REIKENS - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 18 Hoy… yo Seré su Maestro
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20: Capítulo 18 Hoy… yo Seré su Maestro 20: Capítulo 18 Hoy… yo Seré su Maestro Al día siguiente de las intensas batallas, todos los centinelas habían sido citados antes de que comenzaran las clases.
La sala de reuniones estaba llena de bostezos y cabezas que se mecían de sueño.
Algunos dormitaban, otros apenas podían mantener los ojos abiertos.
—¿Por qué nos habrán citado tan temprano?
—murmuraban varios.
—Debe ser algo grave… para convocarnos a esta hora —comentaban otros, frotándose los ojos.
Al frente, sentados con igual cara de cansancio, estaban tres de los Cuatro Jotas: Isein, Blaike y Kaiyō, que también conversaban en voz baja sobre lo innecesariamente temprano de la reunión.
Hasta que Isein, cambiando de tema, preguntó: —¿Creen que Kuro venga hoy?
—Lo dudo —respondió Kaiyō, tomando un sorbo de café para no dormirse—.
Debe seguir en la enfermería después de lo de ayer… En ese instante, las puertas se abrieron de golpe y una voz fuerte resonó por toda la sala: —¡Buenos días, centinelas!
Era Kuro.
De pie, enérgico, como si el día anterior no se hubiera llevado la paliza de su vida.
Kaiyō escupió el café de la sorpresa, tosiendo.
—¿¡C-Cómo es que…!?
Sukasa y Hino también lo miraron atónitas, con los ojos como platos.
Blaike e Isein se acercaron de inmediato, y Blaike fue el primero en hablar.
—¿Qué haces aquí, Kuro?
¡Deberías estar en la enfermería!
—Hola chicos —los saludó con una sonrisa—.
La verdad es que mi recuperación fue muy rápida.
Tenemos en nuestras filas a uno de los mejores médicos del país —dijo, claramente refiriéndose a Tsume.
Blaike lo miró con sospecha.
Sin decir una palabra, le metió un dedo en el abdomen.
Kuro se llevó la mano al estómago y se desplomó al suelo quejándose de dolor.
—¡Oye!
¿¡Por qué hiciste eso!?
—Lo sabía… no estás completamente recuperado —dijo Blaike con tono acusador.
—¡Es que justo se acabó la medicina para curarme!
Pero estoy bien, aún puedo moverme.
Además, si no venía hoy, Igurū me hubiera convertido en una paleta de hielo —se levantó mientras se quejaba—.
Tengo un comunicado que hacer.
—¿Un comunicado?
—preguntó Kaiyō, uniéndose a la conversación.
—¿Pero tan temprano?
—agregó Isein, con tono cansado.
—Sí.
En la tarde no tendré tiempo, así que pensé que era mejor encargarles sus tareas desde ahora.
—Suena lógico… —aceptó Isein con resignación.
—Bien, si ya nos entendemos, por favor tomen asiento —dijo Kuro con tono más formal.
Los tres Jotas obedecieron, aunque con rostros poco convencidos.
—Como decía —comenzó Kuro—, los cité temprano hoy porque en la tarde no estaré disponible por razones que no puedo explicar por ahora.
Las tareas serán las mismas que en la última reunión.
Y… eso sería todo.
—¿Qué?
—soltaron varios al mismo tiempo.
—Sí, eso era todo —repitió Kuro, encogiéndose de hombros.
Sukasa ya no pudo contenerse más.
—¿¡En serio nos citaste tan temprano para eso!?
—Ay, chica problema —suspiró Kuro—.
La verdad, quien me obligó fue Igurū.
Por mí, les habría enviado un mensaje y ya.
Pero a él le gusta seguir el protocolo… nunca lo entenderé.
Sukasa alzó un puño mientras le temblaba la ceja.
—¡Eres un idiota!
—Y tú una pesadilla con piernas…
—murmuró Kuro mientras daba media vuelta—.
En fin, pueden retirarse.
Yo tengo cosas que hacer.
*** En la oficina de los Reyes, el sonido de hojas moviéndose y carpetas cerrándose era lo único que rompía el silencio.
Igurū y Remy se encontraban frente a un escritorio desbordado de documentos.
—Gracias por ayudarme con esto, Remy —dijo Igurū sin apartar la vista de los papeles—.
Y…
discúlpame por haberte citado tan temprano.
Remy, con una pequeña sonrisa, negó con la cabeza.
—No te preocupes, Igurū.
A decir verdad, esta es la hora habitual a la que me despierto.
—Aun así… no deberías exigirte tanto.
El cuerpo humano tiene un límite.
Dormir al menos ocho horas es fundamental —comentó, lanzándole una mirada rápida pero sincera.
Remy se sonrojó ligeramente al escucharlo y desvió la vista hacia los documentos.
—Sí…
claro, tienes razón…
Un silencio incómodo cayó sobre ambos.
El leve crujido del papel al doblarse parecía resonar demasiado fuerte.
Estaban solos, y ninguno sabía muy bien cómo mantener una conversación.
Igurū, que no solía dudar, esta vez apretó los puños con fuerza.
Respiró hondo.
Se armó de valor.
—Oye, Remy… Remy dio un pequeño sobresalto, soltando sin querer una carpeta que sostenía.
—¿S-sí?
—Me preguntaba si hoy por la tarde… estarás libre.
Ella se acomodó el cabello con nerviosismo.
—Mmm…
sí, creo que no tengo nada pendiente.
¿Por qué lo preguntas?
Igurū se rascó la nuca y miró hacia un lado, tratando de parecer relajado…
sin éxito.
—M-me preguntaba si te gustaría… ir a beber algo conmigo.
Remy tragó saliva.
La carpeta que sostenía quedó suspendida en el aire.
Su rostro se volvió un tono más rojizo.
—¿C-cómo dices?
—intentó mantener la compostura—.
C-claro, me encantaría… pero recuerda que está prohibido salir de la academia sin autorización.
—Lo sé —respondió Igurū, cruzándose de brazos con media sonrisa—.
Pero hay una excepción… si es una emergencia.
—P-pero… —Remy bajó la mirada, claramente confundida—.
¿Qué clase de emergencia es esta?
—Tranquila.
Yo me encargo del permiso.
Solo déjamelo a mí.
—Pero…
me sorprende que tú, de todas las personas, quieras romper las reglas —dijo, ocultando su rostro sonrojado detrás de unos documentos.
—Sí, bueno… siempre hay una primera vez, ¿no crees?
—dijo Igurū con una media sonrisa.
—¿Y por qué tan de repente…?
—preguntó con voz baja, fingiendo leer un documento mientras evitaba el contacto visual.
—Es solo que… quería agradecerte por todo tu apoyo últimamente.
Desde que cambiaste de rol con Kuro, el trabajo se me ha hecho mucho más llevadero.
Eres más eficiente que ese idiota —añadió con una pequeña risa.
Remy dejó escapar una tímida sonrisa.
—Ah… ya veo.
—Y bien… ¿aceptas?
—insistió él, con el corazón latiéndole más rápido de lo que le gustaría admitir.
—Y-yo… no sé… supongo que no estaría mal.
—Perfecto —respondió Igurū, con una expresión de alivio disimulada—.
Entonces te espero… ¿a qué hora te parece bien?
—Creo que a las tres estaría bien.
—Excelente.
A esa hora será.
Ambos regresaron a sus tareas.
El ambiente seguía cargado de una extraña tensión… pero esta vez, era una tensión agradable, que dejaba entrever una posibilidad distinta entre los dos.
Mientras ordenaban documentos, sus manos se cruzaron por accidente al alcanzar el mismo papel.
Se miraron un segundo y, sin decir nada, siguieron trabajando… aunque con sonrisas muy difíciles de ocultar.
Principalmente la de Iguru ya que no solía sonreír de esa manera casi nunca.
*** Los centinelas comenzaron a salir uno a uno de la sala de reuniones, arrastrando los pies y frotándose los ojos, rumbo a sus respectivas clases.
La mayoría aún no superaba lo temprano del llamado, pero Sukasa parecía más molesta que somnolienta.
—Ese imbécil… —refunfuñaba mientras caminaba—.
Uno de estos días seré yo quien lo asesine, lo juro… Hino, acostumbrada ya a las explosiones de su amiga, soltó un suspiro.
—Tranquilízate, Sukasa.
No puedes estar con esa actitud todo el día.
—¡Lo haría!
¡Pero ese idiota es tan… tan… argh!
¡Es insufrible!
—apretó los puños con frustración mientras recordaba la sonrisa burlona de Kuro.
—Mejor guarda esa energía para las clases.
Si no te calmas vas a terminar cansada antes de empezar —le respondió Hino con una leve sonrisa.
Sukasa respiró hondo y se obligó a asentir.
—Tienes razón… Al menos hoy nos toca defensa personal, ¿cierto?
—Así es.
Los ojos de Sukasa brillaron de emoción.
—¡Excelente!
Por fin algo interesante… ya estaba harta de estar sentada todo el día.
Ambas cruzaron el patio rumbo al área de entrenamiento.
Varios alumnos ya se encontraban allí, algunos estirando, otros sentados en el suelo conversando.
La expectativa flotaba en el ambiente.
—¿El profesor aún no llega?
—preguntó uno de los estudiantes.
—Parece que se le hizo tarde —comentó otro—.
Conociendo a algunos docentes… no sería raro.
De pronto, la puerta del gimnasio se abrió de golpe, y un potente grito rompió la calma: —¡¡Buenos días, jóvenes estudiantes del primer año!!
Todos se giraron al instante.
Sukasa sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—No puede ser… Kuro entró al lugar como si estuviera en medio de un escenario, caminando con confianza exagerada y una gran sonrisa en el rostro.
Su voz resonó con fuerza: —Para los que no me conocen —dijo levantando un brazo dramáticamente—, aunque dudo mucho que no lo hagan, mi nombre es Kuro Akemi, el segundo Rey de Arkanum… Los murmullos estallaron en el grupo.
Algunos quedaron sorprendidos, otros emocionados y unos pocos… decepcionados.
—Y hoy… yo seré su maestro de defensa personal.
Sukasa bajó la cabeza, cubriéndose el rostro con una mano mientras murmuraba entre dientes: —Estoy maldita.
Esto tiene que ser una maldita pesadilla… —Vamos, Sukasa, respira —intentó calmarla Hino, aunque también estaba sorprendida por la inesperada aparición.
Kuro se cruzó de brazos y los observó a todos con una mirada desafiante pero divertida.
—Espero que estén listos para la clase más intensa del semestre, porque mientras yo esté aquí, van a aprender de verdad lo que significa pelear como verederos soldados… ¡O al menos no morir en el intento!
Los estudiantes tragaron saliva.
Algunos reían nerviosos, otros se pararon firmes como si se prepararan para una batalla real.
Sukasa lo miró con furia contenida.
—Un día… un día será mi clase y verás lo que es el infierno.
Kuro giró casualmente hacia ella como si hubiera escuchado su pensamiento.
—Ah, por cierto, chica problema —le guiñó un ojo con descaro—, espero que no te hayas olvidado de agradecerme de mejor manera por salvarte la vida ayer… Sukasa explotó.
—¡¿QUÉ DIJISTE, IDIOTA?!
—corrió hacia él alzando el puño, pero Hino la sujetó de los brazos justo a tiempo.
Kuro solo rió mientras comenzaba la clase.
—¡Vamos, jóvenes!
¡Muévanse!
¡La clase apenas empieza!
La primera lección había comenzado… y el caos también.
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