REIKENS - Capítulo 40
- Inicio
- Todas las novelas
- REIKENS
- Capítulo 40 - Capítulo 40: Capítulo 38 Mi Fuente de Calor
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 40: Capítulo 38 Mi Fuente de Calor
Frío.
Eso es lo que siempre he sentido a lo largo de mi vida. Aunque… no siempre fue así.
Soy el hijo mayor del heredero de la familia Doragon, una de las familias más importantes entre los cuatro reinos. Mi nombre completo es Igurū Doragon Shirokuma. El matrimonio entre mis padres fue arreglado, creado con un único objetivo: traer al mundo al próximo portador del Reiken del Dragón.
Pero para eso, el heredero debía nacer con el elemento fuego.
Una lástima… yo nací con el elemento hielo, el elemento de mi madre. La entonces portadora del Reiken del Oso Polar
En cualquier otra familia, eso habría sido motivo de celebración. El hielo es uno de los elementos avanzados más raros y especiales que existen. Pero, para mi padre, mi nacimiento fue una decepción enorme. Su primer hijo, su primogénito… no sería capaz de portar el Reiken que su linaje había protegido por generaciones.
Y por si fuera poco, nací con una condición extraña. Mis canales de energía elemental eran demasiado grandes para un recién nacido. Normalmente esos canales crecen con el tiempo, y los elementos solo se manifiestan a los seis años. Pero, según lo que me contaron, en mi primer llanto… congelé la mano del doctor.
Eso los llevó a pensar que no viviría mucho. Mi cuerpo, tan pequeño, no podría soportar tal cantidad de energía. Mi padre asumió que moriría tarde o temprano, así que comenzó a pensar en procrear otro heredero.
Pero mi madre no lo aceptó.
Ella me cuidó… siempre.
Un año después nació mi hermano, Kaiyō. Mis padres ya no seguían juntos para entonces, porque mi padre había tenido dos hijos fuera del matrimonio. Desde ese momento me mantuvieron alejado de Kaiyō, temiendo que si mi energía se descontrolaba pudiera hacerle daño. A pesar de todo eso, mi madre jamás me enseñó a odiar a mi padre. Todo lo contrario: me enseñó a admirarlo.
Y así, sin darme cuenta, lo puse en un pedestal.
Los años pasaron. Cuando mi hermano cumplió los seis y manifestó su elemento, el Reiken del Dragón lo escogió como su nuevo portador. Se convirtió en el nuevo heredero de la familia Doragon. A mí nunca me importó eso… yo solo tenía una meta: que los ojos de mi padre me miraran con el mismo cariño con el que miraba a mis otros hermanos.
Pero para él, yo era solo un producto defectuoso.
Alguien que no debería existir.
Por eso me inscribió en un programa del gobierno diseñado para entrenar a jóvenes talentos y convertirlos en los mejores soldados de la humanidad… LOD. Me dijo que allí aprendería a controlar mi elemento y que así, por fin, podría estar con mi hermano… y convertirme en un soldado de élite, digno del apellido Doragon.
Mi madre se opuso.
Pero yo… acepté.
Era la primera vez que mi padre no me veía como un estorbo, sino como alguien digno de ser parte de su familia, alguien digno… de ser su hijo.
Qué estúpido fui.
Me alejé del lado de mi madre justo cuando ella padecía una extraña enfermedad. Cada día que pasaba, veía cómo su dulce sonrisa —esa que siempre calentó mi corazón— se desvanecía un poco más. Quizá por eso también tomé esa decisión… porque no quería verla sufrir. No quería ver cómo la única fuente de calor en mi vida, en medio de todo mi frío, se apagaba lentamente.
Me fui con la promesa de volver a verla.
Qué imbécil.
Las instalaciones de LOD estaban lejos de cualquier rastro de civilización. Por ser hijo de una familia importante, no tuve que pasar la prueba de iniciación… aquella que, según decían, no todos lograban superar. Así ingresé al Escuadrón Negro, formado por cinco niños que supuestamente se convertirían en los mejores soldados que la humanidad hubiese visto.
Una cruel mentira.
No porque no pudiéramos lograrlo… sino porque ese lugar era, literalmente, el mismísimo infierno.
Entrenamientos que llevaban el cuerpo y la mente al borde del colapso.
Combates a muerte entre niños.
Un sistema donde solo sobrevivirían los escuadrones más fuertes.
El entrenamiento para controlar mi energía no era complicado en teoría… pero sí era doloroso hasta lo inhumano. Me encerraban en una caja de metal a temperaturas heladas y me obligaban a liberar toda mi energía sin contenerla. Decían que así mi cuerpo se adaptaría a la cantidad de poder que poseía sin morir en el proceso. Pero ese proceso… ese proceso era una tortura que ningún niño debería soportar.
Cualquiera hubiera preferido morir antes que sentir cómo sus tejidos y huesos se congelaban lentamente desde dentro.
Pero aun así, sobreviví.
Y mi escuadrón llegó a estar entre los mejores de todo LOD.
Todo parecía ir bien… hasta que ocurrió.
Un día, mi padre llegó.
Y me dio la noticia más dolorosa de mi vida:
Mi madre había muerto.
Había perdido la batalla contra su enfermedad.
Sentí cómo mi mundo se derrumbaba.
Ella era una de mis razones para seguir adelante… la razón por la que me aferraba a la vida en ese infierno.
Y ahora… ya no estaba.
Entonces me hice múltiples preguntas.
¿Para qué?
¿Para qué tanto esfuerzo y sacrificio?
¿Para qué abandonar a la única persona que de verdad me amaba… solo para obtener el cariño de un padre que nunca me quiso?
Patético.
Ese… ese es mi mayor pecado.
Por culpa de mi deseo egoísta, mis manos están manchadas de sangre. No solo de los niños que no asesiné directamente, pero que seguramente murieron por las heridas de esas batallas… sino también de la sangre de la única persona que me amó.
Merezco este castigo.
Merezco desaparecer.
Merezco… la muerte.
Lo siento.
Lo siento tanto… mamá.
Cómo me hubiera gustado verte una última vez… y que me regalaras esa sonrisa dulce que siempre calentó mi corazón congelado.
Mi única… fuente de calor.
***
Mientras tanto, en los dominios de Arac…
Remy se desvanecía lentamente bajo el agarre del demonio, quien mantenía una sonrisa de pura satisfacción.
Hasta que Kaiyō apareció, lanzándose para taclearlo… pero ni siquiera logró moverlo un centímetro.
—Suéltala… maldito —gruñó con el cuerpo temblando.
—Me sorprende que aún puedas moverte después de esa patada —respondió Arac divertido—. Sí que son impacientes. Me encanta.
Con una sola mano atrapó también a Kaiyō por el cuello y lo alzó como si no pesara nada.
—Veamos quién muere primero… tú, o la pelimorado.
Apretó más.
El agarre se volvió insoportable.
Ambos comenzaron a escupir sangre mientras forcejeaban inútilmente.
Hasta que…
Una ráfaga de viento golpeó la espalda de Arac, haciéndolo tambalear y desviando su atención.
Era Sukasa, jadeando, con la mano alzada en dirección hacia el.
—Vaya, vaya… —dijo Arac con una sonrisa torcida—. Al parecer tú también quieres jugar un poco. Pero será mejor que esperes tu turno pacientemente… como una buena niña.
Sukasa no respondió. Solo sonrió.
Esa sonrisa… hizo fruncir el ceño a Arac. Había algo extraño. Algo que no encajaba.
Pero ya era demasiado tarde.
Kuro apareció por su punto ciego, moviéndose sin hacer el más mínimo ruido. Había tomado la espada de hielo de Remy, y antes de que Arac pudiera reaccionar…
¡Cortó el brazo que sujetaba a Remy!
Arac soltó un grito desgarrador mientras Remy caía al suelo, respirando con dificultad.
El demonio, furioso, tomó a Kaiyō y lo arrojó hacia Kuro para ganar distancia. Kuro apenas logró atraparlo sin caer él también.
—¡Kaiyō! —exclamó con preocupación.
Arac presionó el muñón sangrante, temblando de ira pura.
—Malditos hijos de… —susurró entre dientes—. Qué dolor… ¡apuntaste justo en una abertura que mi armadura no cubría!
Levantó la mirada, su expresión completamente deformada por el odio.
—Ahora sí estoy… verdaderamente molesto.
Arac avanzó con pasos pesados, cada impacto haciendo vibrar el hielo bajo sus pies. Su aura oscura se expandía como una marea hambrienta, distorsionando el aire a su alrededor. Era espesa… casi irrespirable.
—Los voy a despedazar a todos… uno por uno —gruñó, su voz reverberando con un eco antinatural.
Kuro se colocó delante de Kaiyō pese al dolor que lo desgarraba por dentro. Sukasa, temblando por el esfuerzo y con la respiración entrecortada, volvió a alzar una mano, dispuesta a lanzar otro ataque, aunque apenas pudiera mantenerse en pie.
Arac inclinó ligeramente el cuerpo hacia adelante.
Y desapareció.
Apareció frente a Kuro con una velocidad imposible.
Kuro levantó la espada de hielo, pero Arac la destrozó con un simple movimiento. Luego atravesó su guardia y lo mandó a volar con un golpe brutal en el pecho.
—¡Kuro! —gritó Kaiyō, pero su voz se quebró cuando Arac lo tomó del cabello y lo estampó contra el suelo con fuerza inhumana.
Sukasa intentó intervenir, pero un latigazo de energía oscura la arrojó contra una pared. Escupió sangre, pero aun así seguía consciente… apenas.
Arac se acercó a ellos con lentitud, como un verdugo disfrutando del final. Su sombra los cubría, oscura y opresiva.
—Ya no queda nadie que pueda detenerme. No después de esto.
Pero se equivocaba.
No vio a la figura que, con las últimas fuerzas de su cuerpo, se arrastraba por el suelo helado, dejando un rastro de sangre.
No percibió la presencia que avanzaba con terquedad, respirando con dificultad, moviéndose por pura voluntad.
Remy.
Su cuerpo temblaba sin control, sus piernas no respondían y su vista se nublaba… pero sus ojos estaban fijos en un solo punto:
Igurū.
Atrapado en su prisión mental.
Remy forzó su cuerpo.
Un movimiento.
Otro…
Y otro más…
Su mano temblorosa se estiró hacia él.
Arac finalmente la notó y arqueó una ceja, curioso.
—¿Qué intentas hacer?
Remy llegó por fin hasta Igurū.
Con un esfuerzo casi inhumano, se incorporó un poco, apoyándose en su propio dolor. Su mano temblorosa tocó la mejilla helada de él.
—Igurū… mírame… —susurró, apenas audible.
Él no reaccionó.
Ella sonrió, una sonrisa suave, frágil, pero real. Lágrimas mezcladas con sangre resbalaban por su rostro.
—No estás solo… nunca lo estuviste… Recuerda… por favor, recuérdalo…
Igurū no respondía.
Sus ojos estaban vacíos, hundiéndose más y más en la oscuridad.
Dentro de su prisión solo pensaba:
“Qué… frío. Igual que en aquella caja… Solo queda esperar… que esto termine.”
Arac sonrió mientras se acercaba lentamente.
—Ya es tarde. Su mente se rompió por completo —dijo con frialdad—. Ya está listo para hundirse y ahogarse en el mar de sus recuerdos.
Remy, al ver que Igurū seguía sin reaccionar, se inclinó sobre él.
Delicadamente.
Con una ternura sincera, desesperada…
Le plantó un beso dulce en los labios.
Un beso… cálido.
Arac parpadeó. Aunque la niebla que cubría su cuerpo no dejaba ver su rostro, se notaba su incomodidad ante aquella escena… tierna. Desvió la mirada con un gesto casi torpe.
Mientras tanto, Igurū sintió algo. Algo que se abría paso entre tanto frío y oscuridad, algo que no había sentido en muchos años.
“¿Qué es esto…? Es tan cálido… es como si… Claro. ¿Cómo pude haberlo olvidado?”
Arac tomó a Remy del cabello y la apartó de Igurū con brusquedad. Luego, como si nada, volvió a materializar su brazo mutilado y cerró su agarre alrededor del cuello de ella.
—Eso que hiciste fue asqueroso… tierno, pero asqueroso —gruñó.
Remy forcejeaba, rasguñando, buscando un hueco para escapar, pero no había forma.
—No te esfuerces —continuó Arac—. Ya no hay nada que puedas hacer para salvarlo. Será mejor que aceptes tu destino… y mueras.
Remy intentó hablar, pero algo la detuvo.
El ambiente se volvió mucho más frío de golpe. Un aire pesado recorrió la zona, obligando tanto a ella como a Arac a mirar en la misma dirección.
Igurū.
Una energía blanca, helada, comenzó a brotar de su cuerpo. Su voz, gruesa y cargada de furia contenida, cortó el silencio.
—Suéltala.
—¿Eh? —Arac no comprendió.
—Dije… ¡QUE LA SUELTES!
En un parpadeo, Igurū apareció frente a él y le propinó un puñetazo directo al rostro. El impacto lo mandó a volar, obligándolo a soltar a Remy, quien ya estaba al borde de perder la conciencia.
Igurū la atrapó antes de que cayera, sosteniéndola entre sus brazos con una suavidad que contrastaba brutalmente con la fuerza que acababa de desatar.
—Remy… ¿me oyes? Remy…
Ella abrió lentamente los ojos. Lo primero que vio fue el rostro de Igurū, su expresión cargada de preocupación. En cuanto lo reconoció, lo abrazó con fuerza, rompiendo en llanto.
—Creí… creí que te…
Sus palabras se perdían entre sollozos. Igurū le devolvió el abrazo con una pequeña sonrisa.
—Tranquila… ya estoy—
Pero no terminó la frase. Sintió cómo el cuerpo de Remy se debilitaba en sus brazos… y luego comenzó a desvanecerse lentamente. No solo ella: del mismo modo, Kuro, Sukasa y Kaiyō también se volvían transparentes, mirándose entre sí sin entender del todo lo que ocurría.
—Al parecer ya se les acabó el tiempo. Ya era hora —dijo Arac, reincorporándose con dificultad.
Remy miró a Igurū con angustia. Sabía que ya no podrían ayudarlo. Igurū lo notó y habló con serenidad.
—Tranquila… no te preocupes por mí.
—Pero…
—Ahora yo me encargaré del resto. Nos vemos en el mundo real… mi Remy —le dedicó una sonrisa cálida, una que rara vez mostraba.
—Sí…
Verlo sonreír así era extraño, pero eso la tranquilizó. Sabía que esta vez… él iba a luchar en serio.
Justo antes de desaparecer por completo, Remy volvió a robarle un beso. Igurū se sorprendió, pero no se apartó; al contrario, lo correspondió con suavidad.
Y así, Remy, Kuro, Sukasa y Kaiyō finalmente se desvanecieron. Igurū llevó una mano a su pecho, sintiendo la ausencia de Remy… pero luego alzó la vista, fijando su mirada en Arac.
Arac se tomó la mandíbula mientras soltaba una carcajada áspera.
—Ya van tres que me golpean la cara hoy… qué impacientes.
Igurū lo observó en silencio, con una expresión fría y decidida. No necesitaba hablar; sabía perfectamente que lo que estaba por venir decidiría su futuro… y si volvería a ver a sus amigos.
Y a su Remy.
Apretó los puños. Estaba dispuesto a sacrificarlo todo con tal de lograrlo.
La niebla helada se arremolinó alrededor de ambos.
La batalla final estaba a punto de comenzar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com