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Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Capitulo 2 Fragmentos de un Futuro Ajeno
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3: Capitulo 2: Fragmentos de un Futuro Ajeno 3: Capitulo 2: Fragmentos de un Futuro Ajeno Capitulo 2: Fragmentos de un Futuro Ajeno  El mundo era un lienzo gris y empapado.

La lluvia, esa misma que había sido escasa durante los días de sol y calor abrasador, ahora caía con furia desatada, como si el cielo llorara por la tragedia que había presenciado  PLIS-PLAS, chipi-chipi  El sonido constante de las gotas golpeando los lejanos restos calcinados de una parte de la ciudad era el único acompañamiento a la pesada quietud que envolvía a Shirou  Dentro de la habitación, el silencio era casi absoluto.

Solo el leve zumbido de algún aparato electrónico apagado y el ritmo monótono de la lluvia contra el cristal.

Shirou podía oler el antiséptico que impregnaba el aire, mezclado con un tenue aroma a vendas nuevas y a algo más… a soledad institucionalizada  La cama era demasiado grande para su cuerpo menudo.

Las sábanas, ásperas y estériles, le rozaban la piel con una frialdad que nada tenía que ver con la temperatura.

Cada vez que respiraba, sentía un leve tirón en el costado, un fantasma de dolor donde antes hubo una quemadura grave.

Su cuerpo recordaba lo que su mente apenas podía comprender  Miró sus manos sobre las sábanas.

Las palmas estaban limpias, sin rastro de las ampollas que, según le habían contado, habían cubierto su piel días atrás.

Flexionó los dedos lentamente, observando el movimiento con una curiosidad distante, como si esas extremidades le pertenecieran a otra persona, antes de apartar la vista hacia afuera de la ventana  Era irónico, pensó sin realmente pensar, que justo cuando el infierno se había desatado en la tierra, el agua decidiera aparecer.

Como si el mundo, tras ser consumido por el fuego, buscara desesperadamente purificarse, lavar las cenizas y el hedor a muerte.

Pero para él, esa agua no traía consuelo, solo reflejaba la devastación y la frialdad que ahora sentía dentro de sí  Su mirada, antes posada en el horizonte a través de la ventana del hospital, se enfocó en su propio reflejo.

Shirou estaba sentado, reflexionando sobre lo sucedido hace solo unos minutos desde que se despertó  Kiritsugu Emiya— así se presentó el hombre que lo rescato del incendio— fue el primero en notar su despertar.

Según las enfermeras, no se había apartado de su lado salvo para lo más esencial  Shirou tenía flashes de su presencia durante esos días de inconciencia: el sonido de una silla arrastrándose suavemente para acercarse a su cama, el susurro de páginas de un libro que nunca se terminaba de leer.

Kiritsugu no hablaba mucho.

Cuando lo hacía, su voz era un rumor bajo y grave, siempre preguntando a las enfermeras por detalles técnicos: tasas de regeneración epitelial, niveles de glóbulos blancos, signos de infección secundaria.

Pero lo que más recordaba Shirou, incluso en su estado comatoso, era la mirada del hombre.

No se sentía como la mirada suave y preocupada de los demás.

Era una vigilancia.

Kiritsugu observaba cada movimiento, cada cambio en los monitores, cada ajuste en el suero intravenoso, con la intensidad de un estratega evaluando un campo de batalla.

A veces, cuando nadie estaba allí para verlo, sus ojos se perdían en el horizonte gris más allá de la ventana, y en ellos se podía leer una ecuación interna de culpa y cálculo indescifrables  Una vez alcanzo a escuchar la voz de una joven enfermera, con un tono entre admirativo y compasivo— Ese hombre no ha dormido tres noches seguidas.

Lo único que hace es mirarlo, como si temiera que desaparecieras si parpadea—  Fue él también quien le explico lo que le pasó: Un incendio repentino a mitad de la noche, en cual, tanto Shirou como el resto de los residentes de ese sector de Fuyuki apenas tuvieron tiempo para salir de sus casas antes de ser consumidos por las llamas  Era un milagro tras otro, le dijeron.

Sobrevivir, y que sus heridas— quemaduras de segundo y tercer grado, e incluso rumores de unas de cuarto que sanaron en días— no fueran fatales.

Había estado una semana en coma, despertando casi ileso  Luego intentaron preguntarle por su nombre.

Solo una palabra vino a su mente: Shirou.

Un nombre que reconoció como suyo, pero a la vez no  ‘Y ahora esto…’   Una mano pequeña se posó sobre su reflejo en el cristal   ‘Este rostro infantil… estos ojos ámbar opacos… Este pelo blanco como el de un anciano… Nada me pertenece.

Pero tampoco recuerdo haber tenido otra cosa’  La alienación entre su reflejo y lo que su cerebro negaba, con vehemencia, era una paradoja febril que ahogaba cualquier otro pensamiento  Ni cómo no recordaba su pasado antes del fuego  Ni cómo sus heridas habían desaparecido  Solo en este particular detalle  ‘¿Quién soy?’  ‘¿Cuál es mi nombre?’  ‘¿Soy realmente Shirou—?’  Su línea de pensamiento se quebró cuando un recuerdo afloró, un dato que solo ahora, tras escuchar los nombres seguidos— Shirou y Kiritsugu Emiya— cobraba sentido  Shirou Emiya  ‘¿Este es mi nombre?… No.

Ese hombre no me reconoció como familia.

No puedo tener su mismo apellido’  ‘Pero… ¿por qué me suena tan familiar?’  Su mirada, llena de dudas, volvió al reflejo.

Esta vez se centró en solo dos cosas: Su pelo y ojos  Los imagino de otro color.

Probó combinaciones, buscando algo que encajara en su mente fragmentada.

Hasta que dio con la correcta: pelo rojo cobrizo, ojos de un dorado apagado  — ¡Argh!— Gritó repentinamente, atrayendo la atención de Kiritsugu, que esperaba afuera  —¡Shirou, ¿Que sucede?!— Oyó, pero la voz le llegó distante  No esperaba que, en ese instante de realización, un dolor punzante le taladrara el cráneo  Fue como el clic de una cerradura atascada que por fin cede, o la ruptura de una represa.

Información— ¿recuerdos?— fluyó hacia o desde su cerebro en un torrente incontrolable  ‘Imágenes de un joven indistinto frente a una pantalla  Una versión pelirroja y adulta de él, en trazos de animación, siendo atravesada por una lanza carmesí  Kiritsugu tomándole de la mano y llamándolo “hijo”  Una silueta oscura bajo la lluvia, el brillo de una mira telescópica reflejando el anhelo de un ideal imposible  El frío del metal de una espada en sus manos, seguido instantáneamente por el calor pegajoso de la sangre propia  Dos hermanas de distinto apellido y color de cabello cenando con él en paz  El sabor a polvo y óxido en su boca mientras gritaba el nombre de una chica con trenzas  El susurro dulce y envolvente de una joven de cabellos púrpura, cuya voz acariciaba el aire con una suavidad que parecía detener el tiempo  Dos guerras del mismo origen— una, la causante de su desgracia actual; otra, una agonía futura  Una batalla entre dos versiones de sí mismo: uno idealista, el otro desgastado por el cruel destino  El eco fugaz de un canto: “Yo soy el hueso de mi espada, acero es mi cuerpo y fuego es mi sangre…” resonando en un vacío de promesas rotas  Un caballo blanco bajo una tormenta eléctrica, y la imagen de un rey desolado, cargando el peso de un reino  La hermosa escena de un joven aspirante a héroe invocando a una doncella caballero  Esa misma doncella, luchando al lado de una mujer de pelo blanco y ojos rojos.

Y, a la vez, aquella doncella discutiendo con un Kiritsugu de ojos fríos  El olor a magia corrompida, a algo podrido y antiguo, flotando en el aire como una peste invisible  Al final, un grial vomitando lodo negro, y tras él, un hombre con armadura dorada y una sonrisa cruel:  — ¡Mueran, sucios mestizos!’  Eran recuerdos que no encajaban, escenas de una película cuyo guion había sido cortado y reensamblado al azar.

Algunas tenían la textura granulosa de un sueño; otras, la definición cruel y detallada de una memoria traumática.

En todas ellas, una constante: él era el centro, pero nunca el mismo.

A veces era un niño, otras un adolescente herido, otras una cansada con ojos de plata.

La única coherencia era la presencia recurrente de los mismos rostros: el de Kiritsugu, más joven pero igualmente gastado; el de la doncella caballero, con una tristeza antigua en sus ojos verdes; el de las hermanas, una dulce y servicial, la otra impertinente, pero amable; y el del hombre dorado, cuya risa resonaba con el eco de un orgullo gigantesco  — Ou… irou… ¡Shirou!, ¿¡Me escuchas, muchacho!?

— ¿D-doctor?

— Haa… Menos mal.

Me asustaste  Shirou miro a su alrededor, confundido.

El dolor se desvanecía.

Vio a varias enfermeras, a un doctor y a Kiritsugu— con el rostro tenso por la preocupación— monitoreándolo, revisando sus signos vitales  — ¿Q-que pasa?

¿Por qué… están todos aquí?

— ¿Qué pasa?

Deberías decírnoslo tú— dijo el doctor, sacando una pequeña lámpara de hendidura para un examen visual rápido— Gritaste de dolor, agarrándote la cabeza.

¿Cómo te sientes ahora?

¿Sigue el dolor?

— N-no, ya casi no duele  — Bien, no parece daño neurológico, pero una radiografía de rutina… ¿Tienes idea de qué lo causó?

El señor Emiya dijo que estabas bien hasta ese momento  Shirou volvió los ojos a Kiritsugu.

La curiosidad y preocupación en la mirada del hombre crecían a partes iguales.

A su mente volvieron las escenas, que parecían más una profecía absurda que recuerdos  Quería contárselo.

Pero no podía, no con todos escuchando.

Kiritsugu, alerta como siempre, notó su angustia y pidió un momento a solas con él  — Y bien— pregunto Kiritsugu, una vez que la habitación quedó en silencio.

Su voz, un poco ronca, tenía un tono que pretendía ser calmante— ¿Tienes algo que decirme?

— Si… recordé algo.

Pero no… no parecía un recuerdo…— Shirou se llevó una mano a la sien, hablando con cautela, como si no confiara en sus propias palabras— Eran cosas que aún no han pasado… cosas que no debería saber  Sus ojos, vidriosos por el miedo, se clavaron en los de Kiritsugu  — Me vi… con el pelo rojo y ojos dorados.

Luchando en una guerra.

Había una chica rubia con armadura… Siete Masters y siete Servants matándose.

Y a ti… te vi al lado de esa misma chica en otra guerra muy similar a la mía.

Luego… me encontraste.

Me adoptaste.

Y luego… dolor.

Mucho dolor.

Mi corazón atravesado, mi cuerpo cortado.

Gritaba y suplicaba, luchaba y caía, y me levantaba para volver a caer, y mi cuerpo… ¡estaba lleno de espadas, tantas espadas que—!

La cascado de palabras histéricas se cortó de golpe  No con un grito, sino con un silencio abrupto cuando los brazos de Kiritsugu lo rodearon.

No fue un abrazo fuerte, sino firme, una contención que aisló el mundo.

Shirou sintió la áspera tela de la chaqueta del hombre contra su mejilla, el olor a tabaco y desvelo  — Ya basta— murmuró Kiritsugu, y su voz no era suave, sino definitiva.

Era la orden de un soldado que ve a un camarada a punto de desmoronarse— Respira.

Solo respira  El cuerpo de Shirou, tenso como un arco, cedió de repente.

Un temblor lo recorrió, y luego un agotamiento tan profundo que las lágrimas brotaron sin sonido, empapando la chaqueta de Kiritsugu.

No eran lágrimas de dolor físico, sino del miedo a un futuro imposible que ya había visto suceder  — Duerme— dijo Kiritsugu, y su mano, grande y callosa, se posó en el cabello blanco del niño— Ahora duerme.

Yo estoy aquí  No fue un hechizo, sino el colapso final de la adrenalina y la abrumadora fatiga de un alma cansada.

Los párpados de Shirou, pesados como plomo, se cerraron.

La última sensación fue la presión constante de esos brazos alrededor suyo, un ancla en el maremágnum de sus visiones  El silencio, solo roto por la lluvia, volvió a llenar la habitación.

Kiritsugu no lo soltó.

Miró por la ventana el cielo gris, y en sus ojos, por un instante, no hubo alivio, sino una fría y familiar determinación.

Algo en el torrente de palabras del niño había hecho sonar una alarma antigua en su interior  [IMG Shirou]

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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