REIKENS - Capítulo 17
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17: Capítulo 15 El Anormal 17: Capítulo 15 El Anormal Mientras tanto, en la enfermería de Arkanum… Sukasa abrió los ojos lentamente, sintiendo cómo el dolor se propagaba como fuego por cada rincón de su cuerpo.
La luz blanca del techo la cegó por un instante.
Su respiración era pesada, irregular.
—¿Dónde… estoy?
—murmuró con la voz áspera, aún perdida entre la confusión y el dolor.
—En la enfermería —respondió una voz seca, con tono aburrido.
Tsume estaba sentado junto a su cama, masticando una ramita de regaliz mientras hojeaba unos informes médicos con evidente desgano.
—¿Y… el idiota?
—preguntó Sukasa, incorporándose apenas, con una mueca de dolor.
—¿Idiota?
—Tsume arqueó una ceja sin dejar de leer—.
Ah, claro… hablas de Kuro.
Le están aplicando el Kami no Batsu en este preciso momento.
Sukasa se quedó inmóvil.
Sus pupilas se dilataron.
Por un segundo, el mundo dejó de moverse.
De pronto, se arrancó la manta de encima y trató de levantarse, aunque su cuerpo temblaba con cada movimiento.
—¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?!
—exclamó Tsume al verla tambalear—.
¡No estás en condiciones de…!
—Tengo que detenerlo —dijo ella con voz baja, pero cargada de determinación.
Con esfuerzo, comenzó a colocarse el uniforme.
Cada movimiento le arrancaba un quejido, pero no se detuvo.
El dolor era brutal… pero su voluntad lo era más.
Tsume soltó un suspiro exagerado y dejó los papeles sobre la mesa.
—Es tarde.
Ya está peleando.
No hay nada que puedas hacer.
Solo vas a romperte más.
Sukasa no respondió.
Se puso de pie, temblorosa, y caminó hacia la puerta.
—Gracias, maestro —dijo con calma, sin voltear siquiera.
Y se fue.
Tsume se cruzó de brazos, mascando con rabia su regaliz.
Pasaron unos segundos antes de que soltara un largo y sonoro suspiro.
—¿Acaso todos creen que pueden largarse sin estar curados al cien por ciento?
—gruñó—.
No soy su niñera, maldita sea… Con gesto exasperado, se quitó la bata médica de golpe, la arrojó sobre la camilla vacía y se dirigió a la puerta.
—¡Pues genial!
Iré a ver la estúpida batalla, ya que NADIE respeta mi maldita autoridad —espetó, cerrando la puerta con tal fuerza que hizo temblar los vidrios.
El silencio llenó la sala.
Unos segundos después, una voz suave rompió la calma.
—Entonces… yo también ya me puedo ir, ¿no?
Era Kaiyō, recostado en otra camilla, con una expresión tranquila y neutral.
Desde el pasillo, la voz de Tsume respondió, cargada de irritación: —¡Haz lo que quieras!
Sukasa avanzaba por los pasillos con pasos tambaleantes, intentando correr, aunque cada movimiento le arrancaba un nuevo grito silencioso de dolor.
El ardor en su torso era insoportable, pero su determinación ardía con más fuerza que sus heridas.
De pronto, una figura apareció a su lado.
—Sukasa… —dijo Kaiyō, acercándose rápidamente.
Ella apenas tuvo tiempo de girar el rostro cuando él le pasó el brazo por detrás del cuello para sostenerla.
—No estás en condiciones de moverte.
Déjame ayudarte —dijo con tono firme, apoyándola contra su cuerpo para que pudiera mantenerse en pie.
—¿Pero tú también estás herido?
—preguntó ella, jadeando.
Kaiyō sonrió con calma.
—Tranquila, mis heridas no son tan graves como las tuyas.
—Gracias, Kaiyō… —No te preocupes —respondió él con naturalidad, pero con un dejo de preocupación en la mirada—.
Pero dime, ¿por qué quieres volver a la arena?
Sukasa apretó los labios con fuerza, luchando por mantener la compostura.
—Tengo que detener a ese idiota.
Kaiyō entrecerró los ojos con resignación.
—No creo que puedas.
Las reglas son las reglas… y Kuro las rompió.
—¿Cómo sabes eso?
Él sacó su celular con una mano y lo agitó levemente.
—Estaba viendo la transmisión en vivo desde mi celular.
—¿¡Estaban transmitiendo!?
—exclamó Sukasa, con el rostro encendido.
—Asi es… no lo sabías.
Ella se llevó una mano a la frente, con desesperación.
—¡Genial!
Ahora todos vieron cómo ese idiota me cargó en brazos… ¡Esto es humillante!
—Sacudió la cabeza, intentando borrar la imagen de su mente—.
No, no debo pensar en eso ahora.
¡Debemos llegar rápido!
—Sí —asintió Kaiyō, reajustando su agarre para avanzar más deprisa.
No habían pasado ni cinco minutos cuando, al doblar una esquina, vieron tres siluetas familiares a la distancia.
—¡Igurū!
—gritó Sukasa.
El joven se volvió al oír su nombre, y su expresión se tornó de sorpresa al ver quién se acercaba.
—¡¿Sukasa?!
¡¿Kaiyō?!
¿Qué hacen aquí?
—Vine a detener al idiota —contestó ella sin rodeos.
Igurū negó con la cabeza, visiblemente tenso.
—Es tarde.
Ya está peleando en este momento.
Sukasa se acercó con paso apurado a la entrada que daba a la arena.
Se detuvo justo antes de cruzarla y se aferró al marco para sostenerse.
Lo que vio al otro lado la dejó sin aliento.
En medio de la arena, Kuro se movía con agilidad sobrehumana, esquivando los ataques combinados de cinco guerreros de Arkam que lo rodeaban como depredadores.
Cada movimiento de Kuro era preciso y veloz, como una danza mortal entre golpes, chispas y estallidos de energía.
Ibuki observaba todo desde el borde del combate, con una sonrisa maliciosa en los labios, disfrutando del espectáculo.
Sukasa apretó el puño con impotencia.
—Kuro… Mientras Kuro se desplazaba con movimientos ágiles entre los ataques sincronizados de sus oponentes, su mente trabajaba a la misma velocidad.
Son buenos…
—pensó, esquivando un golpe descendente que levantó una nube de polvo a su lado— pero no saben trabajar en equipo.
Están descoordinados… Si solo espero el momento perfecto, podré darle la vuelta a esto.
Uno de los cortes pasó tan cerca que rasgó la manga de su gabardina, dejando una línea roja superficial sobre su piel.
Otro desgarró el borde inferior de su uniforme.
Kuro retrocedió dos pasos, jadeando, pero sin perder la compostura.
Su mirada, aunque serena, estaba llena de cálculo.
A la distancia, Ibuki observaba con los brazos cruzados, su sonrisa ensanchándose aún más.
—Oye, Kuro… dime algo —alzó la voz con tono provocador—.
¿Por qué no invocas tu Reiken?
Aquellas palabras resonaron en la arena y por un instante, fueron como un eco que interrumpió el ritmo del combate.
Kuro desvió la mirada hacia Ibuki, apenas una fracción de segundo, pero fue suficiente.
Los cinco guerreros de Arkam aprovecharon la distracción y atacaron al unísono, como una jauría bien entrenada.
Kuro apenas alcanzó a esquivar, pero una de las espadas lo rozó, dejando un corte delgado sobre su mejilla.
La sangre descendió lentamente, marcando su rostro.
—¡Tch…!
—chistó entre dientes, retrocediendo de nuevo.
Ibuki alzó una mano con calma, y sus compañeros detuvieron el asalto al instante, rodeándolo pero sin atacar.
—Y bien… —dijo con voz burlona—.
¿Vas a responderme?
Kuro respiró hondo y abrió la boca para hablar, pero fue interrumpido de golpe por un grito a lo lejos.
—¡Oye, idiota!
¡¿Qué crees que estás haciendo?!
La voz resonó en la arena como un rayo.
Kuro giró la cabeza, incrédulo.
—¿Chica problema…?
—murmuró al ver a Sukasa de pie en la entrada, apoyada en Kaiyō, con el cuerpo cubierto de vendajes, pero los ojos ardiendo de furia—.
¿Qué haces aquí?
¡Deberías estar en la enfermería!
—Vine a detenerte —respondió ella con voz firme, avanzando un paso, aunque su pierna temblaba por el esfuerzo.
—¿Detenerme?
—replicó él, molesto—.
¡Si estoy en esta situación por tu culpa!
¡Si no fueras tan terca, nada de esto habría pasado!
Sukasa apretó los dientes, con el rostro rojo de indignación.
Desde el centro de la arena, Ibuki chasqueó la lengua y los miró con una expresión mezcla de fastidio y burla.
—Vaya, vaya… hacen una excelente pareja.
¿Van a besarse ahora o después del combate?
—¡Te equivocas!
—saltó Kuro, agitando las manos con incomodidad—.
¡No estamos saliendo ni nada por el estilo!
—¡Yo jamás estaría con un pervertido como él!
—espetó Sukasa, con los puños apretados.
Kuro resopló, desviando la mirada.
—¡Ya cállate que me distraes!… Kuro apenas apartó la mirada de Sukasa cuando sintió una ráfaga de calor justo frente a él.
Al volver la vista, Ibuki ya estaba allí, a menos de un metro, con su espada en alto.
—Ya están comenzando a irritarme —espetó con tono seco.
Una esfera de fuego se formó en la punta del arma de Ibuki, crepitando con intensidad.
Con un giro veloz, arrastró esa energía ígnea hacia Kuro y la hizo estallar contra su cuerpo.
La explosión lanzó al Rey de Arkanum como un proyectil.
Kuro voló varios metros hacia atrás hasta impactar violentamente contra la barrera mágica que protegía al público.
Un estallido de energía resonó con fuerza y un temblor sordo recorrió las gradas.
Kuro escupió sangre al contacto, cayendo al suelo con un golpe seco.
Ibuki lo observó desde la distancia con una sonrisa satisfecha.
Luego, con aire despreocupado, se giró para marcharse.
—Bien, ya terminamos —declaró con tono arrogante.
Pero Komori, lo detuvo con una mano sobre el hombro.
—Señor… mire.
Ibuki volteó el rostro lentamente… y se detuvo al ver cómo, tambaleándose, Kuro volvía a ponerse de pie.
El cabello enmarañado por el impacto, el rostro ensangrentado, y el uniforme casi hecho jirones, pero con la mirada firme, aún intacta.
—Eso dolió… —murmuró, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano—.
¿Sabes?
Es de mala educación atacar a alguien cuando está distraído.
Ibuki entrecerró los ojos.
—Dijeron que en esta batalla todos los golpes están permitidos.
—Hizo una pausa—.
Pero aún no has respondido a mi pregunta.
Kuro alzó una ceja, visiblemente confundido.
—Perdón… ¿cuál era?
El rostro de Ibuki se tensó con fastidio.
—¿Por qué no usas tu Reiken?
—preguntó, elevando la voz para que todos pudieran oírlo—.
¿En serio crees que con esa miserable espada común lograrás vencernos?… o acaso… ¿no posees ninguno?
Un murmullo se propagó como una ola por todo el estadio.
La atmósfera se volvió densa, casi sofocante.
Kuro abrió la boca para responder, pero Ibuki no le dio oportunidad.
—Ahora que lo pienso… —continuó con tono venenoso—.
Ni siquiera has usado tu elemento para defenderte.
No me digas… que sigues siendo el mismo anormal de siempre… Un silencio helado cayó sobre la arena.
Luego, los murmullos crecieron en intensidad: —¿Eso es cierto…?
—¿Nuestro Rey es un… anormal?
—¡Imposible!
—¿En serio?
—Ibuki alzó la voz, disfrutando del caos que provocaba—.
¿Este es su Rey, Academia Arkanum?
¿Un simple y miserable anormal que no posee un elemento?
¡Qué patético!
Las carcajadas de los estudiantes de la Academia Arkam estallaron como una tormenta de burla.
Algunos incluso señalaron a Kuro, riendo a carcajadas desde las gradas.
Kuro mantenía la cabeza baja, los puños cerrados.
—Pero ahora me da curiosidad… —continuó Ibuki, su voz afilada como una daga—.
¿Cómo lograste ser Rey, eh?
¿Acaso te ayudó Igurū?
¿Acaso quiso salvarte de volver a vivir el mismo infierno que pasaste cuando éramos niños?
Un silencio aún más pesado cayó con ese comentario.
—No, no… —corrigió con una sonrisa torcida—.
Esa no es la pregunta correcta.
La verdadera pregunta es: ¿cómo es que alguien como tú… logró siquiera entrar a una de las supuestas academias más prestigiosas del mundo?
Desde las gradas, Sukasa observaba todo con evidente sorpresa.
Su ceño se frunció y, sin apartar la vista de la arena, murmuró con voz baja: —Eso no es cierto… ¿verdad, Igurū?
Igurū no respondió.
Mantuvo la mirada fija en el combate, serio, silencioso.
Sukasa giró hacia Remy, buscando respuestas, pero la chica desvió la mirada con incomodidad.
Esa falta de respuesta lo decía todo.
En el centro de la arena, Kuro apretó el mango de su espada.
Su mirada se endureció.
—¿Y qué si eso es verdad?
El silencio se apoderó del estadio.
—¿Si poseo un Reiken o no?
¿O si tengo un elemento o no?
¿Qué importa eso, Ibuki?
Ibuki rió con arrogancia.
—¡Claro que importa!
Nosotros, los Reikens, estamos en la cima de todo.
Somos los guerreros más poderosos, los únicos capaces de enfrentar a los Akumas, incluso a los demonios.
Estamos dispuestos a dar la vida por la humanidad… pero dudo que un simple anormal como tú lo entienda.
Kuro respiró profundo y levantó la voz.
—¿En serio?
¿Sabes cuántas personas sin un Reiken luchan por el bien de este mundo?
¿Cuántas están en el ejército, en la primera línea, dando su vida por la humanidad sin recibir reconocimiento?
Los Reikens son importantes, sí, pero también son admirados por muchos que solo quieren estudiarlos para algún día convertirse en uno… Y sin embargo, las personas equivocadas a veces son quienes terminan portándolos.
Clavó su mirada en Ibuki.
—¿No es así… Ibuki?
Las llamas alrededor de Ibuki se intensificaron al oír esas palabras.
Su furia era evidente.
Con un grito cargado de rabia, invocó a sus dos clones y lanzó una nueva orden.
—¡HÁGANLO PEDAZOS!
Sus cinco guerreros, más los dos clones, cargaron hacia Kuro como una ola de destrucción.
Kuro se colocó en posición.
Respiró hondo.
Y en medio del caos, su mente se volvió más aguda que nunca.
—Siete enemigos.
Dos clones.
Cinco Reikens activos… —dijo en voz alta, con total calma—.
Veamos…
Un guerrero con movimientos veloces fue el primero en atacar.
Kuro giró sobre su eje, esquivando la estocada por milímetros.
—Reiken de la mantis.
Clase salvaje.
Elemento: aire.
Otro vino con una enorme espada que casi lo aplasta.
Kuro se deslizó hacia un lado, el arma estalló contra el suelo, creando un cráter.
—Reiken del cocodrilo.
Clase salvaje.
Elemento: agua.
Una gran roca se dirigió hacia el con una fuerza descomunal.
Kuro apenas bloqueó el golpe, siendo arrastrado unos metros.
—Reiken del elefante.
Clase salvaje.
Elemento: tierra.
Dos figuras más se movían en coordinación.
Una era tan rápida que parecía un destello.
—Reiken de la libélula.
Clase salvaje.
Elemento: luz.
Otra lo flanqueó por la espalda.
Kuro sintió cómo su energía se drenaba levemente al contacto.
—Reiken del murciélago.
Clase salvaje.
Elemento: oscuridad.
Y finalmente, los clones de Ibuki se lanzaron directamente contra él.
—Reiken del Cerbero.
Clase mitológica.
Elemento: fuego.
Los espectadores estaban pasmados.
—¡Lo identifico a todos solo con observarlos…!
—¡Eso es imposible!
—¡Y los está esquivando… sin ni siquiera usar un Reiken!
Kuro giró sobre sí mismo, esquivando tres ataques al mismo tiempo.
Saltó por encima del elefante, bloqueó con su espada común una ráfaga de viento de la mantis y evitó que uno de los clones explotara cerca de él.
Ibuki, ya al borde de su paciencia, gritó desde la distancia: —¡¿Qué pretendes, Kuro?!
Kuro clavó su mirada en él.
Sus ojos ahora brillaban con una intensidad diferente.
No había duda, ni miedo, solo conocimiento.
—Nada en especial —respondió con una sonrisa ladeada—.
He dedicado la mayor parte de mi vida a estudiar cada Reiken existente.
Sé todo sobre sus orígenes, su funcionamiento, sus límites… y lo más importante… Hizo una pausa.
—Conozco cada una de sus debilidades.
El estadio se volvió un campo de tensión pura.
El Rey sin elemento acababa de tomar el control de la batalla.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES ViccoBlack “¡Qué capítulo, gente!
¿Qué sucederá a continuación?
¿Logrará Kuro darle la vuelta a la batalla o está a punto de perderlo todo?
¡Eso y mucho más en el próximo episodio de Reikens!
¡No se lo pierdan!”
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