Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Capítulo 23 El Ángel en el Piano
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24: Capítulo 23: El Ángel en el Piano 24: Capítulo 23: El Ángel en el Piano Capítulo 23: El Ángel en el Piano La luz del alba aún no había teñido el cielo cuando Sakura Matou abandonó la mansión Matou.
Lo hizo como siempre: en silencio, con pasos rápidos pero contenidos, como un animal pequeño que cruza un claro sabiéndose observado por depredadores invisibles.
El aire fresco de la mañana golpeó su rostro, y por un instante —un instante breve, casi insignificante— sintió que podía respirar.
‘Qué ironía’ Pensó mientras caminaba hacia la estación.
‘Salir de una tumba para entrar en otra, y llamar a esto “libertad”’ La academia Homurahara era, para ella, un concepto extraño.
Un lugar donde los jóvenes reían, estudiaban, se enamoraban, vivían.
Ella también reía, a veces.
Había aprendido a imitar la sonrisa, a fingir la normalidad.
Era una habilidad de supervivencia más.
Pero por dentro, en los espacios que los Crest Worms no habían devorado del todo, sabía que aquello era una farsa.
Un espejismo.
Una mentira necesaria para no volverse loca del todo.
‘¿O ya lo estoy?’ La pregunta la acompañó durante todo el trayecto, un susurro constante en el fondo de su mente.
¿Cuándo cruzó la línea entre “persona que sufre” y “sufrimiento personificado”?
¿Existía siquiera una línea?
¿O había sido siempre esto, desde el principio, desde que su padre la entregó como un objeto a cambio de nada?
El andén de la estación estaba vacío a esas horas.
Sakura se sentó en un banco, observando las vías muertas, y dejó que sus pensamientos fluyeran como el agua sucia de una alcantarilla.
‘Tohsaka Tokiomi.
Padre’ El nombre le supo a hiel.
Recordaba vagamente su imagen: un hombre elegante, de porte distinguido, que la miraba con una mezcla de deber y distancia.
Nunca la abrazó como abrazaba a Rin.
Nunca le sonrió como le sonreía a Rin.
Ella era la segunda, la sobrante, la que podía sacrificarse en el altar del linaje.
‘¿Acaso no me querías?
¿Fui tan poco para ti que pudiste entregarme así, como quien entrega un mueble viejo?’ El tren llegó, la transportó, y ella ni siquiera notó el paisaje.
Cuando llegó a la academia, el sol comenzaba a asomar, pero el edificio principal aún yacía en la penumbra del amanecer.
Las puertas estaban abiertas— el conserje, fiel a su rutina, ya había pasado— pero no había nadie.
Ni alumnos, ni profesores, ni siquiera el personal de limpieza.
El silencio era absoluto, roto solo por el rumor lejano del tráfico y el canto ocasional de algún pájaro madrugador.
Sakura caminó por los pasillos vacíos, sus pasos resonando en el linóleo como latidos en un cuerpo sin vida.
Pasó frente a las aulas cerradas, las taquillas mudas, los tablones de anuncios con sus carteles coloridos y absurdos.
Todo le parecía parte de otro mundo.
Un mundo al que ella asomaba la cara, pero al que nunca pertenecería.
‘Hoy empieza’, Pensó, y el estómago se le encogió.
‘Hoy tengo que acercarme a él’ Shirou Emiya.
El nombre resonó en su mente con una mezcla de culpa y una emoción más oscura, más sucia, que intentó reprimir inmediatamente.
Porque en el fondo, en ese pozo negro donde ni siquiera ella quería mirar, había una chispa de algo parecido al alivio.
Una voz diminuta que susurraba: ‘Ya no seré la única.
Al fin, alguien más va a sufrir’ La sacudida de asco hacia sí misma fue tan violenta que tuvo que apoyarse en la pared.
— No— Susurró, negando con la cabeza— No.
No puedo pensar así.
No quiero pensar así.
Él no tiene la culpa.
Él es…
es solo un chico amable.
No merece…
Pero la voz no se callaba.
La voz, alimentada por años de abuso, de noches infinitas en el sótano, seguía ahí, esperando.
Saboreando de antemano la desgracia ajena como un manjar prohibido.
‘Merezco arder en el infierno’, Pensó Sakura, y la idea no le produjo miedo, sino una extraña paz ‘Pero ya lo estoy haciendo.
¿Qué importa un pecado más?’ Fue entonces cuando lo escuchó.
Un sonido.
Lejano, tenue, pero inconfundible en el silencio absoluto de la academia vacía.
Plinn…
Sakura se detuvo.
Aguzó el oído.
…lán…
Una nota.
Otra.
Y otra más, formando una secuencia que su mente, atrofiada por el dolor constante, tardó unos segundos en reconocer como lo que era.
…lón.
Música.
Plinn, lán, lón, plinn, lán, lón…
Era un piano.
Alguien estaba tocando el piano en algún lugar del edificio.
Y el sonido, filtrado por los pasillos vacíos, adquiría una cualidad casi espectral, como si el fantasma de un músico romántico hubiera vuelto para dar un concierto póstumo.
Sakura comenzó a caminar hacia el sonido.
No lo decidió conscientemente.
Fue como si sus pies obedecieran a un imán, a una fuerza invisible que tiraba de ella.
El sonido se hizo más claro a cada paso, más definido, más…
cálido Plinn, lán, lón.
Sus pasos se aceleraron.
Ya no caminaba, casi trotaba.
El eco de sus zapatos contra el suelo se fundía con las notas del piano en una especie de danza involuntaria.
Plinn, lán, lón.
Algo extraño estaba ocurriendo.
Sakura lo notó de repente, como quien nota que el agua fría de repente está tibia.
El dolor.
Ese dolor constante, ese zumbido de fondo que era los Crest Worms moviéndose bajo su piel, alimentándose de su prana, de su vida…
estaba disminuyendo.
No desaparecía, pero se alejaba, se volvía difuso, como un recuerdo lejano en lugar de una realidad presente.
‘¿Qué…?’ Corrió.
Sin darse cuenta, sus pasos se convirtieron en una carrera.
Ya no era una estudiante curiosa.
Era una náufraga que había visto una luz en el horizonte, una ahogada que luchaba por alcanzar la superficie antes de que sus pulmones estallaran.
El sonido del piano era su aire.
Su única posibilidad.
Hasta que se detuvo.
Frente a ella, la puerta de la sala del club de música estaba entreabierta.
De su interior escapaba la luz de la mañana— una luz que, Sakura lo notó al instante, era demasiado brillante para la hora que era— y la música, ahora clara y nítida.
Empujó la puerta con manos temblorosas.
Y vio.
Un joven.
De espaldas a ella.
Sentado al piano con una postura que no era la de un estudiante practicando, sino la de un amante acariciando a su amada.
Sus dedos bailaban sobre las teclas con una delicadeza que contrastaba con la intensidad feroz de su expresión, visible incluso de perfil.
Sus hombros se movían al ritmo de la melodía, su cuerpo entero vibraba con cada nota como si la música no fuera algo que creaba, sino algo que era.
Pero no era eso lo que hizo que Sakura se quedara sin aliento.
Era la luz.
La luz del amanecer, que debería ser gris y mortecina a través de las nubes, se colaba por la ventana en un haz perfecto que caía directamente sobre el joven, bañándolo en un resplandor dorado que parecía sacado de una pintura renacentista.
No había explicación lógica.
Las nubes seguían ahí fuera, el sol apenas comenzaba a asomar…
y sin embargo, allí estaba esa luz, cayendo sobre él como un reflector divino.
Y las plumas.
Diminutas plumas blancas flotaban en el aire a su alrededor, girando lentamente, descendiendo con una gracia imposible, como si una bandada de ángeles invisibles estuviera mudando sus alas sobre él.
No había ventiladores.
No había corriente de aire.
Solo las plumas, apareciendo de la nada, danzando al compás de la música.
Sakura sintió que las piernas le fallaban.
Se agarró al marco de la puerta, incapaz de apartar la mirada.
‘¿Qué…
qué es esto?
¿Un sueño?’ El joven abrió los labios.
Tomó aire.
Y entonces, su voz se elevó por encima del piano, y el mundo de Sakura Matou se detuvo.
* * * Tears of an Angel – RyanDan * * * — “Cover my eyes… (Cubre mis ojos) … Cover my ears” (Cubre mis oídos) La voz era suave, melancólica, cargada de una tristeza antigua que parecía resonar en cada fibra del ser de Sakura.
No entendía las palabras— eran en inglés, un idioma que apenas chapurreaba— pero entendía el sentimiento.
Era la voz de alguien que había conocido el dolor.
Que lo había abrazado.
Que lo había transformado en belleza.
— “Tell me these words are a lie…” (Dime que estas palabras son mentira) Los gusanos, por un instante, se aquietaron.
Sakura lo sintió con una claridad sobrecogedora.
Esa presencia constante, esa caricia repugnante en sus entrañas…
se había calmado.
Como si la música los hubiera hipnotizado.
Como si la voz del joven fuera un hechizo de paz en medio de su guerra particular.
— “It can’t be true… (No Puede ser verdad) … That I’m losing you” (Que te estoy perdiendo) ‘¿Quién eres?’ Pensó Sakura, y la pregunta no era solo curiosidad.
Era una súplica.
‘¿Quién eres para hacer que, por un momento, deje de doler?’ * * * Un recuerdo.
Breve, como un destello.
Ella, muy pequeña, quizá cuatro o cinco años.
Sentada en el regazo de su madre, Aoi, mientras esta le cantaba una canción de cuna.
La voz de su madre era dulce, cálida, y Sakura se sentía segura.
Amada.
La imagen se desvaneció casi al instante, devorada por la oscuridad de los años posteriores.
Pero por un segundo, solo un segundo, Sakura recordó lo que era sentirse querida.
* * * — “… The sun cannot fall from the sky” (El sol no puede caer del cielo) La voz del joven se elevó, ganando intensidad.
Las notas del piano se volvieron más complejas, más desgarradas.
Las plumas blancas seguían cayendo, cubriendo el suelo a su alrededor como un manto de nieve milagrosa.
— “Can you hear heaven cry?
(¿Puedes oír el cielo llorar?) The tears of an angel, (Las lagrimas de un ángel) The tears of an angel.
Tears of an angel, (Las lagrimas de un ángel.
Lagrimas de un ángel) The tears of an angeeel” (Las lagrimas de un ángel) Sakura sintió algo caliente en sus mejillas.
No lo reconoció al principio.
Hacía tanto que no lloraba…
Las lágrimas eran un lujo que los gusanos le habían arrebatado, junto con tantas otras cosas.
Pero ahí estaban, cayendo silenciosamente, mientras la música la envolvía como un abrazo.
* * * Otro recuerdo.
Rin.
Su hermana, su Nee-san, sonriéndole desde la puerta de su habitación.
“Mira lo que encontré”, decía, mostrándole una flor rara que había crecido en el jardín.
“Es para ti, Sakura.
Porque tú eres mi flor favorita.” La flor se marchitó.
La sonrisa de Rin se desvaneció.
La puerta se cerró.
Y Sakura se quedó sola, en la oscuridad, preguntándose qué había hecho mal para merecer el olvido.
‘No fue culpa suya’, Se repitió, como siempre.
‘No fue culpa de Nee-san’ Pero el dolor, ahí estaba.
Siempre.
* * * — “Stop every clock.
Stars are in shock, (Se detiene cada reloj.
Las estrellas están en shock) The river would run to the sea” (El río correría hacia el mar) La voz del joven era un bálsamo y una espada al mismo tiempo.
Sanaba, pero también abría heridas que Sakura creía cerradas a base de no sentirlas.
Cada nota era un dedo señalando una parte de su alma que había enterrado viva.
* * * El sótano.
Los gusanos.
El hedor.
Las manos de Zouken sobre ella, dentro de ella, siempre dentro de ella.
Las noches infinitas.
Los días en que deseaba morir y no podía.
Los días en que deseaba matar y no se atrevía.
El odio hacia su padre.
El odio hacia sí misma.
El odio hacia Rin, ese odio que la consumía y que tanto se esforzaba en negar.
Todo eso estaba ahí.
Todo eso era ella.
Pero también estaba esto.
Esta música.
Este momento.
Esta pausa en el sufrimiento eterno.
‘¿Es esto lo que siente la gente normal?’ Se preguntó.
‘¿Es esto la paz?’ * * * — “I won’t let you fly.
I won’t say “goodbye”, (No te dejaré volar.
No diré “adiós”) I won’t let you slip away from me” (No te dejaré escapar de mí) La voz del joven se volvió una súplica.
Una promesa.
Un juramente hecho de notas y aire.
Y Sakura sintió, en lo mas profundo de su ser, que esas palabras no eran solo para quienquiera que hubiera inspirado la canción.
Eran para ella.
Para ella, que había pasado años resbalando hacia el abismo.
Para ella, que había olvidado lo que era que alguien la sujetara ‘Me sujetarías tú’ Pensó, mirando la espalda del joven.
‘Si supieras lo que soy… ¿me sujetarías igual?’ No había respuesta.
Pero la música decía que sí.
La música decía que no importaba lo rota que estuviera, no la dejarían caer, no se despedirían.
No permitirían que se escapara — “Can you hear heaven cry?
(¿Puedes oír el cielo llorar?) The tears of an angel” (Las lagrimas de un ángel) El coro estalló con una fuerza que hizo vibrar el aire.
Las plumas blancas giraban en remolinos alrededor del joven, como si la música misma las estuviera convocando.
La luz dorada se intensificó, volviéndose casi cegadora.
— “The tears of an angel, (Las lagrimas de un ángel) Tears of an angel, (Lagrimas de un ángel) The tears of an angel” (Las lagrimas de un ángel) Sakura sintió que sus rodillas cedían.
Se deslizó por el marco de la puerta hasta quedar sentada en el suelo, abrazándose a sí misma, mientras las lágrimas caían sin control.
— “So hold on.
Be stong” (Así que resiste.
Sé fuerte) “Hold on”.
Las palabras, aunque no las entendiera del todo, resonaron en lo más profundo de su ser.
“Resiste.
Se fuerte” ¿Pero como podía ser fuerte?
¿Como podía resistir?
Le habían arrebatado todo.
No era nada.
Solo una cáscara vacía, un recipiente de dolor.
Pero, nuevamente, la música decía que sí.
Que si podía.
Que algo la ayudaría a resistir.
La música.
Este momento.
Esta promesa de que, en algún lugar del mundo, existía algo tan hermoso que podía hacerla olvidar, aunque solo fuera por un instante.
* * * — “Everyday hope will gow” (Cada día la esperanza crecerá) “La esperanza crecerá cada día”.
La idea le pareció tan remota como una estrella.
¿Qué nuevo día podía traerle esperanza a ella?
¿Qué amanecer, cuando su vida era una noche perpetua?
— “I’m here, don’t you fear” (Estoy aquí, no temas) Pero el sol…
el sol estaba ahí.
Frente a ella.
Bañando a ese joven desconocido con su luz imposible.
El sol, la esperanza, existía.
La prueba estaba ante sus ojos.
— “Little one, don’t let gooooo hoo o oo, (Pequeña, no te vayas) Don’t let gooooo hoo o oo, (No te vayas) Don’t let gooooo hoo o oo” (No te vayas) Sakura cerró los ojos.
Por primera vez en años, dejó de luchar.
Dejó de resistir.
Se dejó llevar por la música, por la voz, por las plumas, por la luz.
Y por un momento, solo un momento, fue libre.
* * * Shinji.
Su hermano adoptivo.
El niño inútil, el fracasado, el que compensaba su falta de talento con una crueldad que aprendió de los mejores.
Shinji, con sus manos cada vez más atrevidas, sus miradas cada vez más obscenas, sus palabras cada vez más explícitas.
“Algún día, Sakura.
Algún día me pertenecerás del todo.” El terror.
El asco.
La impotencia.
Los gusanos la profanaban por dentro, pero Shinji quería profanarla por fuera.
Quería arrebatarle lo único que, milagrosamente, había logrado conservar intacto a través de los años.
Y ella no podría detenerlo.
Nunca podía detener a nadie.
* * * — “Cover my eyes… (Cubre mis ojos) … Cover my ears, (Cubre mis oídos) Tell me these words are a lieee” (Dime que estas palabras son mentira) Silencio.
La última nota se extinguió en el aire como una burbuja que estalla.
Las plumas blancas, ya sin música que las sostuviera, cayeron lentamente al suelo y desaparecieron, disolviéndose en la nada.
La luz dorada se atenuó, volviendo a la grisura normal del amanecer.
El joven suspiró, sus hombros relajándose.
Poco a poco, como quien despierta de un sueño profundo, se volvió.
Y Sakura lo vio.
Era Shirou.
Shirou Emiya.
Su senpai.
El chico amable de quien todos hablaban.
El hijo del Magus Killer.
El objetivo de Zouken.
La persona a la que debía acercarse, seducir, espiar, y finalmente destruir.
Pero ahora, con los ojos aún brillantes por la emoción de la música, con el cabello blanco despeinado y el brazo enyesado reposando sobre las teclas, no parecía un objetivo.
No parecía una víctima propiciatoria.
No parecía nada de lo que Zouken había descrito.
Parecía un ángel.
Un ángel caído, sí, con su brazo roto y su uniforme sencillo.
Pero un ángel al fin.
Alguien que había traído un pedazo de cielo a la tierra, aunque solo fuera por unos minutos.
Los ojos de Shirou se encontraron con los de Sakura.
Ella vio sorpresa en ellos, luego un dolor profundo, pero no por él sino por ella, y por ultimo: una calidez instantánea, automática, como si sonreír fuera su estado natural, como si esperara que su brillante sonrisa pudiera alejar la oscuridad que asolaba los corazones de ambos.
— Eres Sakura, ¿no?— Preguntó, y su voz, ahora hablando normalmente, era igual de suave que cuando cantaba— ¿Qué haces aquí tan temprano?
Sakura abrió la boca.
Pero no salieron palabras.
No podía hablar.
No podía pensar.
Solo podía mirarlo, con las mejillas aún húmedas, rojas como un tomate, y con el corazón latiendo a un ritmo que no reconocía.
Los gusanos dentro de ella estaban tan quietos como si ellos también estuvieran escuchando, maravillados.
Y en ese momento, en el silencio después de la canción, Sakura Matou supo, con una certeza absoluta y aterradora, que su vida acababa de cambiar para siempre.
El problema era que no sabía si para bien…
o para mal.
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