REIKENS - Capítulo 41
- Inicio
- Todas las novelas
- REIKENS
- Capítulo 41 - Capítulo 41: Capítulo 39 El Juicio del Oso Polar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 41: Capítulo 39 El Juicio del Oso Polar
Kuro despertó sobresaltado, jadeando con fuerza. Instintivamente se llevó una mano a la cabeza; el mareo era intenso y cada músculo de su cuerpo protestaba con dolor. Antes de que pudiera incorporarse del todo, Tsume ya estaba a su lado, examinándolo con rapidez y precisión.
—Tranquilo, todo está bien —dijo con voz firme—. Estás a salvo.
Kuro asintió lentamente, intentando recuperar el aliento. A su alrededor, los demás comenzaban a despertar con síntomas similares: respiración agitada, miradas perdidas, cuerpos que parecían no responder del todo.
Kakashi, de pie junto a la máquina, presionaba algunos botones con absoluta calma. Sin siquiera alzar la vista, habló con su habitual tono despreocupado.
—Tranquilos. Sé que deben sentirse algo… desorientados en este momento. Tomará un poco de tiempo para que sus mentes procesen que todo lo que vivieron no fue… —hizo una pausa mientras miraba su reloj de muñeca—. Vaya, exactamente media hora.
—¿Media hora qué? —preguntó Kuro, incorporándose y sentándose sobre la camilla.
—Al parecer, solo pueden permanecer en ese mundo durante media hora —respondió Kakashi, esbozando una ligera sonrisa.
—Pues… se sintió como mucho más tiempo —dijo Kaiyō, también sentándose, aún aturdido.
—El tiempo allí no funciona igual que en la vida real —continuó Kakashi mientras anotaba algo en una agenda—. Es como cuando soñamos. A veces sentimos que pasan días… incluso semanas, en solo unas horas. Fascinante, ¿no?
Remy se tensó de pronto, como si una idea la hubiera golpeado de frente.
—¿Y… Igurū? Él aún está…
—Por el momento, su estado es estable —respondió Kakashi—. Ya no podemos hacer más por él. Ahora solo queda esperar.
—Tranquila, Remy —intervino Kuro—. Él te prometió que se encargaría de todo… y él, es alguien que nunca rompe sus promesas.
Remy asintió en silencio.
Todos dirigieron entonces la mirada hacia la camilla donde yacía Igurū, inmóvil, mientras en lo más profundo de su mente libraba su propia batalla.
***
Mientras tanto…
Igurū permanecía frente a Arac, su expresión gélida intacta, mientras las carcajadas del demonio resonaban por todo el lugar, retumbando como un eco enfermizo entre la niebla.
—Hoy me han causado demasiados problemas —dijo Arac entre risas—. Jamás había conocido humanos tan… desesperantes. Tan… impacientes.
—¿Acaso no sabes decir otra palabra que no sea “impacientes”, maldito infeliz? —escupió Igurū.
Arac ladeó la cabeza, divertido.
—¿Te molesta?
—No tienes idea.
Igurū apretó los puños con fuerza. Su energía se desbordó sin restricción, el aire a su alrededor descendiendo bruscamente de temperatura.
—Congelaré esa maldita niebla que usas por cuerpo… y luego te haré pedazos.
Arac sonrió con calma perturbadora.
—Oh, pero no es contra mí contra quien tienes que pelear… —chasqueó los dedos—, sino contra ti mismo.
La energía oscura comenzó a condensarse frente a ellos. Poco a poco tomó forma, adoptando una silueta humana.
Igurū frunció el ceño.
Era él.
O mejor dicho… una versión más pequeña de sí mismo. Su yo infantil, su yo del pasado.
El niño alzó la cabeza y habló con una voz quebrada, cargada de culpa.
—Fue nuestra culpa.
Los ojos de Igurū se entrecerraron.
—Por nuestra culpa… mamá está muerta —continuó el niño, apretando los dientes—. No estuvimos ahí cuando más nos necesitaba. ¡¿Todo para qué?! Para buscar el cariño de un padre que nunca nos quiso.
El aire se volvió pesado.
—Los dos sabemos el infierno que vivimos en LOD —prosiguió—. Y aun así lo soportamos todo… cada maldito entrenamiento, cada maldito combate a muerte, cada hora dentro de esa maldita caja congelándonos hasta el borde de la muerte.
La voz del niño se quebró aún más.
—¡¿TODO PARA QUÉ?! Ahora no nos queda nada… ni nadie. Estamos solos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Merecemos… morir.
La energía del niño estalló violentamente, canalizándose en la palma de su mano. El hielo y el frío se arremolinaron con furia, apuntando directamente al verdadero Igurū.
Igurū no dijo nada.
Su mirada se oscureció, hundiéndose en las palabras de su yo del pasado, reviviendo cada recuerdo, cada herida que jamás terminó de cerrar, mientras Arac veía la escena con una sonrisa de total satisfacción.
Pero entonces… lo sintió.
En la palma de su mano, una sensación distinta al frío eterno que siempre lo había acompañado.
Era cálida.
Igurū sonrió apenas. Sabía perfectamente qué era.
Era Remy.
En el mundo real, ella había tomado su mano, aferrándose a él mientras esperaba su despertar. Aunque no podía verla, podía sentirla a su lado. Y no solo a ella… también a los demás. A todos sus amigos, esperando, impacientes, confiando en él.
Llevó la mano a su pecho, respiró hondo y alzó la vista.
—No.
La palabra fue suave, pero firme.
Tanto Arac como el pequeño Igurū abrieron los ojos con sorpresa.
—¿Qué… qué dijiste? —preguntó el niño.
—No —repitió—. Lo que dices… no es del todo cierto.
El pequeño apretó los dientes.
—Sí, quizá dejamos a mamá cuando más nos necesitaba… por un deseo egoísta —continuó Igurū—. Pero éramos solo unos niños.
—¡ESO NO LO JUSTIFICA! —gritó su yo infantil.
—Y tienes razón —admitió sin apartar la mirada—. No lo justifica. Pero dime… ¿qué más podíamos hacer? No había nada que pudiera salvarla.
—¡Estar a su lado hubiera sido más que suficiente! —rugió el niño—. Si hubiéramos dicho que no, jamás habríamos ido a ese maldito infierno. Habríamos estado con ella en su último…
—LOD… no fue tan malo.
El silencio cayó como un golpe.
—¿Qué…? —murmuró el pequeño Igurū, desconcertado.
Igurū cerró los ojos un instante.
—¿Recuerdas lo que mamá nos decía esas noches en el hospital?
Un recuerdo emergió con claridad.
La habitación blanca. El sonido de las máquinas. Y ella… sonriendo con dulzura, acariciándole el cabello.
“Hijo mío, no estaré aquí por mucho tiempo. Me hubiera gustado verte crecer… estoy segura de que habrías sido un joven apuesto, uno que robe muchos corazones. Vive tu vida como tú quieras. Haz amigos… enamórate… encuentra tu propia felicidad.”
Igurū abrió los ojos.
—Si nunca hubiéramos ido a LOD… jamás habríamos entendido esas palabras —dijo con calma—. Nunca habríamos conocido el significado de la amistad… y del amor.
—¡CÁLLATE! —gritó el pequeño Igurū, desbordando su energía.
El ataque salió disparado con furia absoluta.
Igurū no se inmutó.
Con un simple movimiento de sus manos, un enorme muro de hielo se alzó frente a él, sólido, impenetrable.
El ataque impactó…
y se desvaneció por completo.
El pequeño Igurū retrocedió al ver que su ataque no había surtido efecto.
Por primera vez, la sonrisa de Arac se desvaneció por completo.
Igurū alzó la mano lentamente. Su energía comenzó a crecer sin control, expandiéndose como una marea helada que hacía vibrar el espacio mismo.
—Ya no dudaré más —dijo con voz firme—. Usaré el último regalo que me dejó mi madre… para proteger mi felicidad.
Mi nueva fuente de calor.
El mundo empezó a cambiar.
Una luz azul envolvió el lugar. Los muros, el suelo, el cielo inexistente… todo quedó cubierto de hielo y nieve. El aire se volvió cortante, puro, absoluto.
—Ven a mí… Reiken del Oso Polar.
La invocación resonó como un rugido ancestral.
El Reiken apareció en su mano, imponente, irradiando una presión helada que obligó incluso al pequeño Igurū a retroceder instintivamente. Aun así, este volvió a concentrar su energía con desesperación, mientras Arac observaba la escena en silencio, por primera vez sin burla.
Igurū acarició la hoja fría de su Reiken con la palma de la mano.
Luego levantó la mirada.
Sus ojos eran de un azul glacial, afilados, decididos.
Apuntó la punta del arma hacia ellos.
—Polar… Bear… ¡ROAR!
La realidad se quebró.
Una brutal ráfaga de viento helado fue liberada, un rugido de hielo que devoraba todo a su paso. El pequeño Igurū lanzó su ataque en un último intento desesperado, pero este fue engullido al instante, reducido a fragmentos de energía.
Arac chasqueó los dedos.
Nada ocurrió.
El ataque no se desvaneció.
Seguía avanzando, imparable.
Los ojos de Arac se abrieron apenas.
—Oh…
No hubo tiempo para más.
La ráfaga los alcanzó, arrasando con todo. La figura del pequeño Igurū se desintegró en luz, y Arac fue consumido por completo, su forma desapareciendo entre el vendaval helado.
Cuando todo terminó, el silencio volvió a reinar.
Igurū cayó de rodillas, respirando con dificultad. El agotamiento lo golpeó de lleno, tanto mental como físicamente. Aunque sabía que aquello era un escenario creado por su mente… se sentía demasiado real.
Demasiado.
Una niebla blanca comenzó a extenderse lentamente por el lugar.
Igurū la notó al instante.
Apretó su Reiken y se puso en guardia de nuevo.
Aún no había terminado.
Un rugido resonó en todo el lugar.
No fue solo un sonido: fue una presión aplastante que sacudió el espacio mismo. El aire se volvió denso, casi sólido. Igurū apenas logró mantenerse en pie, clavando su Reiken en el suelo para no caer.
Entonces, una voz habló.
Era profunda, grave, autoritaria. Antigua.
—Es un placer verte de nuevo… Igurū Shirokuma.
El corazón de Igurū dio un vuelco.
Reconocía esa voz.
No la había escuchado en muchos años… demasiados.
Alzó la vista lentamente, con una mezcla de respeto, temor y determinación.
Y lo vio.
“Una de las grandes y poderosas bestias elementales que gobernaron el mundo hace más de diez mil años…
Una de las bestias elementales del hielo.
El origen de mi poder.”
Frente a él se alzaba el Gran Oso Polar.
No era como ningún oso conocido. Era colosal, una montaña viviente de hielo y nieve. Su pelaje blanco estaba cubierto en gran parte por una armadura cristalina de hielo ancestral, tallada con símbolos antiguos que brillaban con una luz tenue. Cada respiración suya hacía caer escarcha al suelo.
De su cuerpo emanaba una energía serena… pero abrumadora. No era hostil, pero sí absoluta, como una fuerza de la naturaleza que no necesita demostrar su poder.
Gruesas cadenas de energía dorada rodeaban su torso y extremidades, incrustándose en el hielo, sujetándolo con firmeza. Aun así, incluso encadenado, su presencia dominaba todo el lugar.
Sus ojos, profundos como glaciares eternos, no se apartaban de Igurū.
Lo observaban.
Lo evaluaban.
Igurū sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no retrocedió. Enderezó la postura, apretó los dientes y sostuvo la mirada de la bestia.
La batalla había terminado.
Pero el verdadero juicio…
apenas estaba a punto de empezar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com