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REIKENS - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 Capítulo 27 Del Otro Lado de la Puerta
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29: Capítulo 27 Del Otro Lado de la Puerta 29: Capítulo 27 Del Otro Lado de la Puerta El sonido de los pasos de Kuro y Kakashi resonaba con firmeza en el pasillo, acompañados a corta distancia por los cuatro “espías” improvisados: Remy, Sukasa, Kaiyō y Hino, quienes aún cargaban con la vergüenza de haber sido descubiertos escuchando detrás de una puerta minutos antes.

A pesar del bochorno, la preocupación por Igurū era mucho más fuerte.

Finalmente, Kuro se detuvo frente a una gran puerta blanca con marco de acero bruñido.

Frunció el ceño.

—Es aquí —dijo, con voz baja, pero firme.

Colocó la mano en la manija, dispuesto a abrirla, pero Kakashi lo detuvo suavemente con el dorso de la mano.

—Espera un momento… —dijo el excomandante, con un tono más serio que el usual.

Los presentes lo miraron sorprendidos.

—Entraré solo.

Remy parpadeó, confundida.

—¿S-solo?

—preguntó Kaiyō, compartiendo la expresión de sorpresa de los demás.

—Suelo trabajar mejor cuando nadie me interrumpe —añadió Kakashi, alisándose el cuello del abrigo con una actitud que parecía despreocupada… aunque su mirada se mantuvo afilada.

—P-pero… —Remy dio un paso adelante.

Algo en su interior no le permitía aceptar esa idea.

Estaba nerviosa, incómoda.

—Está bien —dijo Kuro finalmente, aunque su tono reflejaba duda.

—¡Kuro!

—insistió Remy, con un dejo de súplica en su voz.

Kuro se volvió hacia ella y colocó una mano firme sobre su hombro.

Sus ojos eran serenos, pero mostraban la carga de quien ha tenido que tomar demasiadas decisiones difíciles últimamente.

—Remy, sé que estás preocupada por Igurū… yo también lo estoy.

Pero si hay alguien que puede entender lo que está ocurriendo con él, ese es Kakashi.

No confío en él… pero confío en su capacidad para resolver cosas como esta.

Remy bajó la mirada.

Sus dedos se apretaban contra su pecho, como si intentara contener los latidos ansiosos de su corazón.

—No te preocupes —intervino Kakashi de pronto con una sonrisa ladeada—.

Yo sería incapaz de hacerles daño, ¿lo olvidas?

Su voz sonó amable, pero aquella sonrisa era demasiado amplia, demasiado torcida… demasiado siniestra.

Remy sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Kaiyō tragó saliva.

Sukasa apretó los puños sin saber por qué.

Incluso Hino, que no solía ser tan perceptiva, retrocedió un paso.

Solo Kuro se mantuvo impasible.

Kakashi giró lentamente la manija de la puerta y, antes de ingresar, lanzó una última frase: —No tardaré mucho… así que no se preocupen tanto.

La puerta se cerró con un clic sordo.

Y con eso, el pasillo cayó en un silencio espeso, casi artificial.

Como si las paredes mismas contuvieran la respiración.

Remy seguía inmóvil, con la mirada fija en la puerta cerrada.

Su respiración era corta y agitada.

Kuro notó su estado y, una vez más, le colocó una mano en el hombro.

Esta vez fue más suave, más cercana.

—Lo sé… tampoco me gusta la idea de que ese hombre esté a solas con Igurū —admitió en voz baja—.

Pero no tenemos otra opción.

Si hay una posibilidad de saber lo que le pasa y… salvarlo… está del otro lado de esa puerta.

Remy bajó la mirada.

Mordió su labio inferior y finalmente asintió con lentitud.

Pero en sus ojos seguía ardiendo una llama: la llama de alguien que, aunque está dispuesta a confiar… no está dispuesta a olvidar.

*** Del otro lado de la puerta blanca… La habitación estaba en silencio, apenas interrumpido por el suave zumbido de una máquina de monitoreo.

Igurū yacía en la cama, con el rostro sereno, como si simplemente estuviera dormido.

Su respiración era regular, pero su expresión… vacía.

Kakashi lo observaba de pie a los pies de la cama, con los brazos cruzados.

Sus ojos lo analizaban como un libro mal cerrado.

—Vaya, quién lo diría… —murmuró, soltando una breve carcajada seca—.

El buen Igurū… en este estado.

Se volvió hacia el escritorio de la habitación, donde colocó un maletín negro de cuero desgastado.

Lo abrió con destreza y comenzó a rebuscar en su interior mientras continuaba hablando solo, con un tono casi melancólico.

—Al fin y al cabo… eras el más prudente del Escuadrón Negro.

Disciplinado, discreto, un maldito idealista… —chasqueó la lengua—.

Qué decepcionante.

Sacó un par de guantes blancos de látex y se los colocó con precisión.

El sonido de los guantes ajustándose hizo eco en la habitación silenciosa.

—Bien… —dijo en voz baja, con una mirada más enfocada—.

Empecemos con este experimento.

Se acercó a Igurū, con una precisión quirúrgica, mientras sus ojos se tornaban completamente analíticos.

*** Al otro lado de la puerta… La tensión se podía palpar en el aire.

Remy, Sukasa, Kaiyō y Hino estaban de pie, intentando parecer tranquilos, pero sus miradas volvían constantemente a la puerta blanca, como si esta pudiera tragarse la esperanza en cualquier momento.

Kuro permanecía inmóvil frente a la puerta, con los brazos cruzados y la vista fija.

Su expresión era dura, su cuerpo tenso.

—¿Acaso ustedes no deberían estar en clase?

—preguntó de pronto con tono serio, sin voltear a verlos.

El comentario los tomó por sorpresa.

No era común que Kuro hablara así.

Kaiyō fue el primero en reaccionar.

—Mi salón está en reparaciones por lo del ataque… así que tengo tiempo libre —dijo rascándose la nuca con torpeza.

—Lo mismo —añadió Hino, mirando hacia otro lado.

—¿Y eso a ti qué te importa, idiota?

Si estamos aquí es porque también estamos preocupados por Igurū —respondió Sukasa con el ceño fruncido y los brazos cruzados.

—¡Sukasa…!

—la regañó Remy, entre molesta y apenada.

Sin embargo, Kuro no respondió.

No les dirigió la mirada.

Sus ojos permanecían clavados en la puerta blanca como si su vida dependiera de lo que había al otro lado.

El silencio se hizo pesado otra vez.

Y entonces, Kuro murmuró algo.

—Me da igual.

La frase fue tan fría como inesperada.

A todos se les congeló el gesto.

Pero no hubo tiempo para reaccionar.

La puerta se abrió lentamente.

Los ojos de todos se clavaron en ella al instante.

El silencio se hizo aún más profundo.

Kakashi apareció en el umbral.

Llevaba una mascarilla quirúrgica bajada hasta el cuello y se retiraba con calma los guantes de látex, uno por uno, con un leve “chac” al soltarlos.

—…

Todos esperaban una palabra, un gesto… algo.

Remy dio un paso hacia adelante, con el corazón acelerado.

—¿Y bien?

—preguntó Kuro con voz grave.

Kakashi se quedó en silencio un segundo más, como si disfrutara del suspenso.

Finalmente, cerró el maletín con un clic y lo cargó al hombro.

—Interesante… —murmuró con una ligera sonrisa—.

Muy interesante.

Kakashi caminó directo hacia Kuro sin desviar la mirada y habló con firmeza: —Tal como dictan sus análisis, no encontré nada extraño en su organismo.

Kuro frunció el ceño.

—¿Entonces…?

Kakashi chasqueó la lengua con una leve sonrisa.

—Pero encontré una anomalía.

Casi imperceptible… algo que no debería estar ahí.

Tengo una teoría de lo que podría ser, pero necesito confirmarla.

Para eso, necesito información de primera mano.

El grupo lo miró con atención.

La tensión en el ambiente era palpable.

—Tengo entendido que los demonios que atacaron la ciudad aún están aquí, ¿o me equivoco?

Todos se sorprendieron.

Todos… menos Kuro y Remy.

—Así es —respondió Kuro.

—Perfecto —dijo Kakashi, acomodándose los guantes en el cinturón—.

Entonces… llévame con el que apuñaló a Igurū.

Tengo que tener una pequeña… charla con él.

Kuro giró sobre sus talones y empezó a caminar sin decir más.

—Sígueme.

Kakashi lo siguió con su habitual sonrisa torcida.

Detrás de ellos, Remy, Sukasa, Kaiyō y Hino iban en silencio, aunque no tardaron en comenzar a murmurar entre ellos.

—Entonces, esos demonios siguen en la academia… —susurró Hino, algo tensa.

—Creí que ya los habían llevado a la prisión de Cabo Sounion —respondió Sukasa, frunciendo el ceño.

—Yo también… pero al parecer no pueden trasladarlos aún —dijo Kaiyō—.

Tal vez por los daños causados en la ciudad, o por razones de seguridad.

Pasaron varios minutos caminando por pasillos cada vez más oscuros y fríos, hasta llegar a una sección subterránea de la academia.

Frente a ellos se alzaba una gran puerta de metal, cubierta de símbolos mágicos y tecnología de seguridad avanzada.

Kuro se acercó al panel del costado y escribió un código.

La puerta se abrió lentamente, liberando un chorro de vapor frío que se expandió por el pasillo.

Al disiparse, pudieron ver la escena dentro.

El demonio que había apuñalado a Igurū se encontraba inmovilizado en una especie de máquina metálica, con gruesas correas de energía brillante sujetando sus brazos y piernas.

Sus movimientos eran nulos; esas ataduras drenaban lentamente su energía elemental.

Tenía el torso descubierto, y se veían en él múltiples heridas leves, cortes y moretones recientes, como si alguien lo hubiera estado interrogando… de manera poco sutil.

Todos se quedaron en silencio.

Las expresiones iban desde el asombro hasta la incomodidad.

—¿Pero qué…?

—murmuró Kaiyō.

Kakashi observó al demonio con una ceja levantada, como si viera un cuadro mal colgado.

—Veo que ya has intentado sacarle información, ¿no es así, Kuro?

Todos lo miraron.

Nadie podía creerlo.

—¿Fuiste tú…?

—susurró Remy, boquiabierta.

Kuro no lo negó.

Apretó los puños con fuerza y respondió, sin rastro de arrepentimiento: —Así es.

Pero es testarudo.

No escupió ni una sola palabra.

Kakashi soltó una risa baja.

—No es eso.

Es que te has ablandado en estos años.

¿Acaso olvidaste lo que te enseñé?

Si quieres obtener algo… —miró al demonio y sonrió—.

A veces hay que romper algunas nueces.

O en este caso… algunos huesos.

Kuro desvió la mirada.

No respondió.

—Déjenme solo con él —ordenó Kakashi, con un tono tan calmado como cortante.

Kuro asintió sin decir palabra.

Cerró la puerta tras él.

*** Dentro de la celda… Kakashi dio unos pasos hacia el prisionero.

Cada uno resonaba en la cámara como el tic-tac de un reloj que se acerca a la cuenta final.

El demonio, aún débil, sintió su presencia.

Abrió los ojos lentamente.

Su visión era borrosa, distorsionada… pero esa silueta… esa energía… —M… mi señor… —murmuró con dificultad.

Sus ojos por fin enfocaron el rostro frente a él.

Pero no era quien creía.

—¿Quién… eres tú?

—murmuró el demonio con voz débil, alzando apenas el rostro ensangrentado.

Kakashi se acercó con calma, hasta quedar frente a él.

Su sonrisa era amable, pero sus ojos no reflejaban ninguna compasión.

—Mi nombre no es importante en este momento.

—Se inclinó un poco—.

Te ves en un estado lamentable.

Así que, si no quieres que esto empeore… ¿podrías decirme qué veneno usaste en Igurū?

El demonio entrecerró los ojos, tratando de mantenerse consciente.

—¿Hablas del Reiken… del Oso Polar?

—Exactamente.

El demonio escupió sangre y soltó una risa entrecortada.

—¿Y qué te hace pensar… que te lo diré?

Prefiero morir antes que revelarlo a un vil y asqueroso humano como tú.

Kakashi soltó un suspiro fingido.

—Una lástima.

Se dio la vuelta con aparente decepción y dejó su maletín negro sobre el suelo metálico con un clack.

Luego, con total naturalidad, sacó de su cinturón los guantes de látex y comenzó a ponérselos otra vez, uno por uno.

El sonido del látex tensándose rompió el silencio como una amenaza.

—Veo que Kuro fue bastante suave contigo… —dijo mientras flexionaba los dedos—.

Parece que olvidó lo que le enseñé.

Qué decepción.

Se giró lentamente hacia el demonio, y su sonrisa amable desapareció, reemplazada por una expresión siniestra.

—Pero no te preocupes… yo no soy tan amable como él.

Dio un paso hacia adelante.

—¿Por dónde empezamos?

*** Del otro lado de la puerta… Unos gritos desgarradores rompieron el silencio del pasillo.

Ecos de un dolor insoportable, tan intensos que resonaban por los muros metálicos como cuchillas atravesando carne viva.

Sukasa, Hino y Kaiyō palidecieron al instante.

El rostro de Kaiyō se tensó tanto que parecía al borde del vómito.

Sukasa se cubrió los oídos, visiblemente alterada.

Remy apartó la mirada, llevándose una mano al pecho, conteniendo un nudo de angustia.

Kuro, en cambio, no se movió.

Su expresión permanecía fría, impasible… como si esos gritos no significaran nada para él.

Como si ya estuviera acostumbrado a ellos.

Los gritos continuaron durante varios minutos.

Gritos de súplica.

Gritos de puro dolor.

Y entonces… cesaron.

La puerta se abrió con un chirrido acompañado de vapor.

La silueta de Kakashi emergió de entre la neblina… cubierto completamente de sangre.

Su abrigo negro estaba salpicado, sus guantes tintos de rojo, pero su expresión era de total satisfacción.

Todos retrocedieron un paso, horrorizados.

Kaiyō se cubrió la boca, blanco como un papel.

—Vaya… —dijo Kakashi, sacudiéndose los guantes—.

Sí que era un hueso difícil de roer.

Kuro dio un paso al frente, con una expresión tensa.

—¿Y bien?

Kakashi levantó la vista con indiferencia.

—Al parecer… lo maté.

—¿¡Qué!?

—gritaron todos al unísono.

—Pero tranquilos —agregó enseguida, con tono relajado—.

Siempre consigo lo que quiero.

Y logré comprobar mi teoría.

Aunque este no es el lugar más adecuado para explicarlo… Kuro asintió con seriedad.

—Vamos a otro lugar.

Kakashi ya se alejaba, pero se detuvo y añadió con tono despreocupado: —Ah, sí… envíen a alguien para que limpie ese desastre.

—Se giró un segundo, con una sonrisa torcida—.

No querrán que el olor a muerte impregne el piso subterráneo.

*** Ya en la oficina de los Reyes de Arkanum, el ambiente era tenso y silencioso.

Todos estaban de pie, expectantes, con la mirada fija en Kakashi, quien se encontraba frente a uno de los ventanales, limpiando con calma los restos de sangre de su rostro con un pañuelo blanco.

Nadie se atrevía a interrumpirlo.

Finalmente, con una sonrisa satisfecha y la voz cargada de gravedad, rompió el silencio: —Bien… según lo que alcanzó a escupir entre sus súplicas ese asqueroso demonio… Igurū fue envenenado con un veneno muy poderoso, jamás imagine que un demonio de tan bajo nivel logre poseerlo.

Todos contuvieron la respiración.

—Se trata del veneno del Reiken Demoníaco de la Araña.

Los ojos de Kuro se abrieron apenas.

Remy llevó una mano a la boca, horrorizada.

Sukasa, Kaiyō y Hino se miraron entre sí, confundidos.

—¿La Araña?

—repitió Kaiyō.

Kakashi asintió lentamente, su expresión ahora completamente seria.

—Uno de los… Siete Ángeles de la Muerte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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