Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 PRÓLOGO EL MILAGRO ERRANTE
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1: PRÓLOGO: EL MILAGRO ERRANTE 1: PRÓLOGO: EL MILAGRO ERRANTE PRÓLOGO: EL MILAGRO ERRANTE Entre el latido de un universo y el siguiente, existe un lugar que no es lugar No es la nada.
La nada es un concepto, y este sitio está más allá de los conceptos.
Es el tejido cicatrizado que separa las burbujas mundiales, un océano de quietud infinita donde las leyes de la física nacen y mueren en cada instante.
Aquí, el tiempo no fluye; se acumula en capas como sedimentos de eones imposibles En este silencio primordial, algo se movía No era un cuerpo.
Era una conciencia, una presencia cálida y curiosa que se deslizaba entre los pliegues de la existencia.
Podrías llamarle un ente informe, una entidad o un parásito.
Ella, aunque es más acertado referírsele como “eso”, se encontraba hambriento, un hambre primaria como la de un niño que no había probado bocado desde su nacimiento a pesar de tener banquetes enteros la vista Pero por su puesto, este “ser”, no se alimentaba de materia orgánica o inorgánica.
Se alimentaba de algo más abstracto: la energía que los infinitos mundos a su alrededor albergaban.
Como un vampiro, todo su ser estaba diseñado para invadir estos mundos y succionarles la energía hasta dejarlos secos Sin embargo, “ella”, era diferente del resto de sus semejantes, no deseaba destruir estas maravillas de la naturaleza que había admirado y anhelado por eones.
En su lugar, encontró un hueco, un agujero en su propia constitución única.
No necesariamente debia alimentarse hasta matar, podía hacerlo despacio, sin dolor, sin sufrimiento, como un mosquito que chupa la sangre de su víctima y esta no se da cuenta hasta que sea demasiado tarde e incluso entonces no importaría porque seguiría estando bien, viviría su vida con normalidad “Es solo una picadura de mosquito…
Duele, pero no es la gran cosa” Esto es lo que anhelaba, este objetivo es lo que la alienaba del resto de sus congéneres.
Pero había un problema, uno al que todos los suyos se enfrentaban, necesitaba un ancla, un compañero que pudiera caminar entre los mundos que ella solo podía observar Llevaba eternidades buscando.
Hasta que lo sintió Un destello.
Un tenue brillo dorado y herido, flotando a la deriva como una mota de ceniza en un océano de oscuridad.
Era un alma.
Pero no una cualquiera.
Estaba…
fuera de lugar.
Desgajada del ciclo de su mundo de origen, sin la carga kármica que la guiara a un nuevo nacimiento.
Estaba limpia, vacía y, a la vez, imbuida de una terquedad desgarradora “Eso”, ella, se acercó, extendiendo su conciencia con la delicadeza de quien toca una telaraña cubierta de escarcha El alma era un caos de recuerdos rotos.
Fragmentos de una vida pasada: la luz azul de una pantalla, el peso de un cuerpo frágil, el sabor del café quemado, el sonido de una sirena lejana…
y luego, el dolor desgarrador de algo metálico, el frío del asfalto, el eco de su propio nombre gritado por una voz que ya no recordaría.
La muerte había sido rápida y absurda.
El después era esta deriva eterna Pero en el centro de ese caos, brillaba un núcleo indomable.
No era un deseo de venganza, ni de justicia.
Era algo más simple y profundo.
Era un anhelo «Quiero vivir.» «Quiero ver qué pasa después.» «Todavía no he terminado.» Esa tenaz chispa de existencia, emitiendo su último y obstinado pulso en la inmensidad del vacío, la conmovió de una manera que no sentía desde eras incontables.
No era lástima.
Era reconocimiento.
Aquí había un potencial puro, una hoja en blanco para una gran historia Con suavidad infinita, como una madre que envuelve a su hijo recién nacido, ella envolvió al alma errante.
No hubo palabras, solo una fusión de intenciones.
Sus propios hilos de energía dorada—el sistema, su esencia—se entrelazaron con la esencia desgarrada del humano, reparando, estabilizando, tejiendo un nuevo destino Vínculo establecido.
Anfitrión encontrado Una oleada de alegría, cálida y luminosa, la recorrió.
¡Lo había logrado!
Tenía un compañero.
Ahora necesitaba un mundo, un punto de partida.
Sus sentidos extendieron por el vacío infinito, buscando una resonancia, una herida en una de las burbujas lo suficientemente grande como para que su llegada pasara desapercibida, pero lo suficientemente pequeña como para no destruirlos Y la encontró Un grito sordo, un hilo de realidad sangrando fuego, odio y maldición.
Un pequeño punto de dolor en un universo de magia engalanada de heráldica: Fuyuki, Japón.
2004.
La Noche del Gran Incendio La distorsión era perfecta.
Una herida abierta en el mundo, causada por la corrupción de un deseo.
Allí, la muerte era tan abundante que una vida extra, un alma reemplazada, no alteraría la balanza.
Allí, un milagro podría nacer entre las cenizas de una tragedia Con un impulso de voluntad que dobló las geometrías no euclidianas del vacío, ella se lanzó como un cometa silencioso, llevando a su preciosa carga directamente hacia el corazón de las llamas Epílogo de un Héroe que Nunca Será y el Nacimiento de Otro Cuyo Resplandor el Mundo Ruega por Ver El calor era lo primero.
No el calor del sol o de una manta, sino un monstruo vivo que mordía la piel, que fundía los pulmones con cada inhalación.
Luego venía el olor: dulzón, repugnante, a carne y cabello chamuscados, mezclado con la acre esencia a pesadilla y desesperación que impregnaba el aire mismo Shirou ya no sentía su cuerpo.
Era una cosa pesada y rota, un fardo de dolor abandonado entre vigas retorcidas y recuerdos carbonizados.
El fuego danzaba a su alrededor, pintando el mundo de sombras danzantes y brillos agonizantes.
Había dejado de gritar pues su garganta ya no le daba para mas.
Había dejado de llorar pues ya no le quedaban lagrimas Sus ojos, de un dorado apagado, miraban sin ver el cielo nocturno, oscurecido por el humo que se elevaba como un manto fúnebre sobre su ciudad, sobre su vida.
En su mente, ya vacía de imágenes claras, solo resonaba un eco, un sentimiento primordial que precedía al pensamiento Frío Tenía un frío terrible, profundo, que las llamas no podían tocar.
Era el frío de la soledad más absoluta.
Los rostros de sus padres se habían desvanecido hacía ya un rato, convertidos en sombras sin nombre.
Ya no recordaba el color de la sala de estar de su casa, ni el sonido de la campana de la escuela.
Solo quedaba este yerto aislamiento, este silencio ensordecedor bajo el crepitar del mundo ardiendo Con un último esfuerzo, un espasmo de los nervios que aún obedecían, sus dedos—ennegrecidos, la piel cuarteada—se arrastraron por el suelo caliente.
Encontraron algo liso y frío.
Un pedazo de metal retorcido, quizás el pomo de una puerta, o el resto de un juguete.
Se aferró a él.
Era lo único que no quemaba No quiero morir El pensamiento llegó cristalino, despojado de todo heroísmo, de todo sueño futuro.
No pensó en ser un héroe, en salvar a nadie.
Solo pensó en el mañana.
En la luz del día filtrándose a través de una ventana.
En el sabor del agua.
En la simple, maravillosa rutina de despertar Alguien… por favor… La súplica no salió de sus labios agrietados.
Fue un susurro en su alma, una última onda de radar lanzada a un océano desierto Nadie respondió No apareció el hombre de cabello oscuro y mirada fatigada que, en otro giro del destino, habría llegado justo a tiempo.
Aquí, en este recoveco de la realidad, la historia era distinta.
Aquí, Shirou estaba verdaderamente solo Su respiración, un sonido ronco y dificultoso, se aplacó.
Se hizo intermitente.
Un susurro.
Una pausa larga, demasiado larga Los últimos vestigios de conciencia se desprendieron, como páginas de un libro quemándose y elevándose en el aire caliente.
La chispa única que era Shirou—sus torpes intentos de cocinar, su sonrisa forzada pero sincera, su deseo hacer felices a quienes le rodeaban—parpadeó y se extinguió El pequeño cuerpo de once años, con el uniforme escolar convertido en harapos y el cabello castaño-rojizo chamuscado en las puntas, se quedó quieto.
La mano se aflojó, dejando caer el trozo de metal.
El dorado de sus ojos se veló, opaco, mirando sin ver el infierno que había sido su fin En el preciso instante en que la vida abandonaba el cuerpo, en el infinitesimal paréntesis entre la muerte biológica y el viaje del alma, la realidad sobre ese pequeño montón de escombros titubeó No fue un destello de luz ni un sonido.
Fue como si el espacio mismo respirara, como si un hilo invisible del gran tapiz se tensara y luego se soltará.
Una burbuja de posibilidades alternas, diminuta y perfecta, se depositó sobre el cadáver aún tibio Dentro de esa burbuja, ella trabajó con la urgencia de una cirujana cósmica.
No había tiempo para ceremonias ni integraciones graduales.
Con finísimos hilos de energía dorada—la esencia misma de su sistema—cosió, soldó, injertó.
Tomó el alma que traía, el alma del vagabundo multiversal, y la ancló a los circuitos mágicos aún humeantes del cuerpo, a la plantilla biológica recién vaciada, a la sombra del destino que Shirou dejaba atrás Fue un trasplante de existencia.
Violento.
Traumático.
Solo posible gracias a la densa y corrupta niebla de Angra Mainyu, el Odio de Todos los Males del Mundo, que saturaba el lugar, erosionando las mismas leyes que regían la vida y la muerte La nueva conciencia fue empujada a su nuevo vehículo con el impacto de un nacimiento por cesárea universal.
Una avalancha de sensaciones ajenas la golpeó: el dolor físico insoportable, el terror agudo y fresco, los ecos de una soledad que ya no era suya.
Las llamas malditas, que buscaban consumir alma y cuerpo, lamieron los bordes de esta nueva psique, intentando reducir a cenizas lo recién llegado Agotada por el colosal esfuerzo, su energía casi drenada por la invasión de este mundo hostil, ella hizo lo único que podía.
Se contrajo, envolviendo el núcleo centelleante de su anfitrión en una capa protectora, un útero de energía dorada y estática.
Entró en latencia.
El proceso de sanar, de integrar, de despertar las funciones del sistema, tomaría años.
El chat, las misiones, todo eso tendría que esperar La supervivencia era la única misión ahora Bajo un cielo de fuego y ceniza, el pecho de Shirou se elevó en una inspiración convulsiva, brutal El aire entró, cargado de humo y dolor, provocando una tos débil y sangrante.
Los párpados, pesados como losas, se abrieron Pero los ojos que miraban el infierno no eran los ojos dorados y obstinados de Shirou.
Eran ojos de un color desvaído, como un ámbar viejo, y en ellos no había rastro de la determinación ingenua del niño héroe.
Solo había un pánico primal, una confusión absoluta, el terror de un náufrago arrojado a un océano de llamas Y en la profundidad de esa mirada, bajo la capa de miedo y desconcierto, algo nuevo y frágil comenzó a latir.
Era un pulso tenue, una chispa de posibilidades imposibles.
Era el primer latido del Milagro La noche era larga, y las llamas aún tenían mucho que consumir.
Pero en medio de ellas, algo había cambiado para siempre
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