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Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 Capítulo 24 El Tsunami de la Verdad
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25: Capítulo 24: El Tsunami de la Verdad 25: Capítulo 24: El Tsunami de la Verdad Capítulo 24: El Tsunami de la Verdad ‘Desde el momento en que mis ojos se posaron en los suyos, en su rostro cara a cara con el mío… Fue como si una explosión de pensamientos, imágenes y sentimientos se procesaran casi al instante en mi cerebro’ Shirou Emiya, por unos segundos que le parecieron eternos, miró fijamente los ojos púrpura de Sakura Matou.

Y el mundo se detuvo.

Las visiones inundaron su mente con la fuerza de un tsunami furioso por haber sido olvidadas.

No eran nuevas.

Eran aquellas imágenes fragmentadas que había aprendido a ignorar durante cuatro años, las que acudían en sueños y en vigilias, las que había aprendido a archivar en los rincones más oscuros de su conciencia para poder seguir viviendo con relativa normalidad.

Pero ahora, con ella frente a él, con esa luz aún titilando en sus pupilas, todas emergieron a la vez, reclamando su atención con una violencia que le cortó la respiración.

* * * Dos niñas.

Una de cabello castaño, la otra de un marrón más oscuro que el tiempo teñiría después de morado.

Jugaban juntas en un jardín soleado, con muñecas de trapo y risas que parecían campanillas.

La mayor, Rin, vestía un kimono infantil de colores vivos.

La pequeña, Sakura, correteaba detrás de ella con una sonrisa tan pura, tan libre, que dolía mirarla.

‘Eran felices’, Pensó Shirou, y el pensamiento llevaba implícita una pregunta que no se atrevía a formular.

‘¿Qué pasó?’ * * * Una escena cotidiana, cálida.

El comedor de la Villa Emiya, bañado por la luz del atardecer.

Sakura estaba sentada frente a él, con los palillos en la mano, riendo por algo que él acababa de decir.

Llevaba el delantal de cocina que Taiga usaba a veces, y había una mancha de salsa en su mejilla.

En su rostro había una paz que Shirou no había visto en nadie, una sensación de hogar, de pertenencia.

‘¿Podría ser así?’ se preguntó, y el anhelo que acompañaba a la imagen era casi físico.

‘¿Podríamos ser así algún día?’ * * * Noche.

La habitación de Shirou, bañada por la luz tenue de la luna.

Sakura estaba arrodillado junto a su futón, con las mejillas encendidas y las manos temblando.

Solo llevaba puesto su ropa interior blanca que no dejaba mucho a la imaginación.

Sus ojos púrpura, húmedos, lo miraban con una mezcla de miedo, deseo y una necesidad tan profunda que parecía un abismo.

“Senpai…”, Susurraba en la visión, y su voz era una súplica.

“Por favor…

quédate conmigo.

No me dejes sola” Shirou sintió el calor subir a sus mejillas.

No era solo deseo lo que veía en esos ojos.

Era una petición de salvación.

Una entrega total.

Y en la visión, él se acercaba, la envolvía en sus brazos, la sostenía como si ella fuera a romperse.

* * * El mismo comedor, pero ahora de noche.

Sakura estaba acurrucada contra él en el sofá, una manta cubriéndolos a ambos.

En la televisión, una película proyectaba sombras danzantes.

Ella no miraba la pantalla.

Miraba sus manos entrelazadas, y en su rostro había una sonrisa pequeña, íntima, como un secreto que solo él podía conocer.

‘Esto es lo que quiero’, Pensó Shirou, con una claridad que lo asustó.

‘Esto es lo que siempre he querido sin saberlo.

Alguien con quien compartir el silencio.

Alguien que se sienta segura a mi lado.’ * * * Pero entonces las visiones cambiaron.

La luz se apagó.

* * * Una calle oscura.

Un hombre elegante, de espaldas, sostenía la mano de una niña pequeña.

La niña miraba hacia atrás, hacia una casa que se alejaba, hacia una figura de cabello castaño que lloraba en la puerta.

El hombre no se volvía.

La niña, Sakura, tenía los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a derramar.

“Papá…”, Susurraba en la visión.

“¿Por qué?

¿Qué hice mal?” Y al final del camino, una mansión antigua y sombría los esperaba como una boca abierta.

* * * Un pasillo oscuro.

Un joven de cabello azul, con una sonrisa torcida que no alcanzaba a sus ojos, empujaba a Sakura contra la pared.

Sus manos vagaban donde no debían, y ella se encogía, intentando hacerse pequeña, intentando desaparecer.

“Shinji…

por favor…”, Suplicaba la Sakura de la visión, con voz quebrada.

“No…

no hagas esto…” Pero él no se detenía.

Nunca se detenía.

‘Hijo de puta’, Pensó Shirou, la furia ardiendo como magma en sus venas ‘Ese hijo de puta’ * * * El infierno.

Un sótano húmedo y oscuro, iluminado por un resplandor verdoso y putrefacto.

El suelo no era suelo.

Era una masa viva, ondulante, de gusanos que se arrastraban unos sobre otros.

Y en el borde, una niña.

Sakura, con el cabello ya desteñido a ese morado enfermizo, era empujada al pozo por la mano huesuda de un anciano de sonrisa lasciva.

Sus ojos, cuando cayeron, tenían todavía una chispa de esperanza.

Una última, desesperada súplica al universo para que alguien, algo, la salvara.

Nadie vino.

* * * La misma niña, años después.

Su cuerpo, ahora desarrollado, yacía en el pozo mientras los gusanos entraban y salían de ella sin cesar.

Pero lo peor no era eso.

Lo peor eran sus ojos.

Ya no había súplica en ellos.

Ya no había esperanza.

No había dolor, ni miedo, ni siquiera odio.

Solo un vacío infinito, una aceptación total de que aquello era su vida, su realidad, su todo.

Los gusanos la profanaban y ella ni siquiera parpadeaba.

Estaba muerta por dentro.

Y llevaba mucho, mucho tiempo así.

* * * Shirou parpadeó.

Solo había pasado un segundo.

Tal vez dos.

Sakura seguía frente a él, con las mejillas aún húmedas por las lágrimas de la canción, mirándolo con una expresión que él no podía descifrar.

Pero él ya no era el mismo que había empezado a tocar el piano esa mañana.

Sabía.

No cómo, no por qué, pero sabía.

Sabía quién era ella.

Sabía lo que le habían hecho.

Sabía lo que le seguían haciendo.

Y sabía, con una certeza que le helaba la sangre, que ella estaba allí por orden de ese anciano monstruoso.

Y sin embargo…

— E-eres Sakura, ¿no?— Su voz le salió ronca, pero logró esbozar esa sonrisa suya, la automática, la que siempre ofrecía al mundo— ¿Qué haces aquí tan temprano?

Ella no respondió de inmediato.

Sus labios temblaron.

Por un instante, Shirou vio en sus ojos ese mismo vacío de la visión, y el corazón le dio un vuelco.

— Yo…— Comenzó Sakura, y su voz era un susurro frágil— Siempre vengo temprano.

Para…

para evitar…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Shirou entendió.

Para evitar a Shinji.

Para evitar la mansión.

Para robarle unos minutos a la normalidad.

— Yo también— Dijo, sorprendiéndose al oírse— Bueno, no siempre.

Pero últimamente…— Señaló su brazo enyesado con una mueca— Dormir es difícil.

Y la musica ayuda a aliviar el estrés.

Sakura miró el brazo, luego el piano, luego a él.

— ¿Te…

te duele mucho?

— Un poco— Admitió Shirou— Pero ya pasará.

Mi sensei dice que los idiotas como yo aprenden por las malas o no aprenden.

No dijo qué sensei.

No dijo cómo había ocurrido.

Había algo en la forma en que Sakura lo miraba, una mezcla de curiosidad y algo más profundo, algo que se parecía al reconocimiento, que le hacía querer protegerla de la verdad.

— ¿Sensei?— Repitió ella, inclinando la cabeza.

— No es nada, solo me enseña algunas cosas— Respondió Shirou, evasivo— Oye, ya que estamos aquí los dos…

¿quieres dar un paseo?

La academia vacía es bastante tranquila.

Y yo…— Tragó saliva— Me vendría bien la compañía.

Era una invitación simple.

Inocente.

Pero Shirou vio cómo los ojos de Sakura se abrían ligeramente, como si le hubiera ofrecido algo extraordinario.

Como si nadie le hubiera preguntado eso en mucho, mucho tiempo.

— S-sí— Dijo ella, y había un temblor en su voz que no parecía miedo— Sí, me gustaría.

* * * Caminaron por los pasillos vacíos, el eco de sus pasos marcando un ritmo lento y pausado.

Shirou llevaba su brazo enyesado incómodamente doblado, y Sakura caminaba a su lado con las manos entrelazadas frente a ella, como si temiera que soltarse la hiciera desaparecer.

El silencio no era incómodo, pero tampoco fácil.

Era un silencio cargado, lleno de preguntas que ninguno de los dos se atrevía a formular.

— La canción— Dijo Sakura de repente— La que estabas tocando.

Era…

preciosa.

Shirou sonrió, un poco avergonzado— Gracias.

La aprendí hace tiempo.

De un disco que encontré en una tienda de segunda mano.

No sé por qué, pero cuando la escuché…

sentí que tenía que aprenderla.

— ¿De qué hablaba?

La pregunta era inocente, pero Shirou sintió que iba más allá de la simple curiosidad musical.

— De alguien que no quiere dejar ir a quien ama— Respondió, eligiendo las palabras con cuidado— De alguien que promete sostener a otra persona, pase lo que pase.

Incluso cuando todo parece perdido.

Al menos eso fue lo que yo entendí Sakura desvió la mirada.

Sus dedos se aferraron con más fuerza a sus propias manos.

— Eso debe ser bonito— Murmuró— Que alguien te sostenga.

Shirou se detuvo.

Ella también lo hizo, mirándolo con una expresión que era casi de alarma, como si temiera haber dicho algo incorrecto.

— Sakura— Dijo él, y su nombre sonó más serio de lo que pretendía— ¿Puedo preguntarte algo?

Ella asintió, cautelosa.

— ¿Por qué llorabas?

Cuando me voltee a verte, estabas llorando.

El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse.

Sakura lo miró, y por un instante, Shirou vio el abismo en sus ojos.

El vacío.

El pozo de gusanos.

— No lo sé— Mintió ella— La música era…

muy bonita.

Me recordó a cosas.

— ¿Qué cosas?

— Cosas de cuando era pequeña— Su voz se quebró ligeramente—.

Cuando las cosas eran…

diferentes.

Shirou quiso preguntar más.

Quiso decirle que lo sabía, que había visto, que entendía.

Pero las palabras no salían.

Porque decir “lo sé” significaba explicar cómo lo sabía, y explicar cómo lo sabía significaba entrar en territorios que ella no estaba lista para explorar.

Así que en lugar de eso, dijo: — A veces las cosas pueden volver a ser diferentes.

Sakura lo miró, y en sus ojos púrpura había una chispa de algo que podía ser esperanza, o podía ser incredulidad.

Quizá ambas.

— ¿Tú crees?— Preguntó, y su voz era tan frágil como el ala de una mariposa.

— Sí— Respondió Shirou, con la firmeza de alguien que esta completamente seguro de sus palabras— Creo que siempre se puede cambiar.

Que siempre se puede encontrar a alguien que te sostenga.

— ¿Y quién te sostiene a ti?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

Shirou pensó en Kiritsugu, que acababa de irse.

En Taiga, que lo cuidaba sin saber la verdad.

En Rin, que lo regañaba y lo enseñaba a partes iguales.

En Gil, que lo observaba como un experimento fascinante.

— Varias personas— Dijo al final— Y yo intento sostenerlas a ellas también.

Creo que así funciona.

Te sostienen, los sostienes.

Como un círculo.

Sakura asintió lentamente, como si estuviera procesando una idea completamente nueva.

— Suena bonito— Repitió, pero esta vez la palabra tenía un matiz diferente.

No era resignación, sino un deseo apenas susurrado.

Siguieron caminando.

Pasaron frente a las aulas, a la biblioteca cerrada, al patio vacío donde el viento movía las hojas caídas.

Y en algún momento, sin que ninguno de los dos lo planeara, sus manos se rozaron.

Fue un contacto leve, casi accidental.

Sakura se sobresaltó, apartando la mano como si la hubiera quemado.

Pero luego, tímidamente, lentamente, volvió a acercarla.

No llegó a tocar la de él, pero quedó ahí, a centímetros, como una ofrenda.

Shirou no hizo nada por cerrar la distancia.

No quería asustarla.

Pero tampoco se apartó.

— Sakura— Esta vez, la voz de Shirou era mas suave, casi tierna— Si alguna vez necesitas a alguien que te sostenga…

yo puedo intentarlo.

No sé si lo haré bien, pero puedo intentarlo.

Ella levantó la vista hacia él.

Sus ojos púrpura estaban húmedos otra vez, pero no había tristeza en ellos.

Había algo más.

Algo que Shirou no supo nombrar.

— ¿Por qué?— Preguntó ella, y era una pregunta sincera, desesperada— No me conoces.

No sabes nada de mí.

Shirou sonrió.

Una sonrisa pequeña, honesta.

— Quizá no.

Pero sé que hoy, muy temprano, en una academia vacía, había alguien tocando el piano.

Y sé que esa música hizo llorar a una chica.

Y sé que esa chica, ahora, está aquí, caminando conmigo— Hizo una pausa— A veces no hace falta saber mucho para querer ayudar.

Sakura abrió la boca, pero no salieron palabras.

En su lugar, una lágrima solitaria recorrió su mejilla.

Pero esta vez no era una lágrima de dolor.

Era una lágrima de algo que había olvidado hacía mucho tiempo: gratitud.

— Gracias— Susurró—.

Gracias, senpai.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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