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REIKENS - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Capítulo 22 La Oscuridad no Perdona
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24: Capítulo 22 La Oscuridad no Perdona 24: Capítulo 22 La Oscuridad no Perdona Kaiyō, Isein y Blaike corrían a toda velocidad por las calles de la ciudad, esquivando escombros, saltando entre ruinas y derribando a algunos Akumas que les bloqueaban el paso.

Su objetivo estaba claro: llegar a la base de control y averiguar qué provocaba la anomalía que les impedía usar su energía elemental.

—A este paso… llegaremos mañana —gruñó Blaike, cortando a un Akuma con su espada.

—¡¿De dónde carajos salieron tantos?!

—añadió Isein, respirando agitado—.

¿Tú qué opinas, Kaiyō?

Pero Kaiyō no respondía.

Corría en silencio, con la mirada tensa.

No podía dejar de pensar en su hermano mayor, luchando solo contra un demonio.

Esa preocupación le robaba el enfoque del presente… y casi le costó la vida.

—¡¡Kaiyō, cuidado!!

Un Akuma saltó desde una azotea, dispuesto a clavarse sobre él.

Kaiyō no tuvo tiempo de reaccionar, pero antes de que las garras lo alcanzaran, una figura cayó como un rayo, trazando un arco perfecto con su katana.

El monstruo fue partido en dos con un solo movimiento limpio.

Cuando el polvo se asentó, vieron a un joven de cabello castaño largo, flequillo espeso que le cubría los ojos, y postura relajada con una rodilla apoyada en el suelo.

—…Tsk… —resopló con fastidio mientras envainaba su espada—.

Bien, ahora díganme… ¿qué es todo este escándalo que no me deja dormir?

—¡¿Arc?!

—exclamaron los tres al unísono, totalmente sorprendidos.

Arc se incorporó lentamente, con la misma cara de sueño con la que solía caminar por los pasillos de la academia.

Blaike se le acercó con enfado: —¡Idiota!

¿Dónde demonios estabas?

—En mi cuarto —respondió tranquilamente—.

Dormía como un ángel… hasta que esa maldita alarma me despertó.

Iba camino a apagarla, pero estas sucias criaturas se cruzaron en mi camino.

—Entonces… no sabes nada de lo que está pasando, ¿verdad?

—No —dijo sin un atisbo de vergüenza.

Los tres se miraron y pensaron al unísono: “¿Es idiota o qué?” —¡No tenemos tiempo para explicaciones largas!

—dijo Kaiyō volviendo al tema—.

Mi hermano nos encomendó una misión, ¿lo recuerdan?

—¿Y cuál es?

—preguntó Arc, mientras se estiraba perezosamente.

—Tenemos que llegar a la base de control y descubrir por qué no podemos usar nuestra energía elemental.

Arc los miró con más atención.

—Ya veo… por eso no llevan sus Reikens.

Tiene sentido.

Los acompañaré… aunque parece que no tengo opción, ¿verdad?

—¡NO!

—gritaron los tres al mismo tiempo, como si hubieran ensayado la respuesta.

—Bien, bien —rió Arc alzando las manos—.

Entonces dejemos de perder el tiempo.

¡Muévanse!

*** Mientras tanto, en uno de los patios de Arkanum, Igurū fue arrojado con violencia contra un muro, resquebrajándolo.

Tosió sangre mientras se reincorporaba con dificultad.

—¡Infeliz…!

—espetó entre dientes.

Frente a él, el demonio lo observaba con una sonrisa sádica, haciendo una reverencia burlona.

—Perdona por no presentarme antes —dijo con tono elegante—.

Mi nombre es Saiko, Reiken demoníaco del Cíclope.

Me gustaría saber tu nombre, muchacho… Es raro encontrar a alguien con tanta energía elemental incluso con esta barrera activada.

Igurū escupió a un lado y lo miró con sus ojos fríos como el hielo.

—No tengo necesidad de darte mi nombre, maldito demonio.

—¡Qué descortés!

—rió Saiko, fingiendo estar herido—.

Y yo que solo quería ser amable contigo.

—No necesito tu amabilidad —respondió Igurū al apuntar su Reiken a su oponente—.

Esto es una pelea… a muerte.

*** En los pasillos de Arkanum, Remy, Sukasa y Hino intentaban atacar a su oponente demoníaco.

Pero cada golpe era esquivado con facilidad.

El demonio giraba, danzaba entre sus ataques con una sonrisa cada vez más desquiciada.

—¡Esto es divertido!

—reía—.

Ver sus caritas de desesperación es la mejor emoción que he sentido en décadas.

Siento que voy a enloquecer… Se detuvo de golpe, lamiéndose los labios con perversión.

—Pero aun así… odiaría arruinar sus hermosos rostros.

Remy se puso frente a sus amigas, jadeando.

Aunque el miedo crecía, también lo hacía su determinación.

—No… lo permitiré.

Remy lanzó un corte rápido que rozó el abdomen del demonio.

La hoja de su espada dejó una línea delgada pero profunda, de la cual brotó un hilo de sangre.

—¡Maldita perra!

—rugió el demonio, furioso.

Sin contenerse, lanzó una brutal patada directa al estómago de Remy.

El impacto la arrojó contra el muro como una muñeca de trapo.

Cayó al suelo, inconsciente.

—¡Remy!

—gritaron Sukasa y Hino al unísono, corriendo hacia ella con desesperación.

El demonio los observaba con los ojos abiertos de par en par, temblando de placer.

—Lo siento… lo siento, yo no quería hacerlo.

¡Ella me obligó!

—decía mientras reía entre dientes—.

Será mejor que no las lastime…

¡o perderán su preciosa belleza!

Desapareció de su lugar en un parpadeo, y en un instante apareció detrás de Sukasa y Hino.

Con un movimiento rápido y cruel, les hundió sus uñas alargadas en la base del cuello.

Ambas chicas cayeron al suelo, inconscientes.

El demonio lamió sus dedos manchados de sangre, jadeando.

—Muy bien… ahora sí.

Comienza la verdadera diversión.

*** En otra zona de la ciudad, los cuatro Jotas corrían por las calles como una sombra veloz.

El camino hacia la base de control no se estaba dando fácil.

Justo al doblar una esquina, se detuvieron en seco.

Delante de ellos, una horda de Akumas devoraba los restos de decenas de civiles.

Era una escena tan grotesca que Kaiyō sintió un nudo en la garganta y tuvo que cubrirse la boca para no vomitar.

—Santo cielo… —murmuró Blaike, retrocediendo instintivamente.

Pero uno de los Akumas los vio.

Su chillido alertó a toda la manada.

Los Akumas giraron sus horribles cabezas al unísono… y se lanzaron sobre ellos.

—¡Retrocedan!

—gritó Isein.

Los cuatro dieron un paso atrás al ver la avalancha que se les venía encima.

—¿Puedes con todos, Arc?

—dijo Isein con una sonrisa forzada.

—Hasta yo tengo límites, ¿sabes?

—Si tan solo tuviéramos nuestros Reikens… Se miraron.

Asintieron sin decir más y, sin dudarlo, soltaron un grito de guerra.

Se lanzaron contra la horda, dispuestos a luchar a muerte.

Pero entonces…

—Howl of the Wolf… Una explosión de energía recorrió el aire como una onda expansiva.

Un rayo purpura oscura arrasó con los Akumas en un instante, desintegrándolos por completo.

El grupo miró la escena, jadeando, sin poder creer lo que acababan de ver.

—Perdón por la demora, muchachos… La voz era tranquila.

Una silueta caminaba entre el humo y los cuerpos desintegrados.

—¡Kuro!

—gritaron al unísono Kaiyō, Isein y Blaike.

Arc solo frunció el ceño.

—Tch… justo cuando pensaba que podríamos probar algo de acción.

Kuro se detuvo frente a ellos, respirando con algo de esfuerzo.

—Demonios… ahora me queda poca energía —murmuró desvaneciendo su Reiken.

Luego alzó la mirada—.

¿Y bien?

¿Qué hacen aquí?

No se supone que deberían estar en los refugios de la academia.

—Mi hermano nos encomendó una misión —explicó Kaiyō con seriedad.

—¿Una misión?

—Sí.

Vamos a la base de control para averiguar por qué no podemos usar nuestras energías elementales.

Kuro cruzó los brazos, pensativo.

—Hmm… interesante.

Yo no he tenido problemas.

Aparentemente, la barrera afecta a todos los elementos… menos al de oscuridad.

—¿Eso significa… que solo tú puedes usar tu Reiken?

—preguntó Blaike.

—Aparentemente sí.

Y eso… sí que es un problema.

En ese momento, Kuro clavó los ojos en Arc, que seguía observándolo con desconfianza.

—Disculpa, tú… ¿quién eres?

Todos cayeron de espaldas, exasperados.

—¡¿Qué?!

¡¿No sabes quién es?!

—Es Arc, uno de los cuatro Jotas de Arkanum —explicó Isein mientras se incorporaba.

—Ah, cierto… —dijo Kuro rascándose la cabeza—.

Creo que lo vi en una reunión alguna vez.

No nos presentaron formalmente.

—¿¡Qué!?

—¿Eres el Rey de Arkanum desde hace más de un año y ni siquiera conocías a uno de los Jotas?

—se quejó Blaike.

—Jejeje… bueno… tampoco es que asistiera mucho a las reuniones —se excusó Kuro con una risa nerviosa.

—No importa —interrumpió Arc, pasándolo de largo—.

No tenemos tiempo para charlas.

Si vamos a llegar, debemos movernos ya.

—¿Nos acompañas, Kuro?

—preguntó Kaiyō—.

Contigo será mucho más fácil llegar.

Kuro bajó la mirada y negó con la cabeza.

—Lo siento, pero no puedo.

Debo volver a la academia.

Siento la presencia de tres demonios… uno está peleando con Igurū… otro con Kaishin… y el tercero… con Remy.

—¿¡Tres!?

—repitieron todos al unísono.

—Debo ir a ayudarlos.

Si tardo demasiado… podría ser demasiado tarde.

—Pero ahora la academia debe estar infestada de Akumas —dijo Kaiyō con el ceño fruncido.

—Bien, no te detendremos entonces —respondió Arc con tono serio.

—Pero… —Kaiyō, será mejor que lo dejemos.

Recuerda que tenemos una misión —intervino Blaike.

El joven asintió a regañadientes.

—Está bien… cuídate, Kuro.

—Suerte, muchachos —murmuró Kuro con una leve sonrisa.

Luego giró la mirada al horizonte—.

Bien, ahora solo necesito llegar a la academia… antes de que sea tarde.

Sukasa despertó con un zumbido agudo en los oídos.

Sentía los brazos entumecidos, y al intentar moverse, notó que sus extremidades estaban atadas con unas cuerdas negras, gruesas, de textura áspera y olor metálico.

La boca también la tenía tapada con un trapo sucio.

No podía gritar.

A su lado, Remy y Hino comenzaban también a recobrar el conocimiento.

Se revolvían igual que ella, atadas, inmovilizadas, confundidas y aterradas.

—No pierdan el tiempo —dijo una voz aguda, burlona, cargada de sadismo—.

Esas cuerdas están hechas con los intestinos de Akumas.

Absorben la energía espiritual.

No van a soltarse tan fácil.

El demonio caminaba lentamente.

Sonreía como un niño frente a un juguete nuevo, con la lengua afuera, moviendo los dedos con ansiedad.

—Tres lindas niñas —susurró, saboreando cada palabra—.

Las demonios nunca me quisieron… decían que era alguien desagradable.

Feo.

Asqueroso.

¿Ustedes también piensan eso?

Se agachó frente a Hino, pegando su rostro contra el de ella.

El aliento caliente y fétido del demonio la hizo estremecerse.

—Dime algo, preciosa… ¿te parezco atractivo?

¿O también me vas a rechazar como todas?

Hino no podía responder.

Temblaba.

Lloraba.

Entonces, sin aviso, el demonio le tocó el pecho con descaro, explorando su cuerpo como si fuera de su propiedad.

Remy, furiosa, intentó romper las ataduras con toda su fuerza, pero no sirvió de nada.

Sukasa también luchaba, gruñendo por debajo del trapo.

El demonio ni siquiera se molestó en voltear.

—Mmm… tienes un buen cuerpo —dijo con voz ronca, acariciando el rostro de Hino—.

No hay necesidad de resistirse.

Haré que te guste… —¡Suéltala, bastardo!

—gritó Sukasa al arrancarse la mordaza con los dientes.

El demonio se giró lentamente, con una mueca extraña entre risa y furia.

—¿Perdón?

¿Qué dijiste?

—Que no la toques, maldito asqueroso.

Él se acercó a pasos lentos, jadeando.

La levantó por el cuello sin esfuerzo.

—¿A quién diablos crees que llamas asqueroso, mocosa?

Sukasa forcejeaba, el aire se le escapaba.

Pero aún así, con una voz débil y quebrada, logró decir: —A ti… monstruo de mierda.

El demonio gruñó.

De un zarpazo, le desgarró parte del uniforme, haciéndola caer de espaldas.

La tomó del cabello y la arrastró hacia él, apretando sus mejillas con una mano.

—Te voy a hacer tragar cada palabra —escupió.

Remy intentaba gritar.

Hino sollozaba, desesperada.

Las tres estaban atrapadas.

Impotentes.

Sukasa cerró los ojos con fuerza.

“Por favor… alguien… alguien…” La puerta crujió.

Todos voltearon.

Una silueta oscura apareció entre la sombra del marco.

Kuro.

—Perdón… ¿interrumpo algo?

—preguntó con fingida cortesía, como si hubiera entrado al lugar equivocado.

Las chicas comenzaron a moverse y a emitir sonidos ahogados, tratando de llamar su atención.

Kuro cerró la puerta con calma, y entonces, su mirada cambió.

—¿Quién carajos eres tú?

—dijo el demonio.

No obtuvo respuesta.

Kuro desapareció.

En un instante, estaba delante del demonio.

Su rodilla se estrelló contra la barbilla del monstruo con un impacto seco que hizo crujir huesos.

Antes de que cayera, Kuro lo agarró del rostro y lo estampó contra el suelo con una fuerza brutal.

El piso se agrietó.

—Desgraciado —rugió, con los ojos brillando de rabia.

El demonio intentó moverse, pero Kuro lo pisó con fuerza en la espalda.

—Debería cortarte ese maldito pedazo de carne que estabas pensando usar… —escupió Kuro con desprecio, observando al demonio tirado bajo su bota.

—¡Kuro, no!

—gritó Remy, tras lograr quitarse el trapo de la boca.

Kuro la miró de reojo, y su expresión volvió a relajarse.

Sus labios formaron una media sonrisa.

—Al parecer, hoy no morirás… —dijo al demonio, antes de estamparle la cabeza contra el suelo una vez más, dejándolo completamente inconsciente.

Se giró entonces hacia Sukasa, que seguía en el suelo, llorando en silencio.

Se arrodilló junto a ella y comenzó a desatar las cuerdas.

—¿Estás bien, chica problema?

Apenas terminó de liberar sus muñecas, Sukasa se abalanzó sobre él, abrazándolo con fuerza mientras sollozaba sin control.

—Gracias… gracias… Kuro, algo incómodo, levantó los brazos sin saber qué hacer.

Luego, con torpeza pero con calidez, le devolvió el abrazo, dándole unas suaves palmadas en la espalda.

—Ya está… tranquila… suéltame, tengo que liberar a las demás.

Sukasa se separó, aún temblando.

Kuro desvió la mirada un segundo, dándose cuenta de que parte de su torso estaba descubierto.

Ella se cubrió con los brazos, avergonzada.

Sin decir nada, Kuro se quitó su gabardina y se la tendió.

—Ponte esto.

Ella la recibió en silencio, sin mirarlo a los ojos, mientras él se acercaba a liberar a Hino.

Luego fue el turno de Remy.

—¿Estás bien?

—preguntó ella con suavidad.

—Solo si tú estás bien —respondió Kuro, con una pequeña sonrisa.

—Sí… —Me alegra.

Porque si no, Igurū me mataría.

Kuro se puso de pie y miró al demonio inconsciente.

—¿Qué hacemos con este maldito?

—Hmm… ya sé.

—Remy recogió los intestinos negros de los Akumas suelo—.

Pásenmelas.

Lo amarró de pies a cabeza, con tanta fuerza que incluso inconsciente, el demonio parecía retorcerse.

—Bien, con eso no debería moverse.

Claro… si despierta.

Remy se acercó a Sukasa para ver cómo estaba.

Luego miró a Kuro con seriedad.

—¿Y Igurū?

—Debe de estar peleando con el otro demonio.

Tenemos que ir a… no ayudarlo exactamente.

Ya sabes cómo es.

Pero al menos, apoyarlo.

Las tres asintieron.

Empezaron a correr por los pasillos, cuando de repente, un enjambre de Akumas apareció delante de ellos.

Docenas, tal vez más.

Algunos devoraban cadáveres, otros los miraban como si fueran carne fresca.

Sukasa y Hino retrocedieron por instinto, pero Kuro y Remy se colocaron al frente.

—Tú retrocede, Remy —dijo Kuro, firme—.

Sin tu Reiken no puedes hacer mucho.

Mejor cuida de ellas.

—Está bien —aceptó, sabiendo que tenía razón.

—¿En serio piensas pelear contra todos esos Akumas sin tu Reiken?

—preguntó Sukasa, sorprendida.

Kuro sonrió de lado mientras desenfundaba su espada.

—¿Acaso lo olvidaste, chica problema?

Adoptó su postura de combate.

—No la necesito.

Los Akumas comenzaron a correr hacia él, chillando como bestias salvajes.

Kuro respiró hondo.

—Esto será emocionante…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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