Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 Capítulo 26 La Grieta
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27: Capítulo 26: La Grieta 27: Capítulo 26: La Grieta Capítulo 26: La Grieta La puerta de la mansión Matou se cerró tras ella con un sonido sordo y definitivo, como la tapa de un ataúd sellando a su ocupante.
Sakura se quedó allí, de espaldas a la madera, escuchando cómo los latidos de su corazón intentaban calmarse después de la carrera desde la esquina donde Shirou la había dejado.
La oscuridad del recibidor la envolvía como un abrazo familiar, ese abrazo que no reconfortaba sino que recordaba, con cada poro de su piel, dónde estaba y a quién pertenecía.
Pero su mente…
su mente seguía allí, en la calle, en el parque, en la pastelería.
Todavía podía sentir el peso del bollo de crema en sus manos, ese primer bocado que había sido más dulce que cualquier cosa que hubiera probado en años.
Todavía escuchaba la risa de Shirou cuando ella admitió— con una timidez que la avergonzaba— que, como él, su color favorito era el mismo que su color de cabello Había reído.
Ella, Sakura Matou, la niña que había olvidado cómo se hacía, había reído.
Por un momento, solo un momento, había sido una persona normal.
Una chica normal, en una cita normal, con un chico normal.
‘No es una cita’ Se reprendió a sí misma, apretando los puños contra su pecho.
‘No puede ser una cita.
No para mí.
No con lo que soy.
No con lo que voy a hacerle’ Pero su corazón no escuchaba.
Su corazón seguía latiendo al ritmo de su voz, de su sonrisa, de esa forma en que la miraba como si ella fuera algo precioso en lugar de algo roto.
Recordó el momento en que se sentaron en el banco del parque, viendo el atardecer.
Shirou había estado hablando de algo, no recordaba qué, cuando de repente se detuvo y la miró con esa intensidad suya que la hacía sentir desnuda.
— Sakura— Había dicho— ¿Puedo preguntarte algo?
Ella había asentido, el corazón en un puño.
— ¿Eres feliz?
La pregunta la había golpeado como un tren.
Nadie le preguntaba eso.
Nadie se preocupaba por su felicidad.
Ni siquiera ella misma, que había enterrado ese concepto junto con su infancia.
— No lo sé— Había respondido, honesta— Creo que…
hace mucho que no pienso en eso.
Shirou había asentido lentamente, como si comprendiera algo que ella no había dicho.
— Entonces,— Dijo, con una suavidad que dolía— a partir de ahora, cada vez que estés conmigo, quiero que lo pienses.
Solo por un momento.
¿Eres feliz ahora?
Y ella lo había mirado, y había sentido el calor de su presencia, y había notado cómo los gusanos dentro de ella se aquietaban, y había pensado ‘Sí.
Sí, ahora, en este instante, soy feliz’ Pero no lo dijo.
No podía.
Decirlo habría sido admitir que merecía serlo, y eso era una herejía demasiado grande para su alma rota.
— Lo intentaré— Susurró en su lugar.
Y él había sonreído, y esa sonrisa había valido más que todas las palabras del mundo.
* * * Sakura se llevó una mano al estómago, presionando, intentando sentir ese movimiento constante que era su compañero perpetuo.
Estaban ahí, sí.
Inquietos.
Nerviosos.
Reptando incansables en su interior, como siempre en esta casa, como siempre en su vida.
Pero hacía unas horas, cuando estaba con él…
‘No fue la música.
Fue él’ Recordó el momento en que Shirou había comenzado a tocar el piano.
La melodía había sido hermosa, sí, pero a diferencia de lo que pensó al principio, fue cuando él se giró y la miró, cuando le sonrió con esa calidez que parecía imposible en un mundo tan frío…
los gusanos, que nunca se detenían, que siempre reptaban incansables en su interior, se habían quedado quietos.
Verdaderamente inmóviles No fue una exageración, sino un hecho.
Durante todo el tiempo que pasó con Shirou, desde aquel primer momento en la sala de música hasta la despedida en la esquina, los Crest Worms habían estado…
paralizados.
Como si hubieran olvidado su propósito.
Como si hubieran sido hipnotizados.
Al principio, en su ingenuidad, pensó que era la música.
Que incluso esas criaturas monstruosas podían ser apaciguadas por la belleza del arte.
Pero mientras el día avanzaba, mientras caminaban y hablaban y reían, fue notando algo más.
Cuando Shirou se acercaba, los gusanos se retiraban.
Cuando su mirada se posaba en ella, los gusanos se encogían.
Cuando su voz sonaba suave y cálida, los gusanos…
“callaban” No era una pausa pasiva.
Era un retroceso activo.
Como si intentaran hacerse pequeños, invisibles, como si…
‘Como si tuvieran miedo de que él los viera’ El pensamiento la golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago.
Sakura se quedó inmóvil, procesando la idea con una mezcla de incredulidad y una esperanza tan frágil que apenas se atrevía a sostenerla.
‘¿Miedo?
¿Mis gusanos tienen miedo de Shirou?
¿De un chico de doce años con el brazo roto?’ Pero cuanto más lo pensaba, más sentido tenía.
Los Crest Worms no eran criaturas tontas.
Eran extensiones de la voluntad de Zouken, sí, pero también tenían instintos propios.
Sabían reconocer el peligro.
Sabían cuándo esconderse.
Y en presencia de Shirou Emiya, se escondían.
‘¿Qué eres realmente, Shirou?’ Se preguntó, mientras una parte de ella, esa que aún recordaba cómo era sentir algo distinto al dolor, se aferraba a esa pregunta como un náufrago a una tabla.
‘¿Qué tienes que los asusta tanto?’ No lo sabía.
Pero por primera vez, la ignorancia no era una condena.
Era una posibilidad.
* * * — Bienvenida a casa, querida Sakura.
La voz arrastró a Sakura de vuelta a la realidad con la violencia de un latigazo.
Zouken Matou estaba allí, en la penumbra del pasillo, apoyado en su bastón con esa sonrisa espeluznante que siempre hacía que su sangre se helara.
La luz mortecina de una lámpara de aceite proyectaba sombras retorcidas en su rostro, acentuando las arrugas profundas, los ojos amarillos y acuosos, esa expresión de propietario observando su mercancía.
Sakura sintió que la garganta se le cerraba.
Su mente, que hacía un momento volaba libre recordando la calidez del día, quedó atrapada de nuevo en la jaula de su cuerpo.
Las palabras de Zouken eran como agujas: precisas, dolorosas, inevitables.
— ¿Cómo ha ido tu…
misión?— Preguntó, saboreando cada palabra como un manjar, como si el simple acto de preguntar fuera una forma de tortura.
— He…
he pasado tiempo con él— Logró articular, con voz que apenas era un susurro.
Sus manos, instintivamente, se entrelazaron frente a ella, el gesto protector que había perfeccionado a lo largo de los años.
— Ya veo.
¿Y?
— Y…
nada más.
Solo hablamos.
Caminamos.
Comimos algo.
Zouken se acercó lentamente, el bastón marcando el ritmo sobre las tablas del suelo.
Tock.
Tock.
Tock.
Cada golpe era una cuenta atrás, un recordatorio de que el tiempo en esta casa no pertenecía a los vivos, sino a los muertos que se negaban a irse.
— ¿Solo hablaron?— Repitió, con un tono de diversión cruel— ¿Solo caminaron?
¿Solo comieron?— Se detuvo frente a ella, tan cerca que Sakura podía oler su aliento rancio, esa mezcla de podredumbre y algo más antiguo, algo que había dejado de ser humano hacía siglos— Parece que mi pequeña nieta está disfrutando más de la cuenta de su misión.
— No…
no es eso…
— ¿No?— La mano huesuda de Zouken se alzó y acarició la mejilla de Sakura con una falsa ternura que le revolvió el estómago.
Sus dedos, fríos como la tumba, trazaron el contorno de su mandíbula con una lentitud deliberada— Porque en tus ojos veo algo diferente hoy.
Algo que no me gusta.
¿Será que mi sumisa marioneta está desarrollando sentimientos por su objetivo?
Sakura quiso negar.
Quiso gritar que no, que ella nunca, que no merecía, que no podía, que era una chica sucia, rota, indigna de algo tan puro como lo que había sentido hoy.
Pero las palabras no salían.
Porque en el fondo, en ese lugar que aún se atrevía a sentir a pesar de todo, sabía que era verdad.
Shirou Emiya le había mostrado en un solo día más calidez que toda su familia en años.
Le había ofrecido un bollo de crema y una sonrisa y un “¿Eres feliz?” que resonaba en su pecho como una campana.
Y eso…
eso era peligroso.
Para él.
Para ella.
Para todos.
Zouken rió, un sonido seco y cascado como hojas muertas arrastradas por el viento.
El sonido rebotó en las paredes del recibidor, multiplicándose, burlándose de ella.
— No importa— Dijo, retirando la mano y dándole la espalda— De hecho, es mejor así.
Entre más confíe en ti, más fácil será cuando llegue el momento.
Caminó hacia el interior de la mansión, su silueta encorvada recortada contra la penumbra.
Pero antes de desaparecer por completo, se volvió una última vez.
Sus ojos amarillos brillaron en la oscuridad como los de un insecto.
— Sigue así, querida.
Acércate a él.
Hazte indispensable.
Conoce sus miedos, sus sueños, sus debilidades.
Y cuando yo lo indique…— Su sonrisa se ensanchó hasta lo grotesco, mostrando encías negras y dientes amarillentos— Le partirás el corazón.
Será un buen entrenamiento para lo que vendrá después.
Se alejó pasillo adentro, dejando a Sakura temblando en la entrada.
El eco de sus pasos y el golpeteo del bastón se fueron desvaneciendo lentamente, absorbidos por la oscuridad de la mansión.
Tock.
Tock.
Tock.
Silencio.
* * * Sakura se quedó inmóvil durante mucho tiempo.
No sabía cuánto.
El tiempo en esta casa no significaba nada; era un concepto que pertenecía al mundo exterior.
Aquí solo existía la espera.
La eterna, interminable espera.
Pero mientras su figura encorvada se perdía en la oscuridad, Sakura sintió algo que no había sentido en años: una pequeña, minúscula, casi imperceptible grieta en el control absoluto que Zouken ejercía sobre ella.
Él no lo sabía.
No sabía que los gusanos se habían aquietado.
No sabía que, por un momento, ella había dejado de ser un receptáculo de dolor y sufrimiento para ser simplemente…
Sakura Zouken lo controlaba todo.
O eso creía.
Sabía cada uno de sus movimientos, cada uno de sus pensamientos, cada latido de su corazón esclavo.
Pero no podía sentir lo que sentían sus propios Crest Worms.
No podía saber que, en presencia de Shirou Emiya, esas criaturas se encogían de miedo como lobos ante un depredador mucho más grande.
* * * Su habitación la recibió con su familiar olor a humedad y soledad.
Sakura se dejó caer sobre la cama, sin molestarse siquiera en cambiarse de ropa.
El techo, agrietado y manchado de humedad, era su único acompañante en las noches interminables.
Pero esta noche era diferente.
Llevó una mano a su pecho, justo donde sentía el movimiento constante de los Crest Worms.
Estaban inquietos.
Agitados.
Como siempre lo eran.
Pero mientras recordaba el día, las conversaciones, la cara de Shirou… los gusanos bajaban el ritmo casi… cautelosos ‘Miedo’, Pensó.
‘Tienen miedo.
Y si ellos tienen miedo…’ Si ellos, que eran extensiones de la voluntad de Zouken, tenían miedo de Shirou…
entonces quizás, solo quizás, había algo en ese chico que podía enfrentarse a su abuelo.
Algo que podía protegerla.
Algo que podía…
‘No.
No pienses eso.
No puedes pensar eso.
No tienes derecho’ La culpa la golpeó con la fuerza de una ola.
¿Cómo se atrevía a pensar en esperanza?
¿Cómo se atrevía a imaginar un futuro mejor, cuando ese mismo futuro significaba la destrucción de Shirou?
Porque Zouken no se detendría.
Nunca se detenía.
Y cuando llegara el momento, ella sería el instrumento de su caída.
Una lágrima rodó por su mejilla.
Luego otra.
Y otra.
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