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reencarne como un ajolote (leaving my world behind) - Capítulo 80

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Capítulo 80: Lo superficial. (cap 80 )

Helios y el rey avanzaban por un corredor interminable, tétrico… y, aun así, de una elegancia inquietante. No había lámparas ni artefactos de estatiksita generando energía. La única luz provenía de antorchas de acero, retorcidas en formas antinaturales, clavadas a intervalos regulares en los muros. Sus llamas no titilaban: ardían firmes, densas, como si consumieran algo más que oxígeno. Aquello, por sí solo, ya resultaba profundamente perturbador.

Cada paso resonaba con un eco grave, hueco, que parecía regresar con un leve retraso, como si el corredor necesitara tiempo para decidir si permitirles avanzar.

Continuaron hasta detenerse frente a unas puertas colosales. Su diseño era agresivo, marcado por líneas afiladas y relieves que parecían observarlos. No había duda alguna: aquella arquitectura no pertenecía ni a la academia ni al reino. Ese lugar existía fuera de ambos… o quizá por encima.

Helios caminaba con la cabeza baja, en silencio, manteniendo una distancia prudente con Su Majestad. En un instante de descuido, giró el rostro hacia una de las ventanas. Afuera, la tormenta se desataba con furia salvaje; la lluvia golpeaba como si intentara desgarrar el mundo. Bajó un poco más la mirada… y el aliento se le congeló en el pecho.

El reino entero se extendía bajo sus pies.

Torres, calles, murallas… todo allá abajo, diminuto, vulnerable. Donde se encontraban no había suelo firme que lo sostuviera: aquel castillo estaba suspendido en el aire, a una altura imposible, como si desafiara las leyes mismas de la realidad.

Las puertas se abrieron solas ante el rey, sin un solo sonido. No chirriaron. No temblaron. Simplemente se apartaron, obedientes, como si reconocieran algo más profundo que su autoridad… su esencia.

Helios comenzó a temblar.

Pocos sabían dónde moraba el rey. Se murmuraba que su lugar de reposo, su castillo, estaba oculto a plena vista; que solo unos cuantos, contados con los dedos, habían logrado contemplarlo. Y ahora ella estaba allí. Dentro de ese mito. Dentro de ese secreto.

El rey entró con la misma elegancia serena de siempre, como si aquel lugar no fuera más que una extensión natural de sí mismo. Helios, en cambio, dudó. Sus pies se negaron a avanzar por un segundo eterno.

Una sola pregunta le perforó la mente, densa y asfixiante:

¿Era digna de estar allí… o aquel lugar terminaría por devorarla?.

Ella suspiro y dió un paso al frente.

Helios entró y pudo ver un salón que parecía no haber sido construido para los vivos, sino para la memoria y el peso del poder. Ante él se extendía un espacio inmenso, sostenido por columnas negras que se alzaban como guardianes silenciosos, frías y severas, perdiéndose en un techo tan alto que casi se confundía con la oscuridad misma. Los arcos se entrelazaban sobre su cabeza como huesos antiguos, formando una bóveda que oprimía el aire y hacía que cada paso resonara más de lo debido.

A ambos lados del pasillo central colgaban largos estandartes de un rojo profundo, apagado, bordados con símbolos casi borrados por el tiempo. No se movían, pese a la corriente húmeda que recorría el lugar; caían rectos, pesados, como si el salón entero los obligara a guardar silencio. La piedra, ennegrecida por los años y la humedad, parecía absorber la luz que se filtraba desde los vitrales superiores, una luz pálida y enferma que anunciaba tormenta, lluvia persistente, un cielo nublado que jamás terminaba de aclarar.

El suelo, pulido hasta parecer un espejo oscuro, reflejaba cada columna, cada estandarte, cada sombra. Helios tuvo la inquietante sensación de caminar sobre una superficie líquida, como si el salón pudiera tragárselo en cualquier momento. Cada reflejo deformado lo observaba desde abajo, multiplicando la soledad y el silencio.

Al fondo, elevado sobre varios escalones, esperaba un trono dorado. No brillaba con calidez; su resplandor era frío, severo, casi hostil. Tallado con un exceso de detalles, parecía más una advertencia que una invitación. Todo en el salón conducía hacia él, todas las líneas, todas las miradas invisibles, como si el lugar entero existiera únicamente para recordarle a cualquiera que entrara que ahí el poder no descansaba… vigilaba.

La lluvia golpeaba los vitrales con un murmullo constante, casi enfermizo, un susurro lejano que se deslizaba por el salón y se mezclaba con el eco hueco de los pasos de Helios… como si el propio castillo respirara.

En silencio, Caín caminó hacia su trono y se sentó con una lentitud calculada. El dorado crujió suavemente bajo su peso. Una vez acomodado, alzó la mirada y habló, su voz sorprendentemente amable, demasiado tranquila para un lugar como aquel.

-bien, ahora puedes contarme qué es lo que le está causando tanto malestar, señorita Helios.

( Dijo Caín pacíficamente )

Helios no dejaba de girar la cabeza, observando cada rincón del salón, cada columna, cada sombra que parecía moverse apenas un segundo tarde. De pronto avanzó con rapidez, lo más que pudo, hasta quedar frente a su majestad, y cayó de rodillas.

-su majestad… usted sabe de la habilidad con la que nosotros, los elfos del desierto, nacemos, ¿verdad? Nuestra habilidad única.

( Dijo Helios con respeto, pero con la voz tensa )

-sí, claro.

( Respondió Caín suavemente )

-bien… hoy usé mi habilidad para explorar el potencial de ese niño nuevo que trajo la directora Zarathoz, el que ahora está en la clase de Luzbel.

( Dijo Helios con seriedad )

-oh… ¿tú hiciste eso?

( Dijo Caín, interesado )

-sí, su majestad.

( Afirmó Helios con firmeza )

Caín se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando el cuerpo en el trono, sus ojos brillando con una curiosidad peligrosa.

-¿y qué viste?

( Dijo Caín con una voz un poco más tétrica, pero cargada de interés )

Helios abrió la boca para responder… pero los recuerdos la golpearon de inmediato. Sombras. Bestias que no conocía. Ojos innumerables clavándose en ella con una intensidad insoportable. Su cuerpo tembló levemente, traicionándola.

-su majestad… lo que vi… fue aterrador.

( Dijo Helios con la voz quebrada )

Se llevó una mano al pecho, respiró con dificultad y, reuniendo fuerzas, alzó la voz.

-cientos… miles de criaturas que jamás había visto. Criaturas gigantes, con cuernos, otras que parecían hechas de plantas vivas… incluso habían dos qué, Lucian, iguales a la raza de los Sephiroths y los demonios. Eran tantas… y todas me estaban mirando fijamente.

( Dijo Helios con desesperación )

El silencio se volvió más pesado.

-pero eso no fue lo peor.

( Dijo Helios, bajando la mirada, visiblemente asustada )

-¿y qué más?… ¿qué más viste?

( Dijo Caín con un tono de ligera emoción, casi expectante )

Helios tragó saliva. Su corazón latía con violencia.

-lo peor fue… esa cosa. Una bestia. Un monstruo… tan enorme, tan colosal… jamás había visto algo así. Nunca.

( Dijo Helios con el corazón golpeándole el pecho )

-todo eso está durmiendo dentro de ese niño. Si no hacemos algo, podría acabar con nosotros. Podría convertirse en una amenaza que ni siquiera su majestad pueda manejar. ¡Debemos avisar a todos! ¡Debemos avisar a la directo…!

Helios se interrumpió de golpe. Sus ojos se abrieron con horror.

-no… no… ella lo trajo aquí. Quizás ella sabía todo esto. Maldición… ella lo sabía y aun así lo trajo. Su majestad, debe arrestar a la directora de inmediato.

( Dijo Helios con molestia y prisa )

Caín alzó una mano, deteniéndola.

-espere, espere, señorita Helios. Con calma. Lo que usted me informa es de suma importancia y, precisamente por eso, debe tranquilizarse.

( Dijo Caín intentando calmarla )

-pero, su majestad, si no nos apresuramos podría ser tarde. ¡Debemos avisar a la princesa Amon! ¡Debemos hacer algo ya…!

( Dijo Helios, la voz cargada de urgencia y miedo )

Helios quiso seguir insistiendo, seguir suplicando a su majestad que hiciera algo, que actuara ya… pero Caín se levantó de su trono de golpe. El sonido seco del movimiento cortó el aire como una cuchilla. El salón quedó en silencio absoluto. Helios enmudeció al instante.

Caín caminó hacia ella con pasos lentos, firmes, hasta detenerse justo frente a su rostro. Su expresión era serena. Demasiado serena. Y entonces habló, con una calma que helaba la sangre.

-señorita Helios… nunca le he contado cómo funciona mi habilidad, ¿verdad? La que me fue otorgada por ella.

( Dijo Caín suavemente )

-no, su majestad… nadie sabe cuál fue la habilidad que le fue otorgada.

( Dijo Helios con confusión, tragando saliva )

-bueno, entonces déjame contarte. Verás… mi habilidad consiste en imponer reglas. En mi primera liberación, puedo imponer las reglas que yo quiera, a lo que yo quiera. Por ejemplo, cuando nos encontramos afuera… ¿notaste que la lluvia no caía sobre mí? Eso fue porque impuse la regla de que la lluvia no podía tocarme. Pero al decidir controlarlas a ustedes dos, esa regla se eliminó… y se impuso una nueva. Que Luzbel y Helios me obedecieran. Y por consecuencia, terminé completamente mojado.

Mientras hablaba, Caín comenzó a caminar, rodeando lentamente a Helios.

-su majestad… ¿y eso qué tiene que ver con lo que estamos hablando?

( Dijo Helios, desesperada e irritada, con la voz temblando )

-verás… puedo imponer reglas físicas. Pero también reglas mucho más complicadas. Como, por ejemplo… que alguien olvide absolutamente todo.

Caín se colocó detrás de ella. Helios sintió sus manos posarse sobre sus hombros. Frías. Firmes. Inamovibles.

-su majestad… ¿a qué se refiere? ¿por qué me cuenta todo esto?

( Dijo Helios, confundida, con el corazón acelerado )

-para imponer una regla así debo estar en contacto directo con el cerebro de una persona. No es muy agradable… pero es algo que puedo hacer. Lo superficial siempre es más fácil de controlar. Y créeme, entiendo tu preocupación, señorita Helios… pero, por desgracia, no puedo permitir que hables de esto con alguien más.

El tono de voz de Caín cambió. Ya no era pacífico. Algo oscuro, antinatural, se deslizó en cada palabra.

-¿qué…?

( Dijo Helios, asustada, girándose para mirarlo )

No tuvo tiempo de reaccionar.

Caín atravesó la cabeza de Helios por los costados con ambas manos, una a cada lado, hundiendo los dedos con violencia hasta alcanzar su cerebro. La sensación fue inmediata. Horrible. Él comenzó a amasarlo lentamente, con una precisión cruel.

Helios gritó.

Gritó con un dolor que desgarraba el alma, un alarido visceral, desesperado. Su cuerpo se sacudía, intentaba liberarse, arañarlo, empujarlo… pero no podía. Caín no se detenía. Sus manos seguían ahí, firmes, controlando, destruyendo recuerdos.

Los gritos de Helios se volvieron cada vez más rotos, más débiles… hasta que la lluvia, golpeando los vitrales con furia, los devoró por completo.

Y en aquel salón oscuro, entre el eco de la tormenta y el silencio del poder.

Fin del capítulo.

Próximo capítulo: todo a la normalidad

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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