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Reencarnando en Jujutsu kaisen con la Mutación pasiva - Capítulo 4

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4: Capítulo 3: Matar por amor 4: Capítulo 3: Matar por amor Han pasado 4 años y la vida de Tomeo ha dado un giro total, uno que estuvo a punto de arrebatarle la cordura de tajo.

Y es que todo había comenzado a ir de mal en peor para el pequeño reencarnado desde que se le aplicó aquella cirugía reconstructiva que repararía sus parpados dolorosamente invertidos.

El propósito de aquella operación era permitirle ver con claridad, siempre que no hubiera complicaciones con la composición y fragilidad de sus ojos.

Y para el gran alivio de sus padres Hiroko y Masaru, la cirugía había salido sorprendentemente bien después de días enteros, un tiempo record para los exhaustos y ojerosos cirujanos que se enorgullecieron de semejante hazaña en su curriculum, incluso la pequeña Rika estaba rebotando de emoción cuando recibió las buenas noticias de una Hiroko de comportamiento maternal pero a su vez mentalmente fatigada.

Sin embargo, el único que no disfrutó para nada el proceso ni mucho menos los resultados fue el propio Tomeo, quien en un principio se sintió aliviado después de ser sedado, sin embargo con un amargo despertar también vino la nerviosa y particularmente irritante opresión en su cabeza, un nuevo tormento que soportó por quien sabe cuánto tiempo hasta que una noche con ligera luz de luna las vendas le fueron retiradas, al finalmente sanar por completo sus parpados corregidos por la magia del bisturí y el hilo.

La sabia decisión de sus padres sobre el tiempo había permitido que a Tomeo no se le quemaran las retinas, y gracias a ello, finalmente pudo conocer a las 3 personas que lo habían cuidado en todo el primer año que llevaba viviendo de nuevo.

El Sr.

Tomoyose lucía demacrado y cansado, su cuerpo aunque bien cuidado comenzaba a mostrar signos de pérdida de peso, mientras los ojos de su esposa contradecían la gentil sonrisa que poco a poco empezaba a parecerse más a una máscara que a una mirada genuina.

Sin embargo, nada de esto fue registrado por el pequeño arlequín, quien solo se concentraba en admirar a quien aceptó como su nueva familia, absorbiendo las buenas intenciones entrecomilladas que eran enviadas a su ser.

Mientras tanto, la pequeña Rika era la única completamente saludable y fresca como un vegetal recién cosechado.

Sus ojos más brillantes que nunca incluso opacaban el resplandor de su hermoso cabello castaño, sus dientes perlados saludando los ojos del pequeño Tomeo quien aún no era capaz de reconocerla debido a la edad de la niña, que en ese momento tenía 6 años.

La reacción de Tomeo fue simple, una sonrisa quebradiza y una risilla casi susurrada que enterneció a los tres espectadores, haciéndolos soltar pequeñas lágrimas de felicidad; creyendo que el que Tomeo finalmente pudiese ver significó que su interacción con ellos se agilizaría y así sucedió, incluso el propio Tomeo estaba inusualmente contento.

Pues para él, quien había estado cerca de dos años enteros en completa oscuridad, le resultó prácticamente milagroso recuperar su vista en un nivel decente, pues siendo un simple bebé, aún debería acostumbrarse a su nuevo par de ojos, lo cual no había tomado mucho tiempo y dicho logro sería el último momento realmente feliz que Tomeo tendría en bastante tiempo.

Siendo que su felicidad finalmente había terminado cuando supo quién era la niña que tanto la cuidaba.

Y es que Rika se había entregado a la tarea de enseñarle al pequeño Tomeo sus primeras palabras aunque sabía que le sería difícil hablar, las cuales era de hecho, el nombre de la pequeña.

“Orimoto Rika”, la niña comenzó a repetirle al niño con una sonrisa angelical, la cual al poco tiempo se tornó diabólica y enfermiza a los oídos de Tomeo, quien al darse cuenta finalmente del tipo de situación en la que se encontraba no pudo hacer otra cosa más que llorar y perder el control de la vejiga como primera reacción.

La joven alma simplemente se negaba a aceptarlo, incluso en su día actual, recostado débilmente en su cama, todavía se negaba con persistencia a aceptar una situación tan ridícula.

Él, graciosamente reencarnando en el mundo de Jujutsu kaisen, el pensamiento singular de tal situación simplemente lo hicieron volver a sumirse en una espiral depresiva y critica en la que su mente se llenaba de pensamientos de culpa y remordimiento pero sobre todo, miedo.

Y es que desde que se enteró de la verdadera identidad de la “adorable” niña que lo cuida día tras día su presencia había pasado de ser reconfortante a ser simplemente insoportable.

Tomeo no podía maldecir más su suerte, conociendo tantas posibilidades tan buenas en el mundo en el que mora, tenía que ser una tan desfavorable y lo peor de todo es que desconocía si cuanto menos podría llegar a hacer algo respecto a su situación, temiendo genuinamente por su vida, esperando y rogando que la psicópata Rika no decida perder el interés en él, conociendo al personaje y sugestionado por los fanfics que tanto había disfrutado en el pasado; al igual que la abuela de la niña, Tomeo estaba aterrado de su presencia que de alguna manera para él se sentía inusualmente opresiva, como si previera al monstruo que se esconde debajo de su prístina piel.

Y mientras tanto, su cuerpo se movía en modo automático, tratando de vivir como una persona normal, en la medida de sus muy limitadas capacidades.

Su desarrollo y educación pronto reposó pesadamente sobre los hombros de su madre, quien se encargaba de enseñarle a hablar y a moverse en un inicio.

Ese primer rubro fue particularmente exitoso por evidentes motivos, desde su experiencia con el español de su vida original hasta su pequeño conocimiento del japonés gracias a su consumo continuo de anime.

Tomeo no tenía la paciencia, ganas ni mucho menos la fortitud mental para fingir ser un bebé sin conocimiento de nada, así que se apresuró a aprender a hablar todo lo que su destartalada boca le permitía, un avance de semanas que si bien fue positivo, también incentivó a la pareja Tomoyose a someterlo a una nueva cirugía, una de las dos que ya habían planeado, la primera para arreglar su boca a nivel integral y la otra para estimular el desarrollo óptimo de sus extremidades, las cuales seguían enrojecidas y desproporcionalmente pequeñas.

Fue un trabajo que les tomó a los dos padres de Tomeo una friolera de dinero y dos años de esfuerzo continuo y perseverante, con Masaru moviendo cielo y tierra para proveer el presupuesto requerido, rayando entre la delgada línea entre lo legal e ilegal, pasando por la deshonestidad y la carencia de ética moral, todo para ver a su hijo con la mejor calidad de vida que pudiera posibilitarle.

Y mientras esto sucedía, Hiroko tuvo que sufrir la peor parte, pues ella observaba en primera fila como su hijo burlaba a la muerte una y otra vez.

A cada minuto que respiraba, ella observaba como el levantamiento de su pecho abría las grietas rojas entre sus placas de piel muerta al son de su dificultosa respiración, veía como de sus uñas se escapaban pequeñas gotas de sangre; le dolía el corazón verlo esforzarse con todo su ser solo para poder entablar conversaciones cortadas y novatas con ella; y le partía el alma la desesperación que vivía cada vez que esperaba los días en los que su hijo era operado, esperando a recibir las esperadas noticias y le daba una rabia inexplicable ver la necedad de su marido por seguir adelante mientras su niño sufría para sobreponerse a las secuelas de cada operación y su eterna enfermedad.

El corazón de la pobre mujer era cada vez más débil y ya no era capaz de soportar la vista de su inocente y frágil retoño sufriendo de esa manera.

Pero su corazón tampoco era lo suficientemente fuerte como para odiarlo, todo lo contrario, pues en su corazón tan solo existía amor hacia el pequeño; y fue por amor y solo por amor, que comenzó a esperar que algún día muriera.

Empezó a rezar cada noche antes de dormir, sin creencia alguna pero al mismo tiempo llena de una fe sin nombre recién descubierta, para que algún dios que sea capaz de escucharla se lleve a su hijo.

Así como las mascotas son sacrificadas por mera piedad, así como debió haber sido desde el inicio, su hijo merecía dejar de sufrir.

Sin embargo, ningún dios respondió a sus plegarias, secretas ante los oídos de su esposo, a quien si llegó a odiar por no permitirle a su propio hijo el descanso.

Y es que no había dios alguno que le deseara la muerte, en realidad, el único dios que lo miraba desde la oscuridad le gustaba verlo vivo y por ello, el milagro de la supervivencia persistió y floreció, hasta que todo convergió en un nexo que destrozaría la vida de todos los involucrados.

Y es que, en el mundo en el que Johan, ahora Tomeo, se reencarnó es uno en el que los sentimientos y emociones negativas producen una energía turbia llamada maldita, que da a luz a seres espirituales conocidos como Espíritus malditos o Maldiciones; seres de poder sobrenatural cuyo propósito está enfocado única y exclusivamente a llevar muerte y miseria a toda la humanidad.

Y es debido a esto que, gracias a todas esas emociones turbias y conflictivas germinadas en los corazones de la pareja Tomoyose que una Maldición nació, particularmente del deseo de ver morir a Tomeo por parte de su madre con tal de librarlo de su sufrimiento.

La formación de la maldición, en un inicio pequeña y apoyada en la espalda de Hiroko, poco a poco fue creciendo mientras el pesar en los hombros de la mujer también crecía con el tiempo, agobiándola y agotándola hasta las noches en las que para su desgracia ni siquiera tenía a su Masaru para consolarla, pues se encontraba trabajando, esforzándose más y más mientras su esposa comenzaba a sufrir terribles periodos de insomnio.

Se negaba a tomar pastillas, pues sus instintos maternos y los constantes susurros inaudibles de la Maldición la impulsaban a mantenerse despierta para asegurar la seguridad de su niño mientras Rika no estaba presente para cubrirla.

Su reloj biológico se destruyó, convirtiéndola en un animal nocturna como un búho; siempre pendiente pero a su vez añorando que todo finalmente termine para Tomeo y por fin pueda ser libre, libre de su dolor, libre del esfuerzo encomiable que le resultaba el simple hecho de hablar.

Y así la maldición lentamente fue creciendo; consumiéndola, y 4 años bastaron para que su poder finalmente influenciara por completo en la mujer, con su boca habiendo crecido tanto que engulló la frente de Hiroko, cubriendo sus ojos.

Al ser el deseo de dormir a Tomeo lo que le dio vida a la Maldición esta es parte de la conciencia de Hiroko, una parte de ella, por lo que el deseo de Hiroko es el deseo de la Maldición.

Y una noche, finalmente el deseo de Hiroko los impulsó a irrumpir en la habitación de Tomeo, donde el reposaba, todavía sin sueño y ya bastante acostumbrado a la picazón que le provocaban las escamas en su espalda.

Escuchó la puerta de su cuarto abrirse delicadamente, llamando su atención y haciéndolo mirar el origen del ruido, descubriendo la hermosa sonrisa de su madre, su figura irradiaba una intención exteriormente gentil y piadosa mientras se acercaba y era delineada por el brillo lunar que se filtraba por la ventana sellada y el plástico que aún lo separaba de los gérmenes del exterior, aunque ya no tan presente.

Tomeo no logró ver la maldición, pues todavía no había desarrollado ese sentido incluso teniendo la edad mínima para ello.

Así que por desgracia, Tomeo no supo de las verdaderas intenciones de su madre hasta que fue demasiado tarde, porque todo lo que percibió de ella fueron buenos deseos; Hiroko realmente quería lo mejor para él.

Primero la había visto abrir la cortina de plástico para entrar a su espacio, sentarse en su cama y acariciar delicadamente su mejilla con su dedo, muy despacio, como si no estuviera a punto de romperlo irremediablemente.

-Te amo mucho Tomeo-, Hiroko pronunció, su sentimiento genuino; pero su juicio comprometido.

Se levantó lentamente ante la atenta mirada de Tomeo quien observó la sonrisa de su madre convertirse en algo más, algo que no podía descifrar con exactitud, tal vez siendo conflicto.

Sin embargo no hubo tiempo para pensar en nada de eso cuando Hiroko tomó la pequeña almohada sobre la cual reposaba su cabeza.

-No te preocupes, pronto todo acabará-, Hiroko pronunció esas palabras y el antes silencioso Tomeo finalmente entendió que algo andaba muy mal, intentó protestar con su débil voz, pero el sonido no salió mientras su visión se volvía negra.

Hiroko presionó con fuerza mientras sus labios se enrollaban fuertemente para que sus dientes no crujieran y las lágrimas se filtraron a través de los dientes cuadrados de la maldición.

Tomeo estaba atónito, en shock.

Su propia madre, la mujer que tanto lo amó estos 4 años, un pilar emocional que lo ayudaba a sobrellevar su aún no aceptada situación; la mujer que lo había dado a luz, de quien obtuvo su primera sensación de confort después de morir, ahora era quien intentaba acabarlo, justo cuando finalmente se había acostumbrado, justo a sus 4 años, cuando comenzaba a tener ganas de pensar en un plan para salir adelante con el impulso de sus padres, justo en ese momento sucedía eso.

-Sniff snif…

Perdóname…-, sollozó su madre.

La situación fue totalmente absurda, irreal, la más absurda e irreal que ha vivido y la que se necesitó para que su mente finalmente impusiera un límite a su resistencia.

Pronto el aire empezó a faltar en sus pulmones y Tomeo supo que no tenía mucho tiempo para hacer algo, a pesar de tener el tamaño de un oso de felpa, instintivamente intentó pensar en algo, porque pese a toda esa etapa llena de depresión e intenciones suicidas que representaron esos 4 años, la verdad era que le tenía miedo a la muerte, o más específico aún, muy en el fondo no quería volver a ver a aquella figura gatuna que lo trajo a ese mundo; pero Tomeo jamás lo admitiría, no hasta aceptar que ahora esta era su nueva vida, y no iba a dejar que se termine de esa forma.

Ese impulso de vida, el deseo por sobrevivir propio de un cobarde hizo que finalmente la sangre de Tomeo despertara por completo, ardiente desde su estómago, algo etéreo y maldito brilló en un color cían turbio y tumultuoso; y como el agua estancada de una tubería, la Energía maldita de Tomeo finalmente estuvo en su control.

Y fue de ese modo que, en una explosión que Hiroko no nació para ver, fue empujada fuertemente hacia atrás junto con la maldición que la succionaba, dando a parar a la pared donde su figura deformada se aplastó, mientras que Hiroko cayó de espaldas, con su nuca estrellándose en la esquina del pequeño tocador en el vértice de la habitación con un sonido repugnante.

El silencio inundó el lugar, el aire se heló a temperaturas escalofriantes y la luz de la luna ahora presentó un porte fúnebre mientras alumbraba la sangre de la mujer, que poco a poco coloreaba morbosamente el piso alegre y colorido del cuarto, cuyo dueño ahora se encontraba de pie; justo en el medio.

Tomeo Tomoyose estaba al borde de la catatonia, sin darse cuenta de nada y a la vez de todo.

Se sentía como si hubiera despertado de una larga pesadilla pero al mismo tiempo como si estuviese viviéndola todavía.

Su altura había vuelto a ser la de antes, no solo eso, todo él había vuelto a ser el de antes, había vuelto a ser Johan Núñez, así que su tormento de 4 años por fin había terminado, y sin embargo, se encontraba incapaz de moverse o siquiera sentirse ni un poco aliviado; porque su madre estaba muerta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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