REIKENS - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Capítulo 24 El Precio de Despertar
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26: Capítulo 24 El Precio de Despertar 26: Capítulo 24 El Precio de Despertar El pasillo de la enfermería estaba envuelto en un silencio absoluto, apenas interrumpido por el lejano canto de las aves que marcaban el inicio del amanecer.
Las luces tenues apenas iluminaban los rostros cansados y preocupados que se encontraban allí.
Kaiyō avanzaba con pasos firmes pero lentos, llevando una bandeja con varios vasos de café caliente que humeaban suavemente.
Sin decir una palabra, comenzó a repartirlos uno por uno hasta llegar frente a Remy.
—¿Cómo está?
—preguntó, sin necesidad de señalar.
Remy desvió la mirada hacia un rincón del pasillo.
Kuro estaba allí, sentado en silencio, con la cabeza gacha y la mirada perdida.
No se había movido ni una vez desde la noche anterior.
—No se ha levantado… no ha dicho nada.
—respondió Remy con voz apagada.
Kaiyō apretó los labios y bajó la mirada.
—No lo culpo… Yo también debería estar así… incluso peor… —tragó saliva—.
Es mi hermano, después de todo… Remy apoyó una mano en su hombro con suavidad, luego tomó uno de los cafés y caminó lentamente hacia Kuro.
Se agachó frente a él y le ofreció el vaso.
—Toma… bébelo.
Kuro no respondió.
Su cuerpo estaba rígido, sus ojos vacíos, como si algo se hubiera roto dentro de él.
Era como una estatua: inerte, pálido, sin vida.
El café quedó posado junto a sus pies.
Remy se sentó a su lado, sin insistir más.
—Aunque sea debes comer algo… No has probado bocado desde ayer… El silencio se mantuvo por unos segundos hasta que una voz temblorosa se escapó de los labios de Kuro: —Fue… mi culpa.
Remy giró hacia él con sorpresa.
—Si… si hubiera intervenido… si hubiera ignorado su maldito orgullo… nada de esto habría pasado.
—sus ojos se cerraron con fuerza— Otra vez… no pude hacer nada… Sin decir una palabra, Remy lo abrazó con fuerza.
—No te mortifiques.
No es tu culpa… —Sí lo es… —susurró Kuro—.
Si le pasa algo… no sé si pueda soportarlo… Entonces, el chirrido leve de unas puertas se escuchó al fondo del pasillo.
Las puertas de la enfermería se abrieron lentamente.
Tsume, salió con pasos pesados.
Llevaba aún puestos los guantes quirúrgicos, empapados en sangre seca y fresca, y la mascarilla colgando a medio rostro.
Detrás de él, varios asistentes lo seguían en silencio, limpiándose las manos, con rostros tensos pero aliviados.
Todos en el pasillo contuvieron el aliento.
Era como si el tiempo se hubiese congelado por completo.
Tsume se quitó finalmente la mascarilla.
Su rostro denotaba cansancio… pero también esperanza.
—Logramos detener la hemorragia… y extrajimos el veneno de su organismo con éxito.
Un suspiro colectivo se escapó de todos los presentes.
Algunos cayeron sentados por el alivio, otros se tomaron de las manos.
La tensión acumulada durante horas se evaporó en ese instante.
Kuro levantó la mirada lentamente… y por primera vez desde la noche anterior, sonrió.
—Sabía… sabía que un simple veneno no lo mataría… Tsume asintió con una leve sonrisa cansada.
—Fue una operación difícil… muy al límite.
Pero ahora, gracias a la sangre de Erebus está estable.
Si desean… pueden pasar a verlo si gustan.
Kuro se levantó estirándose con fuerza, haciendo sonar sus huesos como si acabara de despertar de un largo sueño.
—Bueno, ya que ese idiota está fuera de peligro, iré a comer algo en la señora Fukuko.
—dijo con un bostezo forzado.
Pero antes de que pudiera dar un solo paso, Remy lo tomó del brazo con fuerza, con una mirada que podía congelar el alma.
—Debiste haber ido cuando podías.
Ahora entraremos a ver a Igurū.
—dijo con un tono amenazante que no dejaba espacio a discusión.
—¿Qué?
¡Pero si Tsume dijo que ya está bien!
Además, tú misma lo dijiste… no he comido nada desde aye… —Te aguantas.
—interrumpió Remy, arrastrándolo—.
Ahora entraremos.
—¡Ya, ya!
¡Está bien, está bien!
¡Pero no me agarres tan fuerte!
Todos rieron al ver a Kuro comportarse de nuevo como de costumbre.
Ese momento de ligereza alivió la tensión que aún flotaba en el ambiente.
Blaike se acercó a Kaiyō, que se había quedado atrás.
—Tú también deberías entrar a verlo.
Kaiyō bajó la mirada, algo inseguro.
—Lo haré después… No quiero interrumpir a Kuro y Remy, se nota que lo necesitan más que yo.
—Está bien… como quieras.
—respondió Blaike con una sonrisa comprensiva.
*** Dentro de la enfermería, Igurū yacía solo, cubierto con una sábana hasta el pecho.
Su respiración era tranquila, pero no se movía.
Parecía simplemente dormido.
Kuro lo miró con alivio.
—Mira a este idiota… Es como si estuviera tomando una siesta.
—Sí… el susto que nos dio fue tremendo.
—susurró Remy.
—Ja… Y pensar que ayer hasta se despidió de todos, ¡y tuvo el valor de confesar sus sentimientos hacia ti!
—dijo Kuro con una sonrisa burlona.
Remy se puso roja como un tomate y comenzó a golpearlo suavemente con los puños cerrados.
—¡No digas eso!
¡Todavía me da vergüenza!
—¡Está bien, está bien, perdón!
—se reía—.
Pero me alegro por los dos.
Diez años… Diez años tardaron en dar el siguiente paso.
¡Se tomaron su tiempo, eh!
—Lo sé… —Remy bajó la cabeza, sonriendo.
Ambos rieron con suavidad, como si por un instante el mundo volviera a ser liviano.
—¿Recuerdas cuando nos conocimos?
—preguntó Remy—.
Igurū siempre me protegía de cualquier problema… Y tú siempre ibas detrás de él para protegerlo a él.
Pero al final, ¡los dos terminaban metidos en líos!
Y era Jigoku quien tenía que salvarnos… Kuro soltó una carcajada sincera.
—¡Claro que lo recuerdo!
Siempre éramos un desastre… Jigoku parecía nuestro niñero personal.
Pero el rostro de Remy se tornó serio de repente.
Sus ojos brillaban con un dejo de nostalgia… y dolor.
—Si pudieras… ¿cambiarías tu vida actual por volver a esos días?
Kuro guardó silencio.
Su expresión también se tornó sombría.
Imágenes pasaron por su mente: risas, peleas, lágrimas… y pérdidas.
Tardó unos segundos en responder.
—No… no lo haría.
En ese momento, Igurū comenzó a moverse.
Sus párpados temblaron hasta abrirse lentamente.
—¡Igurū!
—exclamaron al unísono Remy y Kuro, llenos de alegría.
El joven se enderezó con esfuerzo, apoyándose en los codos.
Miró a sus dos amigos con atención, sin decir palabra.
Remy se acercó, a punto de abrazarlo.
—¡Qué bien que por fin despertaste, tarado!
Nos tenías muy preo… Pero entonces Kuro se detuvo en seco.
Su voz se quebró.
Su sonrisa desapareció.
Los ojos de Igurū… no tenían luz.
No brillaban, no reflejaban nada.
Eran como cristales vacíos, inmensamente tristes, profundamente apagados.
—…Igurū… —dijo Kuro, apenas en un susurro.
Remy también lo notó.
Su corazón se encogió.
Lo miró con temor.
—¿Igurū…?
Él parpadeó lentamente, pero no respondió.
El silencio volvió a llenar la habitación, esta vez más denso, más inquietante que nunca.
Kuro se acercó lentamente, estirando una mano hacia Igurū, intentando tomar la suya con suavidad.
Pero en ese instante, la mirada vacía de Igurū se transformó en una de puro terror.
—¡NO!
¡NO, NO, NO, NO!
—gritó, cubriéndose la cabeza con los brazos, como si estuviera siendo atacado por algo invisible.
Kuro y Remy dieron un paso atrás, desconcertados.
—No fue mi culpa… no fue mi culpa… no fue mi culpa… —repetía una y otra vez, en un susurro que se volvió un lamento desesperado.
Kuro intentó acercarse de nuevo, posando una mano con cuidado sobre su hombro.
Pero Igurū reaccionó con un manotazo violento, apartándolo con fuerza.
Sus ojos, desorbitados y llenos de miedo, lo miraban como si nunca lo hubiera visto antes.
—¿Quiénes son ustedes?
—murmuró, la voz apenas audible pero cargada de miedo.
Kuro entrecerró los ojos, perplejo, y dio un paso atrás.
—No los conozco… ¿quiénes son?
¿Quiénes son?
¿Quiénes son?
—repitió, cada vez más agitado, más confundido.
Remy se adelantó, ignorando el miedo, y tomó la mano de Igurū con delicadeza.
Pero él la retiró rápidamente, como si le hubieran tocado con fuego.
—¡No me toques!
¿Dónde… dónde está mi madre?
—preguntó, jadeando—.
¿Dónde… dónde, dónde, dónde está mi mamá?
Kuro y Remy se miraron, paralizados por el horror.
Aquello… no era el Igurū que conocían.
—Igurū… —susurró Remy con la voz quebrada.
—¿Dónde está mi mamá, mamá, mamá… MAMÁ?!
Un grito desgarrador sacudió la habitación, y de inmediato, una oleada de energía helada se desató desde el cuerpo de Igurū.
Todo se volvió blanco.
Kuro y Remy apenas lograban mantenerse en pie, cubriéndose con los brazos para resistir el estallido de poder.
La puerta de la enfermería se abrió de golpe.
Tsume entró alarmado al escuchar el alboroto.
—¡¿Qué demonios sucede aquí?!
—exclamó, intentando ver a través del vapor helado.
—¡No lo sabemos!
¡De repente empezó a alterarse!
—gritó Kuro, luchando contra la presión del hielo para acercarse.
Desde el pasillo, otros estudiantes comenzaron a asomarse por la puerta, pero la energía gélida comenzó a filtrarse hacia fuera, cubriendo las paredes y el piso de escarcha.
Tsume sacó una inyección de su bata rápidamente.
—¡Tenemos que sedarlo!
Pero en cuanto la sostuvo, la aguja se congeló al instante, partida en mil cristales por la intensa temperatura.
—¡Maldición!
¡Congeló el tranquilizante!
—gruñó Tsume, mientras retrocedía, sus gafas cubiertas por el vaho helado.
El cuerpo de Igurū temblaba con violencia, y una tormenta blanca giraba a su alrededor.
Las luces parpadearon, y el aire se volvió cada vez más denso y difícil de respirar.
Remy, con lágrimas congelándose en sus mejillas, gritó: —¡Igurū, por favor, detente!
¡Somos nosotros!
¡Kuro y yo!
¡Recuerda!
Pero Igurū no respondía.
Él ya no estaba allí.
Un pulso brutal de energía helada explotó desde el cuerpo de Igurū, y Remy, que estaba a tan solo unos pasos de él, salió disparada como una muñeca de trapo.
Su cuerpo impactó contra una camilla, que se volcó con el golpe, y luego cayó al suelo, inmóvil.
—¡Remy!
—gritó Kuro, el pánico apoderándose de su voz.
Corrió hacia ella atravesando el aire gélido que cortaba como cuchillas.
La encontró tendida, con escarcha cubriendo parte de su rostro y cabello.
Su cuerpo temblaba, pero aún respiraba.
El alivio no impidió que la rabia le subiera por la garganta.
—Perdóname, Igurū… —susurró, con los dientes apretados, antes de depositar cuidadosamente a Remy sobre unas mantas al resguardo del frío.
El torbellino de energía blanca seguía rugiendo alrededor de Igurū, que gemía entre susurros ininteligibles, completamente fuera de sí.
Kuro se levantó.
Su puño temblaba.
No de miedo, sino de dolor.
Avanzó contra el viento congelado, forzando cada paso como si caminara contra una tormenta.
—No quería que esto terminara así… Cuando por fin estuvo lo suficientemente cerca, apretó el puño con fuerza.
La energía oscura su brazo.
Entonces, sin dudarlo, le dio un fuerte puñetazo directo en el rostro a Igurū.
El golpe fue certero.
La energía helada se quebró en el aire como un vidrio roto.
El cuerpo de Igurū cayó hacia atrás, inconsciente.
El silencio regresó de golpe a la enfermería.
La escarcha se deshacía lentamente, y el aire se volvió respirable otra vez.
Kuro bajó el brazo.
Sus nudillos sangraban.
Su corazón, también.
—Lo siento, Igurū… El torbellino había cesado.
Pero lo más difícil… apenas estaba comenzando.
—¿¡Qué carajos acaba de pasar!?
—gritó Kaishin, irrumpiendo en la enfermería con el rostro descompuesto.
Se detuvo en seco al ver el escenario ante él: el suelo cubierto de escarcha, cristales congelados colgando del techo, vapor saliendo de los alientos.
La enfermería parecía el corazón de un invierno sin fin.
Tsume estaba de rodillas junto a Remy, aplicándole calor con una manta térmica mientras la joven comenzaba a recuperar la conciencia.
—Estoy… estoy bien —murmuró ella, sentándose lentamente mientras se frotaba los brazos entumecidos—.
¿Qué fue lo que pasó?
Tsume negó con la cabeza, su expresión era una mezcla de preocupación y desconcierto.
—No lo sé… pero eso… eso no era Igurū.
No como lo conocíamos.
Fue como si algo dentro de él hubiera explotado.
—¿Qué vamos a hacer?
—preguntó Kuro en voz baja, aún mirando la camilla donde reposaba su amigo inconsciente.
Tsume se levantó.
—Lo primero es trasladarlo.
Este lugar ya no es seguro para tratarlo.
La temperatura bajó tanto que parte del instrumental está inservible.
Lo sedaremos y lo llevaremos al ala aislada.
Los minutos se volvieron horas.
Pasado el mediodía, Tsume volvió a salir, quitándose los guantes quirúrgicos.
Todos se acercaron en silencio, expectantes.
—¿Y bien?
—preguntó Kuro.
Tsume suspiró con cansancio, secándose el sudor frío de la frente.
—Al parecer… no hay nada anormal en sus estudios.
Todos sus niveles están estables, no hay rastro del veneno, su cuerpo está sano… demasiado sano, incluso.
—¿Entonces qué demonios pasó?
—insistió Kaishin, aún visiblemente alterado.
Tsume lo miró directamente.
—No lo sé.
Es la primera vez que veo algo así.
Fue como si su mente… se hubiera partido en mil pedazos.
Por ahora, lo mantendremos sedado.
No podemos arriesgarnos a que despierte en ese estado de nuevo.
Kuro apretó los puños.
Un nudo se formaba en su garganta.
—¿Y si no vuelve a ser el mismo?
Tsume no respondió.
El silencio fue más aterrador que cualquier respuesta.
Kuro giró sobre sus talones y comenzó a caminar con decisión por el pasillo.
—¿Adónde crees que vas?
—preguntó Remy, siguiéndolo con pasos apresurados.
—Voy a llamarlo.
—¿A él?
Kuro asintió sin mirar atrás.
—Él es el único que podría saber qué está pasando con Igurū… Es uno de los hombres más listos que conozco.
—Pero, Kuro…
—Tranquila —la interrumpió sin detenerse—.
Sé que ese imbécil me pedirá algo a cambio, pero es un riesgo que estoy dispuesto a tomar si eso puede salvar a mi amigo.
Remy no dijo más.
Solo se detuvo en medio del pasillo, viendo cómo la figura de Kuro se alejaba hasta perderse en la penumbra del corredor.
Al llegar a su habitación, Kuro cerró la puerta tras de sí y se dirigió al escritorio.
Tomó su teléfono con manos temblorosas, buscando con desesperación entre los contactos.
Al encontrar el número, el teléfono resbaló de sus manos y cayó al suelo con un leve golpe seco.
Justo cuando se inclinó para recogerlo, una voz familiar lo tomó por sorpresa.
—¿Piensas llamarlo, verdad?
Kuro alzó la mirada y una media sonrisa se dibujó en su rostro.
—Veo que ya regresó… maestro Geki.
El hombre se apoyaba en el marco de la puerta con los brazos cruzados, observándolo con sus habituales ojos agudos y tono de desaprobación.
—¿Por qué llamar a ese infeliz?
—preguntó con frialdad.
—Porque estoy seguro de que él sabe algo.
Sabe cómo ayudar a Igurū.
Geki no respondió de inmediato.
Entró a la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
—No voy a detenerte, muchacho… pero debes tener en cuenta algo.
Ese bastardo no hace nada gratis.
Si accedes a hablar con él, te pedirá algo a cambio… y no será barato.
—Lo sé —respondió Kuro, recogiendo el teléfono del suelo—.
Estoy dispuesto a asumir ese precio.
Por mi amigo… El silencio llenó la habitación por un segundo, roto solo por el marcado de números.
Finalmente, el tono de llamada resonó, y una voz al otro lado respondió: —¿Sí?
¿Con quién desea comunicarse?
Kuro tragó saliva y con firmeza dijo: —Sí, por favor… comuníqueme con el Mayor Kakashi.
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