REIKENS - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo 33 El Frío de la Traición
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35: Capítulo 33 El Frío de la Traición 35: Capítulo 33 El Frío de la Traición Remy sentía un nudo en la garganta.
Sus labios temblaban, quería gritar el nombre de Igurū, correr hacia él y abrazarlo, pero sabía que aquello sería una completa imprudencia.
Si lo hacía ahora, arruinaría todo.
Ella y Sukasa observaron en silencio mientras Igurū y los dos guardias se alejaban lentamente de su improvisado escondite.
Cada paso que daban hacia el otro extremo del pasillo era un tormento para Remy.
—Sigámoslos… —susurró finalmente, con la voz apenas audible.
Sukasa solo asintió, sin añadir palabra.
Ambas salieron de la esquina con sigilo, moviéndose a una distancia prudente.
No podían arriesgarse a que los guardias notaran su presencia, pero tampoco podían perder de vista a Igurū.
Las dos avanzaban entre sombras, pegándose a las paredes y esquivando los focos de luz que iluminaban los pasillos.
Cada cruce, cada esquina, era una oportunidad para que las descubrieran, y aun así se mantenían firmes, con los ojos fijos en el pequeño niño que caminaba al frente.
Finalmente, el grupo se detuvo.
Frente a ellos se alzaba una puerta enorme, blindada, que parecía diseñada para impedir el acceso a cualquiera que no tuviera autorización.
Uno de los guardias se retiró la máscara de su rostro, mostrando sus facciones al dispositivo de seguridad.
Segundos después, un pitido agudo resonó en el aire, seguido por un sonido mecánico de engranajes y cerrojos liberándose.
La puerta se abrió lentamente, revelando un resplandor blanco proveniente del interior.
Los guardias empujaron suavemente a Igurū para que entrara primero.
Remy y Sukasa, desde la sombra, observaron con el corazón en la garganta mientras el trío desaparecía tras el umbral.
La puerta comenzó a cerrarse otra vez, arrastrando un eco metálico que retumbó por todo el pasillo… y ambas chicas apenas alcanzaron a ver qué había dentro antes de que el acceso se sellara por completo.
El sonido de la puerta al cerrarse resonó en el pecho de Remy como un disparo.
Su respiración se agitaba y sus ojos permanecían fijos en el imponente portón blindado que ahora les bloqueaba el paso.
—Maldición… —susurró Sukasa, apretando los dientes—.
Igurū estaba justo ahí, Remy… tan cerca… Remy apretó los puños con tanta fuerza que un destello de energía eléctrica recorrió sus brazos, chisporroteando en el aire.
El impulso de lanzarse contra la puerta y arrasarlo todo era casi insoportable.
Cerró los ojos, respiró hondo, y de pronto se dio una palmada con ambas manos en las mejillas para recuperar la calma.
—Escucha —dijo con firmeza—, si nos precipitamos lo arruinaremos todo.
Esa es la sala de evaluación… tiene una seguridad de nivel militar.
Será imposible entrar sin causar un alboroto.
—Entonces… ¿qué hacemos?
—preguntó Sukasa, con impaciencia en la voz.
—Lo mejor… será esperar.
Las palabras le pesaban a Remy como plomo.
Todo su cuerpo le gritaba que luchara, que rescatara a Igurū de inmediato, pero en lo más profundo sabía que si daba un paso en falso alguien aún más peligroso notaría su presencia: el Reiken demoniaco de la Araña.
*** Dentro de la habitación, Igurū entró con pasos vacilantes.
La sorpresa en su rostro era evidente cuando sus ojos se toparon con la figura que jamás pensó ver en ese lugar.
Allí estaba… su padre.
Sentado con absoluta calma, balanceando una copa de vino en su mano, como si aquel encuentro no tuviera ninguna importancia.
A su lado estaban el Mayor Kakashi y el siempre intimidante Mayor Geki, que observaban la escena con seriedad.
—¿…Papá?
—murmuró Igurū, con un hilo de voz quebrado.
Kaiyō, que también permanecía en la habitación, apretó los puños y la mandíbula con toda su fuerza.
Tenía a su hermano justo al frente, tan cerca que casi podía alcanzarlo… pero sabía que un solo movimiento en falso podría arruinarlo todo.
—Hola, hijo.
Ha pasado mucho tiempo —dijo Doragon con total indiferencia, como si no hablara con su propio hijo, sino con un extraño.
Para sorpresa de Kaiyō, una sonrisa se dibujó en el rostro de Igurū.
Era una sonrisa genuina, cálida, de esas que rara vez le había visto.
—Me alegra verte, papá.
Sabes… he mejorado mucho desde que estoy aquí.
He logrado dominar mi energía y me he vuelto más fuerte… bueno, eso, gracias a mis compañeros.
Creo que ya estoy listo para volver a casa y ver a mamá y a mi herma— De pronto, el Teniente Doragon levantó la mano con un gesto seco y cortante.
Igurū se detuvo de inmediato, como si aquel gesto tuviera un peso que lo aplastaba.
—Ya me informaron sobre tu enorme progreso, Igurū… y eso me… alegra —su voz sonó tan rígida como una sentencia militar—.
Pero me temo que eso no será posible… El rostro del niño se tensó, confundido.
—¿Por qué… dices eso, papá?
Kakashi, que había observado con atención, intervino en voz baja: —¿Quiere que lo dejemos a solas, Teniente?
Doragon negó con la cabeza, con frialdad absoluta.
—No será necesario.
Esto será rápido.
El silencio de la sala pesaba como una losa.
Entonces, con una calma cruel, Doragon pronunció las palabras que destrozarían a su hijo: —Verás, Igurū… tu madre… falleció.
El silencio tras esas palabras fue tan denso que incluso el aire en la sala parecía haberse detenido.
Igurū se quedó paralizado.
Su sonrisa desapareció en un instante, como si le hubieran arrancado el alma de golpe.
Sus labios temblaron, intentando formar palabras que no podían salir.
—N… no… —murmuró con voz quebrada—.
Eso no puede ser… mamá… mamá estaba bien… ¿verdad?
Doragon lo miraba sin la más mínima muestra de empatía, con la misma frialdad con la que un juez dicta una condena.
—Es la verdad.
Lamentablemente su enfermedad la mato.
Deberías aceptarlo y seguir adelante.
Los ojos de Igurū se llenaron de lágrimas, que terminaron cayendo sin control.
Dio un paso adelante, tambaleante, como un niño perdido en la oscuridad.
—¡Mientes!
¡Tienes que estar mintiendo!
¡Dime que es mentira!
Kaiyō, sintió cómo el dolor de su hermano lo atravesaba como una lanza.
Quiso salir corriendo, abrazarlo, gritarle que no estaba solo… pero se mordió los labios con tanta fuerza que casi sangró.
Si intervenía ahora, todo se vendría abajo.
—Esto… no es justo… —sollozó Igurū, cayendo de rodillas.
Sus puños golpearon el suelo, congelándolo un poco.
Kakashi lo observó en silencio, sin mostrar empatía alguna, solo con esa sonrisa despreocupada que tanto irritaba.
Geki, en cambio, desvió la mirada incómodo, como si no quisiera ser testigo de aquella escena.
Doragon, imperturbable, terminó lo que quedaba de su copa de vino y la dejó con calma sobre la mesa.
—Levántate, Igurū.
Ahora eres un soldado, y los soldados no lloran.
—Su voz sonaba cortante, como un filo helado—.
Además… tu madre te dejó algo que te será de mucha utilidad.
El niño levantó la cabeza, con la mirada empañada en lágrimas.
—¿Q-qué quieres decir…?
Doragon se dirigió hacia la mesa que se encontraba en medio de la sala.
Sobre ella descansaba un maletín negro, al que introdujo un código con precisión.
Al abrirse, un vapor helado se expandió, recorriendo la sala como una brisa gélida.
De su interior sacó una espada de mango blanco como la nieve, con un filo recto, transparente como el hielo, que pulsaba emitiendo un frío visible.
Su diseño evocaba las garras de una bestia invernal, poderosa e implacable.
Los ojos de Igurū se abrieron de par en par.
—Esa es… —Sí —asintió Doragon con calma—.
El Reiken de tu madre.
El Reiken del Oso Polar.
Igurū miraba el Reiken de su madre con una tristeza indescriptible.
Extendió su mano temblorosa hacia la espada, pero en el último momento se detuvo, como si una sombra de duda lo frenara.
—Con este Reiken serás un elemento mucho más valioso para el ejército —dijo Doragon con voz firme, como si diera una orden más que un regalo.
Los ojos de Igurū se abrieron con incredulidad.
—¿Qué?
—Piénsalo, Igurū.
Con esta poderosa arma y con tu energía descomunal serás imparable.
Una de las mejores armas que tenga la humanidad en esta guerra… Las palabras de su padre fueron como cuchillas clavándose en su corazón.
Lentamente, retiró su mano de la espada y apretó los puños con tanta fuerza que su energía gélida comenzó a liberarse, expandiéndose en la sala como un viento helado que hizo vibrar las paredes metálicas.
—Cállate… —murmuró con los dientes apretados.
Doragon arqueó una ceja.
—¿Qué dijiste?
Igurū levantó la cabeza.
Sus ojos, llenos de lágrimas, ahora brillaban con un rencor contenido.
—Dije… que cierres tu maldita boca.
El aire se volvió más frío, tanto que Geki se estremeció y dio un paso atrás.
Igurū comenzó a cubrirse de escarcha.
—Lo único que escucho de ti no es más que basura.
¡No tienes idea de todo lo que he tenido que pasar aquí!
De todo lo que tuve que hacer solo para que tú… ¡para que tú te sintieras orgulloso de mí!
Doragon permanecía imperturbable, como si las palabras de su hijo no tuvieran peso alguno.
—Y claro que lo estoy.
—¡Mientes!
—gritó Igurū, y la temperatura descendió aún más.
El vapor blanco de su respiración contrastaba con las lágrimas que caían de su rostro—.
¡Lo único que ves en mí es lo mismo que todos en este maldito lugar!
¡Una simple arma que pueden manipular y moldear a su antojo!
La furia y el dolor lo sacudían como una tormenta.
El hielo crujía bajo sus pies, extendiéndose con cada palabra.
—Estoy… cansado de todo.
¡Y de todos!
—Oye, Igurū… creo que será mejor que te calmes un poquito —dijo Kakashi con una sonrisa nerviosa, intentando restarle peso a la situación.
Los ojos de Igurū brillaban con un resplandor helado mientras la escarcha avanzaba por el suelo y trepaba las paredes.
—¡Cállate!
—rugió—.
¡Ya me cansé de que me digan qué hacer y cómo debo vivir mi vida!
Su respiración era entrecortada, cargada de rabia y desesperación.
El aire en la sala se volvió tan gélido que el aliento de todos formaba nubes blancas.
—Ya no me queda nada… —murmuró, con la voz quebrada pero llena de veneno—.
Sería mejor… si todos desaparecieran.
El silencio que siguió fue tan pesado que incluso Doragon, por un instante, inclinó la cabeza con atención.
*** Mientras tanto… Kuro corría a toda velocidad por los pasillos, sus pasos resonaban como truenos en el eco metálico.
Su corazón latía con fuerza, no podía quitarse de la cabeza a aquellos niños que había visto.
Finalmente, los distinguió entrando en una habitación de puerta blanca, marcada con el número 435.
Se detuvo frente a ella, con la mano sobre la manija.
Su respiración era agitada, sus pensamientos un caos.
“¿Qué carajos estoy haciendo?
Vine aquí por Igurū… no por mí.” Se quedó inmóvil unos segundos, con la mandíbula apretada, debatiéndose entre seguir adelante o retroceder.
Finalmente cerró con fuerza su puño sobre el mango de su espada.
Giró la manija y entró.
La oscuridad lo envolvió de inmediato.
Apenas podía ver más allá de un par de metros, pero sus ojos comenzaron a adaptarse poco a poco… hasta que lo vio.
Igurū.
Su cuerpo estaba suspendido en el aire, con los brazos y piernas extendidos, atrapado por una materia negra que lo sujetaba como cadenas vivientes.
Aquella sustancia cubría también la parte superior de su cabeza, como una máscara grotesca.
De su superficie emanaban destellos púrpura, pulsando rítmicamente, como si drenaran algo de él.
Kuro lo entendió al instante.
“¡Está robándole sus recuerdos…!” —¡Igurū!
—gritó, con una mezcla de alivio y furia al haberlo encontrado.
Pero antes de que pudiera acercarse, de la oscuridad surgieron decenas de agujas púrpuras que se lanzaron hacia él como una lluvia mortal.
Kuro dio una voltereta en el aire, su espada brilló al rozar las chispas de energía, y apenas logró esquivarlas por centímetros.
El eco metálico de los proyectiles clavándose en las paredes resonó en toda la habitación.
Entonces, un sonido nuevo lo estremeció: pasos pesados… y una risa siniestra que heló el ambiente.
—Vaya, vaya… ¿qué es lo que tenemos aquí?
—dijo una voz cavernosa, cargada de burla y malicia—.
¿Cómo es posible que un simple y miserable humano haya podido entrar en mis dominios?
Kuro apretó los dientes y levantó su espada, poniéndose en guardia.
Entre las sombras emergió una figura.
Era como una niebla oscura con destellos púrpuras que se arremolinaban para darle una forma humanoide.
Nada en su cuerpo parecía sólido, excepto los detalles que lo volvían aún más aterradores: unos cuernos que se alzaban sobre su cabeza y, en medio de lo que parecía ser su rostro, un par de luces rojas que brillaban como brasas sangrientas.
—Disculpa mis modales… —dijo aquella presencia con un tono burlón, inclinándose apenas como si hiciera una reverencia—.
Permíteme presentarme: mi nombre es Arac, Reiken Demoniaco de la Araña… uno de los Siete Ángeles de la Muerte.
El pulso de Kuro se aceleró, pero sus ojos no mostraban miedo, solo determinación.
Apretó con fuerza el mango de su espada y la desenvainó lentamente, el filo reflejando los destellos púrpura de la oscuridad.
—No me importa quién carajos seas —respondió con una voz firme y cargada de rabia—.
Solo déjame decirte una cosa… Kuro alzó su espada, apuntando directamente hacia la figura oscura.
—…Te voy a matar.
La niebla oscura pareció retorcerse como si sonriera.
El aire vibró con un poder maligno, las paredes crujieron bajo la presión de aquella energía.
Y así, en medio de la penumbra, la batalla estaba a punto de comenzar.
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