Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 19 El Equilibrio de los Extremos
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20: Capítulo 19: El Equilibrio de los Extremos 20: Capítulo 19: El Equilibrio de los Extremos Capítulo 19: El Equilibrio de los Extremos Un dolor sordo y generalizado fue la primera cosa que Shirou Emiya reconoció al regresar a la conciencia.
No era el dolor agudo de una herida, sino la profunda y molesta agonía de cada músculo protestando, de cada hueso sintiéndose como cristal con fisuras.
El segundo reconocimiento fue el olor: a tierra mojada, a hierba fresca y a ozono, aún persistentes en el aire como el fantasma de su propio milagro.
Abrió los ojos.
No estaba en su habitación.
Yacía en el futón de la sala de estar, bajo la luz tenue del amanecer del día siguiente que se filtraba por las ventanas.
La visión del techo familiar fue un alivio, pero la figura sentada a su lado, iluminada por la luz dorada del ocaso, le hizo contener la respiración.
Gilgamesh.
No estaba en su trono improvisado, sino en un simple taburete que, no obstante, parecía un trono bajo su postura.
Su cabello dorado caía como una cascada sobre un hombro, y sus ojos de rubí observaban no el jardín exterior, sino sus propias manos.
Sobre la palma de una de ellas, un pequeño frasco de cristal tallado con la forma de una vid contenía un líquido que emitía una luz dorada y tranquila.
De la otra mano, de sus yemas de los dedos, caían gotas minúsculas de esa misma sustancia sobre el pecho de Shirou, justo donde latía el eco quemante de su núcleo.
Donde caían, el dolor más agudo se suavizaba, reemplazado por un calor denso y reparador.
— ¿G-Gil…?— Su voz sonó áspera, como si no la hubiera usado en días.
Los ojos escarlata se desviaron hacia él.
Una sonrisa ligera, no de burla, sino de satisfacción de artista, curvó sus labios— Ah, despiertas.
Para ser la encarnación de un fenómeno, tienes una resistencia lamentablemente mundana, Estrella Errante.
Agotar tu propio Od hasta el punto de la extinción no es dramatismo, es ineptitud.
Shirou intentó incorporarse, pero un leve movimiento de la mano de Gilgamesh, sin tocarlo, lo mantuvo en su lugar con una presión suave pero absoluta en el hombro.
— Quédate quieto.
Este néctar no es más que un recordatorio para tu cuerpo de cómo debe sentirse la vitalidad.
Es el lujo más básico.
Un rey no debe verse postrado en su propio suelo por la belleza que crea— Dejó de gotear y cerró el frasco, que desapareció en un destello de luz— La próxima vez, dosifica tu esplendor.
La obra maestra que se suicida en su primer trazo es una tragedia banal.
Antes de que Shirou pudiera responder, una sombra se interpuso en la luz de la puerta corredera que daba al jardín.
Kiritsugu estaba allí, su silueta recortada contra el cielo anaranjado.
No dijo una palabra.
Su mirada gris y cansada fue primero a Shirou, confirmando que estaba consciente, y luego se clavó en Gilgamesh.
No era una mirada de agradecimiento.
Era la mirada de un hombre observando a un tigre que acaba de curar la pata de un cervatillo que ella misma había aplastado por accidente.
Una evaluación fría, llena de desconfianza y un resentimiento profundo.
Gilgamesh no se volvió, pero su sonrisa se ensanchó un milímetro, como si pudiera sentir la punzada de esa mirada en su espalda.
— El vigilante retorna.
Tu cachorro respira, asesino de magos.
Puedes dejar de rasgarte las vestiduras en la sombra.
Kiritsugu entró en la habitación, ignorándola por completo.
Se arrodilló al otro lado del futón, su mano callosa buscando el pulso de Shirou con una precisión clínica que delataba viejos hábitos.
— ¿Cómo te sientes?— Preguntó, su voz baja y grave.
— Como si me hubieran… repensado por dentro— Musitó Shirou— Pero… mejor.
— No vuelvas a hacer eso— La orden de Kiritsugu era plana, pero el peso detrás era monumental.
No se refería solo al agotamiento.
— Fue… necesario— Eespondió Shirou, y en sus ojos, aún velados por el cansancio, Kiritsugu vio un destello de la misma terquedad que lo había llevado a crear un jardín imposible años atrás.
No era desobediencia.
Era convicción.
Gilgamesh soltó una risita baja— Escúchalo.
El polluelo tiene instinto.
No puedes podar las alas de un fénix y esperar que aún sea algo más que un pollo.
Kiritsugu finalmente alzó la vista hacia ella.
El aire entre ellos se espesó, cargado de un historial de fuego, lodo y traición que Shirou no podía comprender del todo.
— Habla claro— Dijo Kiritsugu, y su voz perdió toda pretensión de civismo.
Era el tono del Emiya Kiritsugu que había enterrado hacía una década— ¿Qué juego juegas?
¿Por qué estás aquí?
Gilgamesh se levantó, estirándose con la elegancia indolente de un gran felino.
La luz del atardecer la envolvió, haciendo que su cabello y su piel parecieran hechos del mismo metal fundido.
— Juego a lo que siempre he jugado, sobreviviente.
A ser la espectadora del drama humano.
Y tu hijo…— Su mirada se posó en Shirou, y esta vez no había diversión, sino una curiosidad insaciable y antigua— Es el personaje más interesante que ha aparecido en este escenario decrépito en siglos.
Una anomalía que camina.
Un milagro que respira.
No “juego” con él.
Lo observo.
Y me aseguraré de que ningún dogma mezquino, ni ningún miedo paternal mal entendido, le corte las alas antes de tiempo.
Porque si lo hace, sería un crimen contra el potencial mismo.
Y yo castigo los crímenes contra la belleza del caos.
Era una declaración de intenciones, un derecho de propiedad arrogante.
Kiritsugu la sostuvo la mirada, y en sus ojos, Shirou vio el cálculo rápido de un hombre que pesaba probabilidades de supervivencia, de amenazas, y encontraba todas las balas en su revólver lamentablemente inútiles.
— Si le pasa algo…— Comenzó Kiritsugu, pero Gilgamesh lo interrumpió con una carcajada de desdeñosa diversión.
— ¿Qué?
¿Qué harás, Magus Killer?
¿Dispararme con tu juguete de pólvora?
¿Usar ese magecraft contra el tiempo que te carcome por dentro?— Su risa se apagó, y su expresión se volvió serena y terrible— Tu utilidad en esta obra terminó hace diez años.
Ahora eres un accesorio del escenario.
Actúa como tal.
Cuida el telón.
Pero no interfieras con la actuación principal.
Sin esperar respuesta, salió al jardín, dejando a padre e hijo en un silencio cargado de impotencia y preguntas sin respuesta.
* * * La mañana siguiente llegó con la visita de una tormenta, pero no meteorológica.
Shirou, aún débil pero capaz de moverse, estaba tomando un té amargo que Kiritsugu había preparado— una mezcla de hierbas que olía a hospital y a preocupación— cuando el timbre sonó con una insistencia que solo podía significar una cosa.
Kiritsugu, con un movimiento rápido y silencioso, desapareció hacia las partes traseras de la casa como un fantasma.
La orden era tácita pero clara: No debe saber que estoy aquí.
Fue Shirou quien, con paso tambaleante, abrió la puerta.
Rin Tohsaka estaba en el umbral, pero no era la Rin impecable y controlada de la escuela.
Su cabello estaba ligeramente desordenado por lo que parecía haber sido una carrera, sus ojos azules brillaban con una mezcla de preocupación e ira contenida, y en su mano derecha sostenía un cristal de diagnóstico que pulsaba con una luz ansiosa y rojiza.
— ¡Emiya!— Exclamó, sin preámbulos— ¿Estás consciente?
¿Íntegro?
¿Qué demonios pasó anoche?
¡La onda de resonancia mágica que salió de aquí hizo saltar todos mis cristales de alarma y casi funde el sensor de anomalías que tengo en el tejado!
— Tohsaka, cálmate…— Trató de decir Shirou, pero ella ya había pasado de largo, entrando en la casa con la autoridad de una general inspeccionando el campo de batalla.
Y se detuvo en seco.
Gilgamesh estaba recostada en el umbral de la puerta que llevaba al comedor, con un brazo apoyado en el marco.
Llevaba un sencillo yate de seda roja que, en ella, parecía un traje de gala, y su cabello dorado caía libre sobre sus hombros.
No hizo ningún movimiento amenazante.
Solo estaba allí, observando a la recién llegada con una expresión de divertido reconocimiento, como si hubiera estado esperando este encuentro.
Rin se quedó helada.
Todos sus sentidos de maga, afinados por años de entrenamiento y paranoia, gritaron a la vez.
No había un aura mágica detectable, no había un despliegue de poder.
Pero había… presencia.
Una cualidad aplastante, innata, de absoluta y arrogante soberanía que llenaba la habitación más que cualquier hechizo.
Era como estar frente a un acantilado dorado e infinito.
El instinto de Rin, más agudo que su conocimiento, le susurró una palabra: Peligro.
Peligro de una magnitud diferente a cualquier monstruo o hechizo que hubiera estudiado.
— ¿Y tú… quién eres?— Preguntó Rin, y su voz, por primera vez desde que Shirou la conocía, no tenía rastro de irritación o seguridad.
Era cauta, midiendo el terreno.
— Yo— Respondió Gilgamesh, con una voz melosa y peligrosa— Soy la razón por la que este fascinante caos ambulante llamó a tu puerta, pequeña maestra.
La chispa que encendió la mecha.
Puedes considerarme su Guía.
Rin parpadeó.
“Guía”.
La palabra resonó con una implicación que la hizo fruncir el ceño— ¿Tú… tú lo enviaste a mí?
— ¡Indirectamente!— Gilgamesh rió, como si hubieran compartido un chiste— Le indiqué que necesitaba bases.
Y tú, en tu adorable ortodoxia, eres la fábrica de bases más competente en este rincón del mundo.
Así que, en cierto modo, trabajas para mí.
Enseñas lo que yo considero necesario que aprenda.
La sangre subió al rostro de Rin.
No era vergüenza, era indignación pura— ¡Yo no “trabajo” para nadie!
¡Y mucho menos para… para una…!
— ¿Para una qué?— Preguntó Gilgamesh, inclinándose ligeramente hacia adelante, y sus ojos escarlata parecieron brillar con un interés malicioso— ¿Para una entidad cuyo mero aspecto te dice que estás fuera de tu liga, heredera Tohsaka?
Relájate.
Tu función es valiosa.
Eres el yunque donde se forjará el acero.
Yo soy el fuego que lo calienta.
Sin el yunque, el acero se desparrama.
Sin el fuego…— Hizo un gesto despectivo hacia Shirou— Sigue siendo un pedazo de metal frío e inútil.
Ambos somos necesarias.
Pero no… equivalentes.
Era una declaración de guerra diplomática.
Rin apretó los puños, tragándose la furia.
Había demasiadas incógnitas, demasiado poder latente en esa mujer.
Atacar sería una idiotez.
Pero ceder… no era una opción.
— Shirou— Dijo Rin, desviando su mirada de Gilgamesh como si fuera un sol del que no podía mirar fijamente— El círculo.
Debiste haber usado uno ¿no?
Muéstramelo.
Shirou, con una sonrisa torcida y sintiéndose como un pedazo de carne en una discusión de leones, la guió hasta el centro del salón, donde la madera del suelo estaba permanentemente chamuscada en un patrón complejo y monstruoso.
Rin se arrodilló, pasando los dedos a centímetros de las marcas.
Su cristal de diagnóstico zumbó con furia.
— Esto… esto es una abominación— Susurró, su ira dando paso al asombro y horror— Patrones de proyección básica… entrelazados con sellos de contención inversa, símbolos de realidad imaginaria… ¡Es como si hubieras tomado diez libros de escuelas mágicas distintas, los hubieras arrancado y pegado al azar!
¡Este círculo no debería hacer nada!
¡Debería haber explotado y llevado toda la casa contigo!
— Y sin embargo,— La voz cantarina de Gilgamesh llegó desde detrás— hizo un jardín.
Un jardín vivo.
¿No es eso más interesante que una explosión?
Rin se levantó, enfrentándose a Gilgamesh— ¡Es imprudente!
¡Es una herejía metodológica!
¡Sin una Fundación sólida, sin seguir los principios, lo único que creas son accidentes esperando a matar a alguien!
— ¡Precisamente!— Gilgamesh aplaudió, encantada— ¡Los accidentes son la sal de la existencia!
Lo predecible es aburrido.
Él no necesita tu Fundación, niña.
Él es una Fundación andante.
Una nueva.
Y las reglas las escribe sobre la marcha.
— ¡Eso no es poder, es un trastorno mágico!— Gritó Rin, volviéndose hacia Shirou— ¡Si sigues por este camino, o la Asociación te notara, o te matarás a ti y a todos a tu alrededor sin querer!
Shirou había estado escuchando en silencio, el peso de ambas perspectivas aplastándolo.
La lógica fría y protectora de Rin.
La llamada arriesgada y gloriosa de Gilgamesh.
Ambas tenían razón.
Ambas estaban equivocadas.
— Entonces…— Dijo, y su voz, débil pero clara, cortó la discusión— ¿Por qué no ambos?
Rin y Gilgamesh lo miraron, cada una con un escepticismo diferente.
— Aprendo contigo, Tohsaka— Continuó Shirou, mirando a Rin— La teoría, los círculos correctos, el control.
Todo.
Para tener… unos cimientos.
Para no volverme loco o explotar— Luego, giró la cabeza hacia Gilgamesh— Y a veces, contigo… experimento.
Intento… hacer que pase lo que quiero que pase, no lo que dicen los libros.
En un sitio seguro.
Controlado.
Para ver… qué soy en realidad.
La propuesta cayó en un silencio atónito.
Rin la rompió primero— ¿Estás sugiriendo una… una tutoría dual?
¿Con ella?
¡Es una locura!
— Es practico— Replicó Shirou, con una chispa de su propia terquedad asomando en una sonrisa— Tú misma dijiste que mi poder no sigue las reglas.
Tal vez… necesito aprender las reglas para saber mejor cómo romperlas cuando haga falta.
Gilgamesh lo observó, y en sus ojos apareció un brillo de un orgullo perverso y genuino— El polluelo tiene más visión que la gallina de escuela.
Acepto.
Seré el fuego que moldea lo que el yunque prepare.
Será… entretenido ver cómo se equilibra en la cuerda floja.
Rin miró a Shirou, luego a la sonrisa insufrible de Gilgamesh, luego de nuevo a Shirou.
Vio la determinación en sus ojos.
La misma que la había hecho aceptarlo como alumno.
Suspiró, una exhalación larga y cansada de quien acepta una derrota táctica para ganar la guerra.
— Está bien— Concedió, cada palabra un esfuerzo— Pero yo establezco el plan de estudios.
Yo decido cuándo ha aprendido lo suficiente de un tema para… “experimentar”.
Y si veo el más mínimo riesgo de autodestrucción, esto se termina.
¿Claro?
— Como el cristal, pequeña tutora— Dijo Gilgamesh, con una inclinación de cabeza burlona.
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