca del otro, mi mano estirando y retorciendo su pezón, y mi pene dejando un rastro de esperma en sus sábanas y su entrada.
Nos separamos un poco, ambos jadeando en busca de aire, el sudor empapando nuestros cuerpos.
Ninguno se movió.
Mei mantuvo mi pene apretado contra su entrada, su cuerpo casi unido al mío, y nuestras bocas a un centímetro de distancia.
Tampoco hubo palabras.
Nuestras miradas lo decían todo.
Esto era sólo el comienzo de algo que definitivamente estaba mal, pero que a ninguno le importaba.
Sellamos nuestra sesión de masturbación mutua con otro largo beso y nos quedamos dormidos, desnudos, el calor del otro y su presencia calmando nuestro agitado corazón.
Antes de perdernos en la inconsciencia, ambos pensamos lo mismo: -¿¡Qué putas mierdas acabamos de hacer!?
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