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Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 Capítulo 21 La Despedida de un Padre
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22: Capítulo 21: La Despedida de un Padre 22: Capítulo 21: La Despedida de un Padre Capítulo 21: La Despedida de un Padre El brazo de Shirou Emiya era un monumento a la imprudencia.

Enyesado desde el codo hasta la mitad de la mano, con solo los dedos asomando como testigos de la catástrofe, colgaba en un cabestrillo improvisado que Taiga le había hecho con una bufanda vieja.

Cada vez que lo miraba, una mezcla de frustración y orgullo tonto le retorcía el estómago.

Había sido estúpido, sí.

Pero también, por un instante, había sentido ese poder dorado corriendo por sus venas.

Mana Overdrive.

El nombre, acuñado por Gilgamesh con esa arrogancia suya, resonaba en su mente como una promesa lejana.

Gilgamesh se había negado rotundamente a usar cualquier poción o artefacto de su tesoro para acelerar la recuperación.

Cuando Rin, aún furiosa por la imprudencia, se lo había exigido, la Reina había respondido con una sonrisa que helaba la sangre: — Mi pequeño errante tiene que aprender a sufrir por sus errores, niña.

Solo así mejorará en el futuro.

Este rey no puede consentirlo en cada paso del camino, o se arruinará el espectáculo.

Un diamante no se pule con mimos, sino con fricción.

Rin había bufado, llamado a Gilgamesh “bruja insensible” y se había marchado con la promesa de regresar en unos días con más teoría, ahora que Shirou no podría hacer travesuras con las manos.

Pero Shirou sabía que, en el fondo, incluso Rin reconocía la lógica perversa de aquellas palabras.

Ahora, una semana después, Shirou estaba sentado en el suelo del salón de la Villa Emiya, con el brazo en cabestrillo y el ceño fruncido en una expresión de incredulidad creciente.

Frente a él, Kiritsugu Emiya estaba terminando de cerrar una vieja maleta de cuero desgastado.

Ropa oscura, algunos artilugios metálicos envueltos en paños, y un estuche alargado que Shirou sabía que contenía el rifle que su padre había jurado no volver a usar.

— ¿Te vas?— La voz de Shirou cortó el aire, más afilada de lo que pretendía.

Kiritsugu no se volvió.

Siguió ajustando las correas de la maleta con una calma que solo aumentaba la irritación de Shirou.

— Sí.

Tengo que hacer un viaje.

— ¿Otro?— Shirou se puso de pie de un salto, el movimiento brusco haciendo que su brazo enyesado se balanceara incómodamente— Siempre haces esto.

Cada año, más o menos por esta época, te vas.

Durante semanas.

A veces meses.

Y yo me quedo aquí, con Taiga, esperando a que vuelvas hecho un fantasma.

Kiritsugu guardó silencio por un momento, sus manos deteniéndose sobre la maleta.

Luego, lentamente, se volvió.

Sus ojos grises, siempre cansados, encontraron los de Shirou.

— Las cosas que tengo que hacer no pueden esperar.

— ¿Pero justo ahora?— Shirou dio un paso adelante, señalando su brazo enyesado con el otro—.

¿Ahora también te vas?

¿Me dejas solo, así, con esto?

¿Con ella?

Su dedo acusador señaló hacia el sillón donde Gilgamesh estaba recostada con la elegancia indolente de una gata en un trono.

Vestía un sencillo vestido rojo que, en ella, parecía la túnica de una emperatriz.

En una mano sostenía una copa de vino— aparecida de quién sabe dónde— y en sus labios florecía una sonrisa de puro deleite, como si la discusión familiar fuera el mejor de los espectáculos.

— Mira,— Continuó Shirou, su tono volviéndose teatral, casi infantil en su exasperación— no soy estúpido.

He notado cómo la miras, papá.

Cómo te tensas cuando ella está cerca.

Cómo eliges cada palabra con cuidado, como si caminaras sobre hielo fino.

Desconfías de ella.

Mucho.

Kiritsugu no negó.

Simplemente sostuvo la mirada de su hijo, impasible.

— Y ahora,— Shirou alzó la voz, gesticulando con su brazo bueno hacia Gilgamesh— ¿Piensas dejarme solo durante meses con esa… esa malvada y sospechosa reina?

¿Quién sabe si un día me comerá solo por mirarla feo?

Hubo un instante de silencio absoluto.

Luego, una carcajada clara y musical rompió la tensión como un cristal.

Gilgamesh se reía.

De verdad.

No era su risita burlona habitual, sino una carcajada genuina, amplia, que hacía que sus ojos escarlata brillaran con un fulgor peligroso y divertido a la vez.

— ¡Oh, mi pequeña Estrella Errante!— Exclamó, llevándose una mano al pecho— ¡Qué audacia!

¡Qué deliciosa insolencia!

Llamarme “malvada” en mi propia cara…— Se levantó del sillón con una gracia felina y se acercó lentamente a Shirou, que instintivamente dio medio paso atrás— Deberías tener cuidado con esas predicciones, pequeño.

Porque podría, efectivamente, “comerte” algún día.

Se detuvo frente a él, tan cerca que Shirou podía sentir el calor que emanaba su cuerpo y el aroma dulce y pesado del vino en su aliento.

Inclinó la cabeza, sus ojos escarlata recorriéndolo de arriba abajo con una lentitud deliberada.

Luego, sus labios se curvaron en una sonrisa seductora, y su lengua asomó para lamer su labio superior con una lentitud obscena.

— Pero no de la manera que tú piensas, pequeño inocente.

Shirou se quedó petrificado.

El calor le subió a las mejillas como un incendio.

Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, pero solo emitió un sonido incoherente.

Sus ojos suplicantes se clavaron en Kiritsugu con una desesperación cómica.

Kiritsugu, por su parte, observó toda la escena con una expresión que era una mezcla de cansancio infinito, resignación y, apenas perceptible, una chispa de algo parecido a la diversión.

Suspiró.

Un suspiro largo y profundo, como el de un hombre que ha visto demasiado y ya nada le sorprende.

— Shirou— Dijo, y su voz, grave y calmada, cortó el momento— Siéntate.

Había algo en su tono que no admitía discusión.

Gilgamesh, satisfecha con su actuación, se retiró a su sillón con una sonrisa de triunfo, cruzando las piernas y adoptando de nuevo su pose de espectadora real.

Shirou, aún sonrojado y confundido, obedeció, dejándose caer en el suelo frente a su padre.

Kiritsugu se sentó también, en el borde de la mesa baja, enfrentando a su hijo.

Sus manos, esas manos que habían matado a tantos, descansaban quietas sobre sus rodillas.

— Desde que ella llegó,— Comenzó, sin necesidad de señalar a Gilgamesh— he tenido mucho tiempo para pensar.

Para observar.

Y para llegar a una conclusión que he estado negándome a aceptar durante años.

Shirou frunció el ceño— ¿Qué conclusión?

— Que mi presencia aquí, en tu vida, te está limitando.

La declaración cayó como un peso muerto entre ellos.

Shirou negó con la cabeza, instintivamente.

— Eso no es cierto.

Tú me enseñaste… — Te enseñé lo que pude— Lo interrumpió Kiritsugu, con una suavidad inusual en él— Te di un hogar.

Te mostré lo que significaba soñar con ser un héroe.

Pero no puedo enseñarte a serlo.

No de la manera que necesitas.

Hizo una pausa, sus ojos grises perdiéndose por un momento en un punto lejano de la habitación.

— He estado investigando.

Preparándome.

Y he llegado a comprender algo inevitable: tú, lo queramos o no, vas a terminar participando en la Quinta Guerra del Santo Grial Shirou sintió un escalofrío.

La Guerra.

Las visiones.

Los Servants.

Todo aquello que había visto en fragmentos caóticos, ahora nombrado con la voz tranquila de su padre.

— No puedo evitarlo— Continuó Kiritsugu— Está escrito en las líneas ley de esta ciudad.

En tu propio ser.

Y yo…— Su voz vaciló por primera vez— Yo no voy a estar allí para protegerte.

— ¿Por qué no?— La pregunta de Shirou fue inmediata, cargada de una negación infantil— Puedes entrenarme.

Puedes enseñarme lo que sabes.

Podemos… — No puedo— Kiritsugu negó con la cabeza, y en sus ojos había una tristeza antigua, profunda, que Shirou no había visto antes— La última guerra… me dejó algo.

Una maldición.

Una herida que no sana.

No tengo mucho tiempo, Shirou.

Y lo que me queda, tengo que usarlo sabiamente.

El silencio que siguió fue denso, aplastante.

Shirou quería gritar, negar, aferrarse a su padre como cuando era mas pequeño y las pesadillas del incendio lo despertaban.

Pero algo en la mirada de Kiritsugu le decía que la lucha era inútil.

Que esto no era una decisión, sino una aceptación.

— Por eso me voy— Dijo Kiritsugu, levantándose y volviendo a su maleta— Porque hay algo que puedo hacer.

Algo que debo hacer.

Para darte una oportunidad.

Un aliado Shirou se levantó de nuevo, su brazo bueno extendiéndose como si pudiera detener a su padre con solo un gesto.

— ¡No es cierto!— Insistió, su voz quebrándose como la de un niño obstinado que no quiere soltar la mano de sus padres— ¡Aunque fuera verdad, sería mejor que te quedaras!

¡Puedes entrenarme!

¡Puedes ayudarme!

¡Puedes… — Shirou.

El nombre, dicho con esa calma terrible, lo detuvo en seco.

Kiritsugu se volvió, y por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa apareció en su rostro.

Era pequeña, cansada, pero genuina.

Una de esas sonrisas raras que Shirou atesoraba en su memoria.

— Eso es justo lo que voy a hacer— Dijo— En este viaje, voy a dar todo lo que pueda para ayudarte.

En todo lo que no pueda hacer por ti cuando ya no esté.

Shirou parpadeó, confundido.

No entendía.

¿Cómo podía ayudar yéndose?

¿Cómo podía dar algo estando lejos?

— Confía en mí— Dijo Kiritsugu, y esa simple frase, dicha con el peso de años de silencios, hizo que Shirou tragara todas sus objeciones— Una vez más.

Confía en que sé lo que hago.

Hubo un largo momento de silencio.

Gilgamesh, desde su sillón, observaba con una expresión que, por una vez, no era de burla.

Había algo parecido al respeto en sus ojos escarlata.

Respeto por un hombre que, sabiéndose muerto, aún luchaba por dejar algo más que cenizas tras de sí.

Finalmente, Shirou asintió.

Un movimiento pequeño, casi imperceptible.

Kiritsugu respondió con una inclinación de cabeza, cerró su maleta, y se dirigió a la puerta.

Antes de cruzar el umbral, se detuvo.

Sin volverse, dijo: — Cuida de Taiga.

Y de la casa.

Y de ti mismo— Hizo una pausa— Y de ella…— Su voz tuvo un dejo de ironía— no dejes que te “coma”.

Shirou sintió el calor subir a sus mejillas de nuevo.

Kiritsugu salió, y el sonido de sus pasos se perdió en el camino de entrada.

El silencio se instaló en la casa.

Shirou se quedó mirando la puerta cerrada, con el brazo enyesado colgando a un lado y el corazón hecho un nudo.

— Qué conmovedor— La voz de Gilgamesh rompió el silencio, pero esta vez no tenía filo— Ese hombre, a su manera retorcida, te ama.

Casi tanto como odia el mundo que lo hizo así.

Shirou no respondió.

Solo siguió mirando la puerta.

— No te preocupes, pequeña estrella— Continuó Gilgamesh, levantándose y acercándose a él— Tu padre no es tan débil como parece.

Y aunque lo fuera…— Posó una mano enguantada en el hombro sano de Shirou, con una presión que pretendía ser reconfortante— ahora me tienes a mí.

Y un rey no abandona a sus tesoros.

Shirou la miró.

Por primera vez, detrás de esa arrogancia insoportable, vislumbró algo que podría ser… ¿lealtad?

¿Compasión?

¿Cariño?

No lo sabia — Ahora— Dijo Gilgamesh, retirando la mano y volviendo a su aire de suficiencia habitual—, si has terminado de hacer pucheros, deberías ir a la cocina.

Esa hermana tuya seguro que ya está preparando algo grasiento para “animarte”.

Y yo, como reina, debo supervisar que no envenene a mi anfitrión.

Salió de la habitación con un swish de su vestido rojo, dejando a Shirou solo con sus pensamientos y el eco de las palabras de su padre.

“Voy a dar todo lo que pueda para ayudarte”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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