Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 Capítulo 14 Un Destino Cruel
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15: Capítulo 14: Un Destino Cruel 15: Capítulo 14: Un Destino Cruel Capítulo 14: Un Destino Cruel Esa noche, Shirou soñó.
Y fue una inmersión brutal, sin sentido ni piedad, en un carrusel de pesadillas donde solo existían dos constantes: el sufrimiento de Rin Tohsaka, y su propia y absoluta impotencia No fue un sueño, fue una posesión.
Su mente fue arrancada y arrojada a un vacío gélido antes de que la primera imagen se estampara contra sus sentidos con la fuerza de un puñetazo De repente, estaba en un lugar oscuro, húmedo, que olía a tierra húmeda y a hierro.
No reconocía el sitio.
La luz era tenue, pero la vio a ella al instante.
Rin, de espaldas a él, empuñando con manos temblorosas una daga de cristal que destellaba con luz propia.
Frente a ella, una figura hecha de sombras movedizas y ondulantes, de la que solo destacaba una melena larga y blanca, tan pálida como la de un espectro, que flotaba en una corriente de aire inexistente — ¡No!— Quiso gritar Shirou, pero su voz era el sonido de una piedra cayendo al fondo de un pozo.
Rin dudaba.
Él podía ver la tensión en sus hombros, la lucha en la línea de su cuello.
La figura de sombras y cabello blanco no se movió.
Y entonces, del suelo a sus pies, algo se alzó.
No era un arma, era una extensión de la oscuridad misma, una estaca negra con vetas rojas como venas al descubierto.
Se lanzó con una velocidad antinatural El sonido fue lo peor.
Un “shluck” húmedo y profundo, el sonido de un cuerpo siendo perforado de lado a lado, seguido de un jadeo corto, seco, que le arrancó el aire a los propios pulmones de Shirou.
Rin se arqueó, los ojos abiertos de par en par, no con dolor al principio, sino con una pura y devastadora sorpresa.
Miró hacia abajo, donde la punta negra y goteante de la estaca había emergido justo bajo su costilla.
Su boca se abrió en un óvalo perfecto de shock mudo.
Luego, la mancha carmesí que empezó a expandirse por su blusa, primero como una flor, luego como un océano voraz.
La daga de cristal cayó de su mano con un tintineo obscenamente delicado Shirou corrió.
O sus piernas intentaron correr en una sustancia espesa como melaza.
Cada paso era una agonía.— ¡RIN!— Rugió desde un pecho que ardía.
Ella se desplomó de rodillas, luego hacia un lado.
Su cabeza golpeó el suelo de piedra con un golpe sordo.
Sus ojos, aquellos ojos azules llenos de inteligencia y vida, buscaron el vacío.
Encontraron los de Shirou.
Y en ellos, por un instante infinito, no hubo reproche, no hubo miedo.
Hubo solo una tristeza profunda, y algo que se parecía a una despedida.
Luego, la luz se apagó.
El cristalino se nubló.
Shirou cayó a su lado, sus manos intentando en vano presionar la herida monstruosa, pero la sangre caliente y espesa se filtraba entre sus dedos, pintándolos de rojo.
Sintió cómo el calor se iba de su cuerpo, cómo su pecho dejaba de moverse.
Un grito animal, desgarrado, nació en su garganta El grito se transformó en otro sonido, uno externo.
Un chillido agudo, continuo, de pura agonía.
La cueva se desvaneció, reemplazada por la penumbra de un templo.
Rin ya no yacía en el suelo.
Colgaba suspendida en el aire, los brazos extendidos como un mártir, la cabeza ladeada.
A sus pies, una figura encapuchada, una silueta sin rostro, movía sus dedos con la delicadeza de un pianista No era sangre lo que fluía de Rin ahora.
Era su esencia.
Bajo su piel, sus Circuitos Mágicos brillaban con una luz violeta violenta, distorsionándose, hinchándose como gusanos de luz bajo un tejido a punto de reventar.
Cada pulso de luz le arrancaba un nuevo quejido, un nuevo espasmo.
Sus gritos ya no eran de dolor físico, sino de algo peor: de violación espiritual, de sentir el núcleo mismo de su ser siendo desenrollado y consumido.
Sudaba, temblaba como una hoja en una tormenta — ¡DETENTE!— Rugió Shirou, lanzándose contra la figura encapuchada.
Pasó a través de ella como a través de humo, perdiendo el equilibrio y cayendo de rodillas.
No podía tocarla.
No podía hacer nada.
Volvió la cabeza hacia Rin.
Sus ojos estaban abiertos, pero no veían.
La boca, entreabierta, dejaba escapar un hilo de saliva.
Un temblor recorría todo su cuerpo.
Shirou la vio disminuir.
No en tamaño, sino en presencia.
Como si cada destello de luz que le robaban la hiciera más translúcida, más lejana.
La rabia en él hervía, se convertía en un sabor metálico en la boca.
Quería destruir, matar, reducir a cenizas a esa figura, pero solo podía arrodillarse y presenciar cómo la chispa vital de Rin se atenuaba, pulso a pulso, hacia la nada La nada no llegó.
En su lugar, una mano grande, fuerte, conocida, apareció en el campo de visión de Shirou.
Agarró a Rin por el cuello y la levantó del suelo como si fuera una muñeca de trapo.
La transición fue tan brutal que Shirou sintió un vértigo nauseabundo Ahora estaban en una sala lujosa y fría.
Y él lo reconoció al instante.
Kirei Kotomine.
El sacerdote de semblante sereno.
El hombre que lo había encaminado hacia ella.
Ahora sostenía a Rin con una mano, mientras la otra sostenía una Biblia negra.
El rostro de Rin estaba congestionado, pasando del rojo intenso a un púrpura terrible.
Sus pies pataleaban en el aire, cada movimiento más débil que el anterior.
Un sonido espantoso, un “glu-glug” ronco y quebrado, salía de su garganta apretada.
Sus ojos, inyectados en sangre, giraban en sus órbitas, buscando una salida, una explicación.
Se encontraron con los de Shirou.
Y esta vez, el horror en ellos era puro, primitivo.
No había tristeza, solo el terror animal de quien se está muriendo y ve al testigo de su muerte incapaz de actuar — ¡KOTOMINE!
¡SUÉLTALA!— La voz de Shirou estalló, cargada de un odio que nunca antes había sentido.
Corrió hacia ellos, puños cerrados.
Kirei ni siquiera parpadeó.
Sus ojos oscuros, vacíos, se posaron en Shirou por un microsegundo.
Y entonces, con una calma monstruosa, apretó un poco más El sonido fue pequeño y definitivo.
Un “crick” seco, como el de una rama podrida.
El forcejeo de Rin cesó al instante.
Todo su cuerpo se fue flácido.
Kirei abrió la mano.
El cuerpo de Rin cayó al suelo de mármol con un golpe sordo y pesado que resonó en el alma de Shirou.
No hubo drama.
Solo el sonido final de algo precioso estrellándose contra el suelo.
Shirou se desplomó junto a ella, sus manos tocando su mejilla, aún cálida.— No, no, no, no…— Musitaba, una letanía inútil.— Tohsaka, Rin, por favor, despierta— Sacudió su hombro, suavemente al principio, luego con desesperación.
Su cabeza se movió con una flaccidez espantosa, sin resistencia.
La rabia, el dolor, la impotencia, se fundieron en su pecho en una bola de hielo y fuego.
Levantó la vista hacia Kirei, quien los observaba con la misma expresión con la que contemplaría un experimento interesante.
Shirou abrió la boca para gritar, para maldecirlo, pero… … El grito se ahogó en un silencio absoluto.
Ya no estaba en la sala.
Estaba en un lugar gris, sin características.
Y Rin estaba allí, de pie.
Con los ojos abiertos.
Pero no era Rin.
Era una estatua de sí misma.
Tubos y cables de un material que parecía hueso pulido se incrustaban en sus muñecas, su nuca, su columna vertebral, conectándola a una pared que latía suavemente con una luz pálida.
No respiraba.
No parpadeaba.
Solo una lágrima solitaria, fosilizada en su mejilla, hablaba de la humanidad que una vez hubo allí.
Era una batería.
Un recipiente vaciado.
Un recordatorio de que había destinos peores que la muerte, destinos donde se te robaba hasta el derecho a terminar Shirou se acercó, y esta vez pudo tocarla.
Puso una mano en su mejilla.
Estaba fría, como porcelana.
No hubo reacción.
Nada.
El vacío que emanaba de ella era más aterrador que cualquier herida, que cualquier grito.
Esta Rin no lo necesitaba, no lo recordaba, no existía para él.
Fue esta imagen, la de una pérdida tan total que ni siquiera dejaba un cadáver al que llorar, la que quebró algo dentro de él Shirou Emiya despertó No con un sobresalto, sino con una parálisis total.
Yacía en su futón, los ojos abiertos en la oscuridad de su habitación, clavados en el techo.
No respiraba.
Su cuerpo era un bloque de hielo, tenso como un cable a punto de romperse.
Lentamente, como si le costara un esfuerzo sobrehumano, el aire entró en sus pulmones en un silbido tembloroso Entonces, el temblor comenzó.
Primero en sus manos, luego en sus brazos, hasta que todo su cuerpo fue sacudido por espasmos incontrolables.
Se incorporó de golpe, se llevó las manos a la cara y las sintió húmedas.
No eran lágrimas de llanto, era el sudor frío del pánico que le empapaba la piel.
Podía olerlo todavía.
El metal de la sangre.
La humedad de la tierra.
El vacío helado de esa sala gris Se levantó tambaleándose y llegó al baño justo a tiempo para vomitar en el lavabo, sin más que bilis y terror.
Después, se apoyó contra la pared, resbalando hasta quedar sentado en el suelo frío, abrazando sus rodillas.
Miró sus manos, esperando casi verlas manchadas de rojo.
Estaban limpias Pero la sensación no se iba.
La imagen de los ojos de Rin apagándose, una y otra vez, en un bucle infinito de finales horribles, se repetía en su mente.
No había lógica.
No había mensaje.
Solo horror puro, crudo, inescapable.
Y un sentimiento nuevo, feroz, que empezaba a derretir el hielo de su parálisis: una rabia quemante, impotente, dirigida contra un destino que se atrevía a mostrarle esas cosas, contra un mundo que permitía que le sucedieran a ella, y sobre todo, contra su propio ser, que solo podía observar, paralizado, una y otra vez — No— Susurró, su voz áspera por los gritos que nunca salieron en el sueño.
Apretó los puños hasta que los nudillos palidecieron— No.
No.
No No sabía qué eran esas visiones.
No sabía por qué le sucedían desde que tenia memoria.
Pero una cosa era absolutamente clara, tallada en su ser con el filo del dolor más agudo que había sentido: nunca, nunca, permitiría que una sola de esas crueles imágenes se hiciera realidad.
El precio del fracaso, acababa de atestiguarlo, era infinitamente más doloroso que cualquier sufrimiento que él pudiera soportar * * * Futón = Cama japonesa
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