Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capitulo 1 El Único Sobreviviente
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2: Capitulo 1: El Único Sobreviviente 2: Capitulo 1: El Único Sobreviviente Capitulo 1: El Único Sobreviviente Dolor Esa fue la primera sensación que irrumpió a través del sistema nervioso de Shirou nada más recuperar la conciencia.
Un dolor abrupto y ardiente que nubló sus sentidos, impidiéndole pensar con claridad Así estuvo durante un par de segundos, en shock, hasta que su cerebro procesó lo que le sucedía su cuerpo Las pupilas se encogieron La garganta se abrió hasta sus límites físicos —Hh… A—AAGH… El sonido salió roto, áspero y desgarrado.
Resonó por los restos calcinados de gran parte de la ciudad de Fuyuki.
Ni siquiera el furioso crepitar de las llamas malditas pudo ahogar por completo los vestigios su voz, ya marchita por el humo ardiente y los lamentos del Shirou original Su cuerpo se convulsionó, la espalda curvándose de manera grotesca.
Era como si su cuerpo, en un acto reflejo desesperado, intentara suplantar una agonía con otra, una que quizás, solo quizás, fuera más fácil de soportar Pero sus acciones, en contra de sus deseos, solo agravaron aún más el dolor, manteniendo a Shirou en un círculo vicioso que solo se detuvo cuando su cuerpo perdió toda la energía que le quedaba.
La preciosa energía residual de su reencarnación, la misma que con toda probabilidad podría haberlo salvado, se perdió para siempre, como un niño caprichoso que vomita la comida que no le agrada Q-que… Por suerte para Shirou, así como nada bueno dura para siempre, lo malo tampoco.
Sus pensamientos, aunque aún lentos, por fin lograron despejarse su suficiente para reflexionar sobre su situación M-me estoy quemando vivo… ¿P-pero por qué?
Intentó mover sus exterminades Éxito Luego sus dedos No tanto M-mis deditos… Y-ya no los siento Duele… Dolor Una palabra cuyo significado todos afirmamos conocer, haber experimentado.
Pero son solo pocos los desafortunados que verdaderamente lo han sentido en todo su esplendor Existen muchos tipos de dolor.
Dolor físico, dolor mental, incluso el dolor psicológico que uno cree estar sufriendo, pero que no es real El dolor también se presenta en grados, desde el mayor hasta el menor, y es lógico: el dolor que sentiste ese día en la primaria cuando te cortaste con una hoja de papel nunca será igual al dolor de una patada en las nueces, o al del parto Sin embargo, es bien sabido que la muerte por quemaduras, por exponerse directamente al fuego ardiente, es una de las peores que existen ¿Por qué?
Porque es extremadamente dolorosa ¿ Jeanne d’Arc habrá sentido lo mismo que siento yo ahora?
Un pensamiento curioso se deslizó por los recovecos de la mente cansada de Shirou Pero se equivocó Su dolor era peor mucho peor que el experimentado por la famosa heroína francesa en su día.
Después de todo Angra Mainyu no tiene el título de “Todos los Males del Mundo” por nada.
Las llamas convocadas por este dios maligno no solo son avivadas por el oxígeno en el aire, sino también por maldiciones oscuras y poderosas, de esas que se alimentan del más puro odio y rencor que la maldad humana puede producir El fuego que devoraba lentamente a Shirou no solo quemaba su cuerpo, también carcomía su mente, sus recuerdos… Incluso su alma Era una sensación que no tenía nombre.
Un segundo, su existencia tenía peso, textura, un fondo contra el que resonaba su dolor.
Al siguiente, ese fondo cedió.
Como si alguien hubiera cortado los cables que sostenían el telón de su vida, y ahora todo—el miedo, el fuego, el yo—flotara en una nada absoluta Su cuerpo registró la pérdida antes que su mente.
Un escalofrío que venía de los huesos, opuesto al calor de las llamas.
Un vacío súbito en el pecho, como si le hubieran extraído un órgano del que no conocía el nombre.
La agonía del fuego era aguda, definida; esto era distinto, un desprendimiento silencioso, como arena escapando entre los dedos Shirou ya no trataba de aferrarse a nada.
No había nada a qué aferrarse.
Solo quedaba el presente eterno y candente, y la lenta e implacable sensación de que lo que había antes se estaba deshaciendo, no en humo, sino en un olvido tan profundo que ni siquiera dejaba un hueco reconocible.
Era la aniquilación perfecta: hacer que la víctima olvidara que alguna vez tuvo algo que perder La agonía que Jeanne fue solo físico.
¿Pero la suya?
También era mental, espiritual Entonces… Así es como todo termina.
En un lugar desconocido, quemado hasta morir… Una sola lágrima, posiblemente la última que le quedaba, resbaló por su mejilla.
Sus ojos, viendo sin ver, se enfocaron en un cielo oscurecido Que nubes más feas.
No deberían ser negras… Aunque no sé cómo deberían de verse las nubes… Por un instante, uno fugaz y tortuoso a la vez, deseó ver el cielo despejado, recordar cómo se veían realmente las nubes.
Pero incluso ese pequeño destello de interés, de anhelo, fue apagado por la profunda soledad y desesperanza que rodeaban su lecho de muerte Shirou se mantuvo quieto, inmóvil, sufriendo en silencio con la mirada perdida fija en el cielo Sin embargo, su mirada no podía sostener el vacío del cielo por mucho tiempo.
Era arrastrada hacia abajo, hacia el verdadero infierno A pocos metros, una viga carbonizada se había desplomado sobre algo que una vez fue una cama.
De entre los escombros asomaba un brazo, diminuto y frágil, la mano aún cerrada en un puño infantil alrededor de un oso de peluche negro de hollín.
Más allá, la silueta de dos adultos—quizás padres—fundidos en un abrazo final, sus contornos borrosos y mezclados por el calor extremo, formando una única y trágica escultura de ceniza y dolor El aire no solo olía a quemado.
Olía a caramelo.
Un dulzor nauseabundo que Shirou, en su confusión, no pudo identificar como el olor de la grasa humana evaporándose.
Era el perfume del sacrificio masivo, ofrecido a manos de un dios vengativo que solo deseaba ver arder a toda la humanidad por lo que una vez estos mismos le hicieron Esta no era una tragedia natural.
Era una purga.
Un borrón intencional sobre el mapa de la ciudad.
Y él, Shirou, era una última sílaba que el fuego aún no había terminado de tachar En algún momento, largo y corto a la vez, las llamas se atenuaron.
No se convirtieron en brasas, pero ese fuego que solo parecía arder con el resentimiento de los muertos, calmo su intensidad.
El calor disminuyó, el ruido también lo hizo, y gracias a ello Shirou pudo escuchar algo más que el sonido de las llamas Pasos Débiles, lejanos, apresurados Pasos que, su cerebro ya rendido a la esperanza de un descanso final se negó a reconocer como los de una persona, como los de alguien acercándose cada vez más rápido, con más urgencia, con desesperación Hasta que estuvieron justo a su lado y una voz resonó en sus oídos —L-lo encontré… Y-yo encontré a alguien vivo… Unos segundos eternos.
Los pasos se detuvieron.
Shirou esperó el golpe de una viga, el derrumbe final.
No esperó las manos Unas manos—grandes, temblorosas, increíblemente suaves a pesar de la urgencia—lo rodearon.
Lo levantaron del nido de escombros como si fuera de cristal soplado.
El contacto fue un nuevo tipo de agonía, pero también el primer atisbo de alivio: el calor de otro ser vivo que no buscaba hacerle daño —Lo encontré La voz no era un grito.
Era un susurro ronco, cargado de un peso tan inmenso que parecía destrozar la garganta de quien lo emitía.
Una última vez, Shirou entreabrió los ojos, el mundo una mancha de sombras y brillos anaranjados —Dios mío… lo encontré.
Alguien… alguien vivo El hombre que lo sostenía—rostro demarcado por el humo y una pena antiquísima—lo miró.
Y en sus ojos, Shirou no vio lástima.
Vio algo infinitamente más complejo y desgarrador: una rendición Era la mirada de un general que ha perdido todas sus batallas, ha visto morir a todo su ejército, y de pronto encuentra, en el campo de cadáveres, un solo soldado herido que aún respira.
No es una victoria.
Es un perdón.
Un indulto inmerecido contra la lógica del universo —Solo uno… —murmuró el hombre, y una risa extraña, entrecortada por sollozos, le brotó del pecho.
No era una risa de alegría, sino de histeria liberada.
Las lágrimas surcaban caminos limpios en su rostro sucio—.
De todos… solo tú.
Fallé.
Fallé por completo.
Pero… pero a ti… a ti sí Su agarre se ajustó, no con fuerza, sino con una necesidad desesperada.
Acercó a Shirou a su pecho, como si el débil latido del niño fuera un talismán contra todos sus demonios —Te salvaré—dijo, y esta vez su voz fue clara, firme, imbuyéndose de un propósito que había perdido hacía mucho—.
No importa qué.
No importa cómo.
Te salvaré [IMG] En ese instante, Shirou entendió.
La felicidad en ese rostro no era por él, un niño desconocido.
Era por el acto de salvar.
Era la alegría del náufrago que se aferra a un madero, aunque el mar siga infinito.
Este hombre necesitaba salvarlo, como necesitaba aire, porque si no lo hacía, algo en él más profundo que los huesos se convertiría en polvo para siempre Y antes de que la oscuridad lo reclamara por completo, el último pensamiento de Shirou no fue de miedo, ni de dolor Fue de una envidia profunda y triste Qué poderoso debe ser, pensó, tener algo por lo que aferrarse de esa manera.
Qué hermoso y terrible a la vez Luego, el silencio.
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