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Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 26

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26: Capítulo 25: Puedo ser Mezquino y Rencoroso También, ¿Sabes?

26: Capítulo 25: Puedo ser Mezquino y Rencoroso También, ¿Sabes?

Capítulo 25: Puedo ser Mezquino y Rencoroso También, ¿Sabes?

La campana del mediodía resonó en los pasillos de la academia Homurahara como un libertador anunciando el fin de la esclavitud matutina.

Shirou Emiya, con su brazo enyesado descansando incómodamente sobre el pupitre, suspiró con alivio mientras recogía sus cosas.

Había sido un día extraño.

No por las clases— esas eran tan tediosas como siempre—, sino por la conciencia constante de que, en algún lugar de ese edificio, Sakura Matou estaba viviendo su propia rutina, y que al final de la jornada, por primera vez, iba a “salir” con una chica.

A decir verdad, estaba un poco nervioso No habían planeado nada.

Simplemente, al salir del aula esa mañana, después de su encuentro en la sala de música, Shirou había dicho, casi sin pensar: — ¿Te parece si después de clases…

no sé, damos una vuelta?

Si no tienes planes, claro.

Y Sakura, con esa expresión suya tan difícil de leer, había asentido con un movimiento casi imperceptible de cabeza.

— Me gustaría, senpai.

Senpai.

La palabra resonaba en su mente ahora, mientras guardaba sus libros en la mochila.

No era la primera vez que se la llamaban, pero en sus labios sonaba diferente.

Más…

íntima.

Como si llevara implícito un significado que él aún no alcanzaba a comprender del todo.

— ¡Emiya-kun!

La voz alegre de una compañera de clase lo sacó de sus cavilaciones.

Una chica de su año, de nombre desconocido y sonrisa fácil, se acercaba con un cuaderno en la mano.

— Oye, oye, ¿me puedes explicar el problema de matemáticas?

El de la página cuarenta y dos.

No entiendo nada y el profesor dijo que mañana pregunta.

Shirou miró el cuaderno, luego el problema, y asintió con esa predisposición automática que todos conocían de él.

— Claro, déjame ver.

Durante los siguientes diez minutos, explicó con paciencia el procedimiento, señalando con su brazo bueno los pasos en el papel mientras la chica asentía con expresión de entendimiento progresivo.

Cuando terminó, ella le sonrió con gratitud.

— ¡Eres un amor, Emiya-kun!

Cualquiera diría que eres de grados superiores con lo bien que explicas.

¡Gracias!

Y se fue, dejando a Shirou con una pequeña sonrisa de satisfacción.

No era que le gustara ayudar por el reconocimiento.

Era que le gustaba ayudar, punto.

Ver cómo la gente entendía algo gracias a él le producía una sensación cálida en el pecho.

— Senpai.

La voz, suave y apenas audible, llegó desde la puerta del aula.

Shirou levantó la vista y allí estaba Sakura, con su uniforme impecable y el cabello morado cayendo suavemente sobre sus hombros.

Tenía las manos entrelazadas frente a ella, como siempre, y en sus ojos púrpura había una mezcla de timidez y algo que Shirou no supo identificar.

— Ah, Sakura.

¿Ya terminaste?

Ella asintió— Las clases de la mañana sí.

Las de la tarde…

no importan.

Shirou entendió el mensaje.

Ella estaba dispuesta a saltarse lo que fuera por pasar tiempo con él.

El pensamiento le produjo una sensación extraña, mitad halago, mitad responsabilidad.

— Entonces, ¿vamos?— Preguntó, recogiendo su mochila con el brazo sano— Conozco un lugar cerca de aquí donde hacen unos bollos de crema increíbles.

Bueno, eso dice Taiga.

Yo nunca he ido, pero…

— ¿Taiga?

— Mi hermana mayor.

Bueno, no de sangre, pero…

es complicado.

Te la presentaré algún día.

Es un poco…

intensa.

Sakura asintió, y por un momento, una pequeña curva apareció en sus labios.

¿Era una sonrisa?

Shirou no estaba seguro, pero decidió contarlo como un logro.

* * * Caminaron por las calles de Shinto, alejándose de la academia.

El sol de la tarde calentaba lo suficiente para hacer agradable el paseo, y la brisa ligera movía los cabellos de Sakura con una delicadeza que Shirou encontró hipnótica.

— Senpai— Dijo ella de repente— La chica que te pidió ayuda…

¿siempre ayudas a todo el que te lo pide?

Shirou se encogió de hombros— Casi siempre.

Si está en mi mano, no veo por qué no.

— ¿Y no te molesta?

¿Que solo se acerquen a ti por eso?

La pregunta era inocente, pero Shirou sintió que había algo más detrás.

Una experiencia personal, quizá.

Gente que solo se acercaba a ella por interés.

— A veces un poco— Admitió— Pero prefiero eso a que la gente no se acerque por nada.

Además, ayudar me hace sentir…

útil.

Como si valiera para algo.

Sakura lo miró con una intensidad que lo desconcertó.

— ¿Crees que solo vales si ayudas?

Shirou abrió la boca para responder, pero se detuvo.

Era una buena pregunta.

Una que nunca se había hecho.

— No lo sé— Respondió al final, honesto— Supongo que es lo que me enseñaron.

Que ayudar a los demás es lo correcto.

Que si puedes hacer algo por alguien, debes hacerlo.

— ¿Quién te enseñó eso?

— Mi padre.

Kiritsugu.

El nombre del Magus Killer salió de sus labios con naturalidad, sin pensar en las implicaciones.

Sakura no reaccionó, pero Shirou recordó de repente las visiones.

Ella no sabía quién era realmente su padre.

No sabía casi nada del mundo mágico.

Para ella, Kiritsugu Emiya era solo un nombre más.

— Debe ser bonito— Murmuró Sakura— Tener a alguien que te enseñe cosas así.

Shirou sintió un pinchazo en el pecho.

Recordó la visión de Sakura siendo entregada por su padre, la expresión de abandono en sus ojos de niña.

— ¿Tú no?— Preguntó, con cuidado.

Ella negó con la cabeza, un gesto casi imperceptible— Mi familia es…

complicada.

Shirou no quiso presionar.

En lugar de eso, señaló hacia un pequeño establecimiento en la esquina.

— ¡Mira, ahí es!

La pastelería de la que hablaba Taiga.

¿Entramos?

* * * El local era pequeño y acogedor, con olor a masa recién horneada y azúcar glas flotando en el aire.

Una señora mayor atendía el mostrador con una sonrisa amable.

— ¡Bienvenidos, jóvenes!

¿Qué se les ofrece?

Shirou pidió dos bollos de crema y dos tés de cebada, y encontraron una mesa junto a la ventana desde donde podían ver la calle.

Sakura observó el bollo con cierta desconfianza, como si temiera que fuera a morderla a ella primero.

— ¿Nunca has comido uno?— Preguntó Shirou.

— En la mansión…

no solemos comer cosas así.

Shinji dice que es comida de pobres.

Shirou sintió una punzada de irritación al oír ese nombre.

Shinji.

El hermano adoptivo.

El que aparecía en las visiones haciendo cosas que hacían hervir su sangre.

— Bueno, pues Shinji no sabe lo que se pierde— Dijo, partiendo su bollo por la mitad y ofreciéndole un trozo a Sakura— Prueba.

Es mi regalo de…

de nuevo amigo.

Ella lo miró, dudó un instante, y luego aceptó el trozo.

Dio un mordisco pequeño, casi temeroso, y sus ojos se abrieron ligeramente.

— Está…

dulce— Dijo, como si fuera un descubrimiento.

Shirou sonrió— Así son los bollos de crema.

Dulces.

Ella asintió lentamente, y luego, con una timidez que le partía el corazón, dio otro mordisco.

Y otro.

Pronto, el trozo había desaparecido y ella miraba el resto del bollo con una mezcla de deseo y culpa.

— ¿Quieres más?— Ofreció Shirou, deslizando su mitad hacia ella.

— Pero es tuyo…

— Puedo comprar otro.

De verdad, come.

Sakura lo miró, y en sus ojos púrpura apareció algo que Shirou no había visto antes: una pequeña chispa de gratitud tan pura, tan vulnerable, que sintió que podía llorar.

— Gracias, senpai.

* * * — ¡Shirouuuu!

La voz inconfundible de Taiga Fujimura atravesó la calle como un cohete.

Shirou suspiró, resignado, mientras veía a su hermana adoptiva acercarse a grandes zancadas, con el bolso balanceándose y el cabello alborotado por la carrera.

— ¡Te he estado buscando por todas partes!— Exclamó Taiga, irrumpiendo en la pastelería como una fuerza de la naturaleza— ¿Cómo está tu brazo?

¿Te duele?

¿Has tomado la medicina?

¿Necesitas que te ayude con algo?

¿Quieres que te lleve a casa?

— Taiga-nee, tranquila— Shirou levantó la mano en un gesto de rendición— Estoy bien.

El brazo está bien.

No me duele.

Tomé la medicina.

No necesito ayuda.

Y estoy con una amiga.

Taiga se detuvo en seco.

Sus ojos se posaron en Sakura, que la miraba con esa expresión de alerta silenciosa que adoptaba ante desconocidos.

— ¿Amiga?— Repitió Taiga, y su tono cambió instantáneamente de maternal a curiosamente interesada— ¡Una amiga!

¡Shirou tiene una amiga!

¿Y cómo te llamas, guapa?

— Sakura…

Sakura Matou— Respondió ella, con voz queda.

— ¡Matou!— Taiga palmeó— ¡Qué apellido tan elegante!

¿Eres de esa familia grande de la colina?

¡He oído que tienen una mansión preciosa!— Sin esperar respuesta, se giró hacia Shirou— ¿Y por qué no me habías dicho que tenías una amiga tan mona?

¡Hay que presentármelas!

— Taiga, por favor…

— No, no, está bien,— Taiga levantó las manos— no voy a interrumpir su cita.

Solo quería asegurarme de que mi pequeño hermanito no se estuviera muriendo en una cuneta.

¡Pero ya veo que está en buenas manos!— Guiñó un ojo exageradamente— Bueno, me voy.

¡Cuídalo, Sakura-chan!

¡Y si te hace algo, dímelo, que yo me encargo!

Y se fue tan rápido como había llegado, dejando tras de sí un rastro de perfume barato y energía arrolladora.

Shirou suspiró, frotándose la sien con el brazo bueno.

— Lo siento.

Es así.

No tiene filtro.

Sakura, sin embargo, tenía una expresión que Shirou no esperaba.

Sus ojos, normalmente velados por la tristeza, brillaban con algo parecido a la curiosidad, y en sus labios se dibujaba una pequeña curva ascendente.

— Es…

divertida— dijo.

— ¿Divertida?

Es un terremoto con piernas.

— Pero se preocupa por ti.

Se nota— La mirada de Sakura se perdió por un momento— Debe ser bonito tener a alguien así.

Shirou sintió ese mismo pinchazo de antes.

El anhelo en su voz era imposible de ignorar.

— Sí— Dijo suavemente— Lo es.

Y…

si quieres, algún día puede ser también tu hermana mayor.

Te aseguro que no te dejará en paz nunca.

Sakura lo miró, y por un instante, sus ojos parecieron menos vacíos.

Menos rotos.

— Me gustaría— Susurró.

* * * Después de la pastelería, caminaron sin rumbo fijo.

Shirou descubrió que Sakura no conocía bien la ciudad; sus movimientos estaban restringidos, sus salidas limitadas.

Así que, casi sin darse cuenta, se convirtió en su guía turístico personal.

— Por aquí está el parque central.

Los fines de semana hay un mercadillo de artesanías.

Y más allá, el río Mion.

Por la noche, las luces se reflejan en el agua y es muy bonito.

Sakura asimilaba cada palabra como si fuera un tesoro.

Shirou notó cómo sus ojos se iluminaban ligeramente con cada nuevo lugar que mencionaba, como si estuviera coleccionando imágenes mentales para atesorarlas.

— ¿Senpai?— Dijo en un momento— ¿Cuál es tu color favorito?

Shirou parpadeó, sorprendido por la pregunta tan…

normal.

— Blanco— Dijo, casi instantáneamente — ¿El Blanco?

— Sí.

Bueno…— Las palabra se le atoraron en la garganta, su expresión sonrojándose por momentos— Supongo que tengo algo por el color blanco.

Como mi cabello.

¿Y el tuyo?

Sakura tardó un momento en responder.

— El morado— Dijo al final— Como…

como mi cabello.

Shirou sonrió— Tiene sentido.

— ¿Tiene sentido?

— Que te guste tu color de cabello.

Es bonito.

Ademas, es algo en lo que coincidimos jajaja Ella bajó la mirada, y Shirou vio cómo sus mejillas se teñían ligeramente de rosa.

Pequeños pasos.

Pequeños logros.

— ¿Y tu comida favorita?— Preguntó ella, animándose.

— El curry.

El que hace Taiga los domingos.

No es especialmente bueno, pero…

es tradición.

— ¿Y la que menos te gusta?

— El pimiento.

Lo odio.

Taiga siempre intenta que coma, pero lo escondo en la servilleta cuando no mira.

Sakura soltó un pequeño sonido.

Shirou tardó un segundo en darse cuenta de que era una risa.

Una risa auténtica, aunque breve y contenida.

— ¿Te ríes de mí?— Preguntó, con una sonrisa.

— Lo siento— Dijo ella, pero no sonaba arrepentida— Es que…

es tan…

normal.

— ¿Normal?

— Sí.

Hablar de cosas así.

Comidas favoritas, colores.

Nunca…

nunca había hablado de esto con nadie.

Shirou sintió que el corazón se le encogía.

“Nunca”.

Qué palabra tan enorme para una chica tan joven.

— Pues hablaremos de muchas cosas normales— Prometió— Todas las que quieras.

* * * Mientras caminaban, un hombre mayor con un carrito de compras se acercó a ellos.

Tenía el rostro surcado de arrugas y una expresión de leve desorientación.

— Disculpe, joven— Dijo, dirigiéndose a Shirou— ¿Sabe usted dónde queda la calle Sakura?

Me he perdido y no encuentro el camino a casa.

Shirou se detuvo, evaluando al hombre.

Su ropa era modesta pero limpia, y su mirada denotaba un ligero desconcierto, de esos que dan los años cuando empiezan a pesar.

— Claro— Respondió con una sonrisa— Mire, estamos aquí— Señaló un punto imaginario en el aire— La calle Sakura está a unas tres manzanas hacia el sur.

¿Quiere que le acompañe?

— ¿Podría?— Los ojos del anciano se iluminaron con alivio— No quisiera molestarlo, pero últimamente me cuesta orientarme…

— No es molestia.

Vamos.

Shirou lanzó una mirada rápida a Sakura, preguntando sin palabras.

Ella asintió, y juntos acompañaron al anciano hasta la calle indicada.

Durante el trayecto, Shirou sostuvo conversaciones ligeras con el hombre, preguntándole por su familia, por cuánto tiempo llevaba viviendo en el barrio.

Cuando llegaron a su destino, el anciano les dio las gracias repetidamente.

— Que Dios los bendiga, jóvenes— Dijo, antes de desaparecer en un pequeño edificio de apartamentos.

— Siempre ayudas a todos— Observó Sakura cuando se quedaron solos.

Shirou se encogió de hombros— Estaba perdido.

No podía dejarlo así.

— Pero perdiste tiempo conmigo.

— No perdí nada— La corrigió Shirou— Gané una caminata más contigo.

Y la satisfacción de ayudar a alguien.

No hay pérdida.

Sakura lo miró largamente, como si intentara descifrar un acertijo.

* * * Poco después, un niño de unos diez años se les acercó corriendo.

Llevaba una cometa en la mano, claramente rota.

— ¡Oye, oye!— Llamó, dirigiéndose a Shirou— ¿Tú sabes arreglar cosas?

Mi hermana dice que los mayores saben de todo.

Shirou se agachó para examinar la cometa.

La vara de bambú estaba partida por la mitad, y el papel rasgado en varios puntos.

— No soy un experto,— Dijo— pero puedo intentarlo.

¿Tienes tijeras?

El niño negó con la cabeza.

— Bueno, pues entonces tendremos que improvisar— Shirou rebuscó en su mochila y sacó un pequeño rollo de cinta adhesiva que siempre llevaba por si acaso— Esto servirá.

Durante los siguientes minutos, con la ayuda de su brazo bueno y la ocasional asistencia de Sakura— a quien pidió que sostuviera las partes mientras él las unía—, Shirou logró reparar la cometa lo suficiente para que el niño pudiera volver a volarla.

— ¡Gracias, señor!— Gritó el pequeño, y salió corriendo hacia el parque.

Sakura observaba a Shirou con una expresión compleja.

— ¿Siempre llevas cinta adhesiva?

— Siempre.

Nunca sabes cuándo vas a necesitar arreglar algo.

— ¿Y siempre ayudas a niños desconocidos?

— Son niños.

Necesitan ayuda más que nadie.

Ella guardó silencio, pero Shirou notó que sus manos, siempre entrelazadas, se habían relajado un poco.

* * * La siguiente persona que se acercó fue una joven de aspecto refinado, con el uniforme de la academia pero de un grado superior.

Shirou la reconoció vagamente: era una senpai de tercer año, de esas que siempre iban rodeadas de un séquito de admiradoras.

— Emiya-kun, ¿verdad?— Dijo, con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos— Qué bien que te encuentro.

Necesito ayuda con un problema de matemáticas.

He oído que eres un genio para eso.

Shirou la miró.

Recordó, de repente, una conversación escuchada por casualidad en los pasillos hacía unos días.

Esta misma chica, rodeada de sus amigas, hablando de Taiga Fujimura.

“¿Esa capitana del club de kendo?

Por favor, es una marimacho total.

Y viste tan vulgar sin el uniforme…

parece que no tuviera espejo en casa.” Las risas cómplices de sus amigas.

El desprecio en su tono.

— Lo siento, senpai— Dijo Shirou, su sonrisa, aunque no tan cálida con las anteriores, aun se mantenía.

Sin embargo, en sus ojos había un desprecio y… rabia, mal disimulados— Ahora mismo estoy ocupado.

Tal vez otro día.

La chica frunció el ceño, claramente sorprendida.

No estaba acostumbrada a que le dijeran que no.

— ¿Ocupado?

¿Con ella?— Sus ojos se posaron en Sakura con un destello de desdén— Bueno, si cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme.

Se alejó con un gesto de fastidio mal disimulado.

Shirou la vio irse, con el cuerpo tenso, como si quisiera abalanzarse sobre ella al segundo siguiente y molerla a golpes — Senpai…— Sakura lo miraba con una mezcla de confusión y algo que podría ser sorpresa— Ayudaste al anciano.

Ayudaste al niño.

¿Por qué a ella no?

Shirou suspiro, soltando con algo de esfuerzo las emociones negativas acumuladas dentro de sí — Porque no quiero.

— Pero…

siempre ayudas a todos.

Eso dicen.

— ¿Eso dicen?

Sakura asintió— En la academia.

Todos dicen que Emiya-kun es increíblemente amable.

Que nunca dice que no.

— Pues hoy he dicho que no— Señaló Shirou, con una media sonrisa— Y no me arrepiento.

— ¿Por qué?— Insistió ella— ¿Qué hizo?

Shirou la miró.

En sus ojos púrpura había una curiosidad genuina, pero también algo más.

Algo que parecía decir “Enséñame cómo se hace.

Enséñame a decir que no” — Habla mal de Taiga-nee— Respondió, los dientes apretados solo de recordarlo— A sus espaldas.

La insulta, se burla de ella con sus amigas.

Taiga es…

bueno, ya la viste.

Es un desastre.

Grita, se mete donde no la llaman, cocina fatal.

Pero es mi hermana.

A ayudado a criarme desde que tengo uso de razón.

Ha estado ahí siempre, aunque no tuviera obligación de estarlo —Hizo una pausa— Nadie que hable mal de ella merece mi ayuda, ni mi consideración Sakura lo miró largamente.

Sus ojos, normalmente apagados, brillaban con una luz nueva.

— ¿Y por eso crees ahora que soy un tipo mezquino y rencoroso?— Preguntó Shirou, con una sonrisa divertida— ¿En vez de ese chico amable y servicial del que todos hablan?

Ella negó con la cabeza, lentamente.

— No— Dijo, y su voz tenía un matiz que Shirou no había escuchado antes— Creo que eres…

leal.

Que tus amigos, tu familia, importan más que la opinión de los desconocidos.

Eso no es mezquino.

Eso es…— Buscó la palabra— Eso es real.

Shirou sintió un calor extraño en el pecho.

Uno que no se parecía al de sus circuitos activándose.

Era algo más simple.

Más humano.

— Gracias— Dijo.

— ¿Por qué?

— Por entender.

Ella bajó la mirada, y por un momento, sus dedos se enredaron con más fuerza.

Luego, casi sin que él lo notara, su mano se relajó y dio un pequeño paso hacia él.

No llegaron a tocarse, pero la distancia entre ellos se había reducido.

* * * El atardecer los encontró sentados en un banco del parque central, viendo cómo el sol teñía el cielo de tonos naranjas y rojizos.

Shirou había comprado dos latas de té de una máquina expendedora, y bebían en silencio, acompañados solo por el rumor de las hojas y el canto lejano de los pájaros.

— Senpai— Dijo Sakura, rompiendo el silencio— ¿Crees que una persona puede cambiar?

Shirou pensó en sí mismo.

En el niño que fue antes del incendio, del que no recordaba nada.

Y en lo que era ahora, un niño atrapado entre dos tutoras, un origen tan poderoso como peligroso y un padre moribundo.

—Sí— Respondió— Creo que sí… — ¿Y si…— Ella dudó, las palabras atorándose en su garganta— Y si una persona ha hecho o le han hecho cosas malas?

Cosas que no eligió ¿Puede cambiar igualmente?

Shirou la miró.

Vio el miedo en sus ojos.

La culpa.

La sombra de todo lo que las visiones le habían mostrado.

— Sakura— Dijo, con una suavidad que sorprendió incluso a él— No sé qué has hecho o qué te han hecho.

No sé de dónde vienes ni a dónde vas.

Pero sé una cosa: nadie está más allá de la redención.

Mientras sigas aquí, respirando, hay esperanza.

Y mientras yo esté aquí…— Tragó saliva, reuniendo valor— Mientras yo esté aquí, puedes contar conmigo.

Para lo que sea.

Ella lo miró, y por primera vez en todo el día, sus ojos no estaban velados.

Estaban claros, húmedos, y llenos de una emoción tan pura que dolía.

— Senpai…

— Puedes llamarme Shirou— La interrumpió, con una sonrisa— Si vamos a ser amigos, mejor sin formalidades.

Ella asintió, lentamente.

Y luego, con una voz que apenas era un susurro, dijo: — Shirou.

Su nombre en sus labios sonó como una oración.

* * * Cuando el sol se ocultó por completo y las primeras estrellas comenzaron a asomarse, Shirou acompañó a Sakura hasta las cercanías de la mansión Matou.

No hasta la puerta— ella le pidió que no—, pero sí hasta la esquina desde donde se veía la silueta oscura de la mansión.

— Gracias— Dijo ella, deteniéndose— Por hoy.

Por todo.

— Gracias a ti— Respondió él— Por pasar el día conmigo.

Fue…

el mejor en mucho tiempo.

Ella sonrió.

Una sonrisa pequeña, frágil, pero auténtica.

— ¿Mañana?— Preguntó, con una timidez que le partía el alma.

— Mañana— Confirmó Shirou— Después de clase.

En la sala de música.

Llevaré más bollos.

Ella asintió, y por un momento, Shirou sintió el impulso de abrazarla.

De protegerla de todo el mal que sabía que la acechaba.

Pero se contuvo.

No era el momento.

No aún.

— Cuídate, Sakura.

— Tú también, Shirou.

Y mientras ella se alejaba hacia la mansión, su figura recortada contra la luz mortecina de las farolas, Shirou Emiya hizo una promesa silenciosa.

‘No importa lo que tenga que hacer.

No importa contra quién tenga que enfrentarme.

Te sacaré de ahí.

Te daré la vida que mereces’ ‘Te lo prometo’

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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