REIKENS - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Capítulo 23 Lagrimas Bajo la Lluvia
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25: Capítulo 23 Lagrimas Bajo la Lluvia 25: Capítulo 23 Lagrimas Bajo la Lluvia Los cuatro Jotas por fin habían llegado a la base de control.
Cada uno estaba visiblemente agotado y herido, con cortes en los brazos, sangre seca en el rostro y el aliento entrecortado.
Sin perder tiempo, comenzaron a revisar todas las puertas frenéticamente.
—¡Esta no es!
—gritó Isein.
—¡Tampoco esta!
—dijo Kaiyō mientras abría otra.
—¡Menos esta!
—bufó Blaike con frustración.
—¡¿Dónde carajos está?!
—exclamó Arc, pateando una puerta con rabia.
—Esperen… creo que es esta —señaló Kaiyō, señalando la última al fondo del pasillo.
La puerta se abrió y ante ellos apareció una sala amplia y oscura, en cuyo centro se elevaba un panel metálico inmenso.
Justo en medio del panel, una esfera purpura flotaba, irradiando una energía ominosa que ondulaba en el aire como vapor venenoso.
Era la misma esfera que el demonio había colocado, aunque ellos no lo sabían.
—Bien, ¿y ahora cómo la desactivamos?
—preguntó Blaike, dando un paso hacia el panel.
—¿No hay un manual o algo?
—dijo Isein, buscando con la mirada en los bordes.
—Parece que no… —respondió Kaiyō al inspeccionar unos controles oxidados.
—Entonces no hay opción —dijo Arc, serio—.
Hay que destruirla.
Si no sabemos cómo desactivarla, es lo único que podemos hacer.
—Bien.
Hagámoslo.
Arc alzó su espada con determinación y se preparó para lanzar un golpe directo, cuando un destello púrpura emergió desde las sombras de la habitación.
—¡Cuidado!
—gritó Isein.
Una ráfaga de oscuridad cortó el aire, y por poco los alcanza.
Tuvieron que lanzarse hacia atrás para esquivarla.
Una carcajada seca resonó en la habitación.
—Así que… aquí era donde se dirigían, ¿eh?
Desde la penumbra emergió lentamente una figura.
Primero parecía humana, pero luego se revelaron los cuernos retorcidos que sobresalían de su cabeza, junto con unos ojos rojos brillantes y una sonrisa sádica.
—¡Un demonio!
—exclamaron los cuatro al unísono, retrocediendo con reflejo instintivo.
El demonio se colocó entre ellos y el panel de control.
—No permitiré que destruyan nada.
Esta barrera es el símbolo de nuestra victoria.
Su caída marcaría el fin de nuestro juego… y eso sería muy aburrido.
—Tsk… estamos en problemas —dijo Arc, empuñando su arma.
*** Mientras tanto… Igurū continuaba peleando a muerte contra su oponente.
Estaba cubierto de heridas, su respiración era pesada y su visión comenzaba a nublarse.
El demonio lo atacaba sin descanso, disfrutando cada intento de defensa que hacía.
—Oye, si solo te defiendes esto se vuelve aburrido —rió el demonio, lanzando otro corte que rozó su abdomen, dejando una herida sangrante.
—Cállate… —gruñó Igurū, retrocediendo.
—Cuánta arrogancia… ¿acaso no te das cuenta de tu posición?
Con un rugido, se lanzó nuevamente, desgarrando otro trozo de su armadura blanca.
—Sabes… ese blanco se ve bien manchado de rojo.
Igurū se tambaleó, sintiéndose mareado.
Se apoyó sobre su Reiken para no caer.
—¿Qué… qué me está…?
—¿No te lo dije?
—el demonio sonrió con placer—.
Mi Reiken fue bañado con un veneno… muy poderoso.
Poco a poco, tu cuerpo perderá el conocimiento… y caerás en un sueño del que nunca despertarás.
El mundo giraba a su alrededor.
El sudor le corría por la frente.
Pero entonces, Igurū comenzó a reír, con una voz grave y desafiante, casi como un villano.
—Gracias por la información… en serio.
Me ha sido de mucha ayuda.
—¿Qué?
Igurū levantó su mano y congeló la herida que lo estaba debilitando.
—Ahora te diré algo yo: a mí, ningún veneno me afecta.
—¡¿Qué estás diciendo?!
—Mi elemento es el hielo, idiota.
Así que gracias por revelar tu truco.
Si congelo el veneno, no podrá expandirse por mi organismo.
El demonio lo miró frunciendo el ceño, pero Igurū ahora lo observaba con una sonrisa helada en el rostro, los ojos brillando con una frialdad letal.
—Ahora que sé cómo lidiar contigo… se acabó el calentamiento.
El demonio comenzó a reír con fuerza, como si las palabras de Igurū le resultaran una broma.
—¿En serio crees que ese es mi único truco?
Apuntó su Reiken directamente hacia él, y con una sonrisa cruel dijo: —Cyclops Eye.
Un símbolo oscuro brilló bajo los pies de Igurū, como un ojo sin párpados tallado en pura energía sombría.
Al instante, su cuerpo se volvió pesado como plomo, y cayó al suelo con un golpe sordo.
—¡¿Qué… qué pasa?!
—gruñó entre dientes—.
¡No puedo moverme!
Mi cuerpo… se siente como si mil toneladas me aplastaran…
—Mi elemento es oscuridad… tipo gravedad —declaró el demonio con orgullo—.
Mientras el ojo del cíclope esté bajo de ti, no podrás levantarte.
Ahora acabaré contigo.
Debo decir… fue divertido.
No me había entretenido tanto en décadas.
Hasta nunca, oso polar.
Igurū apretó los dientes con fuerza.
“¡Demonios… no puedo… perder así!” Justo cuando el demonio levantó su Reiken para dar el golpe final, una explosión retumbó en el costado del patio, haciendo temblar el suelo.
Una de las paredes se vino abajo con un rugido de piedra, y entre la nube de polvo, una ráfaga de energía oscura se disparó en línea recta hacia el demonio.
Este apenas logró esquivarla dando un salto hacia atrás.
—¡¿Qué demonios…?!
Desde el polvo surgió una figura que caminaba con calma y una sonrisa confiada.
Sus ojos brillaban con una intensidad amenazante.
—Vaya, vaya… ¿Quién diría que un demonio de tan bajo nivel te estaría dando problemas, Igurū?
Igurū sonrió, reconociendo al instante esa voz.
—Cuando no… tan escandaloso como siempre… Kuro.
—¿Y tú quién eres?
—escupió el demonio con desprecio—.
Me sorprende que un humano posea energía elemental oscura.
Kuro no le respondió, simplemente ladeó la cabeza con burla.
Detrás de él, entre el polvo que se disipaba, emergieron Remy, Sukasa y Hino.
—¡¿No podías ser más discreto, idiota?!
—se quejó Sukasa, tosiendo por el polvo.
—Vaya, veo que ya recuperaste el ánimo, chica problema —rió Kuro, sin siquiera mirarla—.
No olvides que vine a salvarte otra vez.
Igurū suspiró aliviado al verlos llegar.
—Me alegra que estén bien… sobre todo tú, Remy… —murmuró.
Remy sonrió, aunque se mantenía alerta.
Kuro se cruzó de brazos sin dejar de mirar al demonio.
—Por eso siempre te dije que practicaras con la espada.
—Cállate —gruñó Igurū desde el suelo—.
Si no fuera por esta maldita barrera, ya habría acabado con este bastardo… —Sí, sí… como digas —respondió Kuro encogiéndose de hombros—.
Aun así, me sorprende que no hayas podido derrotar a alguien tan débil.
—¡¿A quién crees que le llamas débil?!
—bramó el demonio, furioso.
—A ti, por supuesto —sonrió Kuro sin temor.
—¡Insolente!
¡Haré que te tragues esas palabras!
Acabaré contigo primero… luego con esas tres.
—No te molestes —interrumpió Kuro con frialdad—.
No pelearía con alguien que ya ha sido derrotado.
—¿Qué… dijiste?
El demonio sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo, como si algo helado le hubiera tocado el alma.
Miró hacia abajo y notó una ondulación de energía blanca alrededor de su cintura.
—¿Qué es esto?
—balbuceó.
Igurū, aún en el suelo, sonrió con los ojos encendidos por la determinación.
—Círculo de Hielo.
Mientras hablabas de más… lo activé bajo tus pies.
Pronto, la sangre dejará de circular por tus venas.
Tu cuerpo entero… quedará congelado hasta la médula.
El demonio jadeó, sintiendo cómo el frío se extendía desde su abdomen hacia sus extremidades.
Sus dedos comenzaban a entumecerse… y la arrogancia se convirtió en pánico silencioso.
—¿En serio creen que un truco barato acabará conmigo?
—rugió el demonio mientras su cuerpo comenzaba a emitir un brillo oscuro, como si su sangre misma ardiera con energía maldita.
Con un estallido de poder, liberó una onda expansiva que rompió el Círculo de Hielo en mil fragmentos helados, haciendo que el suelo crujiera bajo sus pies.
El aura de oscuridad que lo rodeaba se intensificó, deformando el aire a su alrededor.
—Ahora… les mostraré el verdadero poder del Reiken del Cíclope.
La academia entera comenzó a temblar.
Las paredes vibraban, pequeñas piedras caían del techo, y la atmósfera se volvió tan pesada que costaba respirar.
—Vaya… parece que no era tan débil después de todo —comentó Kuro, esbozando una sonrisa casi emocionada.
—¡Debemos ayudarlo!
—gritó Sukasa, dando un paso hacia adelante.
—No —la detuvo Kuro, sin apartar la vista del combate—.
Sin sus Reikens, solo estorbarían.
—¡Entonces por qué no vas tú!
—reclamó Sukasa con enojo.
—Porque a Igurū no le agradaría.
Es muy orgulloso.
No le gustaría que interfiriera en su pelea… ¿No es así, Remy?
Remy no respondió con palabras.
Solo asintió, sus ojos fijos en Igurū, con una mezcla de preocupación y tristeza.
Igurū se puso de pie lentamente.
Su aliento era denso, y su cuerpo temblaba levemente por el esfuerzo y las heridas.
—Ven, Cíclope… uno de nosotros morirá hoy.
*** En la base control, Kaiyō, Isein, Blaike y Arc luchaban por acercarse al panel de control.
El demonio que lo protegía se movía a velocidades absurdas, lanzando cortes oscuros que obligaban a los cuatro a retroceder constantemente.
—¡Maldición, este bastardo no nos deja ni acercarnos!
—bramó Blaike, cubriéndose el brazo ensangrentado.
—Debemos pensar en algo, y pronto… —jadeó Isein, mientras bloqueaba un corte con su espada rota.
Arc, con la mirada fija en el panel y en el demonio, se tronó el cuello, pensativo.
Luego sonrió con determinación.
—Ya lo tengo.
Vamos a dividirnos.
—¿Qué?
¿En medio de este infierno?
—Escuchen.
Ese demonio protege el panel con su vida, eso significa que está ligado a su función de alguna manera… ¿Qué pasa si lo forzamos a alejarse?
—¿Cómo piensas lograr eso?
—preguntó Kaiyō.
—Con algo que odian los demonios: una amenaza a su ego.
Voy a provocarlo.
Mientras tanto, Blaike y Kaiyō, ustedes usen su energía residual para lanzar un ataque conjunto.
Pero no hacia el demonio… al panel.
—¡¿Estás loco?!
¡Nos matará antes de que lleguemos!
—No, si lo haces en el momento en que lo saque de posición —respondió Arc.
Kaiyō apretó los dientes.
Era arriesgado… pero no tenían otra opción.
—Bien.
Hagámoslo.
Arc dio un paso al frente y levantó su espada, apuntando directamente al demonio.
—¡Hey, cara de murciélago!
—gritó—.
¿Eres tan cobarde que solo sabes proteger ese panel?
¿O ya no te queda energía para luchar como un verdadero demonio?
El demonio se giró lentamente, sus ojos ardiendo con odio.
—¿Te atreves a insultarme?
—No, solo describo lo que veo.
Ven, si te atreves.
Quiero ver si puedes con un solo humano.
—¡¡¡TE MATARÉEEE!!!
El demonio se lanzó como un relámpago hacia Arc.
—¡AHORA!
—gritó Isein.
Kaiyō y Blaike unieron sus manos.
Una luz rojiza intensa emergió de ellas, uniendo sus elementos en un solo disparo de energía que surcó el aire como una flecha de fuego.
El proyectil chocó directamente contra la esfera purpura del panel… Y estalló.
La barrera que cubría la academia comenzó a vibrar violentamente, emitiendo un sonido desgarrador antes de que la energía que la sostenía se rompiera como cristal, desapareciendo por completo.
El demonio se detuvo en seco, mirando hacia atrás con incredulidad.
—¡¿QUÉ HAN HECHO…?!
Arc solo sonrió mientras el demonio lo observaba con furia.
—Ahora eres tú el que está en problemas, miserable demonio.
Kaiyō, Isein y Blaike invocaron sus Reikens con un destello fulminante.
La energía recorrió el pasillo con fuerza, y el demonio retrocedió instintivamente al sentir la diferencia en poder.
—¡Háganlo pedazos, chicos!
—gritó Arc con determinación.
*** Mientras tanto… Kuro contemplaba cómo la barrera se desvanecía lentamente, como si el cielo mismo respirara aliviado.
Sonrió con aprobación.
Igurū, al notar lo mismo, apretó con fuerza su Reiken y liberó un rugido de guerra.
Una gigantesca explosión de energía helada brotó de su cuerpo, lanzando al demonio varios metros atrás.
Partes de su armadura quedaron congeladas y se resquebrajaron por el impacto.
En cuestión de segundos, una nevada densa cubrió toda la ciudad, y los cielos ennegrecidos se tiñeron de blanco.
Los Akumas, sintiendo la gran cantidad de energía elemental, comenzaron a correr como bestias poseídas hacia Igurū.
—Vaya… parece que se viene la fiesta —dijo Kuro con una sonrisa torcida—.
Remy, chica problema, y amiga de la chica problema… invoquen sus Reikens y prepárense.
Las tres asintieron sin dudar, y sus Reikens brillaron al ser invocados.
La luz cortó la neblina helada que caía sobre los techos de la academia.
*** En uno de los pasillos de la academia, Kaishin jadeaba.
Su cuerpo mostraba señales de desgaste, pero se mantenía de pie, firme.
A sus pies se encontraba el cuerpo del demonio completamente abatido con un gran charco de sangre debajo de el.
Observó cómo una ráfaga blanca recorría los ventanales de la academia.
—Vaya… parece que ya se deshicieron de esa molesta barrera —dijo mientras limpiaba la sangre de su espada—.
Ahora solo queda eliminar a todos eso sucios Akumas.
*** En medio del campo congelado, Igurū avanzaba lentamente hacia el demonio.
Sus pasos dejaban una estela de escarcha que se adhería al suelo como si el invierno mismo caminara con él.
El demonio retrocedía.
Por cada paso que Igurū daba, su presencia se hacía más imponente… más aterradora.
—Ahora serás tú quien sienta el verdadero poder del Reiken del Oso Polar.
—¡No me asustas!
¡Cyclops Eye!
El ataque de gravedad se formó bajo los pies de Igurū… pero apenas apareció, se congeló y se resquebrajó al instante.
—Es inútil.
Tengo el poder de congelar cualquier elemento a excepción del fuego —declaró con voz grave, mientras su Reiken brillaba con una luz azul intensa.
Desapareció en un parpadeo, y en el instante siguiente, estaba justo frente al demonio, a solo centímetros de su rostro.
—¡Polar Bear Roar!
Una brutal ráfaga de viento helado fue liberada directamente al pecho del demonio.
La explosión de energía no solo destruyó por completo lo que quedaba de su armadura, sino que lo lanzó como un muñeco contra una pared de piedra, haciendo temblar el edificio.
Los Akumas que estaban en el área quedaron congelados al instante, sus cuerpos quebrándose como estatuas de cristal.
El demonio cayó al suelo con violencia.
Su cuerpo humeaba por la congelación extrema, y no quedaban rastros de su armadura.
Solo su piel agrietada, cubierta de escarcha.
*** En lo alto del muro de contención de la ciudad, Kaishin observaba con el ceño fruncido cómo cientos de Akumas corrían en estampida hacia donde estaba Igurū.
Alzó su mano al cielo y, con voz firme y desafiante, gritó: —¡Ven a mí, Reiken del Leviatán!
Una imponente energía acuática envolvió su cuerpo.
Una espada surgió entre la bruma, y al disiparse el torbellino líquido, su cuerpo ya estaba cubierto por una armadura escamosa que brillaba con tonalidades azules y plateadas.
—Tsk… No será suficiente para llamar su atención… Entrecerró los ojos y gritó con más fuerza: —¡Reiken del Leviatán… modo Berserker!
Una explosión de energía azulada iluminó los cielos, como si un faro divino hubiera descendido.
Su espada creció, más afilada, más pesada.
Su armadura se expandió y reforzó hasta convertirse en un traje de guerra completo, majestuoso, digno del antiguo rey de los océanos.
En ese momento, todos los Akumas detuvieron su curso.
Al sentir esa brutal energía, cambiaron de dirección y corrieron directo hacia Kaishin, como moscas a la llama.
Él solo sonrió.
De un poderoso salto, salió de la ciudad, y como lo había planeado, los Akumas lo siguieron en masa, fuera de las murallas.
Cuando se aseguró de que todos estuvieran lejos, alzó su espada con ambas manos, apuntándola hacia la horda.
—Ahora sientan la furia… de aquel que reinó los mares hace más de diez mil años… ¡Sientan la ira del Reiken del Leviatán… SEAQUAKE!
Un rugido oceánico surgió de la hoja.
Una gigantesca ola se alzó como una montaña, arrasando con toda la línea enemiga.
Los Akumas fueron engullidos por el agua, triturados por la fuerza de las profundidades, ahogados sin piedad bajo la furia del Leviatán.
*** De vuelta en la ciudad, Igurū desactivó su Reiken.
Su respiración era pesada, pero su oponente estaba derrotado… o eso creía.
Caminó hacia Kuro.
—Vaya… creo que te pasaste un poco —comentó Kuro con una sonrisa ladeada.
—No suelo confiarme… como tú —respondió Igurū con calma.
Pero entonces… un escalofrío recorrió el aire.
Un sonido cortante interrumpió la aparente victoria.
Una espada negra emergió lentamente desde el abdomen de Igurū.
Su cuerpo se estremeció.
—N-nunca… bajes la guardia… oso polar… —susurró una voz agónica y cruel a su espalda.
El demonio, de pie y tambaleante, lo había atravesado con sus últimas fuerzas.
Los ojos de Igurū se abrieron de par en par, incrédulo.
Su cuerpo cayó de rodillas, y luego, pesadamente, al suelo.
—¡IGURŪ!
—gritó Remy con desesperación.
Kuro quedó paralizado por un segundo.
Luego, la ira estalló en sus ojos.
Su Reiken se activó al instante, y su energía oscura lo envolvió como un vendaval.
—¡INFELIZ!
—rugió.
Se lanzó contra el demonio y le propinó una brutal patada en el abdomen que lo lanzó contra un muro cercano.
Pero no lo dejó caer.
Kuro apareció justo detrás de él, lo tomó del rostro y con un grito lleno de rabia, estampó su cabeza contra el muro con violencia.
—¡TE MATARÉ, TE MATARÉ, TE MATARÉ!
El muro crujía con cada impacto.
Kuro lo golpeaba sin piedad, sin descanso.
La sangre del demonio comenzaba a teñir las piedras.
Sukasa y Hino observaban con horror la escena que se desarrollaba frente a ellas.
Kuro no se detenía, seguía golpeando el cuerpo del demonio con rabia desbordada.
La furia lo había consumido, hasta que una voz apenas audible rompió su trance: —Kuro… Se detuvo.
No giró al instante, pero esa voz lo paralizó.
Era Igurū, tendido ya en el regazo de Remy, respirando con dificultad.
—Por favor… detente.
No vuelvas a ser… lo que eras antes… Kuro abrió los ojos con brusquedad.
Su expresión cambió de inmediato.
La furia fue reemplazada por una profunda tristeza.
Lentamente bajó los brazos, como si el peso del mundo hubiera caído sobre él.
El demonio, jadeando y tambaleante, aún tuvo fuerzas para hablar: —Hazle caso a tu amigo, muchacho… Ya no hay nada que hacer… ni siquiera él… con su elemento… podrá frenar ese veneno aplicado directamente a su… No alcanzó a terminar.
Kuro, sin siquiera mirarlo, le dio un potente golpe en el abdomen que lo dejó inconsciente de inmediato.
Igurū sonrió levemente, observando el cielo que comenzaba a oscurecerse.
Nubes negras se agrupaban sobre la ciudad, como si el cielo mismo se preparara para llorar.
—Pasamos por mucho juntos… ¿no crees, Kuro?
Tantas batallas, tantas victorias… derrotas, tantas risas… y tantas peleas.
Conocerte… fue la mejor aventura de mi vida… —No digas eso —susurró Kuro, con voz quebrada—.
Un simple veneno no puede acabar contigo… Vas a estar bien.
¡Tienes que estar bien!
Remy no pudo aguantar más.
Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra, mojando el rostro de Igurū.
Él la miró y, con un esfuerzo enorme, levantó su mano para secar sus lágrimas con suavidad.
—Remy… mi Remy… No estés triste.
En estos diez años que te conocí, nunca tuve el valor de decirte lo que sentía.
Sé que es egoísta lo que voy a decir… pero no me iré en paz si no lo hago… Respiró profundo, su voz apenas un susurro: —Te amo, Remy.
El corazón de Remy se rompió por completo.
Ya no pudo contener ni una sola emoción.
—Yo también te amo, Igurū… siempre lo he hecho… Una sonrisa de alivio se dibujó en el rostro de Igurū.
Sus ojos, aunque apagándose, aún brillaban con una paz que nunca había tenido.
—Kuro… cuida de Remy… La energía de su cuerpo se desvaneció por completo.
Kuro volteó con un estremecimiento.
—…Igurū… Remy lo abrazó con fuerza, aferrándose al cuerpo sin vida de su amado, llorando con un dolor imposible de esconder.
Kuro cayó de rodillas junto a ellos.
Un golpe seco contra el suelo marcó su impotencia.
Las lágrimas, silenciosas, comenzaron a correr por sus mejillas.
Y entonces, como si el mundo llorara con ellos… la lluvia comenzó a caer.
Una alarma sonó desde el reloj de muñeca de Igurū, marcando las tres en punto de la tarde.
La hora de su cita con Remy.
A lo lejos, Sukasa y Hino también lloraban en silencio, aunque sus lágrimas se confundían con el aguacero que cubría la ciudad.
Kuro murmuró, apretando los dientes mientras la lluvia se mezclaba con sus lágrimas: —¿Por qué… otra vez…?
¿Por qué…?
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