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REIKENS - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 Capítulo 36 El Despertar del Hielo
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38: Capítulo 36 El Despertar del Hielo 38: Capítulo 36 El Despertar del Hielo Remy y Sukasa no podían creer lo que veían.

Ahora eran ellas las perseguidas.

—¿Qué demonios está pasando?

—exclamó Remy, jadeando mientras corría.

—¿Acaso ya nos descubrieron?

—respondió Sukasa, girando la cabeza apenas para mirar la marea de cuerpos que las seguía.

La horda de guardias avanzaba a una velocidad inhumana, el suelo temblaba bajo sus pasos.

Los ecos metálicos de sus botas retumbaban en los pasillos como un rugido sin fin.

“Maldición… si nos ponemos a pelear, perderemos de vista a Igurū”, pensó Remy, apretando los dientes.

De pronto, Sukasa frenó en seco.

Un aura verde brillante comenzó a girar a su alrededor, remolinándose con fuerza.

—¡Ven a mí, Reiken del Águila!

—gritó, y su espada respondió al llamado con un destello que iluminó todo el pasillo.

Remy también se detuvo, lista para apoyarla, pero Sukasa alzó la mano, deteniéndola.

—Yo me encargaré de ellos.

Tú debes alcanzar a Igurū.

—¡Pero Sukasa…!

—No te preocupes por mí —interrumpió, firme—.

Solo hazlo.

¡Ve y sálvalo!

Remy vaciló unos segundos, pero al ver la determinación en los ojos de su amiga, asintió con fuerza.

—No te atrevas a morir —dijo antes de seguir corriendo.

Sukasa se quedó sola frente a la marea de ojos carmesí.

El rugido de los guardias llenó el aire.

Tragó saliva.

Su corazón latía con violencia dentro del pecho.

Era la primera vez que enfrentaba una batalla real… una en la que podría morir.

Y lo peor, no sería contra Akumas ni demonios, sino contra personas, aunque fueran ilusiones.

Apretó el mango de su Reiken, su respiración se volvió lenta, medida.

El aire verde que la rodeaba vibró al compás de su pulso.

—Vamos, Sukasa… no pienses, solo actúa —susurró para sí misma.

Alzó su espada y canalizó toda su energía en la punta.

—¡EAGLE FLIGHT!

El aire se partió con un rugido ensordecedor.

De su espada salió una ráfaga cortante de energía verde que se extendió como una tormenta de viento y luz, arrasando con la primera línea de enemigos.

Los cuerpos salieron volando, estrellándose contra las paredes, mientras el pasillo se llenaba de destellos y polvo.

Sukasa no retrocedió.

Su mirada se endureció.

Sabía que esta pelea no sería fácil… pero estaba decidida a detenerlos, aunque le costara la vida.

*** Mientras tanto… Arac observaba el caos a través de su esfera con una sonrisa relajada, casi divertida.

La imagen mostraba a Sukasa liberando todo su poder, rodeada por cientos de enemigos.

—Vaya, vaya… cuánta energía —murmuró con tono elegante y burlón—.

Parece que esta nueva generación de Reikens humanos será… peligrosa.

Qué fastidio.

Alzó una mano, preparándose para chasquear los dedos, pero un movimiento repentino lo interrumpió.

Cuando levantó la vista, Kuro ya estaba frente a él, con el puño envuelto en energía oscura y los ojos encendidos de furia.

—Ni se te ocurra, maldito.

El golpe iba directo a su rostro, pero Arac lo detuvo con facilidad, sujetándolo de la cabeza para luego estamparlo brutalmente contra el suelo.

El impacto levantó una nube de polvo.

—Vaya, sí que eres impaciente —dijo el demonio, inclinándose con desdén—.

¿No puedes esperar tu turno, miserable humano?

Kuro, con la cara medio hundida en el suelo, gruñó entre dientes.

—Cállate… llame canse de escuchar tu estúpida voz repitiendo esa maldita palabra.

¡No dejaré que las lastimes!

Arac soltó una carcajada suave, resonante, casi musical.

—Jajajaja… perfecto.

Entonces sigamos divirtiéndonos.

*** Remy seguía corriendo a toda velocidad por los pasillos, intentando no perder de vista al pequeño Igurū.

Pero él era sorprendentemente rápido.

“Maldición… no recordaba que Igurū pudiera moverse así.

Si ya nos descubrieron, entonces no tengo por qué contenerme.” Su cuerpo comenzó a brillar con chispas azules.

En un instante, desapareció del lugar, dejando tras de sí una estela de electricidad que hizo vibrar el aire.

Igurū, al sentir el cambio de energía, reaccionó por puro instinto.

Golpeó el suelo con la palma y una muralla de hielo se levantó de inmediato, cubriendo todo el pasillo.

Remy chocó de lleno contra ella.

El estruendo fue tan fuerte que el eco se extendió por todo el lugar.

—¡Auch… eso dolió!

—gruñó, tocándose la frente.

La pared ni siquiera se había agrietado.

Alzó la vista y vio cómo Igurū seguía corriendo más adelante, perdiéndose entre los pasillos helados.

—¡Espera, Igurū!

¡Solo quiero ayudarte!

—gritó, apoyando una mano sobre el muro de hielo.

El aire salía en pequeñas nubes blancas.

Remy frunció el ceño.

—Maldición… tengo que alcanzarlo.

Pero sus muros de hielo son casi irrompibles.

Pensó unos segundos, hasta que una idea cruzó su mente.

—Entonces… no iré por el medio.

Canalizó energía en su brazo derecho; las chispas azules se arremolinaron con violencia hasta cubrir toda su mano.

Luego, sin dudarlo, golpeó la pared del pasillo lateral con un estruendo ensordecedor.

El concreto se fracturó al instante.

—¡Perfecto!

—murmuró con una sonrisa.

Con un segundo golpe, atravesó el muro por completo, emergiendo del otro lado envuelta en relámpagos.

Pero ya era demasiado tarde… Igurū había desaparecido.

Golpeó el muro con frustración, haciendo que las chispas recorrieran su brazo.

—¡Maldita sea!

—gruñó—.

Piensa, Remy… piensa.

¿Dónde podría estar?

Cerró los ojos por un instante, intentando ordenar su mente.

Entonces, un recuerdo cruzó fugazmente su cabeza: la imagen de un joven Igurū, más pequeño, mirando una cámara metálica cubierta de escarcha.

—Claro… —susurró con los ojos muy abiertos—.

Debe de estar ahí.

Sin perder más tiempo, salió disparada, corriendo entre pasillos interminables.

Las luces parpadeaban sobre ella mientras pasaba, sus pisadas resonaban como truenos, y su respiración se mezclaba con el eco de su nombre repitiéndose en su mente: “Igurū… Igurū…” Pasaron unos minutos.

Finalmente, divisó una puerta de acero con un letrero metálico que decía: “Cámaras Criogénicas” Remy se detuvo frente a ella, respirando agitadamente.

Apoyó una mano en el panel de seguridad y tecleó un código que conocía de memoria.

La puerta se abrió con un sonido pesado y mecánico.

Un soplo de aire helado la golpeó de lleno.

El interior estaba iluminado por una luz azul pálida.

Filas de enormes cámaras metálicas cubrían todo el lugar, exhalando vapor gélido por las rendijas.

Remy avanzó lentamente, reconociendo cada rincón como si caminara entre fantasmas del pasado.

Entonces lo vio.

Una de las cámaras estaba semiabierta, dejando escapar una neblina blanca.

Dentro, sentado en una esquina, estaba Igurū.

Su cuerpo estaba cubierto de escarcha, su respiración era débil, y sus ojos, apagados, parecían mirar al vacío.

Remy se acercó un poco, con voz suave.

—Sabía que te encontraría aquí… Igurū alzó la cabeza lentamente.

Su rostro estaba cubierto de lágrimas congeladas.

Su mirada era confusa, herida.

—¿Quién eres?

—preguntó con voz temblorosa—.

¿Por qué me persigues?

¿Qué quieres de mí?

Remy se quitó la máscara del uniforme.

Su cabello púrpura cayó sobre sus hombros con un suave movimiento.

Dio un paso hacia él, intentando sonreír.

—Igurū, yo solo quiero ayudarte… —¡NO TE ACERQUES!

—gritó él de repente.

Su voz retumbó por toda la cámara.

En ese instante, una ola de energía helada explotó desde su cuerpo, haciendo que la temperatura descendiera drásticamente.

El vapor se volvió tan espeso que apenas podía verse.

Remy retrocedió un paso, el aliento convirtiéndose en una nube blanca.

Las paredes comenzaron a cubrirse de hielo, y el suelo crujió bajo sus pies.

El aire se volvió tan frío que cada respiración era un puñal.

Pero, aun así, ella no bajó la mirada.

—Igurū… no voy a irme —dijo Remy, con la voz quebrada por el frío—.

No pienso dejarte… nunca lo haría.

Igurū la miró con desesperación, las lágrimas convertidas en cristales en sus mejillas.

—¿Por qué?

—gritó—.

¡¿Dime por qué?!

¡Ni siquiera te conozco!

No sé quién eres… Bajó la cabeza, el temblor en su cuerpo se volvió más intenso.

—Ya… ya no me queda nada.

Sería mejor si solo yo… desapareciera.

Su voz se volvió un susurro ahogado mientras el hielo se extendía por sus brazos.

“Sí… al fin y al cabo no me queda nadie a quien le importe de verdad.

La única persona a la que en verdad le importé… la abandoné.

Y ahora ya no está.

No me queda nada, ni nadie… Lo siento… mamá…” El cuerpo de Igurū comenzó a cubrirse por completo de escarcha.

El aire en la cámara se volvió irrespirable.

Remy trató de avanzar, pero el viento helado la empujaba hacia atrás, cortándole la piel, endureciendo sus músculos.

Aun así, siguió.

Un paso.

Luego otro.

Y otro más.

Hasta que, finalmente, logró alcanzarlo.

Entonces, sin dudarlo, lo abrazó.

El sonido del hielo deteniéndose fue casi imperceptible.

Todo quedó en un silencio tan profundo que ni el aire se atrevía a moverse.

Igurū sintió algo extraño… familiar.

“¿Qué es esto…?

Es tan… cálido…” Abrió lentamente los ojos.

Frente a él, Remy lo sostenía con fuerza, su cuerpo cubierto de una fina capa de hielo, temblando, pero sin soltarlo.

Por un instante, el tiempo pareció detenerse.

Una imagen borrosa cruzó la mente de Igurū: una niña de cabello púrpura riendo, llamándolo por su nombre.

Su voz salió apenas como un murmullo.

—Re… Remy… ¿en verdad eres tú?

Remy lo miró con sorpresa.

En ese momento, el rostro de Igurū dejó de ser el del niño asustado; ahora era su yo actual, el mismo que ella había visto tantas veces en su memoria.

Una lágrima rodó por su mejilla congelada mientras le sonreía dulcemente.

—Sí… soy yo, Igurū.

Soy yo.

Lo abrazó con más fuerza.

Y, por un instante, todo el frío desapareció.

La escarcha comenzó a derretirse, goteando lentamente sobre el suelo metálico.

Pero no era un derretimiento normal: el lugar mismo parecía disolverse, como brea negra cayendo en silencio, engullendo las cámaras, las paredes, todo… Remy alzó la mirada y lo notó al igual que Igurū.

Y no solo ahí.

En los lugares donde peleaban Kaiyō y Sukasa ocurría exactamente lo mismo: el entorno se derrumbaba como si el mundo entero estuviera perdiendo consistencia.

—¿Qué está pasando…?

—pensaron ambos al unísono, viendo cómo sus oponentes también se derretían, distorsionados, borrándose de la existencia.

Entonces el suelo colapsó.

Un rugido profundo, como si el universo exhalara por última vez, los arrastró hacia el vacío.

Remy intentó tomar la mano de Igurū, pero no lo alcanzó.

Sus dedos rozaron apenas el aire antes de separarse, cayendo en direcciones distintas.

Silencio.

Remy abrió los ojos lentamente.

El aire era espeso, casi líquido.

Una penumbra opaca cubría todo el lugar.

Su respiración formaba ondas leves en la oscuridad, como si el vacío mismo la escuchara.

Frente a ella, Igurū flotaba suspendido en el aire, con los brazos y piernas extendidos.

Estaba atrapado por una masa negra que se movía con vida propia, palpitante, viscosa.

Aquella sustancia lo envolvía, respiraba junto a él, y una especie de máscara grotesca cubría parte de su rostro, dejando escapar un vapor oscuro.

—¿Qué demonios es esto…?

—susurró Remy, avanzando con cautela.

Intentó arrancar una de las cadenas negras, pero al tocarla, un escalofrío helado le recorrió todo el cuerpo.

Se apartó de inmediato, jadeando, con el brazo entumecido.

Fue entonces cuando lo vio.

A unos metros, una extraña niebla oscura flotaba no muy lejos, envolviendo la cabeza de Kuro, que estaba suspendido en el aire, temblando, con los ojos en blanco.

La niebla parecía absorber algo invisible de él.

—¡Kuro!

—gritó Remy, corriendo hacia él.

Una voz surgió desde la oscuridad, calmada y burlona, como un eco que se arrastraba.

—Interesante… muy interesante.

Vaya que eres fascinante humano.

Tienes unos recuerdos extremadamente… No alcanzó a terminar.

Un golpe seco cortó la oscuridad.

Una patada brutal impactó de lleno en su rostro, lanzándolo varios metros por el aire.

Hasta caer al suelo, rodando hasta mezclarse entre la niebla.

El silencio se rompió con un jadeo.

Kuro cayó de rodillas, apoyándose con dificultad, su respiración entrecortada, el sudor resbalando por su frente.

Remy corrió hacia él, intentando ayudarlo, pero Kuro alzó una mano débilmente.

—Estoy… bien —dijo entre bocanadas de aire—.

Veo que… por fin lo encontraste.

Su voz sonaba cansada, pero en sus ojos había alivio.

Remy asintió, sin dejar de mirar a Igurū, aún suspendido y atrapado dentro de aquella prisión viviente que pulsaba con energía oscura.

De pronto, una voz resonó a lo lejos: —¡Remy!

Eran Kaiyō y Sukasa.

Emergieron de entre la penumbra, corriendo, cubiertas de heridas y polvo, los rostros tensos pero decididos.

Kuro sonrió débilmente al verlos llegar.

—Me alegra que… todos estén bien.

Pero la tranquilidad de ese momento se esfumo rápidamente.

Arac se incorporó lentamente, sujetándose el rostro con una mano.

Todos se pusieron en guardia instintivamente.

—Tch tch tch tch… —chasqueó la lengua varias veces, exhalando una risa seca—.

¿Qué demonios les pasa hoy?

—alzó la mirada, mostrando una sonrisa torcida—.

¿Acaso todos se pusieron de acuerdo para golpearme en la cara?

Sus ojos carmesí brillaron con fuerza en medio de la oscuridad, observando a los cuatro frente a él.

Por primera vez, su expresión no era de arrogancia… sino de confusión.

Como si no comprendiera del todo lo que estaba ocurriendo.

—No sé qué diablos hicieron, pero esto… —miró a su alrededor, con una sonrisa deformada y una voz cargada de veneno—.

Esto no es normal.

¿Qué le hicieron a mi hermoso domin…?

No alcanzó a terminar la frase.

Kaiyō y Sukasa aparecieron detrás de él en un destello, invocando sus Reikens.

Sus espadas brillaron al unísono, listas para cortar su cabeza.

Pero antes de que pudieran moverse, un simple chasquido de dedos bastó.

¡Crack!

Las dos Reikens se desintegraron al instante, al igual que sus armaduras, convertidas en partículas de luz que flotaron unos segundos antes de desvanecerse.

—¿Qué…?

—pensaron al unísono, suspendidos en el aire, incrédulos.

Arac giró con elegancia, casi con gracia teatral.

Una sombra de sonrisa cruzó su rostro mientras una espada negra se formaba lentamente en su mano.

Su filo vibraba con una energía oscura, viva, como si tuviera pulso.

—Tendrán que hacer algo mejor que eso —susurró.

Su figura se difuminó.

En un parpadeo, apareció frente a ellos.

La espada descendió con una velocidad sobrehumana, cortando el aire con un silbido mortal.

Pero el golpe no alcanzó su objetivo.

Donde segundos antes estaban Kaiyō y Sukasa, solo quedó una estela azul brillante, un relámpago suspendido en el vacío.

Arac se detuvo, la mirada fija en ese resplandor que lentamente se disipaba.

—Qué velocidad… —murmuró, sin burla, solo con un tono serio y medido.

Giró lentamente.

Frente a él estaba Remy, sosteniendo con fuerza a Sukasa y Kaiyō por los brazos.

—¿Se encuentran bien?

—preguntó, respirando con dificultad.

—Sí —respondió Sukasa, intentando incorporarse.

—Eso… estuvo demasiado cerca —añadió Kaiyō, limpiando el sudor de su frente.

Remy sonrió con alivio, pero aquel respiro duró apenas un instante.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

La sombra de Arac se alzaba justo detrás de ella.

Su espada negra pendía en alto, vibrando con una energía oscura, lista para caer sobre su cuello.

—¡Remy!

—gritó Kuro, intentando moverse, pero su cuerpo no respondía.

Sentía los músculos tensos, el aire pesado, como si algo invisible lo encadenara.

Arac sonrió con arrogancia.

—Vaya que eres rápida, incluso sin usar tu Reiken —murmuró con voz burlona—.

Pero esto termina… ahora.

El filo descendió.

Remy cerró los ojos con fuerza.

Por un instante, el tiempo pareció detenerse.

Solo una palabra cruzó su mente, suave y desesperada.

“Igurū…” ¡CLANK!

El sonido metálico retumbó por todo el lugar.

No fue el golpe seco de un cuerpo cortado, sino el eco firme de un impacto sólido.

Remy abrió los ojos lentamente.

Frente a ella, una muralla de hielo puro se extendía, brillando con reflejos azules.

El filo de la espada de Arac estaba incrustado en ella, sin poder atravesarla.

Remy lo supo de inmediato.

Esa energía, ese frío… solo podía venir de una persona.

Su corazón dio un vuelco.

Alzó la mirada.

En el aire, suspendido entre la penumbra y la luz, Igurū flotaba.

Su cuerpo aún cubierto por vestigios de la prisión oscura algo congelada, pero sus ojos… estaban completamente despiertos.

—No permitiré que le pongas un solo dedo encima… maldito demonio.

—Su voz resonó con una fuerza nueva, profunda, casi gélida.

Arac giró lentamente la cabeza hacia él, con una sonrisa que era mitad sorpresa y mitad diversión.

El hielo comenzó a expandirse desde el suelo, cubriéndolo todo en un resplandor blanco.

Remy lo miró, incapaz de contener las lágrimas.

Sabía que, en ese instante, Igurū había vuelto.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES ViccoBlack ¡Hola a todos!

Sé que lleva más de un mes sin actualizar la novela (mil disculpas, de verdad jeje).

Iré subiendo capítulos en cuanto pueda, pero esta vez espero no tardar tanto.

¡No se pierdan el próximo capítulo de Reikens!

Les aseguro que lo que se viene es brutal.

Acción, revelaciones y momentos que no esperan.

¡Nos leemos muy pronto entre las páginas!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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