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REIKENS - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Capítulo 29 El Idioma de la Espada
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31: Capítulo 29 El Idioma de la Espada 31: Capítulo 29 El Idioma de la Espada Ambos permanecían en silencio, separados por apenas unos metros, sus miradas clavadas la una en la otra.

La brisa movía suavemente las hojas de los árboles, como si incluso la naturaleza esperara a que alguien hiciera el primer movimiento.

Fue Kaishin quien rompió ese silencio tenso: —¿Hace cuánto que no hacemos esto…?

—dijo con una ligera sonrisa, casi nostálgica.

Kuro no respondió.

Simplemente bajó ligeramente el centro de gravedad, alzando la espada de madera y adoptando una postura de combate limpia y firme.

Sus ojos, serios y concentrados, no parpadeaban.

Kaishin rió suavemente, sin dejar de observarlo.

—¿No vas a hablar?

Me parece bien.

Entonces dejemos que nuestras espadas hablen por nosotros.

Dicho esto, adoptó exactamente la misma postura de Kuro.

Eso no pasó desapercibido para los cuatro espías que los observaban desde la sombra de los árboles.

—¡Tienen la misma postura!

—murmuró Hino, asombrada.

—¿Qué tan bien se conocen…?

—susurró Kaiyō.

Remy no dijo nada, pero no apartaba los ojos del enfrentamiento.

Entonces Kaishin movió el pie derecho hacia adelante.

—Bien… empecemos —murmuró, y se lanzó con una velocidad impresionante.

Sus pisadas resonaron con fuerza en el suelo de piedra del patio.

Kuro apretó con fuerza la empuñadura de su espada de madera y se preparó para recibir el primer impacto.

¡CLACK!

El sonido de ambas espadas chocando con violencia llenó el aire.

Una ráfaga de viento se generó por la fuerza del impacto, levantando polvo y hojas secas a su alrededor.

Los dos se quedaron trabados por un segundo, fuerza contra fuerza, madera contra madera.

Sus ojos se encontraron a corta distancia.

Ninguno cedía.

—Sigues igual de testarudo… —gruñó Kaishin con una media sonrisa.

—Y tú igual de predecible… —respondió Kuro con voz baja, pero firme.

De inmediato, ambos se separaron y volvieron a atacar.

El ritmo del combate se intensificó: Golpes, bloqueos, fintas, esquivas.

¡CRACK!

¡CLACK!

¡CLACK!

Las espadas de madera silbaban al cortar el aire.

Cada golpe estaba cargado no solo de técnica, sino de emociones contenidas: culpa, frustración, tristeza, orgullo.

Los observadores apenas podían seguir el ritmo.

—¿Esto es… un combate amistoso?

—preguntó Sukasa con el ceño fruncido.

—No.

Esto es personal —dijo Remy, sin apartar la vista.

Kaishin dio un giro en el aire y lanzó un corte descendente que Kuro bloqueó con ambas manos.

La fuerza del golpe lo hizo retroceder tres pasos.

Kuro chasqueó la lengua con fastidio.

Sus ojos brillaron con determinación antes de lanzarse a toda velocidad contra Kaishin, desatando una ráfaga de cortes rápidos y certeros.

Las espadas de madera chocaban una y otra vez, generando ecos secos por todo el patio.

Kaishin esquivaba con una facilidad que rozaba la arrogancia.

Bloqueaba con el mínimo movimiento, desplazaba su cuerpo con precisión, como si supiera exactamente hacia dónde iba cada golpe de Kuro.

Pero un corte ascendente logró rozarle la mejilla, dejando una delgada línea roja sobre su piel.

Kaishin se detuvo, tocó la herida con dos dedos… y sonrió ampliamente.

—Vaya que has mejorado, mocoso —dijo con tono burlón, pero satisfecho.

Sin previo aviso, giró sobre su propio eje y lanzó una patada directa al pecho de Kuro.

Este logró cruzar ambos brazos para protegerse, pero el impacto lo hizo retroceder varios pasos, deslizándose sobre el suelo.

Kuro apenas se estabilizó cuando alzó la mirada…

y vio el cambio.

Kaishin retomó su postura, cerró los ojos, inhaló profundamente… …y al exhalar, su rostro cambió.

Sus ojos se abrieron vacíos, fríos, sin emoción.

Una expresión tan neutral que resultaba escalofriante.

Sukasa sintió un escalofrío al verlo.

—Esos ojos… —susurró—.

Son los mismos que tenía Kuro… cuando luchó contra Ibuki.

Hino tragó saliva.

Kaiyō apretó los puños.

Incluso dejó Remy de respirar por un segundo.

Kuro, aún recuperándose, volvió a alzar la espada, pero algo en su postura… dudaba.

Por primera vez desde que empezó el combate, su determinación flaqueaba.

Reconocía esa mirada.

Esa frialdad.

Y entonces, Kaishin desapareció.

En un parpadeo, apareció justo detrás de él.

Kuro apenas tuvo tiempo de girarse y bloquear el golpe descendente con ambas manos, la madera de las espadas crujió por la fuerza.

¡CRACK!

—¡¿Cuándo se movió?!

—exclamó Kaiyō desde su escondite.

Kuro respondió con un contraataque veloz, un tajo lateral buscando el torso, pero Kaishin dio una voltereta hacia atrás, esquivando con agilidad felina.

Sin tocar el suelo por completo, usó el impulso para lanzarse de nuevo al ataque.

Sus movimientos eran imposibles de predecir.

Como el agua, fluía de una forma que no seguía patrones: atacaba, esquivaba, giraba, se agachaba, contraatacaba.

No había pensamiento.

Solo instinto.

Kuro se vio obligado a retroceder.

Bloqueaba lo que podía, pero el ritmo de Kaishin era abrumador, como una corriente que te arrastra sin poder reaccionar.

Una estocada casi le da en el estómago.

Un corte cruzado apenas rozó su mejilla.

Y aún así, no retrocedía del todo.

Apretaba la mandíbula, se obligaba a resistir.

—No me dejaré arrastrar… —pensó—.

No esta vez.

Kaishin se detuvo por un segundo frente a él, espada en alto, ojos vacíos.

Y Kuro, sin pensarlo… gritó y cargó contra él con todo su poder.

Kaishin dio un paso atrás, bajando ligeramente su espada.

Sus ojos, antes vacíos, recuperaron su brillo, y su voz rompió el aire denso entre ambos.

—¿A qué le temes, Kuro?

La pregunta cayó como una piedra en el agua.

Kuro se detuvo en seco, jadeando.

El sudor corría por su rostro y su respiración era agitada.

—¿A qué… te refieres?

—preguntó con voz entrecortada.

Kaishin lo miró con seriedad, su tono ya no era el de un oponente… sino el de un maestro.

—Te lo he dicho muchas veces…

Al blandir una espada, uno debe desprenderse de sus emociones.

Ira, culpa, miedo…

son cadenas que entorpecen cada movimiento, que nublan cada decisión.

Dio un paso más hacia él, sin hostilidad, solo con firmeza.

—Pero cada vez que tu espada choca contra la mía… lo único que siento de ti es frustración.

Y rabia.

Kuro bajó la cabeza.

Su espada temblaba ligeramente en su mano.

Apretó con más fuerza el mango de madera, tanto que sus nudillos palidecieron.

—Sé que dije que este combate era para soltar nuestras emociones —continuó Kaishin—.

Y sí, sirve para desahogar lo que callamos…

Pero si dejas que esos sentimientos guíen tu espada, no mejoraras.

—¿Para qué…?

—murmuró Kuro con voz apagada.

—¿Qué dijiste?

—preguntó Kaishin, bajando un poco su espada.

Kuro bajó la mirada, su cuerpo temblaba levemente.

—¿Para qué seguir blandiendo esta espada…?

—repitió, alzando la voz con un nudo en la garganta—.

¿Para qué seguir haciéndome fuerte… si no puedo proteger a las personas que me importan?

¿De qué sirve todo esto… si al final ellas terminan heridas… o peor…?

Sus palabras se quebraban, como su voluntad.

Una imagen fugaz cruzó su mente.

Un recuerdo que había intentado enterrar.

Sangre.

Gritos.

Una promesa rota… Y una mirada que jamás olvidaría.

Kaishin lo observó en silencio, sin interrumpir.

Luego suspiró, bajó la espada y caminó lentamente hacia él.

Colocó una mano firme sobre su hombro.

—Escúchame bien, Kuro —dijo con voz serena, pero firme—.

Esta vez… no te hablaré como tu maestro.

Te hablo como tu tío.

Kuro alzó un poco la cabeza.

—Cuando eras niño… te enseñé que debías deshacerte de tus emociones.

Que el dolor, el miedo y la rabia eran cadenas que limitaban tu fuerza.

Y en parte… no estaba equivocado.

Pero tampoco estaba del todo en lo cierto.

Apretó con fuerza el hombro de su sobrino.

—No reprimas más eso que llevas dentro.

No te encierres en esa coraza que tú mismo creaste para protegerte.

Si vas a blandir una espada, hazlo con todo lo que eres: con tu fuerza… y con tu corazón.

Porque solo así encontrarás paz… y solo así podrás seguir adelante.

Kuro no pudo contenerlo más.

Se dejó caer de rodillas.

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro mientras apretaba los puños contra el suelo.

Lloró.

Como un niño.

Como alguien que había cargado demasiado… por demasiado tiempo.

Kaishin no dijo nada más.

Solo se quedó allí, a su lado, en silencio.

Como familia.

Como alguien que entiende que incluso los más fuertes… también necesitan derrumbarse.

Desde lejos, los demás observaban en silencio.

Nadie se atrevía a acercarse.

Remy apretó con fuerza su mano contra el pecho.

Kaiyō bajó la mirada, conmovido.

Sukasa y Hino no dijeron una sola palabra.

No hacía falta.

Ese no era el final de un combate.

Era el principio de una nueva batalla.

La más difícil de todas: Perdonarse a uno mismo.

*** Mientras todo esto ocurría, Kakashi seguía trabajando en silencio dentro de la academia.

Pero no estaba mezclando productos químicos ni escribiendo fórmulas complicadas… Estaba soldando.

Sobre la mesa había piezas metálicas, herramientas desparramadas y planos arrugados.

Frente a él, una extraña máquina iba tomando forma poco a poco.

Su superficie era negra, con detalles en azul brillante.

Tenía tubos delgados conectados a un pequeño núcleo que latía con una luz pulsante.

Kakashi ajustó el último tornillo, limpió el sudor de su frente y soltó una leve carcajada.

—Ya está lista… Se quedó mirando la máquina por unos segundos más, con una sonrisa de orgullo… y quizás también de preocupación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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