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Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 Capítulo 22 La Niña en el Pozo
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23: Capítulo 22: La Niña en el Pozo 23: Capítulo 22: La Niña en el Pozo Capítulo 22: La Niña en el Pozo El aire en el sótano de la mansión Matou era espeso, húmedo, con un hedor dulzón y nauseabundo que se pegaba a la garganta como una caricia putrefacta.

No había luz más allá de un tenue resplandor verdoso que emanaba de las paredes mismas, un fulgor bioluminiscente que revelaba el horror con la delicadeza de un cirujano abriendo una herida.

El suelo no era suelo.

Era un mar de cuerpos retorcidos, una masa viva y ondulante de gusanos que se arrastraban unos sobre otros en un banquete perpetuo de carne y desesperación.

Y en el centro de ese mar, emergiendo como un cadáver de un naufragio, estaba Sakura Matou.

O lo que quedaba de ella.

El cabello, otrora de un morado oscuro y sedoso, colgaba ahora como algas muertas, pegado a un rostro de porcelana rota.

Sus ojos, abiertos, no miraban nada.

Eran dos abismos violetas donde la luz se perdía sin reflejo.

Su cuerpo desnudo, cubierto de una fina capa de baba y pequeñas mordeduras, temblaba con espasmos involuntarios cada vez que una nueva oleada de gusanos penetraba su carne para depositar su carga de odio y mutación.

No gritaba.

Hacía años que había olvidado cómo.

Dolor.

La palabra ya no significaba nada.

El dolor era el aire que respiraba.

El dolor era el latido de su corazón, el único testigo de que aún estaba viva.

Un corazón que latía con un único propósito: seguir latiendo, porque detenerse sería peor.

Porque si se detenía, su conciencia quedaría atrapada para siempre en ese infierno, consciente pero inerte, un testigo eterno de su propia descomposición.

‘A veces, quiero morir’.

El pensamiento llegaba cada noche, como un amante fiel.

La imagen de un cuchillo, de un veneno, de cualquier cosa que detuviera el latido.

Pero incluso ese deseo era un lujo.

Porque si moría, él encontraría la manera de traerla de vuelta.

O peor, la conservaría así, consciente en un cuerpo inerte, para siempre.

Para.

Siempre.

‘Pero no puedo.

No puedo morir.

Porque si muero, él gana’.

Era un pensamiento absurdo, una rebelión diminuta en un océano de sumisión.

La única victoria posible era seguir existiendo, aunque esa existencia fuera un infierno.

Negarle a Zouken la satisfacción de verla quebrarse del todo.

Aunque cada día, cada hora, cada segundo, ella sentía que un pedazo más de sí misma se desprendía y caía al abismo.

‘¿Por qué yo?’ La pregunta, vieja como su condena, emergió de las profundidades.

No era un lamento.

Era un arañazo en la pared de su celda mental, una y otra vez, hasta que las uñas sangraban.

‘¿Por qué yo y no ella?’ Rin.

El nombre de su hermana apareció en su mente como una llama en una noche sin luna.

Y como siempre, la llama trajo consigo dos sentimientos opuestos, imposibles de conciliar, que la desgarraban por dentro más que cualquier gusano.

El primero era odio.

Un odio tan puro, tan cristalino, que dolía más que los gusanos.

Rin se había quedado con todo.

Con el amor de su padre.

Con el orgullo de su madre.

Con el apellido Tohsaka, con la herencia, con la libertad.

Rin había crecido en una casa limpia, con clases de magecraft y tazas de té caliente.

Rin nunca había conocido este sótano.

Nunca había sentido cómo era ser un objeto, una herramienta, un recipiente vacío al que llenar con la podredumbre de un linaje muerto.

‘¿Por qué tú sí y yo no?

¿Qué hice yo para merecer esto?

¿Qué hizo ella para merecer aquello?’ La injusticia era un ácido que le corroía el alma.

A veces, en sus momentos más oscuros, imaginaba a Rin en su lugar.

La veía retorcerse entre los gusanos, oía sus gritos, disfrutaba de su sufrimiento con una sonrisa cruel.

Y en esos momentos, se odiaba a sí misma más que a nada.

Porque inmediatamente después venía el segundo sentimiento: amor.

Un amor profundo, irracional, que negaba todo lo anterior.

Rin era su hermana.

La única persona en el mundo que, quizás, en algún rincón de su memoria infantil, la había querido de verdad.

Rin le sonreía cuando eran pequeñas.

Rin compartía sus juguetes.

Rin la defendía de los niños crueles.

‘No.

No.

No es culpa de Nee-san.

Ella no tuvo elección.

Ella no sabe.

Ella no puede saber’ El pensamiento se repetía como un mantra, ahogando el odio, enterrándolo en el fondo del pozo.

Pero el odio siempre resurgía.

Como los gusanos.

Como todo en este lugar.

‘Lo siento, Nee-san.

Lo siento.

No quiero odiarte.

No quiero.

Pero a veces… a veces no puedo evitarlo’ Una lágrima solitaria, la primera en mucho tiempo, recorrió su mejilla sucia antes de ser absorbida por la masa de gusanos que la rodeaban.

Fue entonces cuando la puerta del sótano se abrió con un chirrido de metal oxidado.

La luz de una vela, temblorosa y anaranjada, penetró la penumbra verdosa, proyectando sombras retorcidas sobre las paredes.

Una figura emergió de las escaleras, avanzando con paso lento y pausado, apoyándose en un bastón que golpeaba la piedra con un sonido seco y regular.

Tock.

Tock.

Tock.

El corazón de Sakura dio un vuelco.

No de esperanza.

De terror puro, primigenio.

El terror de la presa cuando huele al depredador.

Zouken Matou.

El anciano— si es que se le podía llamar así— se detuvo al borde del pozo, observando el mar de gusanos con la mirada de un granjero contemplando su cosecha.

Su cuerpo encorvado, su piel apergaminada, sus ojos amarillos y acuosos… todo en él rezaba decrepitud.

Pero Sakura sabía la verdad.

Bajo esa cáscara podrida se escondía una voluntad de hierro, una maldad antigua que había sobrevivido a siglos.

Zouken no era un hombre.

Era una idea.

La idea de que el sufrimiento podía ser eterno.

— Mi querida Sakura— Dijo, y su voz era como el roce de alas de polilla, seca y aterciopelada— Veo que los pequeños te hacen compañía.

Qué conmovedor.

Sakura no respondió.

No podía.

Sus cuerdas vocales, como el resto de su cuerpo, le pertenecían a él.

Solo sus ojos, esos abismos violetas, se movieron ligeramente para enfocarlo.

No había odio en ellos.

Hacía tiempo que el odio se había vuelto demasiado pesado para sostenerlo.

Solo había… espera.

La espera de la siguiente orden.

Zouken sonrió, una mueca que mostraba encías negras y unos pocos dientes amarillentos.

— He tenido un día interesante, querida.

Descubrí algo… curioso.

Se inclinó sobre el borde del pozo, como un abuelo contando un secreto a su nieta favorita.

— ¿Recuerdas al Magus Killer?

Kiritsugu Emiya.

El hombre que quemó el Grial en la última guerra— Su voz se volvió juguetona, maliciosa— Pues resulta que nuestro querido asesino no está tan muerto como todos creían.

Ha estado viviendo aquí, en Fuyuki, todo este tiempo.

Criando a un hijo bajo nuestras mismísimas narices.

Sakura no reaccionó.

Kiritsugu Emiya.

El nombre no le decía nada.

Pero algo en las palabras de Zouken, en el tono, le hizo pensar que aquello era importante.

— Lo más divertido— Continuó Zouken, riendo entre dientes— Es que, de todas las familias de magos con influencia en esta ciudad, probablemente la única que no se enteró de esto fue esa mocosa de Tohsaka.

Tu hermanita, tan orgullosa, tan segura de sí misma… y tan increíblemente ignorante.

Rin.

El nombre actuó como una descarga eléctrica.

Sakura sintió un espasmo recorrer su cuerpo, un estremecimiento mínimo, casi imperceptible.

Pero Zouken lo notó.

Zouken lo notaba todo.

Su sonrisa se ensanchó.

— Ah, ¿ves?

Aún te queda algo de sentimiento por ella.

Qué enternecedor.

No te preocupes, querida.

No pienso hacerle daño a tu hermana.

Al menos, no todavía.

Se apartó del borde y comenzó a pasear lentamente alrededor del pozo, el bastón marcando el ritmo.

— Pero lo que realmente me intriga, lo que despertó mi interés, fue una onda mágica que detecté hace una semana.

Algo… inusual.

Algo que no encajaba con nada conocido— Se detuvo, sus ojos amarillos fijos en Sakura— ¿Y sabes de dónde provenía?

De la residencia de los Emiya.

Sakura parpadeó.

Una onda mágica.

De la casa de ese chico.

— Resulta,— Prosiguió Zouken, saboreando cada palabra— que el hijo del Magus Killer no es un simple niño mundano.

Tiene potencial.

Mucho potencial.

Unos circuitos de una calidad y cantidad que harían palidecer a más de un linaje establecido— Su voz se volvió un susurro— Y yo quiero saber más.

La anciana criatura se detuvo frente a Sakura, mirándola desde arriba con esos ojos de pez muerto.

— Tú conoces a ese chico, ¿verdad?

El tal Shirou Emiya.

Va a tu academia.

No era una pregunta.

Era una orden disfrazada.

Sakura sintió la presión de su voluntad, como una mano invisible apretándole la garganta.

Las palabras salieron de su boca sin que ella pudiera controlarlas, mecánicas, vacías.

— Es un senpai… Lo he visto… algunas veces.

No sé mucho de él.

Zouken chasqueó la lengua, decepcionado.

— Eso no es suficiente, querida.

Necesito más.

Su personalidad.

Su carácter.

Si le ha ocurrido algo recientemente.

Piensa.

Usa esa cabecita que tanto esfuerzo me costó llenar de mis pequeños.

La presión aumentó.

Sakura sintió que su mente, adormecida por años de tortura, se veía forzada a despertar, a buscar recuerdos, a procesar información.

Era como mover un músculo atrofiado.

Dolía.

Pero obedecer dolía menos que desobedecer.

— Es…— Comenzó, la voz ronca por el desuso— He oído a otros hablar de él.

Dicen que es… amable.

Que ayuda a todos.

Que siempre sonríe.

Como si no tuviera… problemas.

Una pausa.

Un recuerdo emergió de la niebla.

— Pero… esta semana… algo le pasó.

Zouken se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con avidez.

— ¿Sí?

Dime.

— Faltó… los primeros días.

Y cuando volvió… —Sakura tragó saliva, el esfuerzo de hablar casi insoportable— Tenía el brazo… enyesado.

Hasta el codo.

No parecía… una fractura normal.

Silencio.

Zouken se irguió, su expresión pensativa.

Sus dedos, largos y huesudos, tamborilearon sobre el puño de su bastón.

— Enyesado…— Murmuró— Interesante.

Muy interesante.

Se apartó del borde del pozo, sumiéndose en sus reflexiones.

Sakura observó cómo su figura encorvada se movía en la penumbra, una silueta de pesadilla.

Sabía que estaba tramando algo.

Sabía que aquella información, por trivial que pareciera, estaba siendo procesada por esa mente antigua y retorcida.

‘Lo siento’, Pensó Sakura, dirigiendo el pensamiento hacia un destinatario ausente.

‘Lo siento, Shirou Emiya.

Quienquiera que seas.

Lo siento.’ Zouken se detuvo.

Una sonrisa lenta, horrible, se extendió por su rostro.

— Una onda mágica anómala.

Un brazo roto en circunstancias misteriosas.

Un padre que se ausenta con frecuencia— Se volvió hacia Sakura, y en sus ojos amarillos bailaba una luz de diversión sádica— Creo, mi querida Sakura, que ha llegado el momento de que cumplas con una de las funciones para las que te preparé.

El corazón de Sakura, ese órgano que latía por inercia, dio un vuelco.

— Según mis fuentes— Continuó Zouken, acercándose lentamente— El Magus Killer ha emprendido un viaje.

Su hijo está solo en esa gran casa, con un brazo inútil y, probablemente, un profundo aburrimiento— Se detuvo frente a ella, inclinándose hasta que su rostro estuvo a escasos centímetros del de ella.

El olor a podredumbre era abrumador— Un joven en su situación… seguro que apreciaría la compañía de una chica adorable como tú, ¿no crees?

Sakura sintió que el mundo se detenía.

— Te acercarás a él— Ordenó Zouken, y su voz ya no era un susurro, sino una sentencia— Te ganarás su confianza.

Descubrirás qué le pasó en ese brazo.

Descubrirás la naturaleza de esa onda mágica.

Y, sobre todo…— Su sonrisa se ensanchó hasta lo grotesco— Te convertirás en sus ojos.

En sus oídos.

En su sombra.

Y cuando yo lo decida, serás su perdición.

No había elección.

Nunca la había habido.

Sakura asintió, un movimiento mínimo, apenas una inclinación de cabeza.

— Buena niña— Dijo Zouken, enderezándose y dándole la espalda— Descansa, querida.

Mañana empieza tu nueva misión.

Se alejó hacia las escaleras, su bastón marcando el ritmo.

Tock.

Tock.

Tock.

La puerta se cerró.

La oscuridad verdosa volvió a ser total.

Los gusanos reanudaron su danza macabra sobre su piel.

Sakura Matou, la niña que había olvidado cómo sonreír, la niña que había enterrado su alma en un pozo de gusanos, sintió algo que no había sentido en años.

Miedo.

No por ella.

Por él.

Por ese chico amable y de sonrisa casi perpetua.

Porque él no sabía lo que se le venía encima.

No sabía que una sombra con forma de niña de cabello morado y ojos vacíos estaba a punto de cruzarse en su camino.

‘Lo siento’, Pensó de nuevo, y esta vez las palabras tenían un destinatario mucho mas claro.

‘Lo siento, Shirou Emiya.

No quería.

Pero nunca he podido elegir.’ Una lágrima, la segunda en mucho tiempo, cayó sobre el mar de gusanos.

Y en el silencio del sótano, solo el hambre de las criaturas respondió a su llanto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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