Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 28
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Capítulo 28: Capítulo 27: El Consejo de la Reina
Capítulo 27: El Consejo de la Reina
La noche había caído sobre la Villa Emiya con su manto de silencio y estrellas, pero Shirou no podía dormir.
No era el brazo. Bueno, no solo el brazo. La molestia sorda del yeso y la tensión de los músculos inmovilizados contribuían, sí, pero el verdadero culpable de su insomnio era mucho más profundo. Era un pozo de imágenes, de visiones, de esa mirada púrpura que no podía sacar de su cabeza.
Yacía en su futón, mirando el techo con los ojos abiertos, mientras los recuerdos del día se arremolinaban en su mente como hojas en una tormenta.
‘Sakura’
Su nombre era una herida y una caricia al mismo tiempo. Cada vez que pensaba en ella, en su sonrisa tímida cuando probó el bollo de crema, en el modo en que sus ojos se iluminaban cuando él decía algo gracioso, en la forma en que sus manos se entrelazaban frente a ella como si intentaran sostenerse a sí mismas… cada uno de esos recuerdos era un pequeño tesoro que atesoraba en su pecho.
Pero junto a ellos, como una sombra alargada, llegaban las visiones.
La niña siendo entregada por su padre. La niña siendo empujada al pozo. La adolescente siendo profanada por gusanos interminables. Esos ojos, esos mismos ojos púrpura que hoy habían brillado con una chispa de vida, vacíos y muertos en un sótano de pesadilla.
‘Zouken Matou’
El nombre del anciano reptó por su mente como uno de sus propios gusanos, dejando un rastro de bilis y odio. Shirou apretó los dientes, su mano buena aferrando la manta con una fuerza que hacía blanquear los nudillos.
¿Qué podía hacer él? ¿Qué podía hacer un chico de doce años con un brazo roto, un puñado de lecciones de magia a medio aprender, y un origen que parecía empeñado en sabotearlo todo? Zouken Matou era un magus ancestral, un ser que había sobrevivido siglos, que controlaba una línea de sangre con quien sabe cuantos siglos de antigüedad, y que tenía a Sakura en su poder de formas que Shirou ni siquiera podía imaginar.
‘Y yo no soy nada. No soy fuerte. No sé nada. No puedo salvarla’
La impotencia le retorcía el estómago, convirtiéndose en una rabia sorda y autodestructiva. Rabia contra Zouken, sí, pero también contra sí mismo. Contra su debilidad. Contra su insuficiencia. Contra ese maldito brazo roto que ni siquiera le permitía moverse con libertad.
‘Si al menos pudiera hacer algo. Si al menos pudiera entrar en esa mansión y sacarla de ahí. Si al menos…’
— ¿Acaso los gusanos de los que murmuras han trepado a tu cerebro y te están devorando las neuronas, o es que mi Estrella Errante ha decidido adoptar la posición de un cadáver por pura diversión?
La voz, clara y burlona, atravesó la oscuridad de su habitación como un cuchillo de oro. Shirou se incorporó de golpe, el corazón latiéndole a mil por hora, y vio a Gilgamesh recostada en el marco de la puerta.
Llevaba un conjunto casual, pero evidentemente caro, y en una mano sostenía una copa de vino como siempre. Su cabello dorado caía en cascada sobre sus hombros, captando la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. Detrás de ella, desde el salón, llegaba el tenue resplandor azulado de un televisor de última generación.
— ¿G-Gil?— Tartamudeó Shirou, aún recuperándose del susto— ¿Qué haces despierta?
— La pregunta, pequeño, es qué haces TÚ despierto, retorciéndote en tu colchón de paja como un gusano en un anzuelo— Gilgamesh se apartó del marco y entró en la habitación sin pedir permiso, como era su costumbre. Se dejó caer con las piernas cruzadas en el borde del futón con una elegancia que hacía que el humilde acto pareciera una audiencia real— Llevo dos horas escuchando tus suspiros dramáticos desde el salón. Ha arruinado por completo mi documental sobre invertebrados.
Shirou parpadeó. De todas las cosas que esperaba, esa no era una de ellas.
— ¿Documental sobre invertebrados?
— Fascinante— Dijo Gilgamesh, con un brillo en los ojos que no era precisamente científico— Esas criaturas, tan simples, tan primitivas, y sin embargo tan resistentes. Algunas pueden sobrevivir a la amputación de partes enteras de su cuerpo. Otras secretan venenos que paralizan a sus presas. Hay una especie, la Eristalis tenax, cuyas larvas viven en aguas estancadas y putrefactas, respirando a través de un tubo que parece un apéndice demoníaco— Hizo una pausa, saboreando las palabras— Me recordaron a ciertos magos que conozco.
Shirou sintió un escalofrío. No podía evitar que su mente asociara las palabras de Gilgamesh con las visiones de Sakura en ese pozo. El estómago dándole un vuelco.
— Pero dejemos de lado a los bichos— Continuó Gilgamesh, observándolo con esos ojos escarlata que parecían verlo todo— Háblame. ¿Qué nube de estupor nubla el brillo de mi estrella favorita?
Shirou dudó. Kiritsugu no estaba. Taiga dormía en su casa, ajena a todo. Rin… Rin no podía ayudarle con esto, no sin revelar demasiado, no sin exponer a Sakura a más peligro. Gilgamesh era, a pesar de su arrogancia insufrible, la única persona en quien podía confiar.
— Hoy…— Comenzó, con voz vacilante— Hoy conocí a alguien.
— ¿Alguien?— La ceja de Gilgamesh se arqueó con interés— Por tu expresión de perro apaleado, no es un cualquiera. ¿Una chica?
Shirou asintió.
— Interesante. Continúa.
Y Shirou lo hizo. Le contó todo: cómo había ido a la escuela temprano porque el brazo no le dejaba dormir, cómo había terminado en la sala de música por impulso, cómo había tocado el piano sin pensar. Le contó que al terminar, al girarse, había visto a Sakura allí, en la puerta, con lágrimas en los ojos. Y le contó lo que ocurrió después: el tsunami de visiones, las imágenes de esa misma chica siendo torturada, violada, destruida por su propia familia.
— Cuando la miré— Dijo, con la voz quebrada—, lo vi todo. Su padre entregándola. Su hermano… haciéndole cosas. El anciano, Zouken Matou, empujándola a un pozo lleno de… de gusanos. Y ella… ella al final, con los ojos vacíos, como si ya no quedara nada…
El silencio que siguió fue denso. Gilgamesh lo observaba con una expresión que Shirou no podía descifrar: no era burla, ni compasión, si siquiera desdén. Era algo más complejo. Algo que quizá solo una reina podía sentir al contemplar el sufrimiento de un súbdito.
— Tu “clarividencia”— Dijo al fin— Tu padre me habló de ella antes de irse. La capacidad de ver fragmentos de futuros posibles— Sus dedos tamborilearon sobre la copa de vino— Es un don extraño para un humano de esta era. La adivinación requiere generalmente intervención divina, códigos místicos complejos, o una afinidad innata que tú, según lo que he visto, no posees. Si no fuera porque eres mi Estrella Errante, jamás creería semejante insensatez.
Shirou la miró, confundido.
— ¿Quieres decir que…?
— Quiero decir que lo que ves es real— Lo interrumpió Gilgamesh— O al menos, real en el sentido de que son posibilidades ancladas en el presente. Esos futuros existen, latentes, esperando las condiciones adecuadas para manifestarse. Pero también existen otros futuros. Y tú, pequeña estrella, tienes el poder de elegir cuál de ellos quieres hacer realidad.
— Pero no tengo fuerza…
— Siéntate.
La orden fue tan repentina que Shirou obedeció antes de pensar. Gilgamesh se levantó y caminó hacia la puerta, haciendo un gesto imperioso para que la siguiera. Shirou la obedeció, confundido, y la siguió hasta el salón.
El televisor de pantalla plana que Gilgamesh había comprado— reemplazando el viejo aparato voluminoso que había sido un regalo de Taiga— mostraba precisamente el documental del que había hablado. En la pantalla, un primer plano grotesco de gusanos retorciéndose sobre un cadáver en descomposición llenaba la habitación con su imagen nauseabunda.
Shirou sintió que la bilis le subía a la garganta.
— Siéntate a mi lado— Ordenó Gilgamesh, acomodándose en el sofá.
Shirou obedeció, aunque cada fibra de su ser quería apartar la mirada de esa pantalla. Se sentó junto a ella, rígido, incómodo.
— Dime— Dijo Gilgamesh, sin apartar la vista del documental— ¿Qué quieres de mí? ¿Qué consejo buscas?
Shirou la miró. La respuesta estaba en su mente, clara y aterradora.
— No sé qué hacer— Admitió— Quiero salvarla. Quiero sacarla de ahí, de ese pozo, de esa mansión, de las garras de ese monstruo. Pero no puedo. Con mi fuerza actual, con lo que sé, con lo que soy…— Negó con la cabeza, frustrado— Si intento algo, Zouken Matou me matará. O peor, me convertirá en una marioneta. Y entonces ella… ella se quedará allí para siempre, y yo no habré conseguido nada.
Gilgamesh guardó silencio durante un largo momento. En la pantalla, los gusanos continuaban su danza macabra.
— Ese gusano asqueroso— Dijo al fin, y su voz era puro desprecio— Zouken Matou. He oído hablar de él. Un cadáver ambulante que se aferra a la existencia con la tenacidad de una cucaracha. No es un magus, es una parásito. Un tumor con pretensiones de grandeza.
Shirou la miró, sorprendido por la ferocidad de sus palabras.
— Pero…— Continuó Gilgamesh, y sus ojos escarlata se posaron en él con una intensidad que lo hizo contener el aliento— no esperes que intervenga directamente. No lo haré.
El corazón de Shirou se hundió.
— ¿Por qué?
— Porque soy tu maestra, pequeña estrella, no tu salvadora— Gilgamesh se reclinó en el sofá, adoptando una pose de reina en su trono— Mi propósito es verte crecer, verte superar obstáculos, verte convertirte en algo digno de mi atención. Si resolviera todos tus problemas por ti, no serías más que una mascota. Y yo no colecciono mascotas.
La frustración de Shirou amenazaba con desbordarse. Sus manos temblaban, su mandíbula estaba tan apretada que dolía. Gilgamesh lo observó, y en sus ojos, por un instante, apareció algo que podría ser… ¿compasión?
— Pero,— Dijo, y la palabra colgó en el aire como una promesa— eso no significa que no tenga nada que decirte.
Shirou la miró, esperanzado a pesar de sí mismo.
— Zouken Matou, con los medios que tienes actualmente, no es completamente invencible.
La afirmación cayó como una bomba.
— ¿Q-qué?
— No te recomiendo en absoluto que te enfrentes a él directamente— Puntualizó Gilgamesh, levantando un dedo— Sería un suicidio. Pero tienes algo que él no tiene, algo que ni siquiera él puede contrarrestar.
— ¿Qué?
— A ella.
Shirou parpadeó, confundido.
— Tu pequeña amiga, Sakura— Explicó Gilgamesh— Concéntrate en ella
— Pero… ¿cómo eso va a ayudar?
Gilgamesh sonrió, y era una sonrisa que no era una sonrisa, una expresión de pura y absoluta certeza.
— ¿No lo has notado, pequeño? ¿No has sentido algo extraño cuando estás con ella?
Shirou pensó en el día. En cómo, a pesar de todo, a pesar de las visiones horribles, había sido… bueno. Cálido. Diferente.
— Los gusanos— Dijo de repente, y las piezas comenzaron a encajar— Cuando estoy con ella, los gusanos…
— Se aquietan— Completó Gilgamesh— Se esconden. Intentan pasar desapercibidos. Como si tú fueras un depredador y ellos, las presas.
Shirou la miró, atónito.
— ¿Cómo sabes eso?
— Porque lo he visto en tus ojos desde que volviste. Porque conozco esa mirada. Es la misma que tenía yo cuando contemplaba algo que merecía ser protegido— Hizo una pausa— Tu sola presencia, Shirou Emiya, es más poderosa contra esos gusanos de lo que cualquier hechizo podría ser. Eres como un faro de luz purificadora que repele las sombras y deshace la corrupción. Los Crest Worms de Matou te perciben como una amenaza. Una amenaza a la que no pueden enfrentarse. Y mientras tú estés cerca de ella, mientras ella sienta tu calor, tu luz… los gusanos perderán influencia sobre su cuerpo y alma
Shirou sintió que el corazón le latía con fuerza. ¿Era posible? ¿Tan simple?
— No es simple— Dijo Gilgamesh, como si le leyera el pensamiento— Requerirá tiempo y paciencia. Requerirá que estés ahí para ella una y otra vez, aunque ella intente alejarte, aunque ella crea que no lo merece. Requerirá que la sostengas cuando se rompa, que la recojas cuando caiga, que la ames cuando ella misma sea incapaz de amarse— Su voz se suavizó, solo un poco— Y cuando, finalmente, los gusanos hayan perdido todo su poder sobre ella… entonces, y solo entonces, podrás darle el golpe final a ese gusano asqueroso. Porque sin ella como ancla, sin su cuerpo como recipiente, Zouken Matou no será más que un anciano decrépito a las puertas de la muerte. Y tú, mi Estrella Errante, podrás cerrar la puerta para siempre.
El silencio que siguió fue enorme. Shirou miraba a Gilgamesh, y por primera vez, detrás de toda esa arrogancia, detrás de ese desdén perpetuo, veía algo más. Veía a alguien que había decidido, a su manera retorcida, ayudarlo.
— Gracias— Susurró.
Gilgamesh resopló.
— No me des las gracias. Solo te he dicho lo que cualquier rey sabría. Ahora, si has terminado con tu crisis existencial, vete a dormir. El documental se ha puesto realmente interesante— Señaló la pantalla, donde los gusanos estaban siendo devorados por una criatura más grande— Mira, el círculo de la vida. Hasta los parásitos tienen depredadores.
Shirou sonrió, a pesar de todo. Se levantó, pero antes de irse, se volvió.
— Gil.
— ¿Qué?
— Ella se llama Sakura. Sakura Matou. Y cuando la salve… ¿te gustaría conocerla?
Gilgamesh lo miró largamente. Luego, sus labios se curvaron en una sonrisa que era pura diversión.
— Tal vez. Si logra ser tan interesante como prometes, podría concederle una audiencia. Y quizás dejarle estar al lado de MI Estrella Errante— Hizo un gesto de despedida con la mano— Ahora vete. Necesito concentrarme en cómo estas criaturas logran sobrevivir sin columna vertebral. Es realmente inspirador.
Shirou volvió a su habitación. Por primera vez en horas, su mente no estaba llena de imágenes de sufrimiento y desesperación. Había un plan. Un camino. Una dirección.
No sería fácil. No sería rápido. Pero había esperanza.
Y mientras se acostaba, mientras el sueño comenzaba a vencerlo, Shirou Emiya sonrió.
‘Mañana’ Pensó. ‘Mañana la veré otra vez. Y empezaré a salvarla’
En el salón, Gilgamesh observaba los últimos minutos de su documental con una sonrisa que no era para las criaturas de la pantalla.
— Sakura Matou— Murmuró para sí misma, saboreando el nombre— Interesante. Muy interesante. Este espectáculo mejora por momentos.
Apagó el televisor con un gesto y se levantó. La noche era joven, y ella tenía siglos de experiencia en esperar a que las cosas interesantes ocurrieran.
Pero por primera vez en mucho tiempo, esperar no le parecía una carga. Era un placer. El placer de ver a su Estrella Errante brillar un poco más cada día.
Y eso, pensó mientras se retiraba a su habitación, era un espectáculo digno de un rey.
* * *
“Eristalis tenax”: La Eristalis tenax, comúnmente conocida como mosca abeja o mosca zángano, es una especie de díptero de la familia Syrphidae que destaca por su asombroso mimetismo batesiano, ya que posee un aspecto físico y un comportamiento de vuelo muy similares a los de una abeja melífera para disuadir a sus depredadores. A diferencia de las abejas, no posee aguijón y solo tiene un par de alas funcionales; además, desempeña un papel ecológico fundamental como polinizador generalista de diversas plantas y cultivos. En su etapa larvaria, se le conoce como “larva de cola de ratón” debido a un largo tubo respiratorio sifonal que le permite sobrevivir en aguas estancadas o con altos niveles de materia orgánica en descomposición.
Capítulo 28: El Equilibrista
El timbre de la mañana encontró a Shirou Emiya en una encrucijada silenciosa, de esas que no se ven pero se sienten en cada fibra del cuerpo.
Había llegado a la academia con el brazo enyesado bien sujeto al cabestrillo, la mochila colgando del hombro sano, y una determinación recién descubierta ardiendo en su pecho. El consejo de Gilgamesh resonaba en su mente como un mantra: *Concéntrate en ella. Tu sola presencia es más poderosa que cualquier hechizo.*
Pero la teoría, como bien sabía por sus clases con Rin, siempre era más sencilla que la práctica.
* * *
La primera prueba llegó antes de lo esperado.
— ¡Shirou-kun!
La voz, suave y tímida, lo alcanzó cuando cruzaba las puertas principales. Se giró y allí estaba Sakura, con su uniforme impecable, su cabello morado suelto cayendo delicadamente por sus hombros, y esa expresión suya de alerta silenciosa que tanto le recordaba a un animal pequeño en territorio hostil.
— Sakura— Respondió, y su voz sonó más cálida de lo que pretendía— Buenos días.
Ella se acercó con pasos cortos, casi vacilantes, como si temiera que el suelo fuera a abrirse bajo sus pies. Cuando estuvo a su lado, sus miradas se encontraron, y Shirou vio en esos ojos púrpura un destello de algo que no supo identificar. ¿Agradecimiento? ¿Timidez? ¿Miedo?
— ¿Cómo está tu brazo?— Preguntó ella, mirando el yeso.
— Igual que ayer. Molesto, pero soportable— Shirou sonrió, intentando transmitir tranquilidad— No te preocupes.
Caminaron juntos hacia las taquillas. El pasillo estaba aún medio vacío, y el eco de sus pasos resonaba en la mañana fresca. Shirou notó cómo Sakura mantenía una distancia cuidadosa, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, como si calculara cada centímetro de separación.
— ¿Dormiste bien?— Preguntó él, buscando conversación.
Ella dudó un instante. Luego asintió.
— Sí— Otra pausa— Eso creo…
Shirou sintió un pinchazo en el pecho. ‘Eso creo’. Qué manera tan triste de confirmar algo tan básico como haber descansado. Pero no presionó. No podía presionar. El consejo de Gil era claro: paciencia. Estar ahí. Dejar que ella se acercara a su ritmo.
— Me alegro— Dijo simplemente, una sonrisa adornando sus rasgos
Llegaron a las taquillas. La de Sakura estaba cerca de la suya, algo que Shirou no había notado hasta ahora. Mientras ella manipulaba la combinación del candado, él la observó de reojo. Sus movimientos eran precisos, mecánicos, como si los hubiera ensayado miles de veces. Pero había una rigidez en sus hombros, una tensión contenida que delataba algo más.
‘Los gusanos’, Pensó. ‘Deben estar revolviéndose dentro de ella’
La idea de que su presencia pudiera aliviar ese tormento, aunque solo fuera por unas horas, le produjo una mezcla de esperanza y una profunda, desgarradora impotencia. Porque sí, podía ayudarla estando cerca. Pero no podía eliminarlos. No podía sacarla de esa casa. No podía enfrentarse a Zouken ahora. No podía, no podía, no podía.
‘Concéntrate en ella’, Le susurró una voz interna que sonaba sospechosamente a Gil. ‘Eso es lo que puedes hacer ahora. Lo demás, vendrá después’
— Sakura— Dijo, y ella se giró— Si hoy después de clase no tienes planes… podríamos repetir lo de ayer. Si quieres
Ella lo miró, abriendo los ojos con sorpresa, y en ellos, una chispa de anhelo y frágil esperanza bailo en sus pupilas
— ¿No te importa?— Preguntó, con una voz tan baja que apenas pudo oírla
— No me importa— Respondió Shirou, su cálida sonrisa parecía capaz de dividir su cara— Me gusta pasar tiempo contigo
Las mejillas de Sakura se tiñeron de un rosa apenas perceptible. Bajó la mirada, y sus manos, como siempre, se entrelazaron frente a ella.
— Entonces… sí. Me gustaría
* * *
La mañana transcurrió con la normalidad absurda de los días escolares. Matemáticas, historia, ciencias. Shirou tomaba apuntes con su brazo bueno, respondía cuando lo llamaban, y en los intervalos, su mente vagaba hacia la chica de cabello morado que estaba en algún lugar de ese mismo edificio.
Durante el recreo, mientras buscaba un lugar tranquilo donde sentarse, una voz conocida lo detuvo en seco.
— Emiya.
Rin Tohsaka estaba apoyada contra la pared cerca de las máquinas expendedoras, con los brazos cruzados y esa expresión suya de “tengo algo importante que decirte pero no pienso rebajarme a pedirte que te acerques”. Su cabello negro, perfectamente recogido en sus coletas gemelas, brillaba bajo el sol de la mañana.
Shirou se acercó, consciente de repente de la tensión en su propio pecho.
— Tohsaka. Buenos días.
— Días— Respondió ella, escueta— ¿Cómo está ese brazo tuyo? ¿Has intentado alguna tontería mientras yo no estaba?
— No— Dijo Shirou, y era cierto, aunque por poco— Solo he estado… descansando.
Rin lo miró con suspicacia, esos ojos azules capaces de detectar mentiras a kilómetros.
— ¿Seguro? Porque tienes una cara de “he estado tramando algo” que no me gusta nada.
Shirou forzó una sonrisa neutral— Solo he estado pensando. En lo que dijiste. En lo de controlar el flujo de prana.
Rin arqueó una ceja, pero no presionó.
— Bueno, mientras no hagas experimentos sin supervisión, me conformo— Se apartó de la pared y caminó junto a él— Hablando de eso, esta semana retomamos las clases. Ya estás lo suficientemente recuperado para teorizar, y no pienso dejar que esa arpía dorada se lleve todo el mérito de tu educación.
— Gil no es una arpía— Protestó Shirou, débilmente.
— Es peor. Es una arpía con complejo de reina— Rin resopló— Pero dejemos eso. ¿Cómo van tus prácticas de ocultamiento? ¿Sigues brillando como un faro cada vez que te despistas?
Shirou negó con la cabeza— Creo que voy mejorando. Nadie me ha mirado raro
— Eso no es un indicador fiable— Dijo Rin, pero en su voz había un dejo de aprobación— La gente normal no ve estas cosas. Pero bueno, mientras no te delates tú solo…
Siguieron caminando, y Shirou notó cómo su tensión inicial se disipaba lentamente. Hablar con Rin era… cómodo. Familiar. A pesar de sus regaños y su actitud, era un ancla en el mundo caótico en el que se había metido.
Pero entonces, al doblar una esquina, la vio.
Sakura estaba al fondo del pasillo, hablando con una compañera de clase. Su postura era la de siempre: erguida pero tensa, con esa rigidez que solo Shirou parecía notar. Y cuando sus miradas se encontraron a través de la distancia, ella le dedicó una pequeña inclinación de cabeza, casi imperceptible.
Shirou le devolvió el gesto, una sonrisa mínima.
— ¿Qué miras?— Preguntó Rin, siguiendo su mirada.
— Nada— Respondió Shirou, demasiado rápido— Solo… saludaba a una conocida.
Rin observó a Sakura por un momento, y en sus ojos apareció una expresión que a Shirou le costo interpretar. ¿Curiosidad? ¿Reconocimiento? ¿Algo más profundo?
— Sakura Matou— Dijo Rin, como si saboreara el nombre— De la clase de al lado— Hizo una pausa— ¿La conoces?
— Un poco— Admitió Shirou, con cuidado— Hemos hablado algunas veces.
Rin asintió lentamente. No dijo nada más, pero Shirou sintió que su mirada se había vuelto ligeramente más aguda. Como si hubiera anotado algo en su archivo mental.
‘No sabe nada’, Pensó Shirou, la culpa le golpeo con fuerza. ‘No sabe por lo que esta pasando su hermana su hermana. No tiene ni idea’
Y él no podía decírselo. No podía porque Rin, con su temperamento y su orgullo y su amor mal canalizado, haría algo drástico. Iría a la mansión Matou, enfrentaría a Zouken, y probablemente terminaría muerta o algo peor.
Así que sonrió, asintió, y siguió caminando a su lado, sintiéndose como el peor tipo del mundo.
* * *
El resto del día fue un ejercicio de equilibrio.
En la hora del almuerzo, Shirou buscó a Sakura y la encontró en un rincón tranquilo del patio, comiendo sola. Se sentó a su lado sin preguntar, y ella lo miró con esa mezcla de sorpresa y gratitud silenciosa que siempre le partía el corazón.
Compartieron el almuerzo en silencio al principio, pero luego Sakura comenzó a hablar. Poco, cosas sin importancia: una profesora que había regañado a un compañero, un pájaro que se había posado en la ventana de su aula, el sabor del té de la máquina expendedora. Cosas normales. Cotidianas. Y Shirou las escuchaba como si fueran las palabras más importantes del mundo, porque para ella, lo eran.
En un momento dado, mientras compartían un bollo de crema partido por la mitad, Sakura dijo:
— Shirou… ¿tú crees que una persona puede ser feliz? Incluso cuando todo parece… oscuro.
La pregunta era simple, casi ingenua, pero había en ella un peso que Shirou sintió en lo más profundo. No era una cuestión filosófica. Era una pregunta personal, urgentemente personal.
Shirou pensó en ella, en lo que las visiones le habían mostrado. Pensó en ese pozo, en los gusanos, en la mirada vacía de una Sakura que había perdido toda esperanza. Y pensó en el consejo de Gilgamesh: ‘Tu sola presencia es más poderosa que cualquier hechizo’
— Sí— Respondió, con convicción— Creo que sí. No todo el tiempo, quizá. Pero hay momentos. Pequeños momentos. Como este
Señaló el bollo, el sol filtrándose entre las hojas, el rumor lejano de la ciudad. Cosas simples. Cotidianas.
— A veces,— Continuó— la felicidad no es algo grande. No es un milagro que cambia tu vida de repente. Son cosas pequeñas. Comer algo rico. Que alguien te sonría. Sentir el sol en la cara— Hizo una pausa— Y si puedes juntar suficientes de esos momentos pequeños… quizá la oscuridad no parezca tan grande
Sakura lo miró, y en sus ojos púrpura había algo que parecía a punto de romperse. No era desesperación. Era algo más frágil, más vulnerable. Era la expresión de alguien que nunca había considerado esa posibilidad.
— ¿Tú…?— Su voz se quebró— ¿Tú tienes esos momentos?
La sonrisa de Shirou se volvió un poco melancólica, pero no infeliz
— Sí. Como ahora— La miró directamente— Estar aquí, hablando cosas random contigo. Es uno de esos momentos
Sakura desvió la mirada, pero Shirou alcanzó a ver cómo sus mejillas se teñían de un rosa apenas perceptible. Sus manos, siempre entrelazadas, se aferraron con más fuerza a la falda.
— Yo…— Murmuró— Yo también. Creo.
— Entonces,— Dijo Shirou, suavemente— ¿te parece si seguimos juntando momentos así? No tienen que ser grandes. Solo… estar aquí. Hablar. Compartir bollos de crema.
Sakura levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos, pero no había tristeza en ellos
—Sí — Susurró— Me gustaría.
Y ese “me gustaría” valió más que todos los hechizos del mundo.
* * * (A.N: Bro, yo mismo estoy escribiendo esta mierda y siento que alguien se va a morir… malditos traumas)
Después de clases, Shirou tuvo que pasar por el laboratorio de ciencias para recoger un trabajo atrasado. Cuando salió, Rin lo estaba esperando en el pasillo.
— Emiya— Dijo, sin preámbulos— ¿Tienes un momento?
Shirou asintió, y juntos caminaron hacia una zona más tranquila del edificio. El sol de la tarde proyectaba largas sombras en el suelo, y el silencio de la academia vacía era casi palpable.
— Quería preguntarte algo— Dijo Rin, y su tono era inusualmente serio— Sobre esa chica. Matou Sakura.
El corazón de Shirou dio un vuelco. Mantuvo su expresión neutral, o al menos lo intentó.
— ¿Qué pasa con ella?
— ¿La conoces bien?
— No mucho— Mintió Shirou, y la mentira supo a ceniza— ¿Por qué?
Rin frunció el ceño, pensativa.
— No sé. Hay algo en ella… algo que no encaja. Su firma mágica, quiero decir. Es tenue, casi imperceptible, pero está ahí. Y es… extraña. Como si estuviera contaminada.
Shirou sintió un escalofrío. Rin había percibido algo. Por supuesto que lo había hecho. Era una maga talentosa, y los Crest Worms dejaban rastro.
— ¿Contaminada?— Repitió, fingiendo ignorancia.
— Sí. Como si algo… no sé, no puedo precisarlo— Rin se cruzó de brazos— Pero no es eso lo que me preocupa. Es cómo la miras tú.
Shirou se quedó helado.
— ¿Cómo la miro?
— Como si la conocieras de verdad. Como si supieras algo que yo no sé— Los ojos de Rin se clavaron en los suyos con una intensidad que dolía— ¿Hay algo que deba saber, Emiya?
El silencio se alargó, denso y pesado. Shirou podía decírselo. Podía contarle todo: que sabia que Sakura era su hermana, que estaba siendo torturada, que un monstruo llamado Zouken Matou la estaba destruyendo lentamente. Podía hacerlo, y Rin probablemente se volvería loca, pero al menos él dejaría de cargar con este secreto
Pero entonces recordó las visiones que lo vivían atormentando desde que tenia memoria, y que le seguían atormentando con nuevas posibilidades incluso ahora. Rin enfrentándose a Zouken. Rin siendo destrozada por los gusanos. Rin muriendo en un sótano oscuro mientras él no podía hacer nada.
Y supo, con una certeza absoluta, que no podía decírselo. No aún.
— No— Respondió, la mentira sintiéndose como si tragara vidrio— No hay nada que debas saber.
Rin lo miró largamente. Luego, lentamente, asintió.
— Está bien. Confío en ti— Se dio la vuelta para irse, pero se detuvo— Pero Emiya… si algún día decides contarme algo, espero que sea antes de que sea demasiado tarde. Especialmente si es algo relacionado con tu… clarividencia
Y se fue, dejando a Shirou solo en el pasillo vacío, con el peso del secreto aplastando su joven pecho.
* * *
Esa noche, mientras esperaba a Sakura en la sala de música— habían acordado verse allí después de sus respectivas actividades—, Shirou pensó en el día.
Había ayudado a Sakura. Había estado ahí para ella, había escuchado sus palabras, había sostenido su mirada. Su sola presencia había sido un bálsamo, tal como Gil le indicó
Pero también había mentido a Rin. Le había ocultado la verdad sobre su propia hermana. Había mirado a sus ojos y le había dicho “no hay nada que debas saber”, cuando en realidad había demasiado.
‘Soy un mentiroso’, Pensó, con amargura. ‘Un maldito mentiroso que juega a dos bandas’
Pero ¿qué otra opción tenía? Si le contaba a Rin, ella se enfrentaría a Zouken y probablemente moriría. Si no le contaba, Sakura seguiría sufriendo en silencio, condenada a su infierno particular.
‘No es justo. Nada de esto es justo’
— ¿Shirou?
La voz lo sacó de sus cavilaciones. Sakura estaba en la puerta, con su mochila colgando de un hombro y una expresión de preocupación en el rostro.
— ¿Estás bien? Parecías… muy serio.
Shirou respiró hondo. Forzó una sonrisa, casi en automático
— Sí, estoy bien. Solo pensaba— Se levantó del banco donde estaba sentado— ¿Lista para otro paseo?
Sakura asintió, y cuando se acercó, Shirou notó que la distancia entre ellos era un poco menor que por la mañana. Un poco más de confianza. Un poco más de cercanía.
‘Esto es lo que puedo hacer por ahora’, Pensó. ‘Esto es lo que debo hacer. Estar aquí. Para ella’
El conflicto no desapareció. La culpa no se disipó. Pero mientras caminaban juntos hacia la salida, mientras Sakura comenzaba a contarle algo sobre su clase de costura, Shirou sintió que, al menos por un momento, el equilibrio era posible.
El precio, ya lo pagaría después.
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