REIKENS - Capítulo 18
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18: Capítulo 16 Rendirme… Jamás 18: Capítulo 16 Rendirme… Jamás Kuro seguía esquivando los ataques como podía.
Su cuerpo ya mostraba signos de agotamiento, cortes en el rostro, el uniforme y su gabardina rasgados, y sangre escurriendo de una ceja.
Aun así, sus ojos brillaban con determinación.
No tenía intención de caer ahí.
“Si quiero ganar, debo deshacerme primero de los más problemáticos… es decir, los más rápidos.” Un zumbido rasgó el aire.
La Reiken de la libélula se lanzó como una ráfaga luminosa, tan veloz que parecía desvanecerse ante la vista.
“¡Ahora!” Kuro giró sobre sí mismo y estiró la pierna.
La velocidad de su enemiga fue su ruina: no pudo frenar a tiempo, tropezó y perdió el equilibrio.
En ese instante crítico, Kuro dio media vuelta y descargó un tajo en su espalda.
La armadura amortiguó el golpe, pero la fuerza fue suficiente para lanzarla como un proyectil contra la barrera.
El impacto sacudió el estadio.
—Eres rápida… —dijo, retomando posición—.
Pero no sabes controlar tu impulso.
—¡Malnacido!
—bramó la Reiken de la mantis, elevando su espada.
Lanzó un par de tajos de aire que cortaban como cuchillas invisibles.
Las ráfagas volaron hacia Kuro, silbando como si rasgaran el mismo viento.
Pero él, con un simple impulso lateral, se deslizó con precisión milimétrica.
Luego se lanzó directo hacia ella.
Un paso.
Un corte.
Su espada se incrustó justo entre las placas de la armadura a la altura de las costillas.
—Demasiado predecible… —murmuró.
La mantis cayó.
Dos menos.
Detrás de él, el Reiken del elefante rugió y levantó su gigantesca espada, haciéndola descender con un estruendo brutal.
El suelo vibró al impacto, pero Kuro ya no estaba allí: había rodado a un lado, esquivando por centímetros.
Apenas se reincorporaba cuando el cocodrilo apareció como una muralla viviente, embistiéndolo con su enorme cuerpo.
Kuro alzó su espada para bloquear el impacto, pero fue arrojado varios metros atrás.
Se deslizó por la arena, deteniéndose de lado.
—Tsk… esto será un problema.
Lanzó dos cortes rápidos, pero apenas dejaron un rasguño en la gruesa armadura escamosa del cocodrilo.
El rugido del elefante retumbó nuevamente, cargando otra vez a ciegas.
En su ímpetu, casi golpea a su propio compañero.
—¡¿Qué haces, idiota?!
¡Casi me aplastas!
—bramó el cocodrilo retrocediendo.
—¡Lo siento, se me fue la mano!
—gruñó el elefante, bajando su arma.
Los dos comenzaron a discutir, olvidando por un momento a su enemigo común.
“Tal vez esa sea la clave…” Kuro no dejó pasar la oportunidad.
Se lanzó contra el cocodrilo, forzándolo a retroceder con una serie de golpes veloces.
Luego giró sobre su talón, clavando la mirada en el elefante y esbozando una sonrisa burlona.
—¡Ven por mí, gordito!
—¿¡QUÉ dijiste!?
—¡Kamata, no lo escuches!
¡No dejes que te provoque!
¡Ataquémoslo juntos!
—gritó el cocodrilo, pero ya era tarde.
Kamata rugió con furia y cargó solo, embistiendo con su arma como un toro descontrolado.
Kuro se deslizaba entre sus golpes con la soltura de quien lee el combate como un libro abierto.
Cada paso estaba medido.
Cada esquiva era exacta.
—Demasiado lento… aunque si me llegaras a dar, seguro me romperías algo —dijo, con una sonrisa ladeada, mientras dejaba al elefante frustrado golpeando el aire.
En una de las arremetidas, Kuro dio una voltereta en el aire y aterrizó con precisión milimétrica… justo sobre el filo de la gigantesca espada de el Reiken del elefante.
Se quedó ahí, de pie, con los brazos cruzados como si tuviera todo bajo control.
—¿Qué pasa, gordito?
¿Acaso soy demasiado rápido para ti?
Kamata rugió de furia y sacudió su espada con violencia para hacerlo caer.
Pero Kuro ya había saltado, usando el impulso para impulsarse directamente sobre el rostro del cocodrilo, que venía a atacarlo desde un flanco.
Le pisó la cara como si fuera un trampolín.
—¡INFELIZ!
—bramó Kamata desde abajo, justo antes de que su espada descendiera con fuerza descontrolada.
Fue un error fatal.
El espadazo cayó de lleno sobre su propio compañero.
Una explosión de polvo llenó el campo.
Cuando la nube se disipó, el Reiken del cocodrilo yacía inconsciente, derribado por el brutal golpe de su aliado.
Kuro aterrizó a varios metros, con una elegancia casi burlona.
—Ups… —murmuró con fingida inocencia, sacudiéndose el polvo del hombro—.
Confías demasiado en tu defensa.
Exhaló profundamente, evaluando la situación.
—Tres menos.
Desde la distancia, Ibuki observaba todo con el ceño fruncido.
Sus puños apretados temblaban de ira al ver cómo sus lacayos eran humillados uno tras otro.
—¿¡Qué creen que hacen!?
—gritó—.
¿¡Tan difícil es acabar con ese anormal!?
Komori, que intentaba flanquear a Kuro con la ayuda de los dos clones de Ibuki, respondió mientras lanzaba un tajo de energía oscura.
El ataque pasó a escasos centímetros de Kuro, fallando una vez más.
—¡Lo sentimos, señor!
¡Pero es demasiado rápido!
Estaban rodeándolo.
Tres contra uno.
Aun así, ninguno lograba tocarlo.
A pesar de tenerlo rodeado, ninguno lograba acertar un solo golpe.
Cada uno de sus movimientos era como el agua, fluyendo entre sus ataques, esquivando, girando, deslizando el cuerpo con una precisión casi coreografiada.
El público observaba en completo silencio.
—¿Cómo puede ser tan rápido…?
—susurró una estudiante de primer año.
—¡Le está haciendo frente a seis Reikens… sin tener uno!
—añadió otro, con los ojos desorbitados.
Desde la entrada de la arena, Sukasa miraba la escena con los puños apretados y el rostro pálido.
No podía apartar los ojos de él.
—Ese idiota… ¿siempre ha sido así de bueno?
Mientras tanto, Kuro analizaba todo: los ángulos, los patrones, la cadencia de ataque de Komori, el tiempo de aparición de los clones.
Su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa.
“Si esto sigue así… tal vez pueda…” Pero no tuvo más tiempo para pensar.
—Ya me cansé de esta tontería Ibuki gruñó con furia mientras su cuerpo comenzaba a rodearse de fuego.
Sus ojos brillaron como brasas encendidas.
Dio un paso… y en un parpadeo, desapareció.
Kuro apenas alcanzó a reaccionar.
Ibuki apareció frente a él como una sombra ardiente.
Su espada descendió con fuerza monstruosa.
Kuro levantó su espada para bloquear… pero el impacto fue tan brutal que la hoja se quebró en mil pedazos.
—¡Tsk…!
—retrocedió, pero no tuvo tiempo para más.
Ibuki giró como un remolino y le propinó una patada directa al abdomen.
El impacto fue tan violento que Kuro salió volando como un muñeco de trapo, rebotando contra la barrera mágica con un sonido seco.
Un hilo de sangre bajó por la comisura de sus labios.
Sukasa ahogó un grito al verlo caer.
—Y para que no vuelvas a levantarte… —gruñó Ibuki, con el rostro desfigurado por el odio.
Elevó su espada al cielo.
Una energía carmesí comenzó a brotar desde su cuerpo, envolviéndolo en un aura oscura y pesada.
—¡GATE OF THE UNDERWORLD!
La arena tembló.
Una enorme bola de fuego, descendió como un meteorito infernal directo hacia Kuro, que apenas intentaba incorporarse.
Su cuerpo temblaba.
La visión se le nublaba.
—Vamos… —murmuró, apretando los dientes—.
¡Levántate… vamos!
Pero no fue suficiente.
La explosión fue devastadora.
Una luz roja lo envolvió todo, seguida de un rugido que sacudió el aire como un trueno de otro mundo.
En medio del caos, un grito desgarrador retumbó en toda la arena.
Y después… solo quedó silencio.
El silencio fue absoluto.
Todos observaban, paralizados.
—¿Un ataque así… sin una armadura que lo proteja?
—preguntó alguien en las gradas con horror.
—¿Acaso… intenta matarlo?
—susurró otra voz, temblorosa.
Sukasa apretó los dientes.
—Ese infeliz… —murmuró, llena de rabia.
Cuando el humo se disipó, la figura de Kuro se hizo visible.
Había logrado proteger su torso con los brazos cruzados, pero estos estaban completamente quemados, la piel enrojecida y agrietada.
Pero aun así… seguía de pie.
Un solo paso… y luego otro… Hasta que finalmente, su cuerpo cedió y cayó de rodillas.
Y se desplomó.
Toda la arena se sumió en un silencio inquietante.
Los cuerpos de los espectadores estaban tensos, los ojos fijos en el centro de combate… donde Kuro yacía en el suelo, cubierto de heridas, con los brazos destrozados y su espada reducida a fragmentos.
Incluso los estudiantes de Arkam, que antes reían con arrogancia, ahora observaban con una mezcla de horror y respeto.
Nadie se atrevía a decir una palabra.
Ibuki dio media vuelta con desdén, caminando hacia la salida.
—Bien, ya terminamos.
Vámonos.
Desde la entrada de la arena, Sukasa forcejeaba con Kaiyō, desesperada.
—¿¡Qué haces, Sukasa!?
—gritó Kaiyō, sujetándola del brazo.
—¡Voy a matar a ese maldito!
—¡En tu estado no podrías ni levantar un brazo!
¡Te va a matar!
Sukasa ignoró la advertencia, y con un grito lleno de rabia, alzó la voz.
—¡Oye, idiota!
¿¡Eso es todo!?
¿¡En serio vas a dejar que un imbécil como él te derrote!?
Su voz atravesó la arena como un disparo.
Kuro, que apenas podía moverse, abrió los ojos.
Un zumbido llenaba sus oídos, pero esa voz… esa voz la reconocería en cualquier parte.
Con un esfuerzo sobrehumano, apoyó sus brazos en el suelo.
Temblaba.
Su cuerpo no respondía.
Pero aun así, empezó a levantarse.
—Cállate, Chica Problema… —escupió con dificultad—.
Eres la menos indicada para darme sermones… En ese instante, Komori tocó el hombro de Ibuki.
—Señor… mire.
Ibuki volteó… y lo que vio lo dejó pasmado.
Kuro, con el cuerpo cubierto de sangre y heridas, se estaba levantando.
Poco a poco, tambaleante… pero decidido.
—¿Por qué…?
—murmuró Ibuki, con los ojos entrecerrados—.
¿Por qué te levantas?
¿Por qué sigues peleando?
No tienes nada más que hacer.
Tu espada está destruida.
Apenas puedes mantenerte en pie.
¿Por qué ese afán ridículo de seguir…?
¿Solo porque esa irritante mujer te lo gritó?
Kuro alzó el rostro, jadeando, pero con la mirada firme.
—No… no es por eso.
—¿Entonces qué?
—Ibuki chasqueó la lengua, con rabia contenida—.
Nunca voy a entender a los débiles.
A pesar de tener todo en su contra, siguen arrastrándose.
Se aferran a algo invisible.
Como ella… como tú.
Deberían quedarse en el suelo, donde pertenecen.
¡Como la basura que son!
Kuro respiró hondo, cerró los ojos y luego volvió a mirar al frente.
—Tal vez tienes razón.
Tal vez soy débil.
Tal vez no tenga posibilidades de ganar esta pelea.
Y lo sé.
Créeme que lo sé.
Dio un paso al frente, tambaleándose.
—Pero aunque no tenga un Reiken… aunque no tenga un elemento… aunque no tenga fuerza… hay algo que tú nunca vas a entender.
No me levanto porque crea que puedo vencerte.
Me levanto… porque me niego a perder contra alguien como tú.
Ibuki apretó los dientes, furioso.
—¡Ustedes dos son igual de irritantes!
¿¡De verdad creen que eso va a cambiar algo!?
—No lo sé —respondió Kuro—.
Pero para mí, alguien que se pone de pie después de todo, sin importar cuántas veces lo derriben… ese alguien es un verdadero guerrero que merece mi respeto.
Una oleada de murmullos invadió la arena.
Incluso algunos estudiantes de Arkam desviaron la mirada con incomodidad.
Kaiyō observó a Sukasa, impresionado.
Sukasa, aún con lágrimas en los ojos, esbozó una leve sonrisa.
—Idiota….
Ibuki levantó su espada, irritado, envuelto en llamas.
—¡No quieren aceptar la verdad!
¡La fuerza lo es todo en este mundo!
¡Y tú no tienes ninguna!
Kuro levantó la mirada, y como siempre lo hace, sonrió.
—Puede ser.
Pero lo que tengo… es algo que tú perdiste hace mucho tiempo.
Coraje.
—¡Infeliz!
—rugió Ibuki, colérico—.
¡Muere de una vez!
Formó una enorme esfera de fuego entre sus manos y la lanzó directamente hacia Kuro.
El ataque rugió como una bestia salvaje atravesando el campo de batalla.
Pero… Kuro levantó su brazo con calma y desvió la bola de fuego como si simplemente espantara una mosca.
—¿¡Q-qué…!?
—Ibuki retrocedió con los ojos abiertos de par en par—.
¿Cómo lo hiciste?
Kuro no respondió de inmediato.
Bajó el brazo lentamente, mientras una densa energía oscura con tonos púrpuras comenzaba a emanar de todo su cuerpo, como una neblina viva que se aferraba a su piel.
—Igurū… ya tomé una decisión —murmuró en voz baja, pero firme.
A lo lejos, Igurū entrecerró los ojos con una ligera sonrisa.
—Ya no tenemos por qué preocuparnos —dijo con tranquilidad.
Los presentes lo miraron con sorpresa.
—Esta batalla… ya está ganada.
Todos en el estadio quedaron en silencio.
La presión aumentaba.
Una oleada de poder envolvía a Kuro, tan densa que el aire parecía crujir.
Los Reikens de Arkam, al sentirla, retrocedieron instintivamente.
—¿Q-qué es esta sensación…?
—murmuró Komori, temblando—.
Es como si algo… algo nos estuviera mirando desde dentro de una jaula.
Entonces Kuro levantó la mirada, con una sonrisa apenas perceptible en su rostro.
—¿Sabes, Ibuki?
Hay dos cosas que odio profundamente en este mundo.
Ibuki frunció el ceño, confundido.
—¿Q-qué estás diciendo?
—La primera… es no poder comer el pastel de chocolate de la señora Fukuko cuando se me antoja.
Una gota cayó por la sien de varios espectadores.
—¿¡Es en serio!?
—susurró uno de los estudiantes de Arkam.
—¿Ahora se puso a hablar de pasteles?
—dijo otro.
Pero Kuro continuó, impasible.
—Y la segunda… son a las personas ¡QUE ABUSAN DE SU FUERZA!
Al terminar su frase, lanzó un grito salvaje que retumbó como un trueno, haciendo vibrar cada rincón de la arena.
La energía a su alrededor explotó como una tormenta desatada.
El suelo comenzó a resquebrajarse bajo sus pies, y una onda de presión se expandió en todas direcciones.
Los espectadores más cercanos fueron empujados hacia atrás, y los Reikens de Arkam cayeron de rodillas ante la aplastante presencia.
—¡¿Qué es esto?!
¡No puedo… ni moverme!
—gritó uno.
—¡E-esto no es una energía normal… esto es…!
Kuro alzó su mano al cielo y gritó con una autoridad que no se había visto en toda la batalla: —¡Ven a mí… Reiken del Lobo!
En un destello violento de luz púrpura, una espada oscura apareció entre sus dedos.
El metal parecía forjado en sombras, decorado con líneas brillantes de color púrpura que latían como si tuvieran vida propia.
Al mismo tiempo, la energía se arremolinó a su alrededor y se solidificó.
Una armadura negra con detalles púrpura lo cubrió, con un diseño que evocaba la esencia de un lobo.
feroz, ágil… letal.
Solo su rostro quedó al descubierto.
Kuro abrió lentamente los ojos.
Pero ya no había en ellos rabia, ni determinación, ni dolor.
Nada.
Eran vacíos… completamente vacíos.
Como si todo sentimiento hubiese sido arrancado de su alma.
Nadie se atrevió a decir una palabra.
La batalla había llegado a un punto de no retorno.
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