REIKENS - Capítulo 22
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22: Capítulo 20 Mal Presentimiento 22: Capítulo 20 Mal Presentimiento Después del almuerzo, los centinelas fueron nuevamente citados a una reunión.
Muchos murmuraban entre ellos, desconcertados por el llamado tan repentino, incluido los Jotas presentes.
—Ese idiota… ¿por qué nos mandó a llamar otra vez?
—refunfuñó Sukasa con los brazos cruzados.
—Seguro es algo importante —respondió Hino con calma, intentando suavizar su humor.
Las puertas del gran salón comenzaron a abrirse lentamente.
Todos esperaban ver entrar a Kuro, pero en su lugar, quien apareció fue Igurū, seguido de cerca por Remy.
Al instante, todos se pusieron de pie, rectos como estatuas, e inclinaron la cabeza en señal de respeto.
—Buenas tardes, Primer Rey y Reina de Arkanum —saludaron al unísono.
—Buenas tardes —respondió Igurū con su típica expresión gélida.
—Buenas tardes a todos —añadió Remy con una sonrisa amable.
—Tomen asiento, por favor —continuó Igurū, dirigiéndose hacia la mesa principal frente a todos.
Los Jotas se ubicaron tras él con firmeza.
Hubo unos segundos de silencio antes de que Igurū retomara la palabra.
—Muchos se preguntarán por qué los reunimos nuevamente… y por qué Kuro no está presente.
Primero, quiero que todos mantengan la calma.
Una leve tensión se empezó a notar en el ambiente.
—Ayer, luego del desafío entre academias, se notificó al director sobre algo inusual.
Los Akumas que se encontraban a las afueras de la ciudad… desaparecieron de manera repentina.
Un murmullo estalló entre los centinelas.
—¿Qué…?
—Eso no puede ser… —¿Cómo que desaparecieron?
Igurū levantó una sola mano, y el bullicio cesó de inmediato.
—Como saben, la ciudad de Esentia está protegida por una barrera de energía que evita el ingreso de criaturas del exterior, como Akumas… y demonios.
Por eso mismo, resulta sumamente extraño que el radar haya dejado de detectarlos de un momento a otro.
El silencio fue absoluto.
Todos esperaban escuchar lo peor.
—No queremos hacer suposiciones apresuradas, pero dada la situación, queremos que se mantengan alertas.
No digo que vayamos a ser atacados ni nada por el estilo… tal vez solo se trate de una falla del sistema, pero como siempre me gusta decir: más vale prevenir que lamentar.
Hubo un leve suspiro colectivo, aunque la tensión no desapareció.
—Y para tener mayor seguridad —continuó Igurū con firmeza—, se envió a alguien a investigar el área afectada, fuera de la ciudad.
Ese alguien es el Segundo Rey de Arkanum… Kuro Akemi.
Las expresiones de todos cambiaron a sorpresa e inquietud.
—¿Qué?
¿Pero no es eso muy peligroso?
—murmuraban algunos estudiantes, nerviosos.
—No se preocupen por él —intervino Remy con tranquilidad—.
Está más que acostumbrado a este tipo de misiones.
—Así es —añadió Igurū—.
Por ahora, lo único que podemos hacer es esperar… Pero quiero que todos sigan cumpliendo con sus tareas con normalidad, y si llega a pasar algo, serán informados de inmediato.
Pueden retirarse.
Los centinelas comenzaron a salir lentamente del salón, esta vez con rostros mucho más serios y preocupados.
Sukasa y Hino salieron en silencio, hasta que Hino rompió la tensión.
—Es muy extraño, ¿no lo crees?
—Así es… Sukasa bajó la mirada, inquieta.
“Solo espero que ese idiota… esté bien…”, pensó.
*** Mientras tanto, en las afueras de la ciudad, una motocicleta de diseño futurista, negra como la noche, avanzaba a toda velocidad por un terreno árido y desolado.
El polvo se alzaba a su paso mientras el motor rugía como una bestia indomable.
Tras recorrer varios kilómetros, se detuvo bruscamente.
El conductor descendió con agilidad, retirándose el casco y dejando al descubierto el rostro de Kuro.
—Hora de un descanso… —murmuró, sacando una pequeña bolsa de comida.
Se sentó en una roca solitaria, observando el horizonte sin rastro de vida.
El silencio era inquietante, pero fue roto por una señal en su comunicador.
—Demon Slayer, Base de Control a Demon Slayer.
Cambio.
Kuro rodó los ojos con fastidio.
—Como odio ese apodo… —gruñó—.
Aquí D-…
Demon Slayer reportándose.
Cambio.
—¿Cuál es la situación por la zona?
Cambio.
—No he encontrado señales de Akumas en un kilómetro a la redonda.
Solicito permiso para alejarme más.
Cambio.
—Permiso concedido.
Cambio y fuera.
—Cambio y fuera —repitió con voz monótona, colocándose de nuevo el casco.
Encendió la moto y retomó el camino, esta vez con más precaución.
“Esto es muy extraño… Normalmente hay Akumas merodeando cerca de la ciudad, atraídos por la energía elemental de los habitantes… pero no he encontrado rastro de ninguno, ni siquiera cadáveres.
Algo no cuadra… Tengo un mal presentimiento…” *** Mientras tanto, en la base de operaciones dentro de Esentia, un grupo de soldados se encontraba en la sala de descanso, tomando café y charlando despreocupadamente.
—Entonces, ¿no era una falla del sistema?
—Al parecer no… —Además de lo raro que es todo esto, ¿por qué enviar a un chico solo fuera de la ciudad?
—¿No lo sabías?
Ese muchacho fue parte del ejército.
—¿En serio?
¿Tan joven?
—No sé los detalles, pero eso es lo que dicen.
Y al parecer no era un soldado cualquiera… —Eso es impresionante, pero igual… sigue siendo peligroso allá fuera.
—Tranquilo.
Ese chico ya ha salido varias veces y siempre vuelve como si nada.
Además, si hubiera un ataque, esta barrera es impenetrable.
Nadie del exterior puede entrar tan fácilmente.
—¿En serio?
Cuéntame más… Una voz extraña interrumpió la conversación.
Una sombra se extendió en el suelo como si la oscuridad misma cobrara vida.
Una figura emergió lentamente de ella.
Los soldados se pusieron de pie al instante, confundidos y tensos.
De entre las sombras surgió una figura alta y amenazante, cubierta por una armadura negra de aspecto siniestro, con detalles afilados que parecían brotar de su propio cuerpo.
Aunque tenía una forma humanoide, era claro que no era humano.
Dos grandes cuernos curvados se alzaban de su cabeza, y su sola presencia oprimía el aire.
El silencio fue sustituido por un terror paralizante.
—¿En serio crees que esta barrera es tan segura…?
—dijo la criatura con una sonrisa macabra.
Antes de que pudieran reaccionar, el demonio desenvainó una hoja negra y en un solo parpadeo, decapitó a todos menos a uno.
La sangre salpicó las paredes como una lluvia oscura, y un charco carmesí se formó bajo los cuerpos inertes.
El único sobreviviente cayó al suelo, temblando, incapaz de hablar.
La criatura se inclinó hacia él, sosteniéndolo del cuello con una sola mano.
—Y bien… —susurró con voz gutural—, ¿quieres contarme más sobre esa barrera?
Sus ojos brillaban con una luz rojiza, y su sonrisa no mostraba más que sed de destrucción.
*** Mientras tanto, en la oficina del Rey, Igurū observaba su reloj de muñeca por quinta vez en menos de un minuto.
Sentado, con una pierna cruzada y el talón del pie rebotando sin parar contra el suelo, murmuraba para sí con el ceño fruncido.
—Ya son las dos…
Solo falta una hora…
¿Qué debería ponerme…?
*** En las profundidades de la base de operaciones, el demonio que se había infiltrado en las instalaciones se encontraba ahora frente a un panel inmenso.
En el centro, suspendida por energía, flotaba una esfera azul brillante.
A su lado, el único soldado que había perdonado temblaba de miedo.
—¿E-Esta es… la fuente de energía de la barrera?
—tartamudeó el soldado, con la garganta reseca.
—Así que esta es… —respondió el demonio, observándola con interés.
De entre su armadura saco una esfera púrpura, que giraba lentamente emitiendo pulsos oscuros—.
Y bien… ¿cómo me deshago de esta baratija?
—N-no se preocupe, y-yo me encargo…
—El soldado comenzó a presionar botones, desactivando los sellos de seguridad.
Con manos temblorosas, retiró la esfera azul, y al instante, la barrera mágica que protegía Esentia se desvaneció.
—Bien, buen chico… Ahora coloca esta en su lugar.
—S-sí…
—El soldado obedeció, insertando la esfera púrpura.
El sistema volvió a activarse, pero esta vez una niebla oscura brotó del núcleo, y la energía que protegía la ciudad se volvió de un color purpura oscuro.
—Perfecto… —sonrió el demonio.
Pero mientras se daba la vuelta, el soldado, en un intento desesperado, presionó un botón rojo escondido bajo el panel.
¡WEEEOOOW!
¡WEEEOOOW!
Una alarma estridente se activó en toda la ciudad, rebotando por cada rincón de la academia y los edificios de defensa.
*** En la oficina, Igurū se levantó bruscamente al escuchar la alarma.
Su expresión, usualmente gélida, se transformó en preocupación.
—¿Qué está pasando?
En ese momento, una voz estridente y urgente comenzó a resonar por toda la academia.
Era el director: —¡A todos los estudiantes!
Diríjanse inmediatamente a los refugios de seguridad.
Repito, todos los estudiantes deben evacuar a los refugios de la academia de inmediato.
Esto no es un simulacro.
*** El demonio suspiró, girando lentamente la cabeza hacia el humano.
—Mala decisión, muchacho.
Y con un movimiento tan veloz que no se llegó a ver, lo decapitó en un parpadeo, manchando la consola con sangre.
Luego levantó una radio portátil.
—Parece que las cosas se complicaron… pero todo está listo… mi señora.
*** Desde la cima de una montaña al sur de la ciudad, una figura femenina observaba todo con una sonrisa peligrosa.
Llevaba una máscara que cubría la parte superior de su rostro, de la cual se alzaban dos cuernos negros retorcidos.
Su presencia era inquietante, como si la oscuridad misma la obedeciera.
—Bien… que comience la fiesta.
Alzó su mano derecha.
—¡Ven a mí, Reiken de la Quimera!
Una armadura negra con detalles púrpuras surgió alrededor de su cuerpo como una segunda piel.
Estaba formada por placas orgánicas con formas monstruosas, reminiscentes de la mítica quimera: colmillos, escamas y garras.
Un par de alas negras emergieron de su espalda, desplegándose con fuerza.
En su palma apareció una espada larga, forjada con energía oscura y goteando niebla negra.
Apuntó la hoja hacia la ciudad.
—Dark Fog.
Una espesa niebla oscura comenzó a extenderse por los alrededores, cubriendo el suelo como una manta maldita.
De ella, empezaron a surgir criaturas grotescas, deformes y letales.
Los Akumas.
Tenían la piel brillante y húmeda, negra como la brea, con cuerpos largos y delgados que se desplazaban con agilidad animal.
Cabezas alargadas, colmillos afilados, lenguas bífidas y garras que podían atravesar acero.
Sus cuerpos recordaban a las criaturas de pesadilla de películas antiguas… La demonio alzó su voz con fuerza: —¡Acaben con todo!
¡No dejen a nadie con vida!
Las criaturas chillaron y se lanzaron hacia la ciudad.
Subieron por los muros con facilidad anormal, pasando sin resistencia a través de la barrera corrompida.
*** Kuro, aún en los alrededores exteriores, detuvo su moto al instante al sentir la energía oscura.
—Esa energía… Dio media vuelta y pisó el acelerador.
—¡Tengo que volver ahora!
*** El demonio que se había infiltrado en la ciudad caminaba tranquilamente por las calles, como si el caos a su alrededor no tuviera importancia.
A su paso, la gente huía entre gritos y llanto, mientras los Akumas los alcanzaban, despedazando cuerpos sin piedad y tiñendo las calles de un rojo oscuro.
De pronto, tres figuras más descendieron de los tejados y se colocaron detrás de él.
También eran demonios, cada uno con una armadura distinta, reflejo de sus poderes únicos.
Uno de ellos habló, con voz áspera y burlesca.
—¿Y bien, cuál es el plan, Saiko?
El primero, con cuernos curvos, una sonrisa maliciosa y ojos carmesí, respondió sin perder su calma.
—Nuestro objetivo no es matar a estos humanos inútiles…
Nuestro verdadero objetivo es esa tal… academia Arkanum.
Todos rieron con fuerza.
Luego, como sombras veloces, saltaron a los tejados y comenzaron a avanzar a gran velocidad, brincando entre edificios, dirigiéndose directo al corazón de la ciudad: la Academia Arkanum.
*** En los pasillos de la academia, el caos reinaba.
Los estudiantes corrían despavoridos, empujándose entre ellos mientras trataban de llegar a los refugios subterráneos.
Las alarmas seguían resonando, y el cielo había comenzado a oscurecerse por la niebla.
Igurū se movía ágilmente entre la multitud, esquivando cuerpos y gritando con urgencia.
—¿¡Alguien ha visto a Remy!?
¡Remy!
¿¡Dónde estás!?
Fue entonces que lo sintió.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Cuatro energías oscuras se aproximaban a gran velocidad… y una de ellas iba directamente hacia la oficina del director Osuushi.
—¡Director!
Sin pensarlo, comenzó a correr con todas sus fuerzas.
Subió las escaleras como una ráfaga, empujando puertas, hasta llegar frente a la oficina.
De una patada, destrozó la entrada.
—¡Director!
Pero la escena lo paralizó por un instante.
El director Osuushi estaba suspendido en el aire, sujetado del cuello por el mismo demonio que se había infiltrado en la ciudad.
El demonio lo miró por encima del hombro y ensanchó su sonrisa.
—Vaya, parece que tenemos visita.
No tengo tiempo para jugar contigo…
así que desaparece.
Con un movimiento rápido, el demonio alzó su espada y disparó una esfera de energía oscura hacia él.
—¡Tsk… demonios!
—Igurū alzó la mano e invocó un muro de hielo, que fue destrozado casi al instante por el impacto.
Pero el tiempo que ganó fue suficiente para esquivar el ataque con una voltereta.
Aún así, el impacto lo dejó atónito.
—¿Cómo es posible…?
—murmuró, jadeando.
—Vaya, me sorprende que puedas usar tu energía elemental —dijo el demonio con tono burlón—.
Se suponía que la nueva barrera anulaba ese tipo de energía.
Qué decepción…
Soltó al director, quien cayó al suelo inconsciente, y se abalanzó hacia Igurū.
Este apenas tuvo tiempo de bloquear con su espada, que sacó de entre su gabardina.
Las armas chocaron con un sonido ensordecedor, pero la fuerza del demonio era abrumadora.
Igurū fue empujado hacia atrás.
El demonio giró en el aire y, con ambas piernas, le lanzó una patada directa al abdomen, que lo hizo atravesar una pared, lanzándolo por los aires.
Pero Igurū, pese al dolor, reaccionó con reflejos felinos.
En pleno vuelo dio una voltereta, giró su cuerpo en el aire y, antes de tocar el suelo, clavó su espada para frenar su retroceso y aterrizó de pie, con una rodilla hincada.
—¡Kh…!
—escupió sangre, pero su mirada seguía fija en su oponente.
El demonio descendió con gracia, cayendo justo frente a él.
—Vaya… Eres más hábil de lo que pensaba —dijo sonriendo, ahora más interesado—.
Esto será divertido…
Igurū se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano y se incorporó lentamente.
Su mirada se volvió fría y decidida.
—No sé qué buscan aquí…
—dijo con voz firme—, pero no permitiré que lastimen a nadie.
Clavó su espada en el suelo y alzó la mano derecha hacia el cielo.
—¡Ven a mí, Reiken del Oso Polar!
Una intensa ráfaga de energía gélida estalló a su alrededor.
El viento se arremolinó con fuerza, congelando ligeramente el suelo bajo sus pies.
Pequeños cristales de escarcha comenzaron a formarse en el aire mientras una luz azulada lo envolvía por completo.
De esa luz emergió una espada de mango blanco como la nieve, de filo recto y afilado transparente como el hielo, que parecía emitir un vapor frío con cada pulso.
Su diseño evocaba las garras de una bestia invernal.
Cuando la energía se disipó, una armadura blanca con detalles azul celeste cubría el cuerpo de Igurū.
El demonio silbó con admiración, mostrando una sonrisa torcida.
—Vaya…
Incluso puedes invocar tu Reiken dentro de esta nueva barrera.
Debes poseer una cantidad de energía elemental descomunal para resistir sus efectos.
Igurū adoptó una postura de combate, con su espada helada frente a él.
Sus ojos azules brillaban con intensidad.
—Te lo advertí… No saldrás de aquí con vida.
El demonio soltó una risa gutural y desenfundó su espada oscura nuevamente.
—Muy bien entonces… —chocó la hoja contra su palma—.
Juguemos un poco antes de destruir tu preciosa academia.
Ambos guerreros se miraron fijamente.
El aire entre ellos se volvió denso, como si el tiempo se detuviera por un instante.
La ciudad estaba sumida en el caos, los estudiantes huían, los Akumas avanzaban… pero ahí, en ese instante, dos fuerzas colosales estaban por desatar un combate que haría temblar los cimientos de la academia.
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