Reencarnando en Jujutsu kaisen con la Mutación pasiva - Capítulo 10
- Inicio
- Reencarnando en Jujutsu kaisen con la Mutación pasiva
- Capítulo 10 - 10 Capítulo 9 Fujin
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
10: Capítulo 9: Fujin 10: Capítulo 9: Fujin Tras el último gran paso de Tomeo Tomoyose, comenzó un periodo vertiginoso de un año lleno de movimiento y exorcismos, pero jamás fuera de Tokio.
Inclusive logró localizar al Usuario maldito Juzo Kumiya, sin embargo lo dejó en paz, esto debido a que aún no poseía los conocimientos que necesitaba para llevar a cabo los planes que tenía guardados para esa persona.
Y por ello decidió pasar a la siguiente fase de su desarrollo como Usuario maldito y en el futuro, como Hechicero.
Su intención era clara: ser encontrado por los hechiceros del Colegio técnico de magia metropolitana de Tokio, particularmente, Tomeo tenía la intención de ser encontrado por Satoru Gojo y para eso necesitaba un alboroto, uno grande y de una magnitud tal que obligaría a los peces gordos de la sociedad jujutsu a enviar al Honrado.
Fue por ello que, tras seis meses de recolección de maldiciones, Tomeo cultivó su poder y fusionó esas almas para generar un mini ejercito de Ánimas isómeras múltiples; invisibles e indetectables para los no hechiceros y su tecnología, pero tan indiscretos que no tardará en ser descubierto.
Tomeo entendía que con cada uso de su técnica maldita inevitablemente dejaba un rastro detrás, motivo por el cual había sido tan cauto los últimos años.
Sus motivos para evitar la escuela de hechicería en ese tiempo también estaba justificado en la mente de Tomeo, pues desde su perspectiva los hechiceros no le permitirían realizar ninguno de los experimentos que había realizado libremente en la clandestinidad; Tomeo temía al desagrado de Satoru Gojo y al miedo de los altos mandos, un miedo bien fundamentado si se colocaban los actos terribles que Tomeo ejerció sobre los humanos bajo el reflector, criminales o no.
Y es allá en el Colegio técnico de magia metropolitana de Tokio; cede de la sociedad de la hechicería, que se llevaba a cabo una reunión con carácter de urgencia, habiéndose convocado la presencia de ni más ni menos que el hechicero más fuerte de la era moderna y cabeza del Clan Gojo: Gojo Satoru.
De buena altura, tez clara, cabello blanco brillante como la nieve iluminada por el sol del amanecer, su vestimenta no es más que el uniforme estándar que ocupan gran parte de los hechiceros; abrigo de cuello alto y pantalones largos a juego de color azul marino, junto con zapatos negros.
El único artículo llamativo en su persona son sus lentes de sol extremadamente oscuros, detrás de los cuales se ocultaban los legendarios 6 ojos, siempre activos y brillando con un galáctico color azul.
Su porte era desinteresado, tanto que lo hacía parecer estúpido, sus labios se apretaban en señal de fastidio, pues el peliblanco prefería mil veces hacer cualquier otra cosa que no fuera ser rodeado por una multitud de fósiles, como él los consideraba.
Y es que a cada flanco a su alrededor se alzaban tatamis altos iluminados por las lámparas que las respaldaban, proyectando las sombras de aquellos que gobernaban su sociedad: los peses gordos; los altos mandos de la hechicería.
-Se nos ha informado…
de peculiares avistamientos de maldiciones por todo Tokio-, una voz reseca comenzó la reunión, yendo directamente al grano, su tono no ocultó el desagrado que sentía hacia el joven al que se dirigía ni mucho menos podía fingir la impotencia que resonaba en su corazón sabiendo que no podía exigirle ni un mínimo del respeto que cree merecer.
No siendo el único, hace mucho que todos los ancianos presentes habían renunciado a pedir formalidad al Honrado.
-Según los informes ha habido una abrumadora actividad de maldiciones acudiendo en masa a nuestras locaciones registradas-, otra voz continuó, esta vez del otro lado de la sala.
Esto con la intención de mantener la atención de Satoru ocupada, una pequeña jugarreta para fastidiarlo siendo lo único que podían conseguir para desquitarse.
–Estas maldiciones, al parecer…
solo prestan atención a las maldiciones circundantes, las exorcizan y simplemente se retiran, ignoran por completo tanto a civiles como a nuestros hechiceros-, uno más habló a la derecha, sonando más rasposo con toda intención.
-Incluso cuando son exorcizadas por…-, una más a la izquierda continuaba, sin embargo se detuvo ante el reverberante y exagerado sonido de bostezo de Satoru Gojo, quien estiraba los brazos y la mandíbula como un gato adormilado.
–Bueno supongo que Suguru se encuentra haciendo algo de trabajo comunitario, ¿eso en qué nos afecta?
Al contrario, deberíamos agradecerle-, Satoru habló feliz, pero los oídos de los ancianos solo pudieron digerir su cinismo.
-Geto Suguru no está involucrado-, alguien entre los ancianos declaró, haciendo que la perorata del joven Gojo se detenga en el acto.
-¿Cómo dices?
¿Quién más puede manipular maldiciones?-, Satoru preguntó a nadie en particular de hecho.
–Según los informes, todas y cada una de las maldiciones avistadas poseen exactamente la misma apariencia, y cada una ostenta el semi-grado 1 o superior.
Con semejante cantidad, me temo que…-, otro anciano argumentó la conclusión sin embargo Satoru no perdió la oportunidad de burlarse.
-…Que me necesitan para resolver el misterio-, Satoru sonrió con saña ante el sonido de su propia voz.
–Una legión de semi-grado 1 y grado 1 ¿eh?-, el Honrado pensó para sus adentros mientras se frotaba la barbilla, todavía creyendo que se trataba de su mejor amigo, -Tal vez solo encontró una maldición con el poder de clonarse-, pensó antes de darse la vuelta.
-Está bien, lo haré.
Pero si veo que se trata de Suguru lo dejaré en paz-, Satoru concluyó y abrió las enormes puertas del salón sin ningún esfuerzo, sin interesarse en lo que haya faltado por decir, sabía que solo necesitaba seguir un rastro hasta el epicentro.
Sin embargo, ante esta conclusión Satoru llegó a un entendimiento; pues conocía a su mejor amigo y sabía que él no era tan indiscreto como para ser detectado, simplemente no era propio de él.
-Además, si se tratara de Suguru…
¿No deberían dejar atrás esos orbes apestosos?-, Satoru reflexionó en voz baja, -No, así no es como actúa-, pensó.
–No importa de quien se trate, o se trata de algún brujo inexperto o…
quien quiera que sea quiere llamar la atención-, Satoru concluyó.
Él nunca le daría la razón a los “vejestorios” como el los llama, ni mucho menos admitiría que se encontraban en lo correcto sin embargo, realmente parecía ser que la fechoría que estaba a punto de investigar no era obra de Geto Suguru.
Time skip.
Al anochecer, la luna ilumina los restos de un monasterio abandonado entre la maleza y las ruinas hacia siglos.
Su presencia se desvanecía a cada segundo que pasaba, apenas visibles los maderos rojizos y lozas grisáceas que lo conformaron, ahora siendo devoradas por la vegetación casi por completo, como un moribundo recuerdo del pasado esperando su desaparición.
Solo una apertura era evidente al frente de la visión de un Tomeo más decidido que nunca, bien equipado para cualquier emergencia con su maldición de almacenamiento, llena de equipo de acampamiento y almas modificadas demasiado grandes para sus bolsillos.
La energía maldita prácticamente rezumaba de la caverna como una cascada, y para Tomeo no cabía duda alguna, pese a jamás haber aprendido a seguir rastros de energía maldita o a poseer un estándar estimado, no temía afirmar que la maldición que habita el templo hundido ostenta el Grado especial.
-Si estuviera solo no me metería allí ni en drogas-, Tomeo murmuró perversamente antes de mirar a cada lado suyo.
–Pero esto será un 3 contra 1-, sonrió con confianza.
Cada día de trabajo duro y minucioso se revelaría dentro de unos minutos.
A su derecha, Rika Orimoto levitaba en su gloriosa enormidad, su cuerpo pálido rebosaba de músculos grotescos aferrados a sus huesos, sus fauces pelaban una hilera de dientes tan agudos como cuchillos recién forjados y su único ojo escudriñaba el entorno con las venas quemando cada detalle registrable.
Habiendo crecido en tamaño y en poder, no parecía tardar mucho más tiempo para desplegar el poder que Tomeo conocía, sino es que lo ha alcanzado ya gracias a las modificaciones que imprimió en su alma; las mismas que él mismo imprimió en sí mismo con la información del recipiente de Ryomen Sukuna, Yuji Itadori.
Esto lográndose tras una ardua sesión de experimentos con maldiciones, un movimiento arriesgado a sus ojos debido a todo el cariño que había llegado a sentir por Rika, sin embargo el resultado final le demostró que sus preocupaciones habían sido en vano, siendo un rotundo éxito.
Sin embargo todavía le impedía cargar con sus almas modificadas, ni mucho menos le daría de comer un dedo de Sukuna aun si técnicamente podría aprovecharlo.
Mientras que a su izquierda, una enorme figura de 3 metros de altura se erguía en su sitio, erecto y obediente, su figura humanoide se pintaba por capas y capas de carne teñida de morado, azul, rojo, verde, amarillo y marrón.
Con placas que lo recubrían como una armadura, espolones en cada vértice de sus extremidades y grandes cuchillas que se extendían con letalidad desde sus codos.
En su cabeza no había ojos, nariz u orejas, solo una enorme boca pentagonal, sin encías y cubierta por interminables hileras de colmillos listos para despedazar a su objetivo de la forma más horrible y sangrienta posible, pudiéndose abrir como los pétalos de una grotesca flor.
Esta, se trataba de ni más ni menos que la actual obra maestra de Tomeo: una Ánima isómera múltiple compuesta por 10 maldiciones fusionadas, una entidad de Grado especial a la que denominó como El centinela.
No sería equivocado decir que el trío estaba conformado por grados especiales, por lo que sin más dilación Tomeo dio un paso adelante y se dispuso a entrar, sin embargo a último momento su paso se detuvo.
–Esperen, tomémonos de las manos y entremos juntos-, Tomeo pidió a sus acompañantes ofreciendo sus manos y tanto Rika como el Centinela tomaron una respectivamente; Rika con una gran sonrisa por supuesto.
Tomeo prefería evitar que un dominio incompleto lo separe en cuanto pisara lo que parecía ser el territorio de la maldición, sin embargo, desechó esa preocupación en cuanto dieron el paso y no se produjeron cambios.
Sin embargo aún era impresionante la vista que tenían delante, pues el templo había sido completamente destruido por raíces enormes que se enterraban por toda la caverna, que se extendía hacia el fondo con gran profundidad.
Tomeo rebuscó en su maldición mochila y tomó una linterna, la encendió apuntando al fondo y se detuvo en el acto, ya que precisamente había apuntado hacia el objetivo que había venido a buscar.
Allí, sentado con las piernas cruzadas se encontraba la imponente forma humanoide, su piel de un tono muerto de verde, su vestimenta no siendo más que harapos purpuras enredados en su área privada, sostenida por un gran lazo rojo.
Sus brazos, revestidos con gigantescos músculos remarcados con venas que palpitaban con la amenaza de estallar, sus muñecas y cuello se decoraban con brazaletes y un collar de lo que parecía ser oro.
Su cabello era largo, despeinado y tristemente encanecido; y lo más interesante, llevaba sobre sus hombros un saco largo de color blanco descocido que parecía inflado con aire.
Como estaba de espaldas, Tomeo no pudo ver su rostro, sin embargo el simple acto de mirarlo hizo que se le cortara ligeramente la respiración.
Y solo bastó el débil sonido de su jadeo para llamar la atención de la maldición, quien miró por encima del hombro con una intensidad tremenda, exhibiendo sus enormes colmillos tallados como los de un jabalí, así como su horrible rostro, feamente decorado con una barba tan deplorable como su cabello, cejas tupidas e igual de descuidadas, y un cuarteto de ojos blancos que parecían estar ciegos, todos dispersados en su cara de forma irregular; pero aun así, Tomeo fue capaz de sentir su mirada.
-Aquí vamos-, murmuró con nerviosismo, pero no como el tipo de nerviosismo de los hechiceros, sino con el nerviosismo de un niño a punto de subirse a una montaña rusa.
Vio a la maldición apuntarlo con la punta de su costal y de esta un cañonazo de aire a presión salió expulsado.
-¡Rika!-, Tomeo ladró con seriedad mientras su Centinela lo protegía desde el frente.
Rika por su parte actuó rápido y tomó a Tomeo antes de emprender el vuelo mientras este usaba Rechazo orgánico para cubrirlos con un escudo.
Un “fuosh” y un “kaboom” reverberaron en la inmensidad del bosque, la fuerza del ataque tuvo tal poder que el Centinela, Tomeo y Rika fueron enviados directamente al cielo.
–Caracoles-, Tomeo jadeó por aire antes de retraer el escudo y ver que la cueva ya no existía, ni mucho menos el templo.
Ahora solo quedaba el cráter del sitio sin un techo que lo proteja de las estrellas.
En la mitología japonesa, existe una deidad prominente asociada con el viento, especialmente con tormentas y tifones.
Se le representa a menudo como una figura temible, con un aspecto erizado y un saco de viento.
A lo largo de las eras, los seres humanos han relacionado los eventos y fenómenos del mundo con dioses que los encarnan o provocan para bien o para mal; incluso a cambio de cierto tipo de sacrificios.
Esto ha provocado desde entonces la aparición de maldiciones especialmente poderosas que encarnan la negatividad dirigida a estos ídolos.
Y Tomeo había cruzado caminos con ni más ni menos que La maldición divina asiática, El dios del viento Fujin.
Los 3 retadores bajaron al suelo, el Centinela demostró ser quien se llevó la peor parte del daño, sin embargo recibió las reparaciones pertinentes al toque de la palma de Tomeo con un par de almas para reemplazar las que se perdieron en el ataque.
–Se debilitó-, el joven pensó con pesar antes de dirigir su mirada hacia el boquete resultante del ataque.
–Todos estamos bien-, pensó antes de analizar la potencia de su contrincante, encontrando que podría haberse metido en un buen lío.
-Estoy seguro de que eso fue una técnica maldita…
Juuuumf…
pero si este cabrón tiene un Dominio entonces estaremos en problemas-, Tomeo pensó rascándose la sien, es consciente de sus fortalezas; la semi-inmunidad al daño físico siempre y cuando el atacante no tenga consciencia del alma, sin embargo esa certeza se puso en duda una vez más cuando tomó en cuenta una posible Expansión de dominio y su preocupación por un dominio incompleto pasó a segundo plano.
Pronto se escucharon las retumbantes pisadas de la maldición acercándose, mientras Tomeo palmeaba su maldición babosa.
–Pero ya tengo contramedidas-, Tomeo sonrió ante el pensamiento de explotar la naturaleza de los dominios.
Cuando Fujin finalmente salió del otrora templo venerable, dio un último pisotón que elevó el viento con efecto duradero, removiendo las hojas de los poderosos robles que se convertirían en testigos de la batalla a punto de iniciar, o morirán en el fuego cruzado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com