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REIKENS - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 Capítulo 31 LOD
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33: Capítulo 31 L.O.D.

33: Capítulo 31 L.O.D.

—Con que… esto es LOD… —murmuró Sukasa, observando el interminable pasillo metálico.

—Aunque… solo es la primera fase, ¿no es así, Kuro?

—dijo Remy, que había alcanzado a escuchar su murmullo.

—Así es… —respondió Kuro, avanzando mientras el eco de sus pasos resonaba en el pasillo.

Los demás lo siguieron en silencio—.

LOD era un programa secreto del ejército… se encargaba de reclutar a jóvenes talentos para convertirlos en futuros soldados de élite.

Tanto a Reikens… como a niños normales.

Las miradas de todos se desviaban hacia las puertas que los rodeaban: cada una numerada, algunas con una gran cinta amarilla y negra en forma de “X”, como si advirtieran de algo prohibido tras ellas.

Eran demasiadas… el pasillo parecía interminable.

—Pero eso… no suena del todo malo —dijo Kaiyō, rompiendo el silencio—.

Si lo piensas, es una gran idea en tiempos de guerra.

Kuro dejó escapar un suspiro cargado de pesadez.

—Sí… sería una gran idea… si no hubiera sido el mismísimo infierno.

De pronto, un estridente sonido metálico sacudió el lugar.

¡WEEEEE-OOOH!

¡WEEEEE-OOOH!

Una alarma retumbó en los pasillos.

Todos giraron instintivamente hacia arriba, donde un reloj colgaba de una columna.

Las manecillas marcaban con exactitud las 5:00 a.m.

Más adelante, desde la bruma metálica del pasillo, comenzaron a marchar múltiples guardias, perfectamente alineados.

Llevaban el mismo uniforme negro que los cuatro ahora vestían, con cascos que ocultaban sus rostros.

En sus manos empuñaban armas de aspecto futurista: ametralladoras completamente negras, pesadas y frías como la muerte.

Kuro tardó en reaccionar… ese sonido, esa escena… lo había vivido antes.

La sirena lo golpeó como un puñal directo a la memoria, haciéndole revivir recuerdos que había querido enterrar.

Apretó los dientes, sacudiendo la cabeza para despejarse.

—¡Todos, escóndanse!

—ordenó con voz firme, recuperando la compostura.

De inmediato, los cuatro se ocultaron en la intersección de un pasillo lateral.

El corazón de cada uno palpitaba con fuerza mientras observaban a los guardias avanzar de forma mecánica, sin perder el paso.

Entonces ocurrió: uno a uno, los guardias se posicionaron frente a las puertas numeradas.

¡CLANK!

Todas las puertas se abrieron al unísono.

De su interior comenzaron a salir niños.

Algunos grupos eran de cinco, otros de cuatro… en ciertas puertas apenas salían tres.

Los pequeños marchaban con pasos temerosos, vistiendo uniformes sencillos, con los ojos apagados, como si fueran marionetas.

El aire se volvió pesado.

Sukasa cubrió su boca con la mano, horrorizada.

—Niños… ¿qué demonios es este lugar…?

Kuro apretó el mango de su espada, sintiendo que cada imagen frente a él volvía a desgarrar sus cicatrices más profundas.

Lo mismo le ocurría a Remy.

Su respiración se agitó de golpe, sus pupilas se dilataron al ver aquella escena repetirse frente a sus ojos… otra vez.

Su cuerpo temblaba y parecía a punto de romperse.

Kuro lo notó de inmediato.

Colocó una mano firme sobre su hombro, acercándose a ella.

—Tranquila… nos iremos pronto de este maldito lugar.

Respira.

Remy cerró los ojos con fuerza, intentando contener el nudo en la garganta.

Poco a poco comenzó a inhalar y exhalar, siguiendo el ritmo marcado por la voz de Kuro.

Su pecho subía y bajaba, hasta que al fin recuperó un poco de control.

—Bien —dijo Kuro, esbozando una leve sonrisa tras la máscara.

Nadie podía verla, pero el tono en su voz la delataba.

Entonces, una voz helada y autoritaria atravesó el pasillo como un cuchillo: —Ustedes cuatro… ¿qué están haciendo aquí?

Todos se tensaron al instante.

Giraron lentamente sus cabezas hacia la fuente de aquella voz… y al verlo, tanto Kaiyō como Sukasa se quedaron paralizados.

Sus labios se movieron apenas, pronunciando un nombre cargado de miedo y respeto.

—Maestro… Geki… —murmuraron al unísono.

El hombre que estaba frente a ellos imponía una presencia abrumadora.

Su uniforme era distinto al de los guardias comunes: una gabardina larga, negra con ribetes rojos, y una insignia dorada brillando en su pecho.

Sus ojos, duros y penetrantes, parecían capaces de atravesar sus máscaras y desnudar sus identidades.

—No lo volveré a preguntar… —su voz resonó grave, con un tono que no dejaba espacio para excusas—.

Hablen… ahora.

Un silencio sepulcral llenó el pasillo.

El corazón de Kaiyō golpeaba con tanta fuerza que sentía que todos podían escucharlo.

Sukasa tragó saliva, incapaz de articular palabra.

Kuro, en cambio, dio un paso al frente.

Se inclinó, bajando ligeramente la cabeza en un gesto de respeto.

Su voz salió firme, aunque por dentro también se encontraba nervioso.

—Disculpe, Comandante Geki… mi compañera se descompensó de repente… pero ahora se encuentra mejor.

Detrás de él, los otros tres asintieron rápidamente, tratando de reforzar la coartada.

Los ojos de Geki recorrieron a cada uno de ellos con desconfianza.

Permaneció en silencio unos segundos que parecieron eternos.

Finalmente, bufó por la nariz y dio media vuelta.

—Está bien.

Pero que no vuelva a ocurrir.

El eco de sus pasos resonó en el pasillo mientras se alejaba.

Solo entonces los cuatro se permitieron soltar el aire que habían estado conteniendo.

—Muchas gracias… —susurró Remy, apenas audible, con el pulso aún acelerado.

Kuro no respondió.

Solo apretó con más fuerza el mango de su espada, sabiendo que aquello había sido solo el primer roce con un fragmento de su pasado.

—¿Qué hace el maestro Geki aquí?

—preguntó Sukasa con el ceño fruncido, confundida.

—No sabía que trabajaba en este tal LOD… —susurró Kaiyō, con la voz temblorosa.

—No tenemos tiempo para esto —interrumpió Kuro con seriedad—.

Debemos encontrar a Igurū lo más rápido posi… Pero antes de que terminara la frase, la voz cortante de Geki volvió a interrumpirlo.

—¡Oye, tú!

—señaló con un dedo firme, su mirada clavándose en Kaiyō—.

Ven para acá… me ayudarás en algunas cosas hoy.

Kaiyō se sobresaltó, llevándose una mano al pecho.

—¿Yo?

Pero… —¡Rápido!

—gruñó Geki, acercándose un paso—.

No tengo todo el día.

Después, giró su rostro hacia los demás—.

Y ustedes tres, muévanse.

Lleven a los cadetes a los campos de enfrentamientos.

El tono no admitía réplica.

Kuro, Sukasa y Remy se enderezaron de inmediato y respondieron al unísono, imitando el protocolo militar que recordaban.

—¡Sí, señor!

Kaiyō tragó saliva, con los puños cerrados a los lados.

—P-Pero, Kuro… Kuro dio un leve paso hacia él, sin mover la cabeza para no levantar sospechas, y murmuró en voz baja, casi sin abrir los labios: —Haz lo posible para que no te descubran… recuerda que el Reiken demoniaco de la Araña podría estar observando cada movimiento.

Kaiyō apretó los dientes, asintiendo apenas.

—Entiendo… La figura imponente de Geki giró sobre sus talones y comenzó a caminar, sin siquiera verificar si Kaiyō lo seguía, confiado en su autoridad.

Kaiyō lo miró unos segundos con temor y finalmente lo siguió, perdiéndose tras él en los pasillos metálicos.

Kuro lo siguió con la mirada hasta que desapareció, un nudo de preocupación formándose en su pecho.

Sukasa y Remy tenían miradas de preocupación en sus rostros, apenas lograban disimularlo detrás de las máscaras.

—No se preocupen por él —dijo Kuro en voz baja, intentando sonar firme—.

El maestro Geki no le hará nada… o eso creo.

Recuerden cuál es nuestra misión: encontrar a Igurū.

En estos momentos debe de estar entre todos esos niños.

—¿Con los niños?

—repitió Sukasa, aún confundida.

—Así es.

—Kuro apretó el puño sobre el mango de su espada—.

Debemos seguirlos de cerca sin levantar sospechas y ubicar a Igurū cuanto antes.

Ambas asintieron, aunque la tensión no desapareció de sus rostros.

*** Mientras tanto, Kaiyō caminaba nerviosamente detrás de Geki.

Sentía que cada paso resonaba demasiado fuerte en el pasillo metálico.

Su mente no paraba de divagar.

El maestro Geki… se ve mucho más joven… ¿qué clase de trabajo hacía exactamente en este lugar?

Su mirada curiosa se posó sobre la espalda del comandante, pero eso bastó para que Geki se detuviera en seco.

—¿Qué pasa, muchacho?

—preguntó sin girarse, con voz firme—.

¿Acaso nunca habías trabajado conmigo?

Kaiyō se estremeció, casi tropezando con sus propias botas.

—N-no, señor… Geki giró apenas la cabeza para observarlo de reojo, sus ojos fríos como cuchillas.

—Ya veo… eso sí que es curioso.

—Guardó silencio unos segundos, lo suficiente para helarle la sangre al chico—.

Dime, ¿cuál es tu nombre?

—¿Mi… mi nombre?

—Kaiyō sintió que la garganta se le secaba, el sudor corría bajo la máscara.

—¿Acaso no tienes uno?

—replicó Geki, arqueando una ceja.

—Sí, claro… mi nombre es… mmm… Ki… Kiro… Shi… Shiro.

Geki lo observó un instante más, como si tratara de leerle el alma.

Finalmente soltó un resoplido indiferente y continuó caminando.

—Kiro Shiro, ¿eh?

No recuerdo ese nombre… aunque, bueno, tampoco es que me moleste recordar a todos en este maldito lugar.

—Su tono era serio, casi distante, pero cargado de una autoridad que no dejaba espacio para el error.

Kaiyō respiró hondo en silencio, aliviado de que, por el momento, su mentira hubiese pasado inadvertida… aunque en el fondo sabía que cualquier paso en falso lo delataría.

—Tu trabajo hoy será apoyarme en una visita… indeseada —gruñó Geki con fastidio, ajustándose los guantes negros mientras avanzaba sin mirar atrás—.

No sé para qué demonios vino ese sujeto justo hoy… y para colmo está con ese imbécil de Kakashi.

Solo me queda soportarlos.

Kaiyō tragó saliva, incapaz de responder.

El eco metálico de sus pasos lo hacía sentir como si estuviera siendo arrastrado directo a una trampa.

Finalmente llegaron frente a una puerta enorme, blindada, con múltiples sensores incrustados en sus bordes.

Una luz roja escaneó el rostro de Geki de arriba abajo.

El sistema emitió un pitido y la puerta se abrió con un siseo mecánico.

Al entrar, Kaiyō entrecerró los ojos por el cambio de luz.

La sala era amplia, con una pantalla gigantesca que proyectaba mapas y datos tácticos en tiempo real.

En el centro, sentado con la misma calma de siempre, estaba el Mayor Kakashi, disfrutando de una taza de café como si nada.

Sus ojos se levantaron apenas al verlos entrar.

—Oh, hola, Geki.

Me alegra que estés aquí —dijo con su tono relajado.

—Cállate —replicó Geki fríamente, sin perder la compostura militar—.

Aunque debo admitir… que es un gusto verlo por aquí después de tanto tiempo, Teniente Doragon.

La figura que hasta ese momento estaba de espaldas se giró lentamente.

Su cabello rojo, encendido como fuego, cayó sobre sus hombros.

El brillo de la pantalla iluminó sus facciones, revelando un rostro serio.

Los ojos de Kaiyō se abrieron de par en par, un estremecimiento recorrió su cuerpo como un latigazo.

Era un rostro que conocía demasiado bien.

—De igual manera, Mayor Geki —respondió el hombre, su voz grave y firme.

Kaiyō sintió que las piernas le temblaban.

Dio un paso hacia atrás, ahogado por la sorpresa, sus labios apenas lograron articular un murmullo.

—…Papá.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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