REIKENS - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Capítulo 35 El Peso de los Recuerdos
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37: Capítulo 35 El Peso de los Recuerdos 37: Capítulo 35 El Peso de los Recuerdos Kaiyō bloqueaba como podía los ataques combinados de Geki, Kakashi y su propio padre.
Cada choque de espadas y descargas de energía retumbaban en el pasillo como truenos de guerra.
El sudor le corría por la frente y sus brazos temblaban por el esfuerzo de enfrentar a tres enemigos al mismo tiempo.
—¡Maldita sea…!
—gruñó, forzando su espada contra el filo de Geki.
Se impulsó hacia atrás y levantó la mano, intentando invocar su Reiken.
Su cuerpo comenzó a iluminarse con un resplandor naranja carmesí, vibrante y poderoso.
Pero, justo cuando el arma iba a tomar forma, un chasquido de dedos lo interrumpió.
El brillo se apagó de golpe.
Su energía se dispersó como humo en el aire.
—¿Qué…?
—Kaiyō abrió los ojos con incredulidad.
Arac observaba la escena desde la penumbra, deleitándose con la desesperación.
Entretejió los dedos con calma y una sonrisa retorcida se dibujó en lo que parecía su rostro.
—Je, je… qué espectáculo tan divertido.
Creo que yo también iré a divertirme un poco.
—Intentó dar un paso hacia adelante.
Pero algo lo detuvo.
Un tirón en su tobillo.
—¿Hm?
—arqueó lo que sería una ceja, curioso.
Una voz ronca, cargada de rabia y dolor, lo interrumpió.
—¿A dónde crees que vas, maldito…?
—un jadeo de aire y sangre acompañó las palabras—.
Aún no he acabado contigo.
Era Kuro.
Tendido en el suelo, con el rostro cubierto de heridas y la respiración entrecortada, lo sujetaba con fuerza del tobillo como si su vida dependiera de ello.
Sus ojos, brillantes pese a la palidez y el sufrimiento, ardían con una determinación inquebrantable.
Arac inclinó la cabeza, sorprendido y divertido al mismo tiempo.
—Vaya, vaya… sí que eres impaciente.
Nunca sabes cuándo rendirte, ¿verdad?
Una sonrisa siniestra se dibujó en sus labios nebulosos.
—Muy bien, chico… seguiré jugando contigo.
Con un movimiento brutal, levantó la pierna y descargó una patada devastadora contra el abdomen de Kuro.
El impacto fue tan brutal que lo lanzó atravesando el muro, arrastrándolo de nuevo al paisaje árido donde su batalla había comenzado.
Kuro se estrelló contra el suelo seco, rodando hasta quedar boca arriba.
Tosió sangre, llevándose una mano al estómago mientras un dolor insoportable recorría su cuerpo.
—Tch… maldito… —gruñó, obligándose a ponerse de pie.
Frente a él, Arac emergió lentamente de la neblina púrpura, su silueta distorsionada, con esos ojos rojos que lo atravesaban como cuchillas.
Se inclinó levemente hacia Kuro, como un depredador analizando a su presa.
—Debo admitirlo… me sorprende tu determinación.
Nunca había visto a un humano resistirse tanto tiempo en mis dominios.
—Su voz se volvió más grave, cargada de burla—.
Aunque… quizás sería más apropiado llamarlo estupidez.
Kuro se puso de pie con dificultad, todavía sujetándose el abdomen donde había recibido la patada.
Cada respiración era un martirio, pero sus ojos no se apartaban de la sombra demoníaca frente a él.
“Sus golpes son demasiado fuertes… si no fuera por esas malditas agujas, y porque destruyó mi espada, ya le habría vuelto a dar otro buen golpe en la cara.” Apretó los dientes.
—Creo que otra vez no tengo opción… Alzó la mano.
De inmediato, su cuerpo se cubrió con un aura oscura, negra con destellos púrpura que chisporroteaban como un fuego corrupto.
Arac entrecerró sus ojos carmesí, intrigado.
“¿Acaso… esa es energía oscura?” —Ven a mí… Reiken del… —comenzó a pronunciar Kuro.
Pero antes de completar la invocación, un simple chasquido de dedos bastó.
La energía se desvaneció como humo, y la silueta de su arma se rompió en fragmentos etéreos que desaparecieron en el aire.
—¿Es en serio?
—gruñó Kuro, frustrado.
Arac sonrió con esa calma que helaba la sangre.
—Por supuesto.
Te recuerdo que estos son mis dominios.
Aquí yo decido qué existe y qué no.
Tu energía, tu Reiken, tu voluntad… todo me pertenece.
Kuro apretó los puños, sintiendo que la desesperación lo estaba empujando al límite.
Si no podía invocar su Reiken, no había forma de atacar; solo podía esquivar, resistir… y tarde o temprano, caería.
Arac ladeó la cabeza con cierta curiosidad, como un coleccionista inspeccionando un objeto raro.
—Sin embargo… hay algo en ti.
Tu rostro… me resulta extrañamente familiar.
¿No nos hemos visto antes?
Kuro lo ignoró, tomando posición de combate, con los puños en alto y la mirada fija.
—No me importa si me conoces o no.
Solo me importa una cosa… matarte.
El demonio estalló en carcajadas, profundas y burlonas.
—¿Matarme?
¡Qué ridículo!
En un parpadeo, su silueta se distorsionó y reapareció justo frente a Kuro.
Antes de que pudiera reaccionar, lo que parecía una mano nebulosa se cerró en torno a su cuello.
Kuro se estremeció al sentir la presión.
Sus pies se levantaron del suelo, colgando en el aire mientras la garganta le ardía.
Intentó liberarse, sujetando con ambas manos la garra del demonio, pero era inútil: el agarre era implacable, como si tuviera pinzas de acero sujetándole la vida misma.
La presión aumentaba con cada segundo.
El oxígeno se le escapaba, sus pulmones clamaban por aire y cada latido en sus oídos era un martillo implacable.
—Ma… maldito… —balbuceó con voz quebrada.
Arac apretó aún más, disfrutando la agonía.
Kuro escupió sangre que se mezcló con el polvo árido del suelo.
El demonio lo observó con esos ojos rojos incandescentes, analizando su sufrimiento como si fuera un espectáculo.
—Ahora que te veo bien… creo que me equivoqué.
Soy pésimo recordando rostros, lo admito.
—Hizo una pausa, sonriendo con cinismo—.
Pero eso no importa.
Lo verdaderamente interesante es otra cosa… Acercó su rostro nebuloso al de Kuro, como si quisiera grabar cada detalle de su dolor.
—Tú… humano, puedes manejar la energía elemental de la oscuridad.
Qué fascinante.
En mis tiempos era algo raro, casi imposible de ver… pero ahora parece ser más común entre los de tu especie.
—Su voz se volvió un susurro gélido, cargado de malicia—.
Muy interesante, en verdad.
En su otra mano, la niebla comenzó a solidificarse hasta formar una hoja negra.
La espada emitía un zumbido inquietante, como si el metal se estuviera afilando solo, hambriento de carne.
Arac sonrió, la neblina púrpura girando en espirales a su alrededor mientras levantaba el arma para el golpe final.
—Sabes… me divertiste mucho, chico —dijo con voz suave, casi paternal—, pero creo que ya fue suficiente por hoy.
Se inclinó un poco, acercándose al rostro de Kuro.
Sus ojos rojos brillaban con un fulgor que no era de este mundo.
—Nos vemos en el infierno.
Lo soltó.
La espada descendió como un rayo, veloz y letal.
“¡Mierda, muévete!” pensó Kuro.
Su mente se quedó en blanco, buscando desesperadamente una salida, cualquier cosa que pudiera salvarlo.
“¡Piensa en algo, lo que sea…!” Instintivamente levantó la mano.
La hoja cortó el aire… y chocó contra algo invisible.
Un estallido púrpura oscuro apareció en el último segundo: una esfera irregular de energía brotó frente a él, desviando la hoja con un impacto que retumbó en el suelo.
El choque le recorrió todo el brazo; el dolor explotó en su estómago como metralla.
Su cuerpo tembló por la fuerza que había liberado de manera tan caótica.
Arac parpadeó, sorprendido.
No esperaba resistencia.
Kuro, con un esfuerzo sobrehumano, había conseguido manifestar energía otra vez; era algo tenue, errático, pero real.
Kuro cayó pesadamente, el aire escapándose de sus pulmones.
Le ardían las costillas; la sangre empapaba su ropa.
Había invertido todo lo que le quedaba de fuerza en ese estallido y el precio fue alto.
Sus manos temblaban, pero sus ojos, aunque cansados, recuperaron un brillo helado, decidido.
Arac, con la espada aún en mano, se incorporó lentamente.
Las sombras a su alrededor se arremolinaron, tomando forma como tentáculos serpenteantes.
No había sido un corte definitivo, claro, pero sí un aviso: había algo en Kuro que no esperaba.
Eso llamo más la atención del demonio.
—Vaya que eres interesante —dijo el demonio con una sonrisa torcida—.
Me sorprende tu terquedad.
Sabes que no puedes ganar, y aun así sigues luchando.
Se detuvo un segundo y su sonrisa se ensanchó.
—Eso es lo que más disfruto de los humanos: siempre eligen pelear, aun sabiendo que no tienen ninguna posibilidad de ganar.
La espada desapareció entre la niebla.
En su lugar, de la oscuridad emergió una silla negra, de patas finas y respaldo alto.
Arac se sentó con calma, apoyando un codo en la rodilla mientras entrelazaba los dedos, sus ojos brillando como brasas.
—Pero lo que realmente me encanta de tu miserable especie… —continuó con voz grave— son sus recuerdos.
La neblina púrpura se agitó a su alrededor, como si respondiera a sus palabras.
—Los recuerdos son la base de lo que son.
Desde que nacen, sus mentes guardan imágenes, momentos felices y… dolorosos.
—Se inclinó hacia Kuro, como un depredador que observa a su presa herida—.
Esos son los que más disfruto.
Cada recuerdo cuenta una historia… y yo deseo que todas esas historias me pertenezcan solo a mí.
Arac se levantó lentamente y caminó hacia Kuro, quien apenas lograba reincorporarse.
Su respiración era entrecortada, y cada movimiento le pesaba como si llevara cadenas en el cuerpo.
—Los humanos como tú siempre esconden una buena historia entre sus recuerdos —murmuró con un tono casi íntimo, mientras lo sujetaba de la cabeza con una sola mano—.
Ahora muéstrame… todos tus secretos.
En ese instante, una corriente helada atravesó la mente de Kuro.
Imágenes desbordaron en su interior como un torbellino: risas de infancia, llantos ahogados, heridas, traiciones, promesas rotas… una parte entera de su vida comprimida en segundos, desgarrándolo desde dentro.
Kuro, con un esfuerzo desesperado, apartó la mano de Arac y retrocedió tambaleante, respirando con dificultad, el corazón latiendo a toda prisa.
Sentía como si hubiese corrido una eternidad en un solo instante.
—¡Basta!
—gruñó con voz quebrada, aunque sus piernas apenas lo sostenían.
Arac lo observó con esa calma antinatural y, como si estuviera en un escenario, hizo una reverencia elegante, burlona.
—Interesante… muy interesante.
Es un placer, Kuro Akemi.
Los ojos de Kuro se entreabrieron.
Ese nombre… no era solo una palabra.
Era una llave, un disparo directo a lo más profundo de su ser.
¿Cómo lo sabía?
Arac continuó con voz venenosa, como quien hojea un libro que ya conoce de memoria: —De pequeño eras conocido como un “anormal”, ¿verdad?
Siempre quisiste ser un Reiken.
Decías que lo hacías para ser igual al héroe que salvó a la humanidad hace más de diez mil años… —¡Cállate!
—escupió Kuro con rabia, la garganta ardiendo.
Arac inclinó un poco el rostro, su sonrisa volviéndose más cruel.
—Qué bonito.
Pero no eres tan ingenuo como fingías.
Ambos sabemos la razón real por la que buscaste convertirte en un Reiken.
—¡Cállate!
—repitió Kuro, la voz quebrándose.
—Ahora que lo lograste… dime —susurró Arac, acercándose aún más—, ¿cómo te sientes?
—¡QUE TE CALLES!
—gritó Kuro, liberando una vez más su energía oscura.
Arac solo ladeó la cabeza, divertido, y chasqueó los dedos.
En un instante, la energía de Kuro se deshizo como humo ante el viento.
—Lamentablemente no me ha dado tiempo de verlo todo —comentó con calma, como si hubiera estado hojeando un álbum de fotos incompleto—.
Pero con solo mirar tu rostro… alcanzo a adivinar una parte.
Dolor.
Promesas rotas.
Miedo.
Muerte… ¿me equivoco?
Kuro retrocedió varios pasos sin darse cuenta.
El suelo parecía demasiado cercano, demasiado frágil.
Su cuerpo temblaba… pero no por ira.
Era miedo.
Un miedo frío, antiguo, que se le enroscaba en el pecho y lo asfixiaba como un nudo imposible de soltar.
Arac emitió una carcajada baja, musical y despreciativa, como quien saborea un vino caro.
Entonces, con un gesto casi teatral, hizo aparecer en la palma de su mano una pequeña esfera de cristal que flotó en el aire y comenzó a girar lentamente.
Dentro de ella, la visión se desplegó como si fuera una pantalla: Remy y Sukasa corriendo por los pasillos, persiguiendo al pequeño Igurū.
—Vaya —murmuró Arac con falsa sorpresa—.
Parece que tú y el pelirrojo no fueron los únicos que lograron entrar a mis dominios.
Qué… estresante.
Con calma, colocó la otra mano sobre la esfera y cerró los dedos, como quien baja un telón en medio de una obra.
Su sonrisa se ensanchó.
—Mátenlas.
La palabra apenas fue un susurro, pero en el corazón de Kuro retumbó como un trueno.
El aire se heló de inmediato; por un segundo, lo único que pudo escuchar fue su propia respiración, aguda, desesperada, y el latido de algo que no era solo miedo: la urgencia de proteger lo que aún podía salvar.
*** Remy y Sukasa corrían detrás de Igurū, intentando no perderlo de vista en el laberinto de pasillos.
Pero un estruendo los sacudió: un rugido colectivo, pesado y amenazante.
De pronto, el corredor se oscureció con la presencia de decenas… no, cientos… no, miles de figuras que emergían de la penumbra.
Eran los guardias de LOD, avanzando como una horda interminable.
Sus pasos resonaban como martillazos contra la piedra, y sus cuerpos parecían despojados de voluntad.
Como zombis… pero había algo más inquietante: todos tenían un mismo brillo carmesí en los ojos.
Ese resplandor no era humano.
Y mientras tanto, muy lejos, Arac observaba todo desde su esfera con deleite macabro, como un dios cruel jugando con piezas de un tablero sangriento.
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