REIKENS - Capítulo 27
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27: Capítulo 25 Sombras del Pasado 27: Capítulo 25 Sombras del Pasado Kuro estaba de pie frente a la cama de su amigo.
Igurū yacía inmóvil, con el rostro sereno, como si solo estuviera dormido.
Pero Kuro sabía que lo que pasaba iba mucho más allá de un simple sueño.
Su mirada se tornó melancólica, y sin poder evitarlo, los recuerdos lo asaltaron: todas las veces que lucharon juntos, las risas compartidas, las derrotas, las pequeñas victorias… y las cicatrices que jamás sanaron.
Apretó los puños con fuerza, la mandíbula tensa.
—Tú intentaste salvarme una vez… hace más de tres años —susurró—.
Ahora me toca a mí, Igurū.
No importa lo que tenga que pagar.
Te salvaré.
Lo juro.
*** Al mismo tiempo, en las afueras de la ciudad, un vehículo negro de diseño futurista se detuvo justo frente a las imponentes puertas de la ciudad de Esentia.
De su interior descendieron varias figuras vestidas con largas gabardinas blancas, cada una con una enorme cruz dorada en la espalda.
Se alinearon con precisión militar, en completo silencio.
Por último, emergió una figura solitaria, completamente vestida de negro.
Su cabello largo y desordenado que caía hasta los hombros, y una sonrisa torcida adornaba su rostro.
La barrera de seguridad que protegía la ciudad titiló unos segundos antes de desactivarse con un zumbido sordo.
Las puertas del muro comenzaron a abrirse lentamente con un chirrido metálico.
El hombre observó con interés.
—Así que esta es la famosa ciudad de Esentia… Interesante.
Una vez que las puertas se abrieron por completo, una figura robusta lo esperaba de pie.
Brazos cruzados, ceño fruncido, postura firme.
El maestro Geki.
—Oh, Geki —dijo el recién llegado con tono burlón—.
Me alegra ver que al menos alguien conocido me viene a recibir.
—No te equivoques, Kakashi —respondió Geki con frialdad—.
Solo estoy aquí porque Kuro me lo pidió.
Kakashi alzó las cejas, divertido.
—Sí, sí… como sea.
Ahora dime, ¿dónde queda esa tal Academia Arkanum?
Geki no respondió.
Solo giró y comenzó a caminar, sabiendo que esa visita traería más caos del que Kuro estaba preparado para enfrentar.
*** Sukasa estaba recostada sobre su mesa, con la mirada perdida en la ventana del aula.
Su rostro reflejaba desánimo, como si algo le estuviera oprimiendo el pecho.
“Aún no saben lo que le pasa a Igurū… y ese idiota ya no parece el mismo de siempre.” Recordaba el rostro de Kuro una y otra vez: su molesta sonrisa despreocupada, su mirada cargada de nostalgia… pero también de furia y un profundo dolor.
—Aunque no es que me importe —murmuró con fastidio, estrellando la frente contra la mesa con un pequeño golpe.
Volvió a mirar por la ventana y entonces los vio.
Hombres vestidos con gabardinas blancas, avanzando en formación perfecta, guiados por el maestro Geki.
Pero lo que más le llamó la atención fue el hombre que caminaba justo detrás de él: una figura oscura, de sonrisa retorcida que parecía desentonar con el resto de su séquito.
—Esos son… hombres de la Iglesia —susurró Sukasa con preocupación.
Otros alumnos también se dieron cuenta y rápidamente comenzaron a congregarse junto a las ventanas, murmurando entre ellos.
—¡Miren eso!
¿No son corsarios?
—¡Imposible!
¿Qué hace gente de la Iglesia aquí?
Las voces crecían en volumen y ansiedad.
—¡Por favor, todos tomen asiento!
¡Estamos en horario de clases!
—gritó la maestra Fukuro, intentando restablecer el orden en el aula.
De pronto, la puerta se abrió de golpe.
El maestro Kaishin entró con expresión severa, su energía parecía al borde de explotar.
—A ver, ¿qué es todo este escándalo?
¡Se les escucha desde el otro extremo de la academia!
Los estudiantes se sentaron en sus lugares al instante.
Kaishin se acercó a la ventana con pasos firmes a ver qué era lo que había causado tanto escándalo.
Al asomarse, sus ojos se abrieron como platos.
Su rostro pasó del desconcierto a la furia pura.
Apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos y murmuró: —¿Qué hace este infeliz aquí…?
Sin decir nada más, se giró de golpe y se dirigió directo a la puerta.
La profesora Fukuro lo interceptó, poniéndose frente a él.
—¿Adónde crees que vas?
—No te metas en esto, Fukuro.
—No sé cuál sea tu problema con ese hombre… pero no permitiré que salgas así de alterado.
Kaishin bajó la mirada, como si fuera a detenerse… pero en un parpadeo ya estaba del otro lado de la puerta.
Fukuro se giró sorprendida, y rápidamente salió tras él.
—¡Kaishin, espera!
Mientras corría por el pasillo, sacó su teléfono con manos temblorosas y marcó un número.
—¿Tsume?
Kaishin está muy alterado.
—¿Por qué?
¿Qué pasó?
—¡No lo sé!
Solo vio a alguien por la ventana y salió como loco.
—Voy para allá.
Intenta detenerlo hasta que llegue.
—Está bien… ¡pero apresúrate!
*** Remy entró en silencio a la habitación donde aún se encontraba Kuro, de pie junto a la cama de su amigo.
Él no había dejado de mirarlo, ni por un segundo.
—Kuro, él… ya está aquí —dijo suavemente, rompiendo la quietud del cuarto.
Kuro asintió sin voltear del todo.
—Bien… entonces terminemos con esto.
Se giró, tomó su gabardina del respaldo de una silla y se la colocó con determinación.
Antes de salir, se detuvo frente a Remy.
—Remy… yo seré quien hable.
Tú no tienes por qué involucrarte en esto.
—Pero yo… —Tranquila.
Fui yo quien lo llamó… sé que quieres ayudar a Igurū, pero le prometí que te cuidaría, y voy a cumplir esa promesa, cueste lo que cueste.
Ella bajó la mirada, conteniendo las emociones, y asintió sin decir más.
Así, ambos salieron rumbo al encuentro con aquel hombre que traía consigo una marea de incertidumbre.
*** Geki avanzaba por los pasillos con su habitual calma, aunque los murmullos de los alumnos comenzaban a aumentar.
Muchos observaban con sorpresa a los hombres de la Iglesia, vestidos con imponentes gabardinas blancas adornadas con una gran cruz dorada en la espalda.
—Vaya, parece que hoy tenemos muchos espectadores… —comentó Kakashi con su ya clásica sonrisa torcida mientras paseaba su mirada entre los estudiantes—.
Veo muchos jóvenes talentos por aquí… ¿no lo crees, Geki?
Geki no respondió.
Su mirada estaba fija a lo lejos, donde Kuro y Remy venían caminando hacia ellos.
Justo detrás, avanzaban también los Cuatro Jotas —Isein, Blaike, Kaiyō y hasta Arc, quien bostezaba con una cara de fastidio matutino.
A los lados del pasillo, la multitud de estudiantes comenzaba a aglomerarse, formando un pasillo silencioso por donde los recién llegados avanzaban con paso firme.
Sukasa y Hino se ubicaron al frente de la multitud, junto a otros alumnos.
Las miradas de todos se centraban en Kakashi, ese hombre cuya sola presencia alteraba el equilibrio de la Academia Arkanum.
Cuando por fin estuvieron frente a frente, Kuro se detuvo en seco.
Con un gesto inesperadamente serio, levantó el brazo y se llevó la mano a la frente, haciendo un saludo firme.
—Buenos días, Mayor Kakashi.
Un murmullo se extendió por todo el patio de la academia.
No por el saludo en sí, sino por el título.
Los estudiantes se miraron entre sí, confundidos y tensos.
Incluso Geki apretó ligeramente los labios.
Kakashi solo soltó una risita mientras entrecerraba los ojos con cierta diversión maliciosa.
—No es necesaria tanta formalidad, Kuro.
Después de todo… ese título ya no me pertenece.
¿Lo olvidas?
Kuro bajó lentamente la mano y asintió, sin perder la compostura.
—Han pasado ya… ¿cuánto?
—Creo que más de dos años desde la última vez que nos vimos.
—Vaya… cómo vuela el tiempo.
El tono era aparentemente casual, pero ambos sabían que detrás de esas palabras se ocultaba una historia compleja, llena de decisiones difíciles y consecuencias.
Los ojos del hombre vestido de negro se deslizaron hacia Remy, observándola con detenimiento.
—Vaya, Remy… no te había reconocido.
Te ves muy bien.
Ella dio un pequeño paso hacia atrás, tensando los hombros.
Asintió sin decir palabra, con el rostro serio.
Kuro notó su incomodidad de inmediato y se interpuso entre ambos como un muro.
—Hablemos en privado, por favor.
—No hay problema —respondió Kakashi con una sonrisa ladina, entrecerrando los ojos como un felino que ha olido una presa.
Kuro desvió la vista hacia Geki, que había permanecido en silencio hasta ese momento, con los brazos cruzados y la expresión endurecida.
—¿No viene, maestro Geki?
Geki soltó una exhalación larga, casi como si la sola idea le provocara malestar.
—Lo siento, pero estar cerca de este sujeto me da… náuseas.
Su mirada se afiló como una cuchilla.
—Pero si llegas a necesitarme, Kuro, no dudes en llamarme.
Juro que yo mismo lo sacaré de aquí a patadas.
Kakashi no reaccionó, pero una sonrisa torcida se dibujó en su rostro como si lo tomara como un cumplido.
Kuro asintió, y junto a Kakashi comenzó a alejarse mientras Remy se quedaba junto a los demás.
Las miradas de decenas de estudiantes los siguieron con atención y silencio, como si cada paso retumbara en el ambiente.
Pero aquel silencio cargado de tensión no duró mucho.
Un grito atronador lo rompió como un cristal estallando.
—¡¿Qué hace este infeliz aquí?!
Todas las miradas se volvieron en dirección al grito.
Era Kaishin, cuya furia lo desbordaba.
Su cuerpo temblaba de rabia, y ni siquiera el esfuerzo combinado de la maestra Fukuro y Tsume lograban contenerlo.
—¡Maldición…!
—murmuró Kuro, dándose media vuelta apresurado.
Kaishin forcejeaba con brutalidad.
—¡Te voy a matar, maldito!
¡Nunca te perdonaré lo que hiciste!
Estaba a segundos de lanzarse sobre Kakashi cuando Kuro se interpuso con firmeza, colocando un brazo frente al pecho de su maestro.
—Kaishin, por favor… no.
La voz de Kuro no era una súplica.
Era una orden, teñida de tristeza.
Kaishin frunció el ceño con incredulidad.
—¿Hablas en serio, Kuro?
¿Vas a protegerlo después de todo lo que les hizo?
Kuro bajó la mirada, pero no se apartó.
Kaishin apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
Dio un paso hacia adelante, decidido a apartarlo por la fuerza.
—¡Tío, no!
Ese grito paralizó a todos.
El tiempo pareció congelarse.
Un silencio aún más pesado se apoderó del lugar.
—¿Tío…?
—¿Escucharon bien…?
—¿El maestro Kaishin es…
tío del Rey Kuro?
Los murmullos se desataron entre los estudiantes como un enjambre de abejas, mientras los presentes intentaban procesar esa inesperada revelación.
Kakashi, por su parte, soltó una carcajada suave.
—Deberías hacerle caso, Kaishin.
A fin de cuentas, odiaría comenzar una pelea frente a tantos espectadores —dijo con un tono cínico, clavando su mirada en él como una daga.
Kaishin lo fulminó con los ojos.
Su mandíbula estaba tan tensa como su puño.
Finalmente, se apartó con brusquedad.
—Está bien, Kuro.
Pero escucha bien esto…
—Su voz era baja, pero cortante—.
Si ese bastardo hace algo raro…
o si se atreve siquiera a mirarme…
te juro que lo mato.
Kuro asintió con lentitud, sin responder.
Pero en el fondo… sabía que mantener la paz sería cada vez más difícil.
Kaishin dio media vuelta con una expresión endurecida, alejándose sin decir otra palabra.
Fukuro lo siguió rápidamente, preocupada por la tempestad que aún rugía en su interior.
Tsume se acercó a Kuro, colocando una mano en su hombro con la calma de alguien que ha visto demasiadas tormentas.
—No te preocupes… yo lo tranquilizaré —dijo en voz baja.
—Gracias, Tío Tsume.
Tsume solo asintió.
Pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Kakashi, su mirada se volvió afilada como una cuchilla.
No dijo nada… pero el desprecio era evidente.
Kakashi, en cambio, respondió con una sonrisa tranquila.
Provocadora.
Kuro suspiró y se giró hacia él.
—Sígame, por favor.
Hablaremos en privado.
—Por supuesto —respondió Kakashi con tono despreocupado y se colocó las manos en los bolsillos mientras lo seguía, como si estuviera paseando por un parque.
A medida que ambos se alejaban, los murmullos comenzaron a crecer entre los estudiantes.
Voces bajas, susurros llenos de curiosidad y tensión.
—¿Quién es ese tipo…?
—¿Mayor…?
¿Eso no es un rango militar?
—¿Por qué el maestro Kaishin lo odia tanto…?
Las preguntas llovían sin respuesta.
Pero entre todos los que miraban con asombro, una figura destacaba por su confusión: Sukasa.
Miraba fijamente a la espalda de Kuro, con el ceño fruncido.
“¿Quién demonios es ese tal Mayor Kakashi…?” “¿Qué relación tenía antes con Kuro…
o qué relación tiene ahora?” Su corazón palpitaba rápido, como si presintiera que ese hombre siniestro acababa de abrir la puerta a algo mucho más oscuro de lo que todos imaginaban.
Y en lo profundo de su mente, una nueva duda la inquietaba.
“¿Cuál es el pasado de Kuro?”
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