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REIKENS - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Capítulo 14 El Rey de Arkam
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16: Capítulo 14 El Rey de Arkam 16: Capítulo 14 El Rey de Arkam El silencio apenas duró unos segundos antes de que una ola de murmullos y exclamaciones inundara las gradas.

La sorpresa era palpable.

Incluso Igurū, Kuro y Remy intercambiaron miradas tensas.

Desde el centro de la arena, Isein Mūsu alzó la voz con firmeza para acallar el bullicio: —Así es, damas y caballeros.

¡El próximo en combatir es Ibuki Ishikawa, portador del Reiken del Cerbero, de la clase Mitológica!

Una explosión de gritos sacudió el estadio.

—¡No puede ser!

¡Ibuki peleará tan pronto!

—¡Eso nunca había pasado!

—¡Sukasa está en serios problemas!

Desde la entrada hacia la arena, Kuro chasqueó la lengua con incredulidad.

—¿Ibuki…?

—murmuró.

Igurū, en cambio, permanecía inmóvil.

Su mente analizaba cada detalle con precisión quirúrgica.

—Ese infeliz decidió ser el segundo en participar… ¿Por qué?

Su mirada se agudizó, y sus ojos azules brillaron con intensidad.

—Es inusual que un Rey entre tan temprano en los combates.

—Hablaba más para sí que para los demás—.

La estrategia lógica es reservar a los más fuertes para el final.

¿Qué está tramando?

Apretó los dientes, frustrado.

—A menos que… —susurró, su mano crispándose sobre la tela de su uniforme—.

A menos que supiera de antemano nuestro orden de participación.

Giró la cabeza lentamente hacia Ibuki, como si buscara una respuesta directa en su rostro tranquilo.

—Pero… ¿cómo demonios pudo anticiparse a mi estrategia?

*** Horas antes… Oficina del Rey de Arkanum La habitación estaba sumida en penumbra, iluminada apenas por la tenue luz del sol filtrándose por las persianas.

Un susurro rompió el silencio: —¿Lograste entrar?

Desde las sombras, una figura oscura avanzó con sigilo.

—Sí.

Fue fácil evadir a sus Centinelas.

Se movía con fluidez, sin dejar rastro, abriendo cajones, desplazando libros, revisando cada rincón con cuidado.

La voz al otro lado del comunicador respondió, serena pero fría: —Excelente.

Ahora busca los sobres con el orden de combate del equipo de Igurū.

Los dedos del intruso se deslizaron entre papeles y carpetas selladas.

Su búsqueda fue rápida, pero meticulosa.

—¿Estás seguro de que los dejó aquí?

—Igurū es meticuloso.

Siempre planifica todo con antelación.

—La voz era confiada, casi aburrida—.

Deben estar en su oficina.

El intruso, Komori, detuvo sus manos al encontrar un pequeño paquete de sobres con el emblema de Arkanum.

Los abrió con delicadeza.

Sus ojos brillaron al leer el primer nombre.

—Aquí está… El primer participante será uno de los Jotas: Kaiyō Shirokuma.

Del otro lado, Ibuki sonrió.

—Ya veo.

Sigue con su estrategia habitual.

—Su voz tenía un matiz burlón—.

Al menos no mandó a Blaike o Isein primero.

Eso facilita las cosas.

Komori continuó leyendo, susurrando: —Después irán los Centinelas de primer año: Sukasa Kaze y Hino Tora.

La sonrisa de Ibuki se ensanchó.

—Perfecto.

Dos puntos fáciles.

Komori hojeó con rapidez los siguientes sobres, pero entonces… Un crujido sutil se escuchó del otro lado de la puerta.

Alguien se acercaba.

Su cuerpo se tensó al instante.

—Hay alguien afuera —murmuró con urgencia.

Ibuki no vaciló.

—¡Sal de ahí ahora!

Komori cerró los sobres de inmediato y desapareció entre las sombras justo cuando la puerta se abría lentamente y se dirigió rápidamente a donde se encontraba Ibuki.

Komori llegó jadeando, aún recuperando el aliento.

—¿Pudiste ver quién será el último en participar?

Komori negó con la cabeza.

—No mucho.

Solo alcancé a leer algo sobre un tal Kuro… Ibuki inclinó ligeramente la cabeza, pensativo.

—¿Kuro, eh?

Nunca lo vi participar en desafíos anteriores… Hizo una pausa, procesando la información con una expresión calculadora.

—Debe ser un Centinela novato.

Sus ojos rojos brillaron con astucia.

—Con esto… puedo diseñar una estrategia perfecta.

Komori lo observaba con atención, casi con reverencia.

—¿Qué planea hacer, señor?

Ibuki dejó escapar una leve risa, con un tono teñido de arrogancia.

—Primero, tú pelearás contra Kaiyō.

Komori parpadeó, sorprendido.

—¿Yo?

Pero…

Ibuki alzó una mano, silenciándolo al instante.

—No subestimes a Kaiyō.

—Su tono seguía siendo firme, aunque dejaba entrever diversión—.

Es uno de los Jotas más fuertes de Arkanum, pero confío en que puedes derrotarlo.

Komori tragó saliva antes de asentir.

—Haré mi mejor esfuerzo.

Ibuki continuó, su voz cargada de seguridad.

—Luego seré yo quien entre a la arena.

Si por alguna razón tú fallas, lo derrotaré sin problema.

Hizo una pausa, su sonrisa nunca desapareciendo.

—Además, las Centinelas de primer año serán presa fácil para mí.

Hablaba con una calma que resultaba perturbadora, como si el resultado ya estuviera decidido.

—Eso nos asegurará tres puntos en muy poco tiempo.

Komori asintió, impresionado.

—Es una estrategia brillante, señor.

Pero tras un momento, bajó la voz con una pizca de duda.

—¿Y qué hará… cuando le toque enfrentar al Rey de Arkanum?

Ibuki soltó una breve carcajada.

Sus ojos destilaban confianza.

—Es cierto… Igurū no ha perdido un solo desafío desde que es Rey.

Su mirada se endureció, su expresión se volvió aún más afilada.

—Pero este año será distinto.

Se cruzó de brazos, con una convicción inquebrantable.

—Con tu habilidad de absorción de energía… Una nueva sonrisa se formó en su rostro.

Fría.

Precisa.

Letal.

—Ni siquiera Igurū podrá detenernos.

*** De vuelta en la arena… La atmósfera estaba cargada.

Cada segundo parecía estirarse.

Kuro observaba en silencio, sus ojos fijos en la figura que se aproximaba con paso lento.

La jugada de Ibuki comenzaba a revelarse.

A su lado, Remy tragó saliva.

Su mirada era de preocupación pura.

—Esto es malo… —murmuró—.

Por más fuerte que sea Sukasa, Ibuki está a otro nivel.

Igurū, con los brazos cruzados, asintió levemente.

—Tienes razón.

Su tono era firme, pero en sus ojos brillaba una chispa distinta: fe.

—Pero ya no podemos intervenir.

Solo nos queda observar… y esperar.

Levantó ligeramente la voz, proyectándola hacia la arena: —Este combate no será sencillo, Sukasa.

Pero confío en que estarás a la altura.

En el centro de la arena, Sukasa respiró hondo.

Apretó con fuerza su Reiken, que de pronto parecía pesar el doble.

Su corazón golpeaba con fuerza en su pecho, pero sus pasos no titubeaban.

Frente a ella, Ibuki ingresó a la arena con aire despreocupado.

Caminaba como si el resultado ya estuviera escrito.

Su sonrisa era sutil, pero rebosaba seguridad.

Cuando alcanzó su posición, alzó la mano derecha hacia un costado y proclamó con voz potente: —¡Ven a mí, Reiken del Cerbero!

Una brutal ráfaga de fuego estalló desde su palma, expandiéndose en una llamarada que lo envolvió por completo.

El calor era abrumador.

Las llamas danzaban alrededor de Ibuki como si fueran extensiones de su voluntad.

Un fuego intenso, voraz, más poderoso incluso que el de Kaiyō.

La temperatura subió en cuestión de segundos.

El aire se volvió sofocante.

Las piedras del suelo se tornaron rojizas y comenzaron a resquebrajarse bajo el calor.

Un viento abrasador se expandió por todo el estadio.

Y en medio de ese infierno… Ibuki sonrió.

Sukasa retrocedió instintivamente, cubriéndose el rostro con el antebrazo.

—¿Cómo puede generar tanto calor…?

—murmuró, con los labios resecos por el aire abrasador.

La llama infernal comenzó a disiparse lentamente.

Primero, una silueta oscura emergió entre los restos de fuego.

Luego, una espada de color carmesí se volvió visible.

Su filo brillaba con un resplandor anaranjado, como si aún estuviera al rojo vivo.

El mango, decorado con dos garras curvas, le daba una apariencia salvaje y feroz.

Poco a poco, el resto de su figura se reveló.

Una armadura intimidante cubría todo su cuerpo.

Era de un rojo profundo, con detalles en negro.

Cada placa de metal tenía grabados que imitaban las fauces y los ojos de un Cerbero: el legendario guardián del inframundo.

Ibuki sonrió.

Levantó su espada y apuntó directamente a Sukasa.

—Por más que seas mujer… —dijo con una frialdad escalofriante—.

No tendré ninguna piedad contigo.

*** En la enfermería de Arkanum… Un grito desgarrador rompió el silencio.

—¡Aaaaaahhh!

¡Duele!

¡Duele mucho!

Kaiyō se retorcía mientras el Maestro Tsume le aplicaba un ungüento en el costado con movimientos nada delicados.

—Deja de quejarte —gruñó el maestro con voz áspera—.

Eso te pasa por confiarte demasiado.

Que te sirva de lección.

Kaiyō apretó los dientes, aguantando el dolor.

—¡Pero al menos gané!

—dijo con una sonrisa forzada.

El maestro soltó un bufido despectivo.

—Sí… pero ¿a qué costo?

Eres un idiota.

Kaiyō resopló, y mientras su respiración se calmaba, sus ojos se posaron en una camilla cercana.

—¿Y el murciélago?

Tsume no desvió la vista de su tarea.

—Tan pronto lo traté, se fue.

—¿Se fue?

—Kaiyō parpadeó, confundido.

—No soy su niñera.

—El maestro le dio un último apretón al vendaje, provocando una nueva mueca de dolor.

Kaiyō ya no protestó.

Su mente estaba en otro lugar.

—¿Por qué se habrá ido sin recuperarse del todo?

Algo no le cuadraba… *** En la arena… El Maestro Geki levantó una mano, llamando la atención del público.

—Esta batalla no terminará hasta que uno de ustedes suelte su Reiken.

¡Comiencen!

En el instante en que la señal fue dada, Sukasa e Ibuki se lanzaron el uno contra el otro.

Sus espadas chocaron con fuerza, una serie de golpes rápidos, certeros y calculados.

El sonido del metal rasgando el aire y estrellándose llenó la arena.

Ambos medían sus habilidades, buscando una apertura.

—No puedo bajar la guardia… —pensó Sukasa, ajustando su postura—.

Este no es un oponente cualquiera.

Es el Rey de Arkam.

Frente a ella, Ibuki la observaba con calma absoluta.

No había urgencia en sus movimientos.

Solo dominio total.

—Luchas bien… —comentó con voz tranquila, desviando su espada con un gesto fluido—.

Pero seré yo quien gane esta pelea.

Retrocedió unos pasos y alzó su Reiken, sonriendo con arrogancia.

—CERBERUS BITE.

Desde la espada de Ibuki emergieron tres enormes mandíbulas hechas de fuego puro.

Las llamas formaban colmillos afilados que rugían como si tuvieran voluntad propia.

Sukasa apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Giró sobre sí misma, esquivando por centímetros el primer mordisco.

El segundo casi la alcanza.

Sintió el calor abrasador rozándole la armadura, quemando los bordes.

Aterrizó con dificultad, resbalando por el impacto, y clavó la mirada en Ibuki, decidida.

—Impresionante agilidad —dijo él, con una sonrisa burlona—.

Pero dime, ¿realmente piensas derrotarme?

Sukasa apretó los dientes.

Su respiración era pesada, pero firme.

—¡Por supuesto que sí!

Ibuki soltó una carcajada baja, oscura, divertida.

Sus ojos brillaban con malicia.

—Me gusta tu confianza.

Pero esto… apenas comienza.

Alzó su espada y pronunció con voz firme: —CLONING.

Su figura se distorsionó por un instante.

Una onda de energía onduló a su alrededor, y de pronto, dos copias idénticas emergieron a cada lado suyo.

Tres Ibukis se alzaron en la arena, todos con la misma expresión arrogante, los mismos ojos rojisos… y la misma espada infernal.

Los tres levantaron su Reiken al unísono.

Y sonrieron.

Desde las gradas, Kuro observaba con el ceño fruncido.

—¡Ese infeliz ya está usando sus trucos!

—gruñó Igurū, molesto.

Pero antes de que pudiera seguir, Kuro alzó una ceja con sarcasmo.

—¡Wow, una técnica de clonación!

Yo la usaría para que mis copias hicieran la tarea mientras yo me escapo a la cafetería.

¡Paf!

El golpe en la cabeza no tardó en llegar.

—¡Idiota!

¡Esto es serio!

—le gritó Igurū, fulminándolo con la mirada.

En la arena, Sukasa no tenía tiempo para bromas.

Los tres Ibukis se movían con una velocidad espeluznante, rodeándola como depredadores.

—Es mejor que te prepares… —dijeron al unísono con una voz inquietante—.

CERBERUS BITE ×3.

Las mandíbulas de fuego volvieron a surgir, esta vez desde tres ángulos distintos, más rápidas, más feroces.

Sukasa trató de esquivar, pero no pudo con todas.

El primer impacto le quemó el costado, arrancándole un alarido.

El segundo la levantó del suelo y la estrelló contra la arena.

El tercero le alcanzó la pierna, dejando su armadura chamuscada y humeante.

—¡Aaah!

—Sukasa gritó de dolor, su cuerpo golpeando el suelo como un saco de piedras.

La multitud contuvo el aliento.

El polvo se alzó.

Todo quedó en silencio por un instante.

Desde las gradas, Remy apretó los puños.

—¡Maldición!

¡Esto no está bien!

En la arena, Ibuki dio un paso atrás, girando su espada con indiferencia.

—Bueno… ahora a esperar al siguiente.

Pero cuando se daba la vuelta… —¿A dónde crees que vas…?

¡Aún no hemos terminado!

Ibuki se detuvo.

Giró la cabeza lentamente y lo vio.

Sukasa se estaba levantando.

Tambaleante, cubierta de quemaduras, con la respiración agitada… pero de pie.

Sus ojos brillaban con furia.

Con orgullo.

Con vida.

Un murmullo se expandió por las gradas como una ola.

—¿Qué…?

¿Todavía puede levantarse?

Ibuki la observó, sorprendido por un segundo… y luego esbozó una sonrisa arrogante.

—Vaya, es impresionante… pero te lo advierto.

La basura debe quedarse en el suelo.

Sukasa escupió sangre al suelo y alzó su espada con ambas manos.

—¡Haré que te tragues tus palabras!

¡EAGLE FLIGHT!

Un torbellino de viento estalló desde su Reiken, surcando la arena con fuerza y velocidad.

El ataque voló directo hacia Ibuki… Y lo impactó de lleno en el pecho.

Pero no pasó nada.

Ni un solo rasguño.

Ni un solo paso atrás.

Ibuki parpadeó… y luego sonrió.

—Eso fue… refrescante.

—Se sacudió el polvo de la armadura con desdén—.

¿De verdad creíste que eso me haría algo?

Sukasa se quedó paralizada.

Uno de sus ataques más fuertes… no había servido para nada.

Desde la entrada, Kuro silbó con sorna.

—Pff, ese ataque fue más débil que el que me lanzó en las pruebas.

Claro que no le haría daño.

Igurū, en cambio, frunció el ceño con gravedad.

—El problema es… ¿por qué fue tan débil?

¡No tiene sentido!

En la arena, Sukasa jadeaba.

Su cuerpo estaba al límite.

Las piernas le temblaban, las heridas ardían, y cada respiración era una tortura.

Los tres Ibukis la rodeaban nuevamente, como lobos listos para el último mordisco.

Las llamas del Reiken del Cerbero seguían rugiendo, intensas.

Ibuki la miraba sin compasión.

Solo quedaba burla en sus ojos.

Pero los de ella… Los de Sukasa aún brillaban con algo más fuerte que el dolor.

Determinación.

Ibuki suspiró y giró su espada con desdén.

—Oye… ya me estás aburriendo.

¿Por qué no mejor te rindes?

Su voz rezumaba arrogancia, como si la victoria ya le perteneciera.

Frente a él, Sukasa jadeaba, el cuerpo al borde del colapso… pero aún aferrada a su Reiken.

—¡Cierra la boca!

—gruñó entre dientes—.

No pienso rendirme.

Igurū confió en mí, y no voy a decepcionarlo.

Ibuki soltó una risa seca.

—Ja… Deja de decir tonterías.

No lograrás vencerme.

Los fuertes siempre aplastan a los débiles.

Su mirada se volvió glacial mientras alzaba su espada, apuntando directo al corazón de su oponente.

—Nos vemos, Águila.

¡GATE OF THE UNDERWORLD!

Una gigantesca esfera de fuego surgió de su Reiken, girando con violencia mientras avanzaba como una furiosa tempestad.

El calor se volvió insoportable.

La plataforma bajo sus pies comenzó a resquebrajarse.

Era imposible de esquivar.

Desde la entrada a la arena, Remy, Hino e Igurū se quedaron inmóviles, conteniendo el aliento.

Y en ese instante… Sukasa cerró los ojos.

Y recordó.

*** Años atrás… Una niña de cabello revuelto miraba con preocupación a su hermano mayor, cubierto de vendas, sentado bajo un árbol.

—Oye, hermanito… ¿no te duele cuando te lastiman en una batalla?

Él soltó una risa suave y le revolvió el cabello.

—Claro que duele.

A veces incluso me dejan tirado.

—¿En serio?

—preguntó ella con los ojos bien abiertos.

—Sí.

Pero siempre elijo levantarme.

Se agachó hasta quedar frente a ella y le puso una mano en el hombro.

—Así es la vida, Sukasa.

No importa cuántas veces te derriben… o cuán fuerte sea la caída.

Lo importante es volver a levantarse.

Siempre.

¿Entiendes?

Los ojitos de Sukasa brillaron.

—¡Sí, hermanito!

*** En el presente… Los ojos de Sukasa se abrieron de golpe.

Su corazón rugía como un tambor de guerra.

El recuerdo de su hermano ardía más que cualquier herida.

—No me daré por vencida… Apretó los dientes.

Alzó su espada con ambas manos.

—¡DIVINE TORNADO!

Un feroz remolino de viento emergió de su Reiken, elevándose con furia hacia la colosal esfera de fuego.

Ambas técnicas colisionaron en el centro de la arena.

Fuego y viento chocaron con una fuerza aterradora.

Una onda de impacto sacudió toda la estructura, haciendo vibrar hasta las gradas.

El aire se volvió una mezcla abrasadora de llamas y ráfagas, obligando a los espectadores a cubrirse el rostro.

El suelo tembló.

Desde las gradas, Remy observaba boquiabierta.

—¡Está resistiendo el ataque de Ibuki!

Pero… poco a poco, el tornado comenzó a flaquear.

Las llamas lo sobrepasaban.

Eran más densas.

Más calientes.

Hasta que finalmente… El fuego devoró todo.

—¡Aaaaaaah!

El grito de Sukasa sacudió la arena.

Su cuerpo fue lanzado con violencia, estrellándose contra la barrera para después caer al suelo.

Una nube de brasas y polvo se alzó como una cortina ante el público.

Silencio.

Ibuki bajó su espada con lentitud, sin emoción alguna.

—Qué decepción… esperaba algo más.

Las gradas estaban en shock.

En medio del cráter, Sukasa yacía humeante, su cuerpo inmóvil.

Pero entonces… Un detalle estremeció a todos.

Su mano aún se aferraba a su Reiken.

El silencio fue roto por un murmullo en la multitud.

—¿Se ha rendido…?

Las brasas que cubrían su cuerpo se apagaron de golpe.

Un estremecimiento recorrió la arena.

Sukasa empezó a moverse.

Primero los dedos.

Luego un temblor en los brazos.

Después, se apoyó en la espada.

Estaba levantándose.

Dolorida.

Temblorosa.

Pero de pie.

Los ojos de Ibuki se entrecerraron.

—Vaya, vaya… —murmuró con una mezcla de fastidio y asombro—.

¿Miren quién se levanta otra vez?

Su tono ya no era tan burlón.

Ahora sonaba… tenso.

—¿Qué te impulsa a seguir levantándote?

La voz de Ibuki resonó en la arena, cargada de cinismo.

Sukasa alzó la mirada, el rostro cubierto de sudor y cenizas.

Su respiración era entrecortada, pero en sus ojos ardía algo más fuerte que el dolor: determinación pura.

Con un esfuerzo que hizo temblar sus rodillas, se puso de pie.

Apuntó su Reiken hacia Ibuki.

—No importa cuán fuerte me golpees… —dijo con voz firme—.

Siempre elegiré levantarme.

—Esa es mi fuerza.

Desde las gradas, Kuro la observaba en silencio.

Una sonrisa, mezcla de asombro y respeto, se formó en su rostro.

—Es terca… —murmuró—.

Pero tiene valor.

Ibuki bufó, rodando los ojos.

—Qué bonito… casi me haces llorar.

Su Reiken se encendió con un fuego voraz.

—Veamos cuánto más puedes soportar.

¡CERBERUS FANGS!

Múltiples cuchillas de fuego se materializaron y volaron hacia ella como proyectiles veloces.

El aire chilló.

Las hojas ardientes comenzaron a destruir poco a poco su armadura hasta llegar a su pie… y su sangre comenzó a teñir la arena.

—¿Dónde está tu fuerza ahora?

—se burló Ibuki, caminando hacia ella con paso lento y cruel.

Sukasa apenas podía mantenerse de pie.

Cada corte era una punzada de fuego.

Su cuerpo tambaleaba.

Pero no soltaba su espada.

Desde las gradas, Igurū, Hino y los demás miraban con horror.

—¡Por favor, hagan algo!

—gritó Hino, con lágrimas en los ojos.

—¡No podemos interferir!

—gruñó Igurū, apretando los puños—.

Si lo hacemos, se aplicará el Kami no…

Ibuki, al ver que Sukasa apenas podía mantenerse en pie, mostró una sonrisa de puro desprecio.

—Ya me cansé.

—¡GATE OF THE UNDERWORLD X3!

Tres sombras ardientes emergieron a su alrededor.

Cada una alzó su espada hacia el cielo… Y tres enormes esferas de fuego se formaron y combinaron para crear una más grande y ´poderosa, rugiendo mientras avanzaba como un cometa infernal.

El calor succionó el oxígeno.

No había escapatoria.

—¡No podrá resistir eso!

—maldijo Igurū, alzando su brazo listo para invocar su Reiken—.

¡Demonios, ven a mí… Reiken del—!

—¡YA BASTA, IBUKI!

Una sombra veloz se lanzó al centro de la arena.

Un destello metálico atravesó el aire.

¡CLANG!

El sonido del acero chocando contra el fuego retumbó.

Una explosión sacudió la barrera protectora.

Las llamas desviadas estallaron contra el escudo de energía, que apenas logró contener el impacto.

Cuando el humo se disipó… Kuro estaba allí.

De pie, con su espada humeante.

El viento agitaba su gabardina mientras el silencio caía como una losa sobre todo el estadio.

Ibuki lo miró, incrédulo.

—Vaya, vaya… El segundo Rey de Arkanum.

¿Qué te trae por aquí, Kuro?

Kuro no respondió.

Se acercó a él con paso firme… Y de un solo movimiento, lo tomó por el cuello de la armadura y lo atrajo hacia sí.

—¿¡Acaso planeabas matarla, idiota!?

Ibuki mantuvo su sonrisa burlona, pero sus ojos se oscurecieron.

—Y tú… no tienes idea del lío en el que te acabas de meter.

En ese momento, Sukasa colapsó.

Pero antes de que tocara el suelo, Kuro la sostuvo con rapidez, protegiéndola entre sus brazos.

Desde lo alto, el Maestro Geki se levantó con el rostro severo.

—Réferi —dijo Ibuki con tono satisfecho, sin dejar de mirar a Kuro—.

¿Cuál es el castigo para quienes interfieren en combate?

Geki suspiró, con una expresión cansada pero implacable.

—Se aplicará el Kami no Batsu.

Un murmullo estremeció las gradas.

Desde los túneles, los miembros de la Academia Arkam comenzaron a entrar en la arena.

Al frente, venía Komori.

La tensión era tan densa que parecía que el aire podía cortarse con una espada.

Ibuki se cruzó de brazos.

—Yo que tú no habría intervenido, Kuro.

Ahora tendrás que enfrentar las consecuencias.

Pero Kuro no parecía intimidado.

Ignoró la amenaza.

Se inclinó suavemente… y cargó a Sukasa en sus brazos.

Su mirada estaba fija en Ibuki.

Silenciosa.

Fría.

Sukasa abrió los ojos lentamente.

Su visión era borrosa, el mundo a su alrededor parecía temblar.

Por un segundo, creyó ver a su hermano mayor… Pero al enfocar la vista, lo reconoció.

Kuro.

—¿Qué haces, idiota?

—murmuró con una voz casi inaudible, pero aún firme—.

Aún puedo… seguir luchando… Kuro la miró con una expresión serena, llena de paciencia.

—No digas tonterías —respondió con suavidad, pero con firmeza—.

Mira cómo estás… ni siquiera puedes ponerte de pie.

—Pero… —Sukasa apretó los dientes— por mi culpa… te aplicarán el Kami no Batsu… Kuro soltó una leve risa y sonrió con tranquilidad.

—Eso no importa.

Lo único que importa ahora… es que tú estés bien.

Con pasos decididos, llegó hasta la zona de los paramédicos, donde Igurū, Remy y Hino ya esperaban.

Hino, al verla, rompió en llanto y se lanzó a abrazarla apenas Kuro la dejó con cuidado sobre la camilla.

—¡Sukasa!

—sollozó, aferrándose a su amiga—.

¡Gracias… Rey Kuro…!

Kuro asintió sin decir nada.

Igurū lo miró con seriedad, la mandíbula tensa.

—Entonces… ¿qué vas a hacer ahora?

Kuro giró el cuello, relajando los músculos como si se preparara para un combate de rutina.

—No soy de los que huyen de una pelea.

Igurū entrecerró los ojos, serio.

—Pero sí de las responsabilidades, ¿no?

Kuro frunció el ceño… y luego sonrió con arrogancia.

—Cállate.

Deberías estar preocupado por mí.

Igurū sonrió apenas.

—Créeme… lo estoy.

Ambos chocaron las manos con fuerza.

Un gesto de camaradería y respeto.

Kuro se dio media vuelta y caminó hacia la arena, donde Ibuki y su equipo lo esperaban con sonrisas afiladas como cuchillas.

Desde el palco más alto, Isein se puso de pie.

Su voz, imponente, resonó en todo el estadio.

—Según las reglas del Kami no Batsu, Kuro, segundo Rey de Arkanum, será sometido a una batalla seis contra uno, por haber interferido en el combate entre la Centinela Sukasa y el Rey Ibuki.

El estadio contuvo el aliento.

—La victoria se decidirá cuando uno de los bandos se rinda… o no pueda continuar.

Una pausa.

Los ojos de Isein brillaron con seriedad.

—Y para esta batalla… Todos los golpes están permitidos.

El silencio estalló en una lluvia de gritos y vítores.

La emoción, el miedo, la tensión… todo se mezclaba en un rugido unánime.

Kuro desenvainó su espada con una sola mano.

Su expresión era serena.

Su mirada, enfocada.

Como si el caos a su alrededor no lo tocara.

Desde el centro, el Maestro Geki levantó una mano.

—Buena suerte, Kuro.

—Gracias, maestro.

La mano cayó.

—¡COMIENCEN!

Los seis guerreros de Arkam invocaron sus Reikens al unísono.

Una ráfaga de poder recorrió la arena mientras se lanzaban como una tormenta desatada hacia su único oponente.

Kuro no se movió.

Ni un paso.

Sus ojos analizaban cada ángulo, cada postura, cada intención.

Ibuki se adelantó con una sonrisa cruel.

—Veamos cuánto puedes durar, segundo Rey de Arkanum… Kuro ajustó el agarre en su espada, sin perder la calma.

—Esto… va a ser divertido…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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