REIKENS - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 Capítulo 37 El Pecado y la Memoria
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39: Capítulo 37 El Pecado y la Memoria 39: Capítulo 37 El Pecado y la Memoria El muro de hielo comenzó a resquebrajarse lentamente tras el impacto, dejando escapar una neblina helada que se deslizaba por el aire como un aliento vivo.
La atención de Arac abandonó por completo a Remy y se clavó en Igurū.
Sus ojos carmesí se entrecerraron, brillando con un interés renovado.
—Vaya, vaya… —murmuró con una sonrisa torcida—.
Parece que el osito cariñosito finalmente despertó.
Qué… inesperado.
—Igurū… —susurró Remy, todavía sin creer lo que veía.
Pero él no respondió.
Su mirada estaba fija en Arac, fría, afilada, completamente distinta al niño temeroso de hace unos minutos.
La sombra negra que lo había aprisionado se desprendía en hilos que se evaporaban en el aire.
Un aura helada surgía de sus manos, expandiéndose en ondas blancas que congelaban el suelo con cada pulso de energía.
Kaiyō tragó saliva al sentir el cambio.
—Su energía… es completamente distinta.
—Es más fría… y más fuerte —agregó Sukasa, apretando los puños, impresionada.
Kuro, apoyado sobre una rodilla, esbozó una sonrisa cansada.
Había visto esa mirada antes… y sabía lo que significaba.
Arac chasqueó la lengua, divertido.
—Cuánta energía… Nunca antes había conocido a un humano con una cantidad tan vasta.
Qué lástima que… No terminó la frase.
Mientras él hablaba, Igurū levantó la mano.
En un parpadeo, decenas de picos de hielo aparecieron a su alrededor y salieron disparados hacia Arac como una lluvia mortal.
El demonio sonrió, confiado, levantando la mano para chasquear los dedos.
—Es inútil.
Yo tengo control absoluto de este lugar.
Chasquido.
…Nada.
Los picos siguieron avanzando sin disminuir la velocidad.
Los ojos de Arac se abrieron con sorpresa.
—¿Qué…?
No tuvo tiempo de pensarlo.
Reinvocó su espada de sombras y giró el cuerpo en un movimiento rápido para repeler el ataque.
El choque resonó como cristal contra metal.
Arac logró desviar la mayoría, pero no todos.
Tres de los picos pasaron rozándolo, cortando la niebla que envolvía su cuerpo.
El silencio se volvió pesado.
Una sola gota cayó al suelo.
Roja.
“¿Sangre…?
¿La mía?” Arac apretó los dientes, incapaz de ocultar su desconcierto.
Esto no tiene sentido.
¿Cómo es posible que, incluso con mi chasquido, no pude deshacer su ataque?
¿Qué demonios… es este chico?
Kuro y Remy aparecieron a los lados de Igurū en un parpadeo, como si hubieran estado esperando exactamente ese momento.
—Tardaste demasiado en despertar, idiota —gruñó Kuro, con una sonrisa ladeada.
—Cállate.
Solo estaba evaluando al enemigo y pensando en una estrategia —respondió Igurū sin mirarlo siquiera.
—Sí, sí, como digas —bufó Kuro.
Igurū giró la cabeza hacia Remy.
Ella tenía una sonrisa tan amplia que incluso la neblina helada alrededor parecía iluminarse.
—¿Estás bien?
—preguntó él, con una voz más suave que antes.
—Sí… gracias a ti —respondió Remy—.
Yo… quería decirte algo pero… —Después —la interrumpió Igurū, mirando de reojo el entorno distorsionado—.
Hablaremos de eso cuando salgamos de… lo que sea este lugar.
Remy asintió sin protestar.
Los tres dirigieron su mirada hacia Arac, que aún parecía intentando comprender por qué su chasquido había fallado.
—Reporte de la situación actual —ordenó Igurū.
Kuro cruzó los brazos.
—En resumen, estamos dentro de tus recuerdos.
Este sitio lo creó ese desgraciado.
Puede hacer aparecer o desaparecer cualquier cosa con un chasquido.
Pero, por alguna razón, a ti no te afecta.
—No preguntare cómo llegaron aquí —dijo Igurū, exhalando—.
¿De quién se trata?
—Arac —respondió Kuro—.
Uno de los… Siete Ángeles de la Muerte.
Igurū no mostró sorpresa.
Ni miedo.
Ni interés.
Solo suspiró, como si le hubieran dado una noticia molesta.
—Ya veo… Entonces supongo que lo necesitas con vida para preguntarle sobre… —No.
Esto ya es personal —lo cortó Kuro—.
Hay que acabar con él.
Una leve sonrisa, casi imperceptible, curvó los labios de Igurū.
—Me parece bien.
Alzó ambas manos y, en la palma de cada una, el hielo comenzó a tomar forma, cristalizándose hasta convertirse en dos espadas de un azul intenso.
Las extendió hacia Remy y Kuro.
—Sé que no están acostumbrados a este… tipo de armas, pero… —Tranquilo —dijo Kuro mientras tomaba la espada—.
Sabes perfectamente que cualquier cosa que se parezca a una espada… me servirá.
Igurū asintió.
Kuro miró luego a Sukasa y a Kaiyō con severidad.
—Ustedes dos… ni se les ocurra intervenir.
Nosotros nos encargaremos de este bastardo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—protestó Sukasa, dando un paso al frente—.
¿Acaso crees que no somos lo suficientemente fuertes para… —Kuro tiene razón —interrumpió Igurū con frialdad—.
Por su inexperiencia… solo estorbarían.
—¡Pero…!
—intentó replicar Kaiyō.
No llegó a terminar.
Una risa macabra estalló en todo el lugar, vibrando en las paredes heladas del dominio.
Una risa que hacía temblar el aire mismo.
—¿Acabar conmigo?
—Arac se inclinó hacia adelante, los ojos carmesí encendidos de diversión—.
Nunca había escuchado tantas estupideces juntas… y menos de unos miserables humanos.
Abrió los brazos, invitándolos.
—Vamos… ¿qué esperan?
Kuro tomó posición a un lado de Remy.
—Remy y yo iremos al frente.
Tú —miró de reojo a Igurū—, concentra toda tu energía para acabarlo de un solo ataque.
—Me parece bien —respondió Igurū—.
La misma estrategia de siempre.
Alzó la mano—.
Pero antes… les crearé una cortina.
Un pico de hielo comenzó a formarse en la palma de su mano, girando como un taladro.
En un segundo fue lanzado con una fuerza brutal.
Arac reaccionó al instante, cortándolo en dos con un movimiento limpio.
Pero ese instante… esa mínima fracción de segundo… Fue suficiente.
Kuro y Remy ya estaban encima de él: Remy por el frente.
Kuro entrando por su punto ciego.
Por puro reflejo, Arac chasqueó los dedos… Pero nada ocurrió.
Las espadas de hielo de ambos permanecieron en sus manos.
—¿Qué…?
—murmuró Arac, sorprendido.
No tuvo tiempo de pensar.
Giró sobre sí mismo, levantando su espada negra y bloqueando simultáneamente los dos ataques.
El impacto retumbó como un trueno.
Kuro y Remy retrocedieron, deslizándose por el hielo, reajustando sus posturas de combate sin perderlo de vista.
A sus espaldas, Igurū continuaba acumulando energía en la palma de su mano.
El aire alrededor de él se congelaba, formando cristales suspendidos en el aire como pequeñas estrellas heladas.
Un silencio tenso, mortal, se apoderó del ambiente por un instante.
Y entonces… Las figuras de Kuro, Remy y Arac desaparecieron en un destello.
Las espadas colisionaron en el centro del dominio, liberando un estallido de luz.
Los tres comenzaron a intercambiar ataques sin descanso.
Cortes, estocadas, choques de espadas que chispeaban en el aire mientras sus cuerpos saltaban de un punto a otro del dominio helado.
Sukasa y Kaiyō observaban desde atrás, completamente asombrados.
Apenas podían seguirles el ritmo.
—¿Cómo… pueden ser tan rápidos sin usar su Reiken?
—susurró Kaiyō, incrédulo.
En medio del combate, Arac analizaba cada movimiento con irritación creciente.
“Sus ataques… son precisos y perfectamente coordinados.
¿Cómo demonios tres niños pueden moverse así?
Es como si hubieran peleado juntos durante años… como si hubieran sobrevivido a innumerables batallas codo a codo.
La chica me ataca de frente para obligarme a reaccionar… y ese tal Kuro aprovecha cada hueco como si pudiera leer mis puntos ciegos.
Tch… qué molestos.
Y qué impacientes.” Los ataques continuaron, Remy presionaba desde el frente, mientras Kuro se deslizaba por los flancos buscando una abertura letal.
Arac se defendía como podía; incluso para él, luchar contra dos oponentes perfectamente sincronizados estaba comenzando a volverse problemático.
Hasta que, en una fracción de segundo, todo cambió.
Remy y Kuro cargaron directo hacia él, obligándolo a levantar la guardia y bloquear ambos ataques al mismo tiempo.
El impacto lo empujó hacia atrás, deslizándose sobre el hielo.
En ese mismo instante, ambos se apartaron, abriendo el camino.
Y Arac quedó expuesto.
Igurū alzó la mano hacia él.
El ataque que había estado cargando desde el inicio brillaba como una estrella helada entre sus dedos.
—Esto se acabó —dijo con una frialdad que erizó la piel de todos.
Liberó la energía.
Una corriente descomunal de aire helado atravesó el dominio, rugiendo como una tormenta invernal.
Arac apenas tuvo tiempo de cruzar los brazos frente a él antes de que la ola lo impactara de lleno.
—¿En serio crees que algo así podrá…?
—intentó decir, con una sonrisa arrogante.
Pero su voz se cortó.
Algo estaba mal.
Muy mal.
Miró sus brazos… y vio cómo el hielo comenzaba a trepar por su piel, congelándolo centímetro a centímetro.
—¿Qué…?
¿Cómo…?
—murmuró incrédulo mientras el frío lo devoraba.
Igurū, con un último grito lleno de furia y concentración, intensificó su ataque.
El aire helado rugió, envolviendo por completo el cuerpo de Arac hasta que este quedó totalmente congelado, atrapado en un enorme bloque de hielo cristalino.
Por fin, silencio.
Igurū exhaló, dejando escapar el aire que había estado conteniendo.
Kuro y Remy hicieron lo mismo, dejando caer la tensión de sus cuerpos.
—Lo lograron… ¡de verdad lograron vencer a uno de los Siete Ángeles de la Muerte!
—exclamó Kaiyō, incapaz de ocultar la emoción.
Pero aquel sentimiento duró apenas unos segundos.
Crack.
El hielo comenzó a fracturarse.
Pequeñas líneas se extendían como telarañas, multiplicándose a una velocidad aterradora.
Crack… crack… CRACK.
El bloque entero estalló, esparciendo fragmentos congelados por todo el dominio.
Arac emergió de entre los restos, respirando pesadamente.
Sus ojos carmesí ardían con una ira tan intensa que incluso la oscuridad a su alrededor tembló.
—Miserables… —su voz temblaba, no de miedo, sino de furia absoluta—.
¿Cómo… cómo se atreven?
¡¿CÓMO SE ATREVEN A HUMILLARME DE ESTA MANERA?!
La niebla negra que lo envolvía se disparó hacia arriba en un torbellino frenético, tragándose el suelo, las paredes… el mismo aire.
—Ven a mí… Reiken de la Araña.
La oscuridad se concentró en su mano.
De ella surgió una espada completamente distinta: alargada, delgada, con articulaciones que recordaban a la pata de una araña.
El filo temblaba, como si vibrara con vida propia.
Una armadura negra cubrió su cuerpo, compuesta de placas segmentadas que imitaban un exoesqueleto.
Kuro dio un paso atrás involuntario.
—¿Qué…?
Entonces la espada anterior no era su Reiken.
—Estaba… conteniéndose… —susurró Remy, con el rostro pálido.
Arac alzó la mirada hacia ellos.
Su sonrisa torcida regresó, pero ahora estaba teñida de locura pura.
—Pagarán su insolencia… miserables humanos.
Se desvaneció.
Apareció detrás de Kaiyō.
—¡Kaiyō!
—gritó Igurū.
Kaiyō apenas alcanzó a girar cuando la punta de la Reiken tocó su frente.
Una oleada violenta de recuerdos invadió su mente: imágenes, voces, fragmentos dolorosos de su vida.
Arac lo empujó con una patada que lo lanzó por los aires.
—¡Kaiyō!
—gritó Sukasa, corriendo hacia él.
Pero no lo vio venir.
Arac apareció detrás de ella también.
La punta de su Reiken tocó su frente.
Los recuerdos se arremolinaron en su mente y Sukasa cayó de rodillas, lágrimas resbalando por sus mejillas mientras sus manos temblaban descontroladamente.
—Pobrecita… —susurró Arac con un tono burlón—.
Perdiste a tu hermano cuando aún eras una niña.
Qué tragedia… Déjame ayudarte a aliviar ese dolor.
Alzó su espada, listo para partirla en dos.
Justo antes de que el filo descendiera, un grito cortó el aire.
—¡Detente!
Kuro se lanzó frente a Sukasa, interponiendo su cuerpo entre ella y el golpe mortal con su espada de hielo.
Pero… La espada de hielo de Kuro no resistió el impacto.
Se astilló al instante… y luego se desintegró en un estallido de partículas heladas.
Arac sonrió.
—Patético.
Su pierna se movió como un latigazo y la patada golpeó directo el abdomen de Kuro.
El impacto fue tan brutal que el aire salió expulsado de sus pulmones.
Tanto él como Sukasa salieron disparados como muñecos sin control.
Pero antes de que sus cuerpos chocaran contra el suelo, Kuro logró reaccionar.
Giró en el aire, abrazó a Sukasa y bloqueó con su propio cuerpo la caída, rodando violentamente hasta detenerse.
Igurū, al verlos, apretó los dientes.
Su aura helada crepitó alrededor de él mientras levantaba la mano para invocar su Reiken.
Pero dudó.
Fue solo una fracción de segundo.
Y eso bastó.
La figura de Arac apareció frente a él como una sombra viviente.
—No lo harás —dijo, colocando la palma de su mano sobre su rostro—.
Ya me causaste demasiados problemas.
Como tú mismo dijiste… esto se acabó.
Y todo se volvió negro.
*** Oscuridad.
Igurū abrió los ojos.
Frente a él había una puerta blanca, completamente lisa, con un número grabado en metal: 435.
Su cuerpo se tensó.
Sabía exactamente qué había del otro lado.
Intentó retroceder… pero sus pies se movieron solos.
Su mano temblorosa tomó la manija.
Dudó.
Tragó saliva.
Y abrió.
Una luz intensa lo cegó por un instante.
Cuando su visión se aclaró, sintió como si el corazón se le detuviera.
Era una habitación de hospital.
La misma habitación que se había jurado no volver a recordar.
Las paredes blancas.
El olor a desinfectante.
La ventana ligeramente abierta.
Y en la cama, recostada y leyendo un pequeño libro… una mujer de cabello blanco y ojos azules como el hielo.
—Ma… mamá… —su voz se quebró.
Ella levantó la mirada y le sonrió con una dulzura que él no veía desde niño.
—Hola, hijo mío.
Igurū corrió hacia ella y la abrazó con fuerza, sintiendo lágrimas calientes rodar por su rostro.
Ella le acarició el cabello con una ternura casi irreal… —Mi querido hijo… —susurró—.
¿Por qué?
¿Por qué me abandonaste?
Igurū se quedó helado.
Sintió que el aire se le escapaba.
—¿Q… qué…?
No, yo… yo nunca… Pero entonces algo cambió.
La piel de su madre comenzó a ponerse gris.
Luego púrpura.
Después se hundió, se abrió, se pudrió.
Igurū retrocedió horrorizado, cayendo al suelo.
Ella lo miró con unos ojos hundidos, vacíos, acusadores.
—Ahora, por tu culpa… estoy muerta.
Porque preferiste perseguir el amor de un padre… que jamás te amó.
Sus dedos huesudos lo señalaron.
—Ese… es tu mayor pecado.
—No… —Igurū temblaba—.
Eso no es cierto… No es cierto… ¡NO ES CIERTO!
Su grito desgarrador atravesó la habitación.
Y también atravesó la otra realidad.
La voz de Igurū retumbó en el dominio de Arac, estremeciendo el aire, el piso… y a todos los presentes.
Remy intentó correr hacia Igurū, pero de pronto sintió una presión cerrarse alrededor de su cuello.
Era la mano de Arac, quien la levantó del suelo como si no pesara nada.
—Vaya, sí que me han causado problemas —dijo con una sonrisa torcida—.
Incluso me obligaron a invocar mi Reiken.
Su agarre se apretó aún más, haciendo que Remy escupiera sangre.
—Veamos… cuáles son tus recuerdos.
Arac colocó la punta de su Reiken en la frente de Remy.
En un instante, una oleada de memorias inundó su mente, proyectándose como un torbellino sin control.
Él rió, claramente complacido.
—Ya veo… con que eso era.
Amor.
Qué sentimiento tan asqueroso —desvió la mirada hacia Igurū, aún atrapado en aquella prisión mental—.
Quiero que veas al hombre que amas por última vez.
A este ritmo, pronto estará listo para hundirse por completo en el mar de sus recuerdos… y no quedará más que un cascarón vacío.
Remy forcejeó, desesperada, pero no podía liberarse.
Su vista empezaba a nublarse, el aire quemaba en sus pulmones.
Mientras la fuerza la abandonaba, un último pensamiento cruzó su mente: “Por favor… que alguien… no importa si yo muero… solo quiero que alguien… lo salve a él.”
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