Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Capítulo 15 Teoría del Horror
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16: Capítulo 15: Teoría del Horror 16: Capítulo 15: Teoría del Horror Capítulo 15: Teoría del Horror El domingo por la mañana se arrastró hasta la Villa Emiya con la delicadeza de un yunque cayendo sobre el pecho de Shirou.
Casi no había dormido.
Había pasado las horas en un estado de vigilia espantosa, donde cada vez que cerraba los ojos, el telón de su mente reproducía, en un bucle implacable, los fotogramas más nítidos de su pesadilla: el destello de la daga de cristal cayendo, la forma encapuchada moviendo sus dedos como las patas de una araña, el destello metálico de los tubos conectados a la carne, y sobre todo, los ojos de Kirei Kotomine, serenos y vacíos, mientras sus dedos apretaban Se vistió mecánicamente.
El tacto de la camisa contra su piel le recordaba la frialdad de aquel suelo de mármol imaginario.
En la cocina, Taiga bostezaba junto a la mesa, hablando de un nuevo restaurante de ramen — Shirou, ¿estás bien?
Pareces un fantasma— Dijo, inclinándose para mirarlo con ojos aún somnolientos — Solo estoy cansado, Taiga-nee— Mintió, y el sabor de la falsedad le quemó la lengua.
Era la primera mentira consciente que le dedicaba.
La culpa se mezcló con la angustia, formando un nudo más en su estómago.
Luego, después de comer con monotonía, se despidió con un apagado,— Hasta luego— para Taiga y salio de la casa con rumbo a su próxima lección de magecraft con Rin, pero sus pies se sentían como si caminara a través de alquitrán El camino hacia la mansión Tohsaka fue una travesía por un paisaje alienígena.
La luz del sol, demasiado brillante, parecía iluminar cada esquina con una intención siniestra, como si quisiera exponer las sombras que él sabía que podían esconderse allí.
Una paloma que alzó el vuelo desde un cable le hizo contener el aliento, su aleteo confundiéndose por un segundo con el sonido de una capa rozando el suelo.
Llegó a la puerta con la respiración un poco entrecortada, las manos sudorosas dentro de los bolsillos del pantalón La puerta se abrió antes de que su dedo pudiera tocar el timbre.
Rin estaba allí, ya vestida no con su uniforme, sino con unos jeans ajustados y un suéter holgado de cuello alto que parecía haber robado de un armario mucho más grande.
Su cabello negro, por una vez, no estaba perfectamente recogido en sus características coletas gemelas, sino en una cola de caballo baja y descuidada de la que escapaban algunos mechones rebeldes.
Tenía una mancha de lo que parecía ser tinta azul en el dorso de la mano izquierda.
— Llegas tarde— Anunció, sin preámbulos, pero su tono carecía de la acritud habitual.
Era más bien un dato, un punto a anotar en una lista mental.
Lo escudriñó de arriba abajo con sus ojos azules, esa mirada de halcón que todo lo registraba.
Shirou vio cómo su ceja derecha, la más expresiva, se arqueo ligeramente— Y pareces un desastre.
¿No dormiste nada?
Parece que te golpearon en la cara con esas ojeras que tienes — Un poco — Murmuró Shirou, evitando su mirada y fijándose en la mancha de tinta.
Por un momento la vio de color rojo, como el de la sangre que se derramaba de una herida… No termino el pensamiento, no quería.
Cerró los ojos con fuerza y negó con la cabeza rápidamente, recomponiéndose parcialmente — Pues hoy toca teoría— Dijo Rin, dándole la espalda y caminando hacia el interior— Si intentas algo práctico en ese estado, es más probable que fundas el sótano que otra cosa.
Pasa El salón principal estaba transformado.
La mesa baja había sido desplazada a un lado y en su lugar, en el centro de la alfombra, había varios libros abiertos, pergaminos desenrollados sujetos con pesos de cristal, y un pequeño pizarrón de mano donde Rin había dibujado con tiza una serie de diagramas complejos que a Shirou le parecieron jeroglíficos de otro planeta.
Había dos tazas de té humeantes, pero también un plato con galletas saladas medio vacío.
Era el caos organizado de una mente brillante y adolescente que había estado repasando hasta el último minuto — Siéntate ahí— Indicó Rin, señalando un cojín en el suelo frente al despliegue—.
Y trata de mantener los ojos abiertos, por lo menos Shirou obedeció, hundiéndose en el cojín.
El aroma a té, a papel viejo y a la ligera fragancia del champú de Rin— algo con menta— formaba un cóctel extrañamente calmante, pero fugaz.
En cuanto Rin se sentó frente a él, cruzando las piernas con una agilidad felina y cogiendo un puntero largo que parecía más una varita mágica de juguete, la tensión volvió a asentarse en sus hombros — Bien— Comenzó Rin, golpeando suavemente el primer diagrama del pizarrón.
Tenía un aire de pequeña profesora, una mezcla de orgullo por su conocimiento e impaciencia por tener que explicar lo obvio— Ayer metiste la cabeza en la boca del lobo y por suerte solo te mordió un poco.
Hoy vamos a aprender qué es el lobo, por qué tiene boca y, en lo posible, cómo evitar que te la arranque de un bocado.
Empezamos por lo básico: Magecraft o Thaumaturgy Su voz tomó un tono lectivo, pero no el de un profesor veterano.
Era el tono de alguien que repite algo que ha memorizado a la perfección, con la seguridad inquebrantable de quien aún cree que los libros tienen todas las respuestas — No es magia de cuentos.
No agitas una varita y aparece un pastel— Hizo una pausa dramática, como esperando que Shirou anotara esa revelación— Es un sistema.
Usas Prana, energía mágica procesada a través de los circuitos, para hacerle una trampa al mundo.
El mundo tiene sus reglas: la gravedad, que el fuego quema, que los muertos se quedan muertos.
El Magecraft no crea nuevas reglas.
Lo que hace es…— Buscó la palabra con el ceño fruncido, girando el puntero entre sus dedos— … engañar a la realidad.
Le hace creer que algo que ya es posible, pero que no estaba pasando, de repente sí pasa, y de la manera que tú quieres.
Es como un truco de magia muy, muy convincente Shirou asintió lentamente, intentando seguir el hilo.
“Engañar a la realidad”.
Su Origen “Milagro” sonaba menos a un truco y más a darle una patada a la mesa de juego — El poder para el truco viene de dos lados— Continuó Rin, levantando dos dedos—.
Uno: tus Circuitos Mágicos.
Los mismos que activaste ayer por primera vez.
Convierten el Od: tu energía vital, tu calor, tu… bueno, tu vida, en Prana utilizable.
Cuanto más uses, más te agotas.
Es física, no poesía.
— El segundo dedo se alzó— Dos: las Líneas Ley.
Son el Od del mundo.
Son como venas de energía en el cuerpo del planeta.
En algunos sitios, como aquí en Fuyuki, son más gruesas, más potentes.
Un magus puede engancharse a ellas como una garrapata y chupar energía para rituales grandes.
Muy útil, pero también muy visible para otros que estén mirando “Como una garrapata”.
La imagen era desagradable.
Shirou pensó en la figura encapuchada de su sueño, drenando a Rin.
¿Era eso?
¿Una conexión forzada a una Línea Ley?
Su mente empezó a divagar, la voz de Rin convirtiéndose en ruido de fondo mientras las imágenes oníricas asomaban sus garras.
La mancha de tinta en la mano de Rin pareció vibrar, transformándose en su mente en el brillo violeta de los circuitos bajo piel pálida — Emiya— La voz de Rin se volvió puntiaguda— ¿Estás escuchando o estás planificando tu próxima siesta?
Él parpadeó, forzando la vista a enfocar de nuevo en ella.
Rin lo miraba con los brazos cruzados, el puntero tamborileando contra su hombro con impaciencia — S-sí, líneas legales, magus garrapatas…— farfulló.
Rin puso los ojos en blanco con una exasperación que era casi cómica— ¡Son Líneas Ley!
Y no son “magus garrapatas”, es una analogía, ¿entiendes?
Una comparación.
Por Dios…— Suspiró, pasándose una mano por la frente, despejándose aquel mechón rebelde— Mira, esto es importante.
El sitio donde estás parado importa.
Fuyuki es un nudo de líneas.
Por eso pasan cosas aquí.
Cosas como la Guerra del Santo Grial El nombre cayó entre ellos como un bloque de hielo.
El aire pareció enfriarse varios grados.
Shirou sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal.
No era solo una palabra; era un concepto que había presenciado en sus visiones más caóticas, asociado a la promesa de batalla y sangre — El Grial…— Murmuró, sin querer — Es un artefacto— Cortó Rin, su voz bajando instintivamente de volumen, como si las paredes del salón pudieran tener oídos— Un sistema mágico gigantesco.
Se dice que puede conceder un deseo, alcanzar la Raíz de Todo, el origen todo en este mundo.
Pero para activarlo…— Hizo una pausa, mordisqueando el interior de su mejilla, un gesto nervioso— … necesita una cantidad estúpida de energía.
La energía de… — … de los Servants derrotados— Completó Shirou en un susurro.
Lo recordaba.
Fragmentos de conversaciones entre figuras borrosas y otras conocidas.
“La cosecha de almas” Rin se quedó completamente quieta.
La máscara de la pequeña profesora se agrietó, dejando al descubierto una expresión de sorpresa genuina y, por debajo, una pizca de inquietud — ¿Cómo…?— Empezó a preguntar, pero se interrumpió.
Tragó saliva y asintió, forzando su rostro a volver a la neutralidad— Sí.
Siete magus, siete Servants.
Una guerra secreta.
El ganador obtiene el deseo.
Los perdedores… bueno, la mayoría dejan de ser un problema.
Para siempre La frase “dejan de ser un problema” resonó en la mente de Shirou con una frialdad siniestra.
No era un eufemismo adulto y cínico; era la forma torpe y dura en la que una niña que había crecido con esa verdad intentaba verbalizarla.
Shirou no vio estrategia en sus palabras, vio el reflejo de un miedo antiguo.
Y de repente, el brillo violeta de su sueño, el drenaje, tomó un nuevo significado.
¿Era eso lo que le pasaba a la gente en una guerra así?
¿Se convertían en… combustible?
Un sudor frío le perló la nuca.
La voz de Rin continuaba, pero ahora hablaba de Fundaciones Mágicas, del sistema de creencias que daba forma a los hechizos, de la de los Tohsaka basada en la Conversión de Poder.
Shirou asentía, pero las palabras le resbalaban.
“Conversión”.
“Transmutación”.
Su mente las retorcía.
Veía la sangre de Rin en la cueva, convirtiéndose en un charco oscuro.
Veía su vitalidad en el templo, transmutándose en ese brillo violeta que se escapaba de ella.
La teoría ya no era abstracta; era el manual de instrucciones de sus propias pesadillas —… y por eso el Crest Mágico es crucial— Decía Rin, mostrando su propia mano, donde unas líneas plateadas complejas brillaron un instante— No es solo poder.
Es la historia de mi familia.
Cada hechizo, cada logro, grabado aquí.
Es… una obligación— Su voz se ensombreció un momento— Tú no tienes uno.
Eres un First Generation.
Tienes libertad, pero también estás solo.
Sin la sabiduría de los que vinieron antes… Shirou ya no la veía a ella.
Veía la sala gris de su sueño, la Rin convertida en una estatua conectada a tubos.
¿Era eso un Crest?
¿Una obligación que te vaciaba hasta dejarte como un cascarón?
Un nauseabundo mareo lo invadió.
El salón pareció inclinarse.
La voz de Rin se convirtió en el zumbido de una mosca atrapada —… lo que nos lleva al Principio de No Interferencia.
La Asociación de Magus, la Torre del Reloj, prohíben exponer lo mágico.
Si lo haces, te conviertes en un objetivo y obtienes una Designación de Sellado para posteriormente ser cazado por los Enforcer.
Para gente con secretos como el tuyo, es… — ¡BASTA!
La palabra explotó de los labios de Shirou con una fuerza que le ardió en la garganta.
No fue un grito pensado.
Fue un espasmo, la erupción final de toda la presión, el miedo y la rabia contenidos.
Se puso de pie de un salto, haciendo temblar la taza de té que tenía al lado.
La galleta que estaba a punto de tomar Rin se le cayó de la mano, desmoronándose sobre el pergamino Rin se quedó helada, con la mano aún extendida, los ojos abiertos como platos.
No era la mirada de una sensei enfadada por una interrupción.
Era la mirada de una chica de doce años que acaba de ser gritada de repente, sorprendida y, por un instante, asustada — ¿E-Emiya?— Logró decir, su voz perdiendo toda su afectada seguridad — No puedo…— Jadeó Shirou, llevándose una mano a la cabeza, como si pudiera sacarse las imágenes de un golpe— No puedo escuchar sobre principios o… o interferencias, cuando… cuando anoche…— Levantó la vista hacia ella, y en sus ojos ámbar, ahora brillantes con una angustia cruda y sin filtrar, Rin no vio al alumno problemático.
Vio a un niño aterrorizado—.
¡Te vi morir, Rin!
Una y otra vez.
Y no era… no era vago.
¡Era real!
¡Podía oler la sangre!
¡Podía sentir cómo se te iba el calor!
¡Y en una, Kirei… Kirei te rompía el cuello y se oía…!
— ¡CALLATE!
Fue el grito de Rin el que cortó el aire esta vez.
Un grito agudo, cargado de pánico.
Se había puesto de pie también, empujando el pequeño pizarrón, que cayó de lado con un golpe seco.
Su rostro, antes ligeramente sonrojado por la concentración, estaba ahora pálido.
Sus ojos no mostraban ira, mostraban terror.
Un terror animal y reconocible — ¡No digas eso!— Su voz temblaba, casi suplicante— ¡No lo grites!
¿Estás loco?— Bajó la voz de inmediato, mirando hacia la puerta del salón con paranoia— Si alguien… si él… ¡No puedes andar diciendo esas cosas!
Shirou la vio retorcerse las manos, el mismo gesto nervioso de morder el interior de la mejilla, pero ahora intensificado.
La había asustado.
De verdad.
No con su poder, sino con sus palabras.
Con la posibilidad que representaban.
Ver a la siempre segura Rin Tohsaka así, vulnerable y asustada como cualquier niña, fue un balde de agua fría que calmó un poco el fuego de su propio pánico, dejando solo cenizas de culpa y un frío profundo — Pero es la verdad— Insistió, en un tono mucho más bajo, roto— Fueron visiones.
Como las de antes.
Pero esta vez eras tú.
En una cueva, con algo… con una figura de sombras y pelo blanco… te atravesaba.
Luego en un templo, una figura encapuchada te colgaba y te vaciaba, tus circuitos brillaban y gritabas… y luego Kirei.
Lo vi claro.
Tan claro como te veo ahora Rin no decía nada.
Respiraba por la nariz, con los puños apretados a los costados.
El miedo en sus ojos libraba una batalla feroz contra el orgullo, la necesidad de control y la lógica fría que siempre trataba de imponer.
Ganó, por los pelos, la lógica, pero era una lógica adolescente, agrietada — Son… posibilidades— Dijo al fin, la voz aún temblorosa pero intentando encontrar firmeza— Ecos.
El futuro no está escrito— Se repetía el mantra a sí misma tanto como a él — ¿Para qué me las muestran entonces?— La voz de Shirou era un susurro cargado de desesperación— ¿Para volverme loco?
¿Para que sepa todas las maneras horribles en que… en que puedes…?
No pudo terminar.
La palabra “morir” se atascó en su garganta, demasiado grande, demasiado definitiva Rin desvió la mirada, clavándola en el pergamino manchado de migajas.
Su perfil, normalmente tan desafiante, parecía más joven, más frágil — El mundo mágico…— Empezó, y tosió para aclarar la voz— … No es un sitio seguro, Shirou.
Lo que has visto… son los peligros.
Los peligros reales.
No son cuentos para asustar a niños— Alzó la vista, y esta vez lo miró directamente, con una intensidad febril— Pero por eso estás aquí.
¡Por eso te enseño!
¿Crees que te aburro con teoría por diversión?— Su voz subió de nuevo, pero ahora con una frustración genuina, casi desesperada— ¡Es porque la teoría es el antídoto!
¡El sueño te muestra el veneno: “aquí hay una cueva, aquí hay un monstruo, aquí Kirei es un traidor”!
¡Y la teoría te da… te da el mapa para no entrar en la cueva, el nombre del monstruo para saber cómo evitarlo, la historia de los Executors para saber de lo que es capaz Kirei!
No era un discurso elegante.
Era un torrente de palabras entrecortadas, de rabia y miedo convertidos en argumento.
Señaló con un dedo acusador, no a él, sino al diagrama del círculo mágico básico en el pizarrón caído — ¡Ese círculo!
¡Ese círculo de disipación de energía que no me dejaste terminar de explicar!
Si alguien… si una figura encapuchada intentara drenarte con un hechizo de succión, activar esto a tiempo podría crear un campo de rechazo.
No es un escudo infalible, ¡pero es algo!
¡Es más que quedarte ahí, paralizado, viéndolo pasar como en tu sueño!
Shirou siguió su mirada.
El diagrama, antes un amasijo de líneas incomprensibles, empezó a tener sentido.
No era solo un dibujo.
Era un conjunto de instrucciones.
Una herramienta.
Una pequeña, frágil posibilidad de cambio — La teoría no son reglas para un juego aburrido— Dijo Rin, bajando la voz otra vez, un cansancio repentino en sus hombros— Son las reglas de supervivencia del mundo en el que nos hemos metido.
Y si tú…— Hizo una pausa, tragando saliva— … si tú te quedas congelado por el miedo, entonces yo… yo también estoy perdida.
Porque eres…— Buscó la palabra, rechazando varias con el ceño fruncido— … una variable.
Una variable enorme y peligrosa.
Y necesito que esa variable sepa lo suficiente para no… para no activar todas las trampas a la vez Era el razonamiento más egoísta, práctico y honesto que podía ofrecer.
No era “te ayudo porque me importas”.
Era “te enseño porque si no, me pones en peligro a mí”.
Y de alguna manera, para Shirou, esa crudeza era más reconfortante que cualquier falsa promesa de protección.
Era un pacto entre iguales en el fondo del barco: rema o nos hundimos ambos El silencio que siguió no era cómodo, pero ya no estaba cargado de pánico.
Estaba lleno del reconocimiento de una verdad incómoda y compartida.
Shirou aspiró hondo, sintiendo el aire frío llenar sus pulmones, disipando un poco de la niebla de su mente — ¿Entonces?— Preguntó Rin, con los brazos cruzados, recuperando una pizca de su actitud habitual, aunque su mirada aún era más vulnerable de lo normal— ¿Vas a seguir ahí de pie mirando al vacío, o vas a sentarte y vamos a ver cómo se activa ese círculo de disipación?
Porque si es lo primero, la puerta está ahí.
Pero si te vas, no vuelvas a pedirme clases cuando tu próxima pesadilla se haga realidad porque no supiste cómo evitarla.
Era un ultimátum.
Un desafío.
Y justo lo que Shirou necesitaba.
Un punto claro hacia el que avanzar, lejos de la parálisis del miedo Se sentó lentamente, hundiéndose de nuevo en el cojín.
Sus manos ya no temblaban — Enséñame el círculo— Dijo, su voz firme por primera vez en esa mañana Rin lo miró fijamente por un segundo más, como evaluando su determinación.
Luego, con un suspiro que pretendía ser de fastidio pero que sonaba más a alivio, recogió el pizarrón del suelo, limpió la tiza rota con la manga de su suéter— ensuciándolo más— y se sentó frente a él, mucho más cerca que antes — Bien.
Como iba diciendo, antes de que “alguien” tuviera un ataque de histeria…— Comenzó a dibujar de nuevo, explicando cada línea, cada símbolo, con una concentración renovada.
Su rodilla, sin querer, rozó la de Shirou bajo la mesa baja.
Ninguno de los dos apartó la pierna La lección continuó.
El miedo no había desaparecido.
Seguía allí, sentado entre ellos como un tercer invitado silencioso.
Pero ahora, en lugar de paralizarlos, los había unido en un propósito común y tácito: aprender a defenderse, no solo del mundo, sino de los futuros que el miedo les pintaba en la oscuridad.
Y por primera vez, Shirou no solo escuchaba las palabras de Rin, sino que las veía: no como teoría árida, sino como los primeros, frágiles y esenciales ladrillos de un muro que, con suerte, sería lo suficientemente fuerte
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