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REIKENS - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 Capítulo 34 El Juego de la Araña
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36: Capítulo 34 El Juego de la Araña 36: Capítulo 34 El Juego de la Araña El demonio, ahora identificado como Arac, soltó unas carcajadas que sonaban elegantes, pero al mismo tiempo tenían un eco aterrador, como el chillido de miles de insectos en la oscuridad.

—¿Con que me matarás, eh?

—dijo con voz burlona—.

Pobre ingenuo… ¿acaso no te has dado cuenta de que estos son mis dominios?

Chasqueó los dedos y, en un segundo, la espada de Kuro se quebró en su propia mano como si fuera de cristal, deshaciéndose en fragmentos que se desvanecieron en el aire.

—¿Qué…?

—murmuró Kuro, con los ojos abiertos de sorpresa.

—Yo controlo todo aquí —continuó Arac con calma—.

Este mundo es mi reino.

No hay nada que puedas hacer.

Y ahora, peor aún, ya no tienes esa vulgar espada para defenderte… o ata… Pero antes de que terminara, un golpe seco impactó directamente en lo que parecía su rostro.

Aunque su cuerpo era una mezcla intangible de sombras y energía, el impacto lo hizo retroceder varios pasos.

Un silencio denso cubrió la sala, hasta que un sonido extraño se escuchó: tch tch tch tch… —¿Qué te pasa?

—se quejó Arac, frotando la zona golpeada—.

¿Acaso nunca te dijeron que es de muy mala educación golpear a alguien mientras está hablando?

Kuro respiraba agitado, sus puños firmes y sus ojos ardiendo en determinación.

—Al menos me alegra saber que aquí puedes sentir dolor, desgraciado… —gruñó—.

Te golpearé ¡HASTA QUE SALGAS DE MI CAMINO!

Kuro se abalanzó con toda su fuerza hacia el demonio, pero antes de conectar su siguiente ataque, Arac desapareció en el aire como una sombra que se disipa.

—¿¡Cómo!?

Una voz helada susurró directamente en su oído, mientras un peso gélido se apoyaba en su espalda: —Vaya… que eres impaciente, muchacho.

Kuro reaccionó al instante, girando y lanzando una fuerte patada, pero el demonio esquivó con agilidad antinatural, retrocediendo con un salto largo que lo llevó varios metros atrás.

Una sonrisa torcida se dibujó en su silueta oscura.

—Bien, ya que estás tan ansioso… —chasqueó los dedos, y a su alrededor comenzaron a materializarse decenas de agujas púrpuras flotando en el aire—.

Jugaré contigo… miserable humano.

Las agujas púrpuras se lanzaron con una velocidad letal hacia Kuro, que apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Se movía de un lado a otro esquivándolas, sus reflejos sobrehumanos permitiéndole evitar varias por milímetros.

Aun así, algunas lograron rozarlo, rasgando su ropa y abriendo cortes superficiales en sus brazos y costados.

Cada impacto contra el suelo generaba cráteres pequeños, dejando claro que un golpe directo sería mortal.

Kuro respiraba con dificultad, sus ojos fijos en Arac mientras la sangre comenzaba a deslizarse por su piel.

*** Mientras tanto, en el mundo real… Kakashi bebía tranquilamente una taza de café, sentado con la misma actitud despreocupada de siempre.

De repente, la puerta se abrió con un chirrido metálico, revelando a Tsume, quien entró masticando una ramita de regaliz.

Su mirada dura y su ceño fruncido se clavaron en Kakashi, no por su aparente calma, sino por algo mucho más antiguo: resentimientos del pasado.

—Me sorprende tu tranquilidad… Kakashi.

—Gracias por el cumplido —respondió él con media sonrisa.

—No era un cumplido.

—Sí, sí, como sea… —Kakashi agitó la taza—.

Aunque a mí me sorprende más que no quieras matarme como tu hermano.

Veo que eres el más razonable y tranquilo de los dos.

Los ojos de Tsume se entrecerraron, y la ramita crujió entre sus dientes.

—No te equivoques, Kakashi.

Una parte de mí sí quiere matarte, y hacerte pagar por todo lo que has hecho.

Pero incluso yo sé que para mí eso sería imposible.

Kakashi soltó una risa baja.

—Me alegra que lo entiendas.

—Aunque… —Tsume dio un paso adelante, su voz cargada de un rencor frío—, para mi hermano no hay imposibles.

Estoy seguro de que él sí te haría pedazos.

Kakashi bajó la mirada, murmurando con calma: —Y no lo dudo.

De repente, una alarma comenzó a sonar en la sala.

El monitor que mostraba las ondas vitales de Kuro parpadeaba con fuerza.

—¡Los niveles cardíacos de Kuro se han elevado!

—informó Tsume, sorprendido.

Kakashi se inclinó hacia adelante, sin perder la calma.

—Veo que Kuro ya se encontró con la araña.

—¿Qué dices?

—los ojos de Tsume se abrieron con preocupación—.

¡Debemos sacarlo de ahí!

Avanzó hacia la máquina que Kakashi había construido, dispuesto a desconectarla, pero la mano de Kakashi lo detuvo en seco.

—No lo hagas.

Si interrumpes el enlace ahora, puedes ocasionar daños severos a su cerebro.

—¡Entonces qué propones!

—rugió Tsume, sujetando la ramita con tanta fuerza que se partió en dos.

Kakashi, como si nada, tomó otro sorbo de café.

—Esperar.

—¿Esperar?

—repitió Tsume, incrédulo.

—Créeme —respondió Kakashi con calma, dando otro sorbo a su café—.

A veces la paciencia puede ser nuestra mejor aliada.

Además, Kuro no caerá tan fácil… incluso si frente a él está uno de los Siete Ángeles de la Muerte.

*** Kuro seguía esquivando los ataques del Reiken demoníaco de la Araña, saltando y corriendo de un lado a otro.

Cada movimiento lo desgastaba más, y el aire dentro de la máscara comenzaba a sofocarlo.

Con un gruñido, se la arrancó del rostro para respirar mejor.

Ese segundo de distracción fue suficiente.

Arac apareció frente a él como una sombra sólida y le asestó un golpe directo en el estómago.

El impacto fue brutal: Kuro salió disparado, atravesando la pared de la habitación como si fuera papel.

Tosió sangre en el aire, pero logró clavar sus pies en el suelo para frenar, dejando profundas marcas a lo largo del pasillo hasta detenerse.

Apenas tuvo un respiro cuando nuevas agujas púrpuras se formaron alrededor de Arac, lanzándose contra él como una lluvia letal.

Kuro volvió a esquivar con todas sus fuerzas, pero de repente se dio cuenta de algo extraño: ya no estaba en los pasillos de LOD.

Cuando se detuvo un instante, todo a su alrededor había cambiado.

Ya no había muros ni luces artificiales… solo un paisaje árido, desértico, un horizonte infinito de polvo y rocas agrietadas.

Un viento seco le golpeó el rostro.

—¿Este lugar?

El demonio avanzó lentamente, su silueta distorsionada por la niebla púrpura que lo envolvía.

—¿Sorprendido?

—Arac extendió los brazos con un gesto elegante—.

Genero múltiples escenarios basándome en los recuerdos de este muchacho.

Escarbo entre ellos y elijo los más poderosos… aquellos capaces de mantenerlo atrapado.

Y mientras tanto… yo me deleito con su dolor.

Kuro apretó los dientes.

—Su nombre es Igurū, maldito.

Arac inclinó la cabeza, fingiendo interés.

—¿Ah, sí?

—sonrió de manera siniestra—.

Bueno… ni me importa.

Se quedó en silencio por un instante, observando con atención el rostro de Kuro.

Sus luces rojas parpadearon como brasas.

“Ese rostro…” pensó para sí mismo.

“Me resulta… extrañamente familiar.” *** Mientras tanto… Igurū seguía completamente desatado.

Su respiración era agitada y sus ojos brillaban con un resplandor helado mientras su energía gélida se desbordaba sin control.

Poco a poco, la habitación comenzó a congelarse: el suelo se cubría de escarcha, las paredes crujían bajo el hielo que se expandía y el aire mismo se volvía pesado, como si el invierno hubiera caído de golpe sobre todos los presentes.

Doragon, imperturbable, lo miraba sin una pizca de amabilidad en su semblante.

Su voz sonó tan fría como la misma escarcha que los rodeaba.

—Hijo… escucha.

Igurū lo interrumpió con un grito cargado de dolor y rabia.

—¡No, tú escucha!

—su voz quebrada resonó por toda la sala—.

Ya estoy harto de hacer de todo para obtener tu aprobación… tu atención… ¡tu amor!

Y aún así… nunca fue suficiente.

¡Nunca!

Sus manos temblaban, no por miedo, sino por la ira contenida.

—Ahora puedo ver lo que antes me negaba a aceptar.

Me mandaste a este lugar solo para deshacerte de mí… —sus ojos se llenaron de lágrimas heladas que se congelaban en sus mejillas—.

Y por tu culpa… me lo quitaste todo.

Mi única razón para seguir… mi única fuente de calor… Con un rugido ahogado, concentró toda su energía gélida en la palma de su mano.

Un resplandor azulado, cortante como cuchillas de hielo, comenzó a formarse con una intensidad que hizo vibrar la habitación.

Su objetivo estaba claro: Doragon.

Kaiyō abrió los ojos con terror.

Podía sentir el peso de esa energía… la decisión de su hermano.

“¡Igurū, no lo hagas!” gritó en su interior, impotente.

Kakashi observaba con su típica sonrisa despreocupada, como si todo aquello fuera un espectáculo que lo divertía.

Geki, en cambio, frunció el ceño con incomodidad, sin atreverse a intervenir.

Doragon lo miraba con severidad, como un juez que observa a un criminal.

—¿Te atreves a intentar atacar a tu propio padre?

Igurū le sostuvo la mirada con un odio indescriptible.

—¿Padre?

Ese título te queda demasiado grande para ti.

—Su voz se quebró en un sollozo cargado de furia—.

Ahora muere, maldito.

Con un grito de desgarro, disparó su ataque a quemarropa.

Doragon, confiado, alzó una mano envuelta en llamas rojas para contener el ataque.

Pero subestimó la fuerza de Igurū.

El hielo avanzó implacable, consumiendo las llamas, devorándolas como si jamás hubieran existido.

—¡Impossible…!

—murmuró Doragon, abriendo los ojos de par en par al sentir cómo el poder de su hijo lo empujaba hacia atrás.

La escarcha lo envolvía, el frío se incrustaba en su piel, y por primera vez en años… el imperturbable Teniente Doragon sintió verdadero peligro.

El ataque impactó de lleno.

Un estallido de hielo y fuego cubrió la sala entera con una onda expansiva que hizo temblar el lugar.

Igurū jadeaba, arrodillado, con el brazo aún extendido hacia adelante.

Sus dedos temblaban, no solo por el frío, sino por la fuerza brutal que había liberado.

Su pecho subía y bajaba con violencia, el sudor se mezclaba con las lágrimas congeladas en sus mejillas.

Sus ojos estaban clavados en la silueta frente a él, esperando ver a Doragon derrotado.

El polvo helado comenzó a disiparse… y entonces lo vio.

Doragon seguía de pie, con una grieta enorme en el muro a su espalda y gran parte de su cuerpo cubierto por una capa de escarcha que lo envolvía como una prisión frágil.

Sin embargo, lejos de mostrar dolor, en su rostro apareció una leve sonrisa.

—Vaya, vaya… sí que te has vuelto fuerte, mocoso —dijo con una calma aterradora—.

Pero ya me cansé de tu berrinche.

Con un simple movimiento, su cuerpo comenzó a envolverse en llamas intensas que chisporroteaban y rugían como un incendio.

Poco a poco, el fuego derritió el hielo que lo aprisionaba, liberándolo por completo.

El contraste entre el rojo abrasador de sus llamas y el azul gélido de Igurū iluminaba la sala como un choque de dos mundos opuestos.

Doragon levantó una mano, y en su palma comenzó a formarse una esfera de fuego, creciendo más y más, como un sol en miniatura.

La temperatura de la sala se elevó de golpe, evaporando la escarcha del suelo y llenando el aire de un calor sofocante.

—Creo que llegó el momento de enseñarte una lección… —dijo con frialdad absoluta.

Kaiyō abrió los ojos con terror.

“¿Acaso piensa… matarlo?” Igurū frunció el ceño, tambaleante, pero no retrocedió.

Se puso de pie lentamente, con los puños apretados, dispuesto a enfrentar lo que viniera.

—¡Vamos, Doragon!

—gritó, desafiante—.

¿Qué esperas?

Kaiyō sintió que el corazón se le partía.

“¡Igurū, no!” Doragon sonrió apenas, y lanzó el ataque.

La gigantesca esfera de fuego rugió en el aire, dirigiéndose directamente hacia Igurū con una fuerza capaz de pulverizarlo todo a su paso.

En ese instante… Kaiyō ya no pudo seguir conteniéndose.

Con un grito de rabia, se lanzó al frente, desenvainando su espada en un solo movimiento.

El filo chocó contra la esfera ígnea, desviándola con todas sus fuerzas.

Un rugido ensordecedor retumbó en la sala mientras la explosión se redirigía hacia la enorme puerta metálica, destrozándola en mil pedazos.

El impacto sacudió los cimientos, y una onda expansiva recorrió los pasillos.

Del otro lado, Remy y Sukasa, que aún estaban ocultas, se cubrieron instintivamente por la explosión que levantó polvo y fragmentos de metal retorcido.

—¡¿Qué demonios fue eso?!

—gritó Sukasa con el corazón en la garganta.

—No lo sé… —respondió Remy con los ojos abiertos de par en par— pero Igurū está ahí dentro.

Kaiyō volteó a ver a Igurū, con el corazón en llamas y la decisión grabada en su mirada.

—¡Huye de aquí!

Igurū lo miró confundido, sin entender por qué aquel hombre desconocido lo había salvado.

Sin embargo, la urgencia en su voz y la presión en el ambiente lo obligaron a reaccionar: dio media vuelta y salió corriendo del lugar.

Remy y Sukasa, que habían visto la escena desde el otro lado del pasillo, corrieron tras él sin pensarlo.

—¡Igurū, espera!

—gritó Remy.

—¡No te separes de nosotras!

—añadió Sukasa, intentando alcanzarlo.

Kaiyō esbozó una sonrisa fugaz al ver a su hermano escapar, pero esa leve calma se quebró en un instante cuando un escalofrío recorrió su cuerpo.

Doragon, Kakashi y Geki se alzaron al mismo tiempo… pero ya no eran ellos.

Sus ojos se tornaron de un rojo intenso y brillante, y de sus bocas salió una misma voz, profunda y escalofriante.

—Vaya, vaya… parece que no eres el único que logró colarse en mis dominios.

El aire se volvió pesado y, al girar, Kaiyō lo vio.

El Reiken demoniaco de la Araña se manifestaba en la sala, una sombra oscura con matices púrpura, sus cuernos recortando la silueta y ese par de ojos rojos brillando con malicia.

Bajo sus pies, tirado boca abajo, yacía Kuro, inmóvil, como una presa derrotada.

Kaiyō abrió los ojos con furia.

—¡Kuro…!

La risa del demonio retumbó como un eco venenoso.

—Mátenlo.

Al unísono, Doragon, Kakashi y Geki se abalanzaron contra Kaiyō, como títeres controlados por la voluntad de la Araña.

Apenas tuvo tiempo de reaccionar; levantó su espada para bloquear, pero uno de los ataques —una brutal patada— lo impactó de lleno en el pecho, lanzándolo por los pasillos como un proyectil.

El impacto lo dejó jadeando en el suelo, pero Kaiyō se reincorporó con los dientes apretados, alzando su espada, decidido a no retroceder.

El pasillo se estremecía con cada paso de sus enemigos acercándose.

Mientras tanto, más adelante, Remy y Sukasa luchaban por alcanzar a Igurū, quien corría sin mirar atrás, perdido entre el miedo y la confusión.

El juego de la Araña apenas acababa de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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