Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 30
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Capítulo 30: Capítulo 29: El Monstruo que se avecina
Capítulo 29: El Monstruo que se avecina
La semana que siguió fue, para Shirou Emiya, un ejercicio de equilibrio sobre un alambre invisible tendido entre dos abismos.
El lunes, después de clases, Sakura lo esperaba en la puerta de su aula con una timidez que aún no terminaba de disiparse. Caminaron juntos hasta su casa, hablando de cosas sin importancia: una tarea difícil, el sabor del té de la máquina, un pájaro que había visto en el jardín. Nada profundo. Nada que pesara. Pero cuando Shirou se despidió de ella, notó que sus hombros estaban un poco menos tensos que por la mañana.
‘Un pequeño paso’ Pensó.
El martes, Rin lo interceptó en el pasillo durante el recreo con un libro de texto en la mano y una expresión de “tengo que explicarte algo importantísimo”. Le habló durante veinte minutos sobre las propiedades de los círculos de contención y cómo aplicarlos correctamente. Shirou escuchó, asintió, hizo preguntas. Pero mientras ella hablaba, su mente vagaba hacia el otro lado del edificio, hacia una chica de cabello morado que probablemente estaba comiendo sola en algún rincón.
— ¿Me estás escuchando, Emiya?— Preguntó Rin, con el ceño fruncido.
— Sí— Mintió él— Círculos de contención. Flujo de prana. Muy interesante.
Rin lo miró con suspicacia, pero no dijo nada.
El miércoles, Shirou cometió el error de querer compaginar ambas cosas. Quedó con Sakura después de clases, pero Rin lo reclamó para una “sesión teórica urgente” que resultó ser una excusa para preguntarle sobre Gilgamesh. Shirou llegó tarde a su cita con Sakura, y la encontró esperándolo en la sala de música con una expresión que intentaba ser neutral pero que no podía ocultar del todo una pequeña sombra de decepción.
— Lo siento— Dijo él, sinceramente apenado— Tuve un imprevisto.
— No importa— Respondió ella, con esa voz suya que siempre parecía disculparse por existir— Yo tampoco debería haberme quedado tanto tiempo.
Shirou sintió un pinchazo en el pecho. Se sentó a su lado y, sin pensar demasiado, le ofreció la mitad del bollo de crema que había comprado para la ocasión.
— Toma. Es de fresa. Bueno, de crema de fresa. La señora de la pastelería dijo que era nuevo.
Sakura lo miró, y esa sombra en sus ojos se disipó un poco.
— Gracias, Shirou.
El jueves, Rin lo llevó a un rincón apartado del patio y le exigió que practicara el ocultamiento de su firma mágica mientras ella le hacía preguntas sorpresa sobre teoría. Shirou obedeció, concentrándose en mantener el velo mientras respondía sobre los principios de la Gradation Air. Cuando terminaron, Rin asintió con aprobación.
— Mejoras. Pero no te confíes.
— No lo haré— Prometió él con una sonrisa confiada
Ese mismo día, después de que Rin se marchara, Shirou buscó a Sakura y la encontró en la biblioteca, hojeando un libro de jardinería. Se sentó a su lado sin preguntar, y juntos pasaron el resto de la tarde en silencio, acompañados solo por el roce de las páginas y la luz del atardecer entrando por los ventanales.
El viernes, Shirou notó algo diferente en Sakura. Era sutil, casi imperceptible, pero estaba ahí. Una ligereza en sus movimientos. Una pequeña curva en sus labios cuando lo veía. Sus manos, siempre entrelazadas, parecían un poco menos rígidas, un poco más sueltas.
— ¿Te pasa algo?— Preguntó él con una sonrisa curiosa, mientras caminaban hacia la salida.
Ella negó con la cabeza, pero luego, tras una pausa, dijo:
— Es solo que… esta semana ha sido… Muy buena
Su sonrisa se amplió
— Me alegro.
Y era cierto. A pesar de todo, a pesar de la culpa, a pesar de las mentiras, ver esa pequeña chispa en sus ojos hacía que todo valiera la pena.
El sábado, Shirou tuvo clase con Rin por la mañana y quedó con Sakura por la tarde. Fue un día agotador, pero extrañamente satisfactorio. Por la mañana, teoría y práctica supervisada; por la tarde, paseos y conversaciones ligeras. Dos mundos completamente distintos, dos personas completamente distintas, y él en medio, intentando no romper el equilibrio.
El domingo, Shirou se permitió descansar. O al menos, lo intentó. Pasó la mañana en casa, con Gilgamesh viendo otro de sus documentales, afortunadamente esta vez solo de animales normales aunque peligrosos y exóticos, y la tarde ordenando sus apuntes. Pero su mente no podía dejar de repasar la semana, de buscar fallos, de preguntarse si estaba haciendo lo correcto.
‘Sakura está mejor’, Pensó. ‘Eso es lo importante. Poco a poco, pero está mejor’
‘Y Rin no sospecha nada. O al menos, no lo suficiente’
Pero en el fondo, una vocecita incómoda le recordaba que el equilibrio no podía durar para siempre. Que, tarde o temprano, algo tendría que romperse.
* * *
Mientras Shirou Emiya se debatía entre la esperanza y la culpa, en la mansión Matou, otro ser se debatía entre emociones mucho más oscuras.
Shinji Matou estaba sentado en su habitación, con la mirada perdida en la pantalla de su ordenador, pero sin ver realmente nada. Sus dedos tamborileaban sobre el teclado con un ritmo nervioso, errático, como el latido de un corazón enfermo.
‘Rin Tohsaka’
El nombre de la heredera apareció en su mente con la claridad de un puñetazo. Esa maldita mujer, con su cabello perfecto y su sonrisa condescendiente. Siempre lo había mirado como si fuera un insecto, como si no mereciera ni su desprecio. Él, Shinji Matou, el heredero de una familia de magos, reducido a cero ante sus ojos.
Y ahora, para colmo, ese bastardo de pelo blanco se había acercado a ella. Shinji los había visto juntos en el patio, en los pasillos, en las zonas comunes. Rin Tohsaka, la inalcanzable, la perfecta, hablando animadamente con Shirou Emiya. Sonriéndole. Tocándole el hombro. Tocándolo.
— Maldito…— Masculló, apretando los puños.
Pero eso no era todo. Porque mientras la obsesión por Rin hervía en su pecho, otra herida, más fresca y más profunda, comenzaba a supurar.
‘Sakura’
Su hermana adoptiva. Su posesión. La única persona en el mundo sobre la que tenía algún tipo de control. La única que no podía ignorarlo, que no podía despreciarlo, porque dependía de él. O eso había creído.
En los últimos días, Shinji había notado algo diferente en ella. Al principio fueron detalles pequeños: llegaba a casa un poco más tarde, respondía con monosílabos cuando él le hablaba, evitaba su mirada con más ahínco del habitual. Pero luego fueron cosas más grandes: una ligereza en sus pasos, un brillo en sus ojos que él nunca había visto, una sonrisa que se le escapaba sin querer cuando pensaba que nadie la miraba.
Y entonces lo vio. En el pasillo de la academia, el viernes pasado. Sakura y Shirou Emiya, sentados juntos en un banco, compartiendo algo que parecía un bollo. Ella reía. Reía. Sakura, su muñeca rota, su posesión, su única victoria en un mundo que lo había derrotado desde el nacimiento, estaba riendo con ese maldito.
— No puede ser…— Susurró, y la voz le temblaba de una mezcla de incredulidad y una rabia tan fría que quemaba.
Pero lo peor, lo que realmente terminó de quebrar algo dentro de él, ocurrió ayer.
Zouken lo había mandado llamar. Zouken, que nunca, jamás, le dirigía la palabra más allá de órdenes vagas y desprecios apenas disimulados. Zouken, que lo trataba como si fuera aire, como si fuera un error que debía ser tolerado pero no reconocido.
— Shinji— Dijo el anciano, con esa voz suya que parecía venir de una tumba— Dime qué sabes del chico Emiya.
Shinji se quedó paralizado. ¿Emiya? ¿Su abuelo preguntando por Emiya?
— ¿El… el de la academia?— Tartamudeó.
— Sí, ese. Shirou Emiya. ¿Lo conoces?
— No… no mucho. Solo sé que es un don nadie. Un huérfano adoptado por alguien.
Zouken lo miró con esos ojos oscuros y malvados que siempre le helaban la sangre, y por un instante, Shinji vio algo en ellos que nunca había visto: decepción. Pero no la decepción habitual, la de siempre, la de “no sirves para nada”. Era otra cosa. Era la decepción de alguien que esperaba información útil y recibía migajas.
— Ya veo— Dijo Zouken, y se dio la vuelta— Puedes irte.
Eso fue todo. No hubo más preguntas. No hubo explicaciones. Pero Shinji no era tonto. Sabía que su abuelo nunca se interesaba por nadie sin una razón. Y si se interesaba por Shirou Emiya, era porque ese chico era importante. Porque ese chico valía algo.
Mientras que él, Shinji Matou, el heredero, el legítimo, no valía ni las migajas que Zouken despreciaba.
‘Shirou Emiya’
El nombre se convirtió en un mantra de odio en su mente. Shirou Emiya, que le estaba robando a Rin. Shirou Emiya, que le estaba robando a Sakura. Shirou Emiya, que había conseguido lo que él nunca podría: atención, respeto, valor.
Y lo peor de todo era que no podía hacer nada. No podía competir con él. No tenía magia, no tenía talento, no tenía nada. Solo su odio. Solo su rabia. Solo esa impotencia que lo devoraba por dentro desde que tenía uso de razón.
‘Pero Sakura…’ Pensó, y una sonrisa torcida se dibujó en sus labios. ‘Sakura todavía es mía. Ella no puede escapar. Ella vive aquí. Ella depende de mí’
‘Y si ese bastardo quiere jugar a ser su héroe… que vea lo que pasa cuando su héroe no está’
* * *
Era un martes. Shirou había tenido que quedarse después de clases para ayudar a un profesor con unos trabajos, así que su cita con Sakura se había pospuesto para el día siguiente. Ella entendió, sonrió, dijo que no importaba. Pero cuando salió de la academia sola, con la luz del atardecer tiñendo de naranja las calles, había algo en su pecho que pesaba menos que de costumbre.
La semana había sido buena. Shirou había estado ahí, siempre ahí, con sus sonrisas y sus preguntas sencillas sobre cosas cotidianas. Por primera vez en mucho tiempo, Sakura sentía que había algo que esperar. Alguien por quien esperar.
Caminó hacia la mansión Matou con paso ligero. Las calles estaban tranquilas, el aire fresco, y por un momento, casi se permitió olvidar dónde vivía, a quién pertenecía, qué era.
Pero al abrir la puerta de la mansión, la oscuridad del recibidor la golpeó como un mazazo. Y antes de que pudiera reaccionar, una mano la agarró del brazo y la arrastró hacia el interior.
— ¿Dónde te crees que vas, hermanita?
Shinji
La puerta se cerró tras ella con un golpe sordo. Sakura sintió cómo el pánico le helaba la sangre. Intentó soltarse, pero el agarre de Shinji era fuerte, casi doloroso.
— Sh-Shinji… ¿qué haces?
— ¿Qué hago?— La voz de él era un susurro cargado de una rabia fría, contenida— Yo debería preguntarte qué haces TÚ. Saliendo con ese bastardo de pelo blanco. Riendo con él. Siendo feliz con él— La empujó contra la pared, inmovilizándola— ¿Crees que no me he dado cuenta? ¿Crees que soy estúpido?
— No… no es nada… solo somos amigos…
— ¿AMIGOS?— Shinji soltó una risa que no era una risa, un sonido seco y quebrado— ¿Tú y él? ¿Eso es lo que crees? ¿O es lo que él te ha hecho creer? Porque yo veo algo diferente, Sakura. Te veo a ti, cambiando. Alejándote de mí. Alejándote de tu hermano.
— Tú no eres mi hermano— Susurró Sakura, y las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Shinji la miró, y en sus ojos no había ya rabia. Había algo más oscuro. Algo que llevaba años gestándose en las profundidades de su alma podrida.
— No soy tu hermano— Repitió, lentamente, saboreando las palabras— Tienes razón. No lo soy. Somos solo un chico y una chica viviendo bajo el mismo techo. Y tú… tú has estado evitándome, Sakura. Escondiéndote de mí. Pero ahora…
Su mano libre se posó en su mejilla. Sakura sintió el contacto como una quemadura.
— Ahora ya no vas a esconderte más.
Lo que ocurrió después fue una pesadilla. Sakura forcejeó, intentó gritar, pero la mano de Shinji tapó su boca. La arrastró por el pasillo, hacia las habitaciones interiores, hacia el lugar donde los gritos no llegaban a la calle. La luchó, sí, pero él era más fuerte, más grande, y ella estaba tan cansada, tan rota, tan acostumbrada a perder.
La tiró al suelo de su habitación. Ella cayó de espaldas, y cuando levantó la vista, lo vio allí, de pie, mirándola con una expresión que era una mezcla de lujuria enfermiza y un odio tan profundo que dolía.
— Sabes,— Dijo Shinji, mientras se desabrochaba el cinturón— siempre supe que este momento llegaría. Siempre supe que, al final, serías mía. No de mi abuelo, no de tus preciosos gusanos, no de ese bastardo de Emiya. Mía. Solo mía.
Sakura quiso moverse, quiso huir, pero su cuerpo no respondía. El terror la había paralizado, como siempre, como cada vez que el peligro era demasiado grande, demasiado cerca
Shinji se acercó. Una rodilla en el suelo junto a ella. Una mano en su uniforme, desgarrando la tela. Sakura sintió el aire frío en su piel, y su mente, en un acto de desesperada autoprotección, comenzó a vaciarse. A irse. A dejar de ser.
‘Shirou…’ Pensó, como una oración. ‘Shirou, perdóname. No pude esperarte’
Y entonces, cuando Shinji estaba a punto de consumar su atrocidad, cuando su mano ya buscaba el último obstáculo entre él y su objetivo… se detuvo.
Shinji se quedó inmóvil. Su respiración era agitada, entrecortada, pero sus ojos… sus ojos miraban a Sakura con una expresión que ella no supo interpretar. No era lujuria. No era odio. Era algo más confuso. Algo que parecía… miedo. O quizá reconocimiento.
— ¿Qué…?— Murmuró, y su voz sonaba extraña, como si no fuera él quien hablaba.
Sakura no se movió. No podía. Solo lo miraba, con los ojos abiertos de par en par, esperando el golpe, esperando el fin.
Pero Shinji retrocedió.
Un paso. Otro. Cayó de rodillas, a un metro de ella, y se cubrió el rostro con las manos. Sus hombros comenzaron a temblar.
— ¿Qué estoy haciendo?— Susurró, y su voz se quebró— ¿Qué… qué mierda estoy haciendo?
El silencio se alargó, denso, irrespirable. Sakura no entendía. No podía entender. El monstruo que la había atormentado durante años, el hermano que la había acosado y humillado y amenazado, estaba allí, de rodillas, temblando como un niño.
— Mírame— Dijo Shinji, sin levantar la vista— Mírame bien, Sakura. ¿Qué ves?
Ella no respondió. No podía.
— Ves a un fracasado— Continuó él, y su voz era un hilo— Un inútil. Un don nadie que no sirve para nada. Mi abuelo me lo ha recordado cada día de mi vida. Rin me lo ha demostrado con cada mirada de desprecio. Y ahora ese Emiya… ese maldito Emiya…— Rió, una risa amarga— Ni siquiera tiene que esforzarse. Todo lo que yo nunca tendré, él lo tiene sin pedirlo. Talento. Amigos. Respeto. Y tú… tú también.
Levantó la vista, y sus ojos estaban húmedos.
— Tú sonríes con él, Sakura. Te ríes. Eres feliz. Y yo… yo nunca te he visto así. Nunca. Ni una sola vez.
Sakura sintió algo en su pecho. No era compasión. No podía serlo. Pero era algo.
— ¿Y sabes qué es lo peor?— Continuó Shinji— Que cuando te miro ahora, en el suelo, con la ropa rota y los ojos llenos de miedo… no veo lo que quería ver. No veo a mi presa. Veo…— Tragó saliva— Veo a alguien tan rota como yo. Alguien a quien también han usado. Alguien que también es un fracaso a los ojos de los demás.
Se levantó con dificultad, como si le costara un esfuerzo sobrehumano mantenerse en pie.
— No voy a hacerlo— Dijo, y su voz sonó firme por primera vez— No por ti. Por mí. Porque si hago esto… seré exactamente lo que todos creen que soy. Un monstruo. Un don nadie que solo puede conseguir lo que quiere a la fuerza.
Dio la espalda y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
— Lávate la cara— Dijo, sin mirarla— Y olvida esto. Porque si se lo cuentas a alguien… si se lo cuentas a ese maldito Emiya…— Su voz tembló— No sé qué haré. Pero no quiero descubrirlo.
Salió. La puerta se cerró.
Sakura se quedó sola en el suelo de su habitación, temblando, con la ropa rota y la mente hecha trizas. No entendía nada. No podía procesar nada.
Pero mientras las lágrimas comenzaban a caer, mientras el shock daba paso al dolor, una sola idea se abrió paso en su conciencia.
‘Shirou’
‘Shirou’
‘Shirou’
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Sakura Matou no durmió. Pero tampoco dejó de respirar. Y en algún lugar, en lo más profundo de su ser, una pequeña llama se negaba a apagarse.
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