REIKENS - Capítulo 15
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Capítulo 15: Capítulo 13 El Primer Combate
El ambiente estaba cargado de tensión y expectación. Ambas academias esperaban ansiosas el inicio de la batalla, con sus estudiantes aglomerados en las gradas, intercambiando murmullos y predicciones sobre el enfrentamiento.
En el centro del coliseo, una imponente plataforma blanca resaltaba bajo la luz del sol, rodeada por un campo de energía translúcido que emitía un leve zumbido constante. Aquella barrera no solo protegía a los espectadores, sino que también servía como un recordatorio de lo destructivas que podían ser estas batallas.
Entre los gritos y vítores, una figura se alzó en la tribuna principal. Isein tomó el micrófono, y su voz potente resonó por todo el estadio.
—¡Bienvenidos a este emocionante encuentro entre la Academia Arkanum y la Academia Arkam! —anunció con entusiasmo, provocando una oleada de aplausos y vítores—. Ambas academias lo darán todo por llevarse la victoria, así que prepárense para un espectáculo sin precedentes.
Desde la zona de maestros, en lo alto de las gradas, el maestro Kaishin observaba en silencio la plataforma. Su mirada afilada evaluaba cada rincón del escenario, hasta que alguien se sentó a su lado.
—Vaya, así que decidiste venir a ver las batallas, ¿eh, Tsume?
Tsume, con su habitual expresión amigable, asintió sin mirar a Kaishin.
—Lo hice por un motivo en particular…
Kaishin arqueó una ceja, como si ya supiera la respuesta.
—Te enteraste de que Kuro finalmente va a participar, ¿verdad?
Tsume soltó un leve suspiro.
—Bueno… en parte.
—¿Cómo que “en parte”?
Tsume cruzó los brazos, su tono se volvió más firme.
—Vine principalmente como paramédico. Estas batallas pueden descontrolarse… Ya sabes cómo son. Las heridas graves no son raras en este tipo de enfrentamientos.
Kaishin asintió lentamente.
—Tienes razón. Esperemos que no seas necesario… pero es mejor estar preparados.
Mientras tanto, en la arena, Isein continuaba con las reglas del enfrentamiento.
—Como ya saben, los combatientes no serán descalificados a menos que suelten su espada o su Reiken. La academia con más victorias será declarada ganadora. Para garantizar la seguridad de los espectadores, hemos instalado un campo de fuerza capaz de soportar la explosión de un misil sónico.
Los estudiantes de Arkanum intercambiaron comentarios emocionados.
—¡Eso es increíble! Nuestra academia siempre tiene la mejor tecnología.
—Era de esperarse.
Isein alzó una mano, llamando al orden con autoridad.
—¡Sin más preámbulos, demos la bienvenida a nuestros dos primeros combatientes!
El estadio retumbó con una mezcla de aplausos, emoción y tensión.
—Por el lado de la Academia Arkanum, tenemos a uno de los Cuatro Jotas, estudiante de segundo año, portador del Reiken del Dragón, perteneciente a la clase Mitológica… ¡Kaiyō Shirokuma!
El rugido de la multitud fue ensordecedor cuando Kaiyō entró a la arena con paso firme y confiado. Se detuvo en el centro de la plataforma, extendió su mano derecha al frente y proclamó con voz potente:
—¡Ven a mí, Reiken del Dragón!
De inmediato, una intensa aura de fuego lo envolvió. En su mano apareció una espada carmesí envuelta en llamas, y cuando el fuego se disipó, su cuerpo estaba cubierto por una armadura roja con textura de escamas, dejando solo su cabeza descubierta.
Un sofocante calor se extendió por toda la arena, haciendo que varios espectadores se echaran hacia atrás por instinto. Kaiyō sonrió, complacido por la reacción del público. Elevó su espada hacia el cielo y, en un estallido de fuego, un colosal dragón ígneo emergió de la hoja, ascendiendo con un rugido hasta explotar como un espectáculo de fuegos artificiales.
—¡Kaiyō, destroza a ese novato! —gritó un estudiante desde las gradas.
—¡Vamos, Kaiyō, enséñales quién manda!
Pero en la entrada hacia la arena, Igurū no compartía la emoción de los demás. Su rostro permanecía tan inexpresivo como siempre.
—Sí que le gusta llamar la atención, ¿no crees? —comentó Kuro, soltando una pequeña risa.
—Lo sé. Solo espero que ese idiota no haya gastado demasiada energía en esa estupidez… —respondió Igurū, frotándose las sienes con fastidio.
Isein esperó a que los aplausos se calmaran antes de anunciar al siguiente combatiente.
—Y su contrincante… ¡de la Academia Arkam! Centinela de primer año, portador del Reiken del Murciélago, perteneciente a la clase Salvaje… ¡Komori Reiketsu!
Los estudiantes de Arkam estallaron en vítores cuando Komori ingresó a la arena. Caminaba con pasos lentos y firmes, su expresión era seria, su mirada clavada en Kaiyō. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro mientras una densa niebla oscura comenzaba a emanar de su cuerpo.
Desde la zona de espera, Igurū, Kuro y Remy sintieron un escalofrío recorrerles la espalda al percibir aquella extraña energía.
Kuro, que había dejado de lado su típica actitud despreocupada, habló con un tono más serio mientras miraba a Igurū.
—¿Lo sentiste?
Igurū apenas desvió la vista, pero su voz reflejaba una preocupación contenida.
—Sí. Ya lo había sentido antes, pero no le tomé importancia. Ese Centinela… posee el elemento oscuridad.
Sukasa y Hino intercambiaron miradas, sorprendidas por lo que acababan de escuchar.
En la arena, la energía oscura seguía acumulándose alrededor de Komori. Sus ojos brillaron con un destello purpura oscuro mientras extendía una mano al frente.
—¡Ven a mí, Reiken del Murciélago!
Una espada negra emergió en su palma, y cuando la niebla finalmente se disipó, su cuerpo ya estaba cubierto por una armadura oscura de diseño siniestro. A diferencia de Kaiyō, Komori tenía un par de alas membranosas que sobresalían de su espalda, otorgándole un aspecto más intimidante.
El estadio quedó en silencio por un instante, abrumado por la imponente presencia de Komori.
Hino frunció el ceño mientras deslizaba rápidamente el dedo por la pantalla de su celular, buscando información sobre aquel Reiken. Su expresión cambió conforme leía… hasta que se detuvo.
—No hay registros… —murmuró, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda—. No encuentro nada sobre ese Reiken.
Sus palabras llamaron la atención de los demás. Sukasa se inclinó hacia su pantalla, mientras Igurū entrecerraba los ojos, pensativo.
Kuro, en cambio, soltó una leve risa divertida.
—Obviamente no vas a encontrar información sobre ese Reiken —dijo con un tono despreocupado, aunque un brillo de interés cruzaba su mirada—. Porque ese… es un Reiken perdido.
El aire pareció volverse más denso de inmediato.
—¿Un Reiken perdido…? —repitió Sukasa en voz baja, como si necesitara confirmarlo para creerlo.
Remy frunció el ceño y lo miró con desconfianza.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Igurū también lo observó, esta vez con el ceño fruncido.
—Tienes información que nosotros no, ¿verdad, Kuro?
El aludido se encogió de hombros con fingida inocencia.
—Pues sí… supongo —admitió con una sonrisa traviesa—. Lo leí… por ahí.
—¿“Por ahí”? —Remy arqueó una ceja con escepticismo.
Kuro agitó una mano en el aire como si intentara restarle importancia.
—Existen muchos Reikens que no están registrados oficialmente. Algunos fueron olvidados con el tiempo, mientras que otros simplemente desaparecieron sin dejar rastro. A esos se les llama Reikens perdidos. Hay pequeños registros que mencionan su existencia, pero casi nada verídico. Es como si fueran leyendas… pueden existir o no.
Sukasa tragó saliva.
—Entonces… el Reiken de Komori…
—Es real —interrumpió Igurū con tono firme—. Lo estamos viendo con nuestros propios ojos.
Remy cruzó los brazos y miró a Kuro con desconfianza.
—Dices que lo leíste…por ahí… ¿Pero qué tanto sabes realmente sobre ese Reiken?
Por primera vez, Kuro apartó la mirada. Se rascó la nuca con aire incómodo.
—Pues… la verdad… no sé nada —confesó con una sonrisa nerviosa—. Solo encontré unos cuantos archivos antiguos… de… por ahí. No es necesario que les dé mucha información, ¿verdad?
Sukasa frunció el ceño, aún analizando la situación.
—No les parece extraño…
Hino ladeó la cabeza, intrigada.
—¿Extraño? ¿A qué te refieres?
Sukasa se cruzó de brazos, su mirada fija en Komori, quien seguía envuelto por esa ominosa niebla oscura.
—Que ese Centinela… posee el elemento oscuridad.
Hino abrió los ojos con sorpresa, comprendiendo de inmediato a dónde quería llegar.
—Espera… ¿Quieres decir que él podría ser…?
Pero antes de que pudiera terminar la frase, Igurū intervino con su característico tono serio.
—Lo dudo.
Todos se giraron hacia él.
—No voy a negar que el hecho de que ese Centinela posea el elemento oscuridad, y encima sea portador de un Reiken que armoniza perfectamente con su elemento, es algo muy inusual… pero de ahí a suponer que es un demonio, es otra historia. Hasta ahora solo se han registrado cuatro Reikens de oscuridad en toda la historia de la humanidad. Este sería el quinto…
Hubo un breve silencio entre ellos, cargado de tensión.
Entonces, Kuro soltó una carcajada.
—Eso es fácil de ver, chica problema —bromeó, dirigiéndose a Sukasa con su tono despreocupado de siempre.
—¿Y ahora por qué me llamas así? —Sukasa bufó, molesta.
Kuro la ignoró y, con una sonrisa burlona, se llevó las manos a la cabeza, formando unos cuernos con los dedos.
—Si fuera un demonio… tendría cuernos.
Soltó otra risa, pero los demás no compartían su buen humor.
Sukasa chasqueó la lengua con fastidio.
—Eres un idiota…
—Pero un idiota encantador —replicó Kuro, guiñándole un ojo.
Igurū suspiró.
—Sea como sea, ese Reiken no es algo que podamos tomar a la ligera.
El bullicio en la arena alcanzó su punto máximo cuando Isein volvió a tomar el micrófono.
—Para asegurar la imparcialidad en este enfrentamiento, contaremos con un réferi de élite… ¡Un excomandante de la Primera Línea del Ejército de Liberación, veterano en la lucha contra los demonios y actual instructor de futuros soldados…! ¡Den un fuerte aplauso para el maestro Geki Farukonbēru!
Una figura alta y robusta caminó con paso firme hacia la plataforma de combate. Su mirada severa y postura imponente irradiaban autoridad. Con cada pisada, el sonido de sus botas resonaba en la arena, como un eco del campo de batalla.
Desde las gradas, algunos estudiantes de Arkam murmuraban con asombro.
—¿Geki Farukonbēru? ¿Aquí?
—Dicen que en sus tiempos de soldado podía derrotar a un demonio de rango alto sin usar su Reiken.
Geki se detuvo en el centro de la arena y dirigió una mirada a Isein, esbozando una leve sonrisa.
—Oye, Isein… —dijo con tono tranquilo—. ¿Es cierto que Kuro participará en estas batallas?
Isein asintió con una sonrisa.
—Así es, maestro.
Geki chasqueó la lengua, entre divertido e interesado.
—Ya veo… esto será interesante.
Su expresión volvió a endurecerse cuando giró hacia los combatientes. Levantó una mano, y su voz retumbó con autoridad en todo el estadio.
—Quiero una batalla limpia. ¡Recuerden que esto no terminará hasta que uno de ustedes suelte su Reiken!
Ambos combatientes asintieron, sin apartar la mirada el uno del otro.
—Prepárense… —Geki bajó su mano con un movimiento seco—.
¡COMIENCEN!
El silencio duró solo un segundo.
Kaiyō y Komori se lanzaron el uno contra el otro a una velocidad abrumadora. Sus Reikens chocaron en el aire, liberando un estallido de chispas y energía que iluminó la plataforma como un relámpago.
El impacto resonó con tal fuerza que el suelo tembló. Ambos retrocedieron por la presión, pero en cuestión de un parpadeo volvieron a la carga.
Kaiyō atacaba con poderosas estocadas, su Reiken envuelto en llamas que rugían con cada movimiento. Komori, en cambio, se desplazaba con una agilidad inhumana, esquivando por un pelo cada golpe que buscaba destrozarlo.
Desde las gradas, los estudiantes observaban con incredulidad.
—¡¿Viste eso?! ¡Ese Centinela de primer año está igualando el ritmo de Kaiyō!
—Imposible… ¡Kaiyō es un Jota!
Los alumnos de Arkam sonreían con orgullo.
—Je, y decían que no teníamos con qué competir.
Kaiyō sonrió con arrogancia al ver la velocidad de su oponente.
—No está mal para un novato… pero…
De repente, alzando su Reiken, una feroz energía draconiana brotó de su cuerpo. Las llamas alrededor de su espada se intensificaron hasta volverse rojo incandescente, distorsionando el aire a su alrededor por el calor extremo.
—Veamos si puedes resistir esto…
Un rugido resonó en la arena cuando una gigantesca llamarada emergió de su hoja, lanzándose hacia Komori como un torrente de fuego vivo.
Pero Komori no retrocedió. Sonrió.
—No me subestimes, Jota de Arkanum.
Con un grito feroz, activó el poder de su Reiken del Murciélago. Una densa neblina oscura se expandió desde su cuerpo, cubriendo la arena con un velo sombrío. Su silueta se desvaneció entre la bruma.
—¡¿Dónde está?! —exclamó un espectador.
Entonces, una sombra emergió de la niebla a una velocidad aterradora. Kaiyō apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Komori descendiera sobre él con su Reiken envuelto en energía oscura.
Las espadas chocaron una vez más, pero esta vez el impacto fue brutal. Una onda de choque sacudió la arena.
El suelo se resquebrajó bajo sus pies. El campo de fuerza que protegía al público parpadeó ante la intensidad del choque.
Los vítores y gritos se multiplicaron.
—¡Esto es increíble!
—¡No puedo creer lo igualados que están!
Desde las gradas, Kuro observaba con una expresión más seria de lo habitual, frotándose el mentón.
—Vaya, vaya… esto sí que se pone interesante.
Mientras tanto, en el centro de la arena, Kaiyō y Komori seguían intercambiando golpes sin descanso.
Cada ataque, cada movimiento… podría decidir la batalla en cualquier momento.
La tensión en las gradas iba en aumento. Incluso entre los instructores, el ambiente se volvía más denso.
El maestro Tsume observaba el combate con los brazos cruzados, sus ojos reflejaban una mezcla de interés y análisis.
—El Centinela de Arkam tiene bastante potencial… —comentó en voz baja—. ¿Tú qué opinas, Kaishin?
El joven maestro, sereno, seguía los movimientos con atención.
—Es habilidoso, lo admito… pero Kaiyō es un Jota. Solo está calentando.
Desde la entrada hacia la arena, Sukasa observaba sin parpadear. El corazón le latía con fuerza. Ambos combatientes se enfrentaban sin tregua; cada golpe era bloqueado, cada ataque respondido con igual ferocidad. Como si cada uno pudiera caer en cualquier momento.
—Están a la par… —murmuró Sukasa, sintiendo la vibración de los impactos incluso desde la distancia.
Pero Igurū negó con la cabeza, su mirada afilada sin apartarse de la arena.
—No, no lo están. Aunque parezca que Kaiyō está a su nivel, en realidad se está conteniendo. Komori es impresionante… pero aún no tiene el nivel necesario para derrotarlo.
Kuro se rió por lo bajo, con su característica sonrisa burlona.
—Eso también es fácil de ver, chica problema. Deberías observar más detenidamente si planeas ser una Centinela competente.
Sukasa apretó los dientes, fulminándolo con la mirada.
—¡Cállate, idiota!
Kuro alzó las manos en son de paz, aunque su sonrisa solo se ensanchó.
—Oye, oye… deberías mostrar más respeto a tus superiores.
—El respeto se gana, no se regala, tarado. —espetó ella, cruzándose de brazos sin apartar la vista del combate.
Igurū, visiblemente cansado de la constante pelea entre los dos, suspiró sin quitar los ojos de la arena.
—Estos dos parecen perro y gato…
Pero justo cuando estaba a punto de lanzar otro comentario sarcástico, su expresión cambió de golpe.
—Espera… —frunció el ceño, fijándose en la postura de Kaiyō—. ¿Es mi imaginación… o está empezando a perder movilidad?
En la arena, Kaiyō seguía firme, con una sonrisa confiada en los labios.
—Debo admitir que tienes habilidades impresionantes para ser un novato…
Su Reiken brilló con una intensa luz escarlata. El aura a su alrededor ondulaba como fuego vivo, y el calor en la arena creció de forma sofocante.
—Pero ya es hora de terminar con esto. Prepárate para sentir la verdadera furia del dragón.
Con un rugido de batalla, su espada estalló en llamas. Giró la muñeca con velocidad y desató su técnica especial:
—¡Dragon Fangs!
Decenas de tajos flamígeros se lanzaron en dirección a Komori. Cada corte era una ráfaga de fuego incandescente, surcando el aire como colmillos ardientes. La arena se iluminó con el resplandor carmesí del ataque.
Los espectadores contuvieron el aliento.
—¡No hay forma de esquivar eso!
Pero cuando la lluvia de fuego cesó…
Komori apenas había sufrido daño.
Las brasas se disipaban a su alrededor, dejando solo leves marcas de quemaduras en su armadura ennegrecida.
—¿Eso es todo? —preguntó con desdén, sacudiéndose el polvo del hombro—. No me derrotarás con ataques tan débiles.
Kaiyō entrecerró los ojos, su orgullo claramente herido por el comentario.
—¿Débiles, eh…?
La intensidad de su energía se disparó de golpe. Su silueta se distorsionó en un destello ardiente.
Komori parpadeó.
—¿D-Desapareció?
Giró la cabeza rápidamente, buscando a su oponente sin éxito…
Hasta que un escalofrío le recorrió la espalda.
—¡Aquí estoy!
La voz de Kaiyō resonó en su oído como un susurro amenazante.
Antes de que pudiera reaccionar, sintió un agarre brutal en la espalda. Kaiyō lo había atrapado con una fuerza demoledora, inmovilizándolo por completo.
El dragón rugió.
—¡Dragon Flight!
Un ciclón de llamas envolvió a ambos combatientes. Kaiyō se elevó en el aire como un cometa ardiente, llevándose consigo a Komori. El calor era abrumador. El aire vibraba por la presión de la técnica.
—¡Esto va a doler…! —gritó un espectador.
Con un grito feroz, Kaiyō lo arrojó con toda su fuerza.
Komori cayó en picada, envuelto en fuego. El impacto contra el suelo fue tan brutal que la arena se resquebrajó y una nube de polvo y escombros cubrió toda la plataforma.
Un silencio absoluto cayó sobre el público.
El humo envolvía el campo de batalla, ocultando el resultado.
Kaiyō aterrizó con gracia, sacudiendo su Reiken para disipar las llamas que quedaban.
—Es el fin, murciélago.
Pero cuando el polvo finalmente se asentó…
Komori seguía en pie.
Casi intacto.
Los murmullos de incredulidad se extendieron como un eco por toda la arena.
—¿Cómo…?
Kaiyō sintió un escalofrío. Algo no estaba bien.
Komori sonrió con burla.
—¿Eso es lo mejor que puedes hacer? —sus ojos destellaron con un brillo oscuro—. ¿De verdad pensaste que un ataque así acabaría conmigo?
Kaiyō dio un paso atrás, una creciente incomodidad en su rostro. Ese último ataque debía haberlo dejado fuera de combate.
—Imposible… —susurró, sintiendo cómo su pulso se aceleraba.
“Mis llamas… no le hacen daño.”
Un hilo de sudor descendió por su sien. Algo andaba mal. Muy mal.
Komori avanzó un paso, con una sonrisa letal en los labios.
—Ahora es mi turno, dragón.
Y se lanzó al ataque con una velocidad vertiginosa.
Kaiyō apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que una ráfaga de cortes cayera sobre él desde múltiples direcciones. El filo del Reiken de Komori se movía como un torbellino oscuro, deslizándose por el aire con una precisión aterradora.
El Jota retrocedió de golpe, alzando su espada para bloquear, pero cada impacto lo hacía tambalearse más. Las ondas de choque sacudían el aire a su alrededor, forzándolo a adoptar una postura puramente defensiva.
Desde la entrada de la arena, Igurū fruncía el ceño. Su habitual expresión fría comenzaba a quebrarse.
—Esto no está bien… —murmuró.
A su lado, Kuro sonreía de lado, como si ya supiera exactamente lo que estaba ocurriendo.
—¿Acaso viste algo, Kuro? —preguntó Igurū con seriedad.
Kuro se encogió de hombros, sin apartar la vista del combate.
—Sí… aunque dudo que ustedes lo hayan notado. Sucedió en una fracción de segundo.
Hizo una breve pausa, luego sonrió de nuevo.
—Pero mejor que te lo explique Remy, ya que ella también lo vio. ¿No es así?
Remy asintió, su mirada fija en Komori.
—Fue apenas un destello, pero… cuando Kaiyō lanzó su primer gran ataque, Komori usó las alas en su espalda para bloquearlo.
Sukasa y Hino se miraron, incrédulas.
—¿Bloquearlo… con las alas? —repitió Igurū.
Remy continuó con tono firme:
—Y cuando cayó desde aquella altura, usó esas mismas alas para amortiguar el impacto. No salió ileso por milagro… lo planeó.
—Eso explica por qué sigue de pie —murmuró Sukasa, comprendiendo por fin.
Kuro chasqueó la lengua con una sonrisa.
—Me sorprende la resistencia de esas alas… pero…
Señaló con la barbilla hacia la arena.
—No van a aguantar mucho más.
Todos siguieron su mirada… y lo notaron.
Las alas de la armadura de Komori estaban resquebrajadas. Pequeñas fracturas surcaban su superficie.
—Espera… —dijo Igurū, como si algo acabara de hacer clic en su mente—. No es que las alas sean increíblemente resistentes… es que los ataques de Kaiyō han sido demasiado débiles.
Un silencio tenso se instaló entre ellos.
—Además… —añadió Igurū, afinando la mirada— Kaiyō está perdiendo velocidad.
Hizo una breve pausa, y concluyó con gravedad:
—Komori, en cambio, es más rápido que antes. Es como si…
En la arena, Kaiyō jadeaba. Su respiración se hacía más pesada, sus movimientos se volvían torpes. Sentía los músculos entumecidos, las articulaciones más lentas.
Como si una fuerza invisible le estuviera drenando la energía.
¿Qué… qué me está pasando?
El sudor le caía en gotas mientras intentaba recomponer su postura.
—Esto debería haber sido una victoria fácil… pero…
Sus pensamientos eran un torbellino de dudas.
¿Por qué me siento tan… cansado?
Un destello de peligro.
Demasiado tarde.
Una línea de sangre se dibujó en su brazo derecho, abierta por un corte certero. La herida ardía como fuego.
—Tch… —apretó los dientes, tambaleándose hacia atrás.
Komori sonrió con aire depredador, girando su Reiken con soltura.
—Ya lo entiendes, ¿verdad, dragón?
Su voz era una mezcla de burla y confianza, como si la batalla ya estuviera decidida.
—Por mucho que lo intentes… no lograrás ganar.
Dio un paso adelante y desató una nueva ráfaga de cortes veloces. Kaiyō intentó bloquear, pero sus reflejos eran demasiado lentos.
Los golpes lo alcanzaron sin piedad, abriendo nuevos cortes en su armadura, que comenzaba a agrietarse como una cáscara a punto de romperse.
Desde las gradas, los maestros observaban con rostros tensos.
Kaishin frunció el ceño, analizando cada movimiento.
—Algo no está bien… —murmuró, cruzándose de brazos—. Kaiyō está perdiendo velocidad. Su postura se desarma… es como si…
Antes de que pudiera terminar, Tsume habló con voz grave:
—Exacto.
Kaishin lo miró sorprendido, pero Tsume no apartó la vista del combate.
—El Murciélago está drenando su energía.
En la arena, Kaiyō tambaleaba. Su cuerpo estaba al borde del colapso. Cada respiro era un tormento; cada movimiento, una batalla interna. Sentía cómo su energía se escapaba como arena entre los dedos. Como si su propia fuerza vital estuviera siendo arrancada poco a poco.
Pero su espíritu no cedía.
—No puedo rendirme… —susurró entre jadeos, obligando a su cuerpo a mantenerse firme—. Aunque me absorba hasta la última gota de energía… debo ganar esta batalla.
Sus piernas temblaban, su cuerpo ardía de fatiga, pero su mirada seguía siendo feroz. Indomable.
Komori, caminando con aire confiado frente a él, lo observó como si fuera una presa moribunda.
—¿En serio piensas seguir peleando, dragón? —dijo con una risa incrédula—. Lo mejor sería que te rindieras.
Kaiyō levantó la cabeza, respirando con dificultad.
—No pienso hacerlo.
Komori frunció el ceño.
—¿Cómo dijiste?
Kaiyō apretó los dientes. Su voz estalló con furia contenida.
—¡Dije que no me rendiré!
Komori chasqueó la lengua.
—¿Todavía crees que puedes derrotarme? Apenas puedes mantenerte en pie. Si no fuera por las escamas de tu armadura, ya estarías derrotado.
Kaiyō esbozó una sonrisa débil.
—Mis escamas…
Murmuró para sí, como si algo hubiese hecho clic en su mente.
—Tal vez… esa sea la clave…
Y con renovada determinación, se lanzó al ataque con lo poco que le quedaba.
Komori lo recibió con su típica arrogancia.
—¡Idiota! —exclamó mientras esquivaba con facilidad—. ¡Es inútil!
Sus movimientos eran sombras vivas. Evadía cada intento de golpe de Kaiyō, y a cada ocasión respondía con cortes certeros, deshaciendo la armadura escamada del dragón trozo por trozo.
Desde la entrada a la arena, Sukasa observaba con el rostro desencajado.
—¿Qué demonios está haciendo Kaiyō? —murmuró, con el corazón en un puño—. Si sigue recibiendo daño, va a…
Pero se detuvo.
Algo no cuadraba.
Igurū entrecerró los ojos, atento a cada uno de los movimientos de su hermano menor.
—¿Qué pasa por tu cabeza, Kaiyō…?
Komori atacaba sin descanso. Cada golpe era más rápido, más agresivo. Parecía decidido a acabarlo de una vez.
Kaiyō se veía cada vez más exhausto, pero sus ojos…
Sus ojos decían otra cosa.
Reflejaban esperanza.
—Solo… necesito… encontrar el momento adecuado… —pensó, esquivando por poco otro corte.
Pero Komori no iba a permitirlo.
Su sonrisa desapareció. Reunió toda su energía en su espada.
—Ya basta de juegos.
El Reiken comenzó a vibrar, rodeado de un aura púrpura densa y oscura. Un poder opresivo se apoderó del aire.
—Este será mi golpe final…
¡Dark Wave!
El aire tembló.
Una poderosa onda de niebla oscura se expandió con un estruendo ensordecedor. La presión era tan densa que los espectadores la sintieron en la piel, como si el mismo aire se volviera plomo.
Igurū se levantó de golpe.
—¡Kaiyō, sal de ahí! —gritó con urgencia.
Pero Kaiyō no se movió.
El ataque avanzaba como una ola de destrucción imparable.
—Es tu fin, Dragón —sentenció Komori, con voz fría.
Pero entonces…
En el último segundo, Kaiyō se impulsó hacia un lado, esquivando por un margen mínimo. La onda pasó rozándolo, sacudiendo el aire tras él, pero sin alcanzarlo por completo.
Komori abrió los ojos, incrédulo.
—¿¡Qué…!?
Kaiyō no había perdido el control.
Todo ese tiempo… había estado esperando este instante.
Reuniendo cada gota de energía que le quedaba, alzó su Reiken.
—No puedo perder aquí… no contra alguien como tú.
El arma comenzó a arder con una intensidad desbordante.
Las llamas cobraron vida, girando alrededor de la hoja, creciendo, rugiendo.
El calor en la arena se disparó.
Los espectadores sintieron cómo la temperatura cambiaba al instante.
Algunos incluso retrocedieron en sus asientos, sorprendidos por el poder que emanaba del campo de batalla.
Komori, aún atónito, dio un paso atrás.
—No… No puede ser…
Pero ya era demasiado tarde.
—¡Rising Dragon! —rugió Kaiyō con todas sus fuerzas.
Un estruendo estremeció el aire.
Un gigantesco dragón de fuego emergió del Reiken, rugiendo con furia salvaje.
Las llamas ardían con tal intensidad que la arena misma parecía derretirse.
El cielo se tiñó de naranja, como si el sol mismo hubiera descendido sobre el combate.
Komori intentó moverse, pero su cuerpo no respondía.
El Dark Wave lo había drenado por completo.
—¡Maldición!
El dragón descendió sobre él como un meteoro de fuego.
Lo envolvió en un mar de llamas, lo alzó y lo lanzó con violencia contra la barrera de protección.
El impacto fue seco, brutal.
Komori cayó al suelo.
Inconsciente.
Por unos segundos… la arena quedó en completo silencio.
Y luego…
El rugido del público estalló.
Los alumnos de Arkanum y Arkam se pusieron de pie, gritando con euforia.
—¡Increíble!
—¡Lo derrotó!
—¡Kaiyō ganó!
El maestro Geki levantó la mano, su voz resonando con autoridad:
—La batalla ha terminado.
El vencedor es el Reiken del Dragón… Kaiyō Shirokuma.
Kaiyō permaneció de pie unos segundos más, su cuerpo temblando por el esfuerzo.
Y luego…
Se desplomó de rodillas.
—Lo… logré… —pensó, sintiendo cómo el cansancio finalmente lo vencía.
No podría mantenerse en pie por mucho más tiempo.
Desde las gradas, Igurū reaccionó de inmediato.
—¡Paramédicos! —ordenó con voz firme—. Preparen una camilla para los dos. Llévenlos a la enfermería, ¡De inmediato!
Los paramédicos corrieron hacia el campo, levantando tanto a Kaiyō como a Komori, ambos heridos, agotados, y con las armaduras hechas trizas.
Mientras lo llevaban en la camilla, Kaiyō murmuró con voz débil:
—Siempre tuviste razón, hermano…
Sus palabras apenas eran un susurro.
—Si no me hubiera confiado… lo habría derrotado sin problemas…
Su visión comenzaba a nublarse.
—Perdón por decepcionarte… otra vez…
Y con esas últimas palabras, cayó en la inconsciencia.
Desde la distancia, Igurū observaba en silencio, con la mirada fija en la figura inconsciente de su hermano, mientras los paramédicos lo retiraban de la arena.
A su lado, Kuro cruzó los brazos, soltando un suspiro.
—Peleó bien.
Igurū no apartó la vista.
—Lo sé. Pero si hubiera usado todo su poder desde el principio, esto no habría pasado. —Su voz era fría, afilada como una hoja de acero—. Necesita entender que el exceso de confianza es peligroso.
Kuro chasqueó la lengua con una sonrisa burlona.
—Vaya, eres más duro que una roca. Tiene talento, pero aún está aprendiendo. Y seamos honestos… nadie esperaba que ese Centinela pudiera drenar energía.
Esta vez, Igurū sí lo miró, con expresión severa.
—Lo que le falta es disciplina. —Sus palabras eran como plomo—. El talento no es suficiente en un campo de batalla. Un solo error… puede costarte la vida.
Kuro soltó una risa suave, cerrando los ojos.
—Tienes razón… pero si lo presionas tanto, terminarás volviéndolo otro amargado como tú.
Igurū guardó silencio. Su mirada se perdió un instante en la arena vacía, como si buscara algo entre los recuerdos.
Antes de que pudiera decir algo más, Remy resopló, alzando la voz:
—¡Ya basta, ustedes dos! —exclamó, cruzándose de brazos—. ¡Kaiyō ganó! ¿No se supone que eso es motivo para celebrar?
Mientras tanto, en las gradas…
Desde la sección de profesores, el maestro Tsume se puso de pie, estirando el cuello con un leve crujido.
—Parece que tendré que trabajar —murmuró.
Kaishin lo miró con una ceja arqueada.
—¿No te quedarás a ver los próximos combates?
Tsume se ajustó su bata, listo para bajar las escaleras.
—No. Esos chicos necesitarán atención médica. —Su voz era firme, aunque cargada de una preocupación silenciosa—. Se hicieron mucho daño en ese duelo. Es mi deber ayudarlos. Nos vemos luego, hermano.
Kaishin asintió lentamente.
—Cuídate.
Lo vio alejarse, luego volvió su mirada al centro de la arena. La emoción del torneo apenas comenzaba.
¿Quiénes serán los siguientes?, pensó.
Mientras tanto, Isein sostenía un sobre sellado entre sus manos. Al leer su contenido, su expresión cambió: primero sorpresa… luego determinación.
La multitud seguía murmurando, expectante. La tensión era palpable.
Finalmente, Isein levantó la voz.
—¡Muy bien, todos!
El rugido del público se apaciguó al instante. Todos los ojos estaban puestos en él.
—Dado que los combatientes anteriores están siendo atendidos por los paramédicos, es momento de continuar con los enfrentamientos.
Una nueva ola de aplausos y vítores sacudió el estadio.
Isein alzó una mano para pedir silencio antes de continuar.
—La Academia Arkanum ha asegurado una victoria gracias a Kaiyō Shirokuma, pero el resultado aún no está definido.
Los murmullos se intensificaron. Todos sabían que lo mejor estaba por venir.
Volvió a mirar el sobre. Algo en esos nombres lo hizo fruncir el ceño. Dudó por un segundo, pero luego respiró hondo y anunció con firmeza:
—Los próximos participantes serán…
El estadio contuvo el aliento.
—¡La Centinela de primer año, Sukasa Kaze!
Una explosión de aplausos y gritos resonó mientras Sukasa avanzaba con pasos decididos hacia la arena.
Pero por dentro…
Su mente era un torbellino.
—No te pongas nerviosa, Sukasa… —se decía a sí misma, sintiendo el peso de cada mirada sobre ella—. Solo da lo mejor de ti.
Isein esperó a que el alboroto bajara antes de continuar.
—Sukasa es portadora del Reiken del Águila, clase Salvaje.
Pero entonces… hizo una pausa.
Volvió a mirar el sobre, como si no creyera lo que había leído.
Un destello de asombro cruzó su rostro.
La arena entera quedó en silencio.
Y entonces, con voz firme, Isein anunció:
—Su oponente será…
el rey de la Academia Arkam… Ibuki Ishikawa.
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