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Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 31

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Capítulo 31: Capítulo 30: El Día que la Estrella se Quebró

Capítulo 30: El Día que la Estrella se Quebró

El aula de Sakura estaba vacía. Hacía más de una hora que el último estudiante había recogido sus cosas y se había marchado, dejando tras de sí el silencio pesado de las tardes solitarias. Ella seguía allí, sentada en su pupitre, con los libros intactos frente a ella y la mirada perdida en algún punto de la pizarra donde los garabatos de tiza ya no significaban nada.

No había podido concentrarse en todo el día.

Cada vez que cerraba los ojos, la escena de anoche volvía a ella con una claridad aterradora. La mano de Shinji en su brazo. El suelo frío contra su espalda. Sus dedos desgarrando su uniforme. El peso de su cuerpo sobre el de ella. Su aliento caliente y hediondo en su cuello. Y esa expresión en su rostro, esa mezcla de lujuria enfermiza y odio que nunca antes le había visto.

‘No llegó a hacerlo’, Se recordó a sí misma, como un mantra. ‘Se detuvo. No llegó a hacerlo’

Pero el casi era un abismo igual de profundo. El casi había dejado cicatrices que no se veían pero dolían igual. El casi había hecho que, por primera vez en mucho tiempo, sintiera miedo de verdad. No el miedo sordo y constante de los gusanos y las noches en el sótano. Un miedo nuevo, diferente, más íntimo. Un miedo a ser profanada de una manera que ni siquiera los Crest Worms habían logrado.

Y luego estaba Shinji. Ese Shinji que se había detenido, que había temblado, que había dicho esas palabras extrañas antes de irse. “Si hago esto… seré exactamente lo que todos creen que soy”

Sakura no sabía qué pensar de eso. No sabía si sentir alivio, confusión, o esa pequeña, diminuta chispa de algo que podría ser… ¿compasión? Porque, a su manera retorcida, Shinji también era una víctima. Víctima de un abuelo que nunca lo quiso, de un mundo que lo despreciaba, de una incapacidad para ser lo que se esperaba de él. Eso no justificaba lo que había hecho. Nada justificaba eso. Pero explicaba, quizá, por qué se había detenido.

‘Al principio no era así’, Pensó Sakura, mientras sus dedos trazaban círculos distraídos sobre la madera del pupitre.

Recordaba los primeros años después de su llegada a la mansión Matou. Shinji tenía entonces ocho o nueve años, y aunque ya mostraba destellos de ese carácter difícil que terminaría definiéndolo, también había momentos de amabilidad. Le enseñaba los rincones de la casa, le explicaba las reglas no escritas, la defendía de los comentarios hirientes de otros niños en el parque. No era un hermano ideal, pero era un hermano.

Todo cambió cuando él entró en la pubertad.

Sakura no supo identificar el momento exacto. Fue un proceso gradual, insidioso. Las miradas de Shinji comenzaron a alargarse, a posarse en lugares donde antes no se posaban. Sus comentarios se volvieron más personales, más incómodos. Sus manos empezaron a “accidentalmente” rozarla cuando pasaba a su lado. Al principio ella pensó que era cosa de su imaginación, que estaba siendo paranoica. Pero con el tiempo, la evidencia se volvió innegable.

Su hermano la veía como algo más que una hermana.

Y lo peor era que nadie hacía nada. Zouken observaba con esa sonrisa lasciva que siempre tenía, como si todo fuera parte de algún plan retorcido. Y Sakura, atrapada en su propio infierno, no tenía fuerzas para enfrentarlo. Aprendió a esquivarlo, a evitarlo, a hacerse pequeña e invisible cuando él estaba cerca.

Pero anoche, por primera vez, no pudo esquivarlo.

‘Shirou’, Pensó, y el nombre fue como un bálsamo en una herida abierta.

Había estado evitándolo todo el día. Cuando lo vio en el pasillo por la mañana, desvió la mirada y aceleró el paso. Cuando coincidieron en el recreo, se escondió detrás de un pilar hasta que él se alejó. No podía mirarlo a los ojos. No después de anoche. No con lo que casi pasó. Él era luz, era bondad, era todo lo bueno que había encontrado en este mundo miserable. Y ella… ella era una chica sucia, rota, a la que su propio hermano había intentado violar. No merecía su mirada. No merecía su sonrisa

Pero había quedado con él. Hoy, después de clases, en la sala de música. Como siempre. Y aunque había intentado convencerse de no ir, de desaparecer, de dejar que él la olvidara… sus pies la habían traído hasta aquí. Hasta el pasillo que llevaba a la única fuente de luz en su oscuridad.

Cuando llegó a la puerta, ya podía oír voces desde dentro. Dos voces. Una, la de Shirou, nerviosa, tratando de explicar algo. La otra… la otra la reconoció al instante, aunque hacía años que no la escuchaba tan cerca.

Rin.

Su hermana.

Sakura se detuvo en seco, pegada a la pared junto a la puerta entreabierta. No podía verlos, pero podía oírlos perfectamente.

—… No es asunto tuyo, Tohsaka— Decía Shirou, con ese tono suyo que intentaba ser firme pero solo lograba sonar más nervioso.

— ¿Que no es asunto mío?— La voz de Rin era un latigazo— Te he visto venir aquí todos los días después de clase, Emiya. Todos los días. Y cuando pregunto, pones excusas. ¿Qué escondes?

— No escondo nada. Solo vengo a practicar. El piano me relaja.

— ¿El piano?— Rin rió, pero no era una risa alegre— Tú no sabías tocar el piano hace dos semanas. Y de repente, después de romperte el brazo, ¿resulta que eres un concertista? No me tomes por idiota.

Hubo una pausa. Sakura contuvo la respiración.

— Mira,— Dijo Shirou, y su voz sonaba derrotada— solo necesito un tiempo para mí, ¿vale? No tiene nada que ver contigo.

— ¿Ah, no?— El tono de Rin cambió, volviéndose más agudo, más… ¿herido?— Porque parece que todo lo que haces últimamente tiene que ver conmigo, Emiya. Tus clases, tus progresos, tus… tus salidas misteriosas. Y ahora resulta que necesitas “tiempo para ti” en un lugar donde nadie te encuentra. ¿Con quién te reúnes?

— ¡No me reúno con nadie!

— ¿Seguro? Porque he oído rumores. Que te ven con una chica. Una de pelo morado— Otra pausa, más corta— La Matou.

El corazón de Sakura dio un vuelco. ¿Rumores? ¿La gente hablaba de ellos? ¿La gente los había visto?

— No es lo que piensas— Dijo Shirou, y su voz sonaba desesperada— Solo… solo somos amigos.

— ¿Amigos?— La voz de Rin era ahora un susurro, pero filoso como una navaja— ¿Desde cuándo eres tan amigo de Matou Sakura como para verte a escondidas con ella?

— ¡No es a escondidas! Es… es…

— ¿Es qué?

El silencio que siguió fue ensordecedor. Sakura podía imaginar la escena: Shirou, acorralado, buscando una salida que no existía; Rin, con los brazos cruzados y esa expresión suya de juez implacable.

Y entonces, Sakura sintió algo que no esperaba. Un apretón en el pecho. Una punzada incómoda que no era miedo ni era tristeza. Era… algo más oscuro. Porque en el tono de Rin, en esa forma de preguntar, de indagar, de reclamar… había algo que Sakura reconoció instintivamente. Eran celos. Eran celos por él. Rin estaba celosa de que Shirou tuviera secretos, de que compartiera tiempo con alguien más, de que existiera una parte de su vida que ella no controlaba.

Y eso solo significaba una cosa: Rin sentía algo por Shirou. Algo que iba más allá de la relación entre maestra y alumno.

El pensamiento cayó en la mente de Sakura como una piedra en un pozo, y las ondas que generó fueron todo menos pacíficas.

‘Mi hermana’, Pensó, y el término, que siempre había evocado una mezcla de amor reprimido y dolor antiguo, de repente adquirió un matiz nuevo. ‘Mi hermana, que se quedó con todo. Con el amor de nuestros padres. Con la herencia. Con la libertad. Mi hermana, que nunca supo lo que yo pasaba, que nunca vino a buscarme, que me abandonó a mi suerte…’

‘¿Ahora también quiere quedarse con él?’

La idea fue un puñetazo en el estómago. Sakura recordó todas esas veces que había visto a Rin y Shirou juntos en los pasillos, discutiendo animadamente sobre cosas que ella no entendía. Recordó cómo Rin lo miraba, con esa mezcla de exasperación y algo más suave que nunca mostraba con nadie más. Recordó los rumores que corrían por la academia: que la princesa Tohsaka y el chico de pelo blanco eran algo más que compañeros de clase.

Y de repente, todo cobró sentido. Rin no era solo su instructora. Rin era una amenaza. Una amenaza a la única luz que Sakura había encontrado en años de oscuridad.

‘No’, Se dijo a sí misma, negando con la cabeza con fuerza. ‘No puedo pensar así. Ella es mi hermana. No sé lo que siente. No sé lo que piensa. No puedo…’

La puerta se abrió de golpe.

Sakura, que había apoyado contra ella sin darse cuenta, perdió el equilibrio y casi cayó hacia adelante. Solo sus reflejos le salvaron apenas, permitiéndole recuperarse a tiempo. Cuando levantó la vista, se encontró con los ojos azules de Rin, abiertos de par en par por la sorpresa.

— ¿Sakura?— Dijo Rin, y su voz había perdido todo el filo. Ahora solo había confusión— ¿Qué haces aquí?

Sakura sintió que la sangre le huía del rostro. Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, pero no salieron palabras. Sus manos, como siempre, se entrelazaron frente a ella en un gesto desesperado de autoprotección.

— Yo… yo solo…

— ¡Sakura!— La voz de Shirou llegó desde dentro, y un momento después él apareció junto a Rin en la puerta. Su expresión era una mezcla de alivio y pánico— Tú… tú has venido.

— S-sí— Logró decir ella, sin levantar la vista del suelo— Quedamos en… en vernos aquí. Después de clases. Todos los días.

El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse. Sakura no necesitaba verlos para saber lo que estaba pasando: Rin mirando a Shirou, Shirou mirando a Sakura, y ambos procesando la información a velocidades diferentes.

— ¿Todos los días?— Repitió Rin, y su voz había recuperado ese filo peligroso— ¿Te has estado viendo con Sakura todos los días después de clases, Emiya?

— Yo… sí— Admitió Shirou, y Sakura pudo oír la derrota en su voz— Pero no es lo que piensas. Solo somos amigos. Nos sentamos, hablamos, compartimos… nada más.

— ¿Nada más?— Rin rió, pero era una risa amarga— Te escondes, pones excusas, me mientes… ¿y todo por “nada más”?

— No te mentí. Solo… no te lo dije. Es diferente.

— ¿Diferente?— Rin dio un paso hacia él, y Sakura, a pesar de no estar mirando, pudo sentir la tensión— ¿En qué universo es diferente?

— En todos— Respondió Shirou, y su voz sonó más firme de repente— Porque lo que hago con Sakura no es asunto tuyo, Tohsaka. Eres mi maestra, no mi dueña.

El golpe fue directo. Sakura levantó la vista justo a tiempo para ver cómo el rostro de Rin se tensaba, cómo sus ojos se oscurecían con una emoción que no supo identificar. Por un momento, nadie dijo nada.

Luego, Rin respiró hondo. Exhaló lentamente. Y cuando volvió a hablar, su voz era la de siempre: controlada, distante, perfecta.

— Tienes razón. No soy tu dueña— Se volvió hacia Sakura, y sus ojos la escudriñaron con una intensidad que la hizo encogerse— Pero sí soy su senpai, y me preocupa que mi único alumno haga estupideces. Así que ya que estamos aquí, los tres, ¿por qué no entramos y me cuentan de qué va esto? Desde el principio.

No era una sugerencia. Era una orden.

* * *

Los siguientes minutos fueron un ejercicio de incomodidad suprema.

Sentados en las sillas de la sala de música, con Rin en el centro como un juez implacable, Sakura y Shirou tuvieron que explicar, entre tartamudeos y evasivas, cómo se habían conocido, cómo habían empezado a verse, qué hacían en esas tardes “secretas”. Shirou habló de la mañana en que la encontró escuchando su música. Sakura confirmó, con voz queda, que desde entonces se veían casi a diario. Hablaron de las comidas compartidas, de los paseos por el parque, de las conversaciones sin importancia. Nada comprometedor. Nada romántico. Pero Rin escuchaba con una expresión que no revelaba nada, y eso era peor que si hubiera mostrado enfado.

En un momento dado, la conversación se desvió hacia temas más ligeros. Rin preguntó por las clases de Sakura, por sus profesores, por sus compañeros. Preguntas inocentes, pero Sakura notó que sus ojos no perdían detalle, que su mente parecía estar procesando información a velocidades supersónicas.

— Y tú, Sakura— Dijo Rin, de repente— ¿Por qué nunca levantas la vista cuando hablas?

La pregunta cayó como una piedra en un estanque. Sakura sintió que el calor le subía a las mejillas.

— Yo… no lo sé. Es costumbre.

— ¿Costumbre?

— Sí. Desde pequeña. Me enseñaron que no debía mirar a los ojos a las personas. Que era de mala educación.

Mintió, por supuesto. La verdad era mucho más oscura: en la mansión Matou, mirar a los ojos a Zouken era una invitación a algo peor. Mirar a los ojos a Shinji era provocar sus instintos. Había aprendido a bajar la vista para sobrevivir.

Rin frunció el ceño, pero no dijo nada. Shirou, sin embargo, sí lo hizo.

— Sakura— Dijo, y su voz era suave, preocupada— ¿Estás bien?

Ella levantó la vista un instante, lo suficiente para ver la preocupación genuina en sus ojos, y luego la bajó de nuevo.

— Sí. Estoy bien.

— No lo pareces— Insistió él— Hoy en la mañana te vi en el pasillo, pero cuando me acerqué, desapareciste. En el recreo también. Es como si me hubieras estado evitando todo el día.

— No… no te estaba evitando. Solo… estaba ocupada.

— ¿Ocupada?— Shirou se inclinó hacia adelante, y Sakura sintió su cercanía como una quemadura— Sakura, te conozco. Bueno, no mucho, pero lo suficiente para saber cuándo estás mintiendo. Algo te pasa. ¿Qué es?

— No es nada.

— Sakura.

— ¡Que no es nada!— La voz le salió más alta de lo que pretendía, y se encogió inmediatamente, como esperando un golpe— Lo siento. Lo siento. No quise gritar.

El silencio que siguió fue horrible. Sakura podía sentir las miradas de ambos sobre ella, y quería desaparecer, fundirse con la silla, dejar de existir.

— Sakura— Dijo Rin, y su voz había perdido toda dureza. Ahora sonaba… ¿preocupada?— Nadie va a lastimarte aquí. Solo queremos saber si estás bien.

Pero Sakura no podía. No podía decirles. No podía contarles lo de Shinji, lo de anoche, lo de los gusanos, lo de Zouken. No podía porque si lo hacía, todo se derrumbaría. Y Shirou… Shirou la miraría de otra manera. La miraría como lo que era: una chica sucia, rota, indigna.

— Estoy bien— Repitió, con voz mecánica— Solo estoy cansada. Debería irme.

Se levantó, y antes de que pudieran detenerla, salió corriendo de la sala.

* * *

No llegó lejos.

Apenas había doblado la esquina del pasillo cuando sintió una mano en su muñeca, tirando de ella con suavidad pero con firmeza. Se detuvo, y cuando se volvió, Shirou estaba allí, frente a ella, con el pecho agitado por la carrera y una expresión que era pura determinación.

— Sakura— Dijo, y su voz no admitía réplica— Mírame.

Ella no pudo. Bajó la vista, como siempre.

— Sakura, por favor. Mírame a los ojos.

Nada.

— Sakura.

Ella negó con la cabeza, un movimiento apenas perceptible. Las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos, y si lo miraba, si veía esa preocupación, esa bondad, esa luz… se rompería. Se rompería del todo.

Entonces, Shirou hizo algo que no esperaba. Sus manos se posaron en sus hombros, con firmeza pero sin violencia, y la obligaron a detenerse. Cuando ella intentó apartarse, él apretó un poco más, solo lo suficiente para inmovilizarla.

— Sakura— Dijo, y su voz era grave, seria— Mírame. Ahora.

Ella levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de él, y en ellos vio todo lo que temía: preocupación, cariño, y una determinación feroz que no había visto antes.

— ¿Qué te pasa?— Preguntó él, directamente— No me mientas. No me digas que estás bien. Porque no lo estás. Lo sé. Lo siento.

Sakura abrió la boca, pero no salieron palabras. Las lágrimas, ya incontrolables, comenzaron a rodar por sus mejillas.

— ¿Tiene que ver con la mansión Matou?— Preguntó Shirou, y su voz tembló ligeramente.

El cuerpo de Sakura se quedó rígido. Sus ojos, aún llenos de lágrimas, se abrieron de par en par con una mezcla de sorpresa y terror. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo podía saberlo? Pero inmediatamente después, bajó la vista de nuevo, negando con la cabeza.

— No… no es…

— Sakura.

La voz de Shirou era un susurro, pero tenía un peso que no había tenido antes. Ella se quedó quieta, esperando.

Y entonces, Shirou sintió algo extraño. Una presión detrás de los ojos. Un zumbido en los oídos. Su mente, que hasta ahora había estado funcionando con la lógica confusa de la preocupación, de repente se despejó. Y en ese espacio vacío, una idea surgió, clara como el agua.

‘Mi clarividencia. Si pudiera usarla ahora… si pudiera ver lo que le pasó…’

Pero no sabía cómo. Nunca había podido controlarla. Las visiones venían cuando querían, sin aviso, sin orden. Eran como un río desbocado, imposible de dirigir.

O eso creía.

* * *

Lo que Shirou no sabía, lo que nadie sabía, era que esa “clarividencia” que todos creían que tenia no era tal cosa. No era un don para ver el futuro. Era un mecanismo de defensa, un acto desesperado de su propio Origen para preservar lo único que había sobrevivido del naufragio de su existencia anterior.

Cuando las llamas de Angra Mainyu lo envolvieron aquel día en Fuyuki, cuando el Shirou original murió en ese infierno, el alma del vagabundo multiversal que se había apoderado del cadáver tuvo que hacer una elección: preservar sus recuerdos o permitir que las llamas corroyeran todo su ser. Los recuerdos de su vida pasada, de las tramas conocidas, de los destinos escritos… todo eso fue usado como sacrificio, arrojado a las llamas como ofrenda para comprarle mas tiempo, por corto que fuese

Pero su Origen, “Milagro”, no podía permitir una pérdida total. Así que, en lugar de simplemente dejarlos desaparecer, hizo una copia de esos recuerdos, fragmentados y distorsionados, y se tradujeron en otra cosa. En visiones. En sueños. En ecos de un pasado que ya no era suyo pero que, de alguna manera, lo seguía definiendo.

Y durante cuatro años, Shirou Emiya había vivido con eso. Con eventos oníricos hiperrealistas de sufrimientos ajenos. Con fragmentos de vidas que no eran la suya. Con la certeza, grabada a fuego en su psique, de que el mundo era un lugar horrible donde la gente que amaba estaba condenada a sufrir. Una y otra vez. Sin descanso. Sin pausa.

Había aprendido a vivir con ello. A enterrarlo. A sonreír a pesar de todo. Porque Kiritsugu le había enseñado que los héroes sonreían. Porque Gilgamesh esperaba que brillara. Porque Rin confiaba en que fuera fuerte.

Pero nadie, ni siquiera él mismo, se había detenido a preguntarse cuánto podía soportar un niño de doce años antes de romperse.

* * *

Shirou cerró los ojos.

No supo cómo lo hizo. No supo por qué funcionó. Pero en la desesperación del momento, en la urgencia de saber, algo dentro de él cedió. Como una puerta que siempre había estado cerrada y de repente se abre de par en par.

Y vio.

Vio a Sakura entrar en la mansión Matou, con una sonrisa pequeña en los labios después de un día con él.

Vio cómo Shinji la esperaba en la penumbra del recibidor, con una expresión que no era la del hermano molesto, sino la del depredador que huele a su presa.

Vio cómo la agarraba del brazo, cómo la arrastraba pasillo adentro, cómo ella forcejeaba, intentaba gritar, pero una mano callaba su boca.

Vio una habitación oscura. Un suelo frío. Un uniforme desgarrado. Una expresión de lujuria enfermiza en el rostro de Shinji mientras se abalanzaba sobre ella.

Vio a Sakura, con los ojos vacíos, con lágrimas rodando por sus mejillas, susurrando un nombre como una oración.

— Shirou… por favor…

Pero Shirou no lo sabía. No podía saberlo. Porque lo que acababa de ocurrir en su mente iba más allá de todo lo que había experimentado hasta ahora.

Durante cuatro años, sus “visiones” no habían sido más que fragmentos de una vida pasada, recuerdos de un anime popular del cual había sido fan. Era una clarividencia falsa, ecos de dibujos animados que contaban y futuro que nunca fue suyo

Pero, a pesar de ser el responsable, su Origen no entendía de falsedades. No distingue entre lo real y lo imaginado. Solo conoce una verdad: la creencia.

Y Shirou Emiya, durante cuatro años, había creído con toda su alma que podía ver el futuro. Esa creencia, alimentada por la desesperación del momento, la urgencia de saber qué le había pasado a Sakura, y por el peso insoportable de cuatro años de sufrimiento silencioso… había hecho lo imposible.

Había convertido la mentira en verdad.

Así como los mitos y las leyendas, repetidos una y otra vez a través de generaciones, terminan por cristalizarse en realidades tangibles— en Noble Phantasms, habilidades divinas, manifestaciones de la creencia colectiva dadas forma—, la fe inquebrantable de Shirou en su propia clarividencia había terminado por permitir que su Origen transmutara la mentira en verdad solida. La necesidad había sido el molde. Los años de experiencias infinitamente cercanas a la habilidad real, el combustible. Y la desesperación de este momento, la chispa que encendió la llama.

Por primera vez en su vida, Shirou Emiya había accedido a una clarividencia real. Débil, imperfecta, limitada… pero real.

Lamentablemente, lo real también tiene límites. Y el poder recién nacido de Shirou era demasiado frágil para mostrar la imagen completa.

No vio cómo Shinji se detenía. No vio el momento de humanidad en sus ojos, ni cómo sus manos temblaban, ni cómo se alejaba arrastrando su propia vergüenza. No vio que Sakura, aunque rota y asustada, había escapado de lo peor.

Solo vio el principio. Solo vio la agresión. Solo vio a Sakura en el suelo, con la ropa rasgada, susurrando su nombre como una última oración.

Y eso fue suficiente.

Suficiente para quebrar lo poco que quedaba de su cordura.

* * *

Shirou abrió los ojos. Sakura seguía frente a él, con la cabeza gacha, los hombros temblando por el llanto contenido. Rin había llegado corriendo y estaba a unos metros, mirándolos con una expresión de confusión y alarma.

Pero Shirou no las veía.

Su mente estaba en otro lugar. En esa habitación oscura. En ese momento de horror. En esa imagen de Sakura, su Sakura, siendo violada por ese monstruo de cabello azul.

Shinji Matou.

El nombre resonó en su cabeza como una campana de iglesia, grave y definitiva.

Su respiración cambió. Se volvió entrecortada, irregular, como la de un animal acorralado. Su omnipresente sonrisa había desaparecido de su rostro. Sus ojos, esos ojos dorados que siempre habían mirado el mundo con calidez, se inyectaron en sangre. Sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en dos puntos diminutos, perdidos en un mar de odio incandescente.

Rin dio un paso hacia él.

— ¿Emiya? ¿Qué…?

Sakura levantó la vista, alertada por el cambio en el ambiente. Vio a Shirou, y por un momento, no lo reconoció. La expresión en su rostro no era la del chico amable que compartía bollos de crema con ella. Era otra cosa. Algo aterrador.

— Shirou…— Susurró, con voz temblorosa.

Él no respondió. No podía. Su garganta estaba seca, sus cuerdas vocales tensas como cables de acero. Toda su conciencia, todo su ser, se había reducido a un solo punto: el odio. Un odio tan puro, tan absoluto, que quemaba.

Cuando finalmente habló, su voz no era la suya. Era rasposa, gutural, cargada de una furia inhumana.

— Shinji…— Dijo, y el nombre fue una maldición— Shinji Matou.

Sakura sintió que el mundo se detenía.

Rin también. Dio un paso atrás, instintivamente, mientras su cerebro intentaba procesaba lo que estaba viendo. La firma mágica de Shirou, normalmente controlada, estaba… ardiendo. Como un incendio forestal contenido en un cuerpo humano. Como un reactor nuclear a punto de estallar.

— Emiya— Dijo, con voz firme, intentando mantener el control— Emiya, mírame. Respira. ¿Qué está pasando?

Pero Shirou no la escuchaba. Sus ojos estaban fijos en un punto más allá de ellas, más allá de las paredes. Como una brújula mágica busca de personas, estaban fijos en un punto exacto de la Academia Homurahara. En el lugar donde Shinji estaba en ese mismo momento, viviendo su vida como si nada hubiera pasado, probablemente coqueteando con algunas chicas al azar después de clase

‘Shinji Matou’

‘Shinji Matou’

‘SHINJI MATOU’

El nombre era un martillo golpeando su cráneo. Cada golpe fracturaba un poco más la cordura que había mantenido durante cuatro años. Cuatro años de visiones horribles. Cuatro años de impotencia. Cuatro años viendo a gente sufrir sin poder hacer nada.

Pero esto era diferente. Esto era Sakura. Su Sakura. La chica que le había devuelto la esperanza de que podía cambiar el resultado con esfuerzo y dedicación. La chica que había empezado a sonreír gracias a él. La chica que, en su momento más oscuro, había susurrado su nombre esperando ser salvada.

Y él no había estado allí.

La imagen de Sakura, con los ojos vacíos, diciendo su nombre, se superpuso a la Sakura real, la que estaba frente a él, temblando y llorando.

Y algo dentro de Shirou Emiya se rompió.

No fue un colapso. No fue un grito. Fue algo más silencioso, más profundo. Fue como si una cuerda que había estado tensa durante mucho tiempo, soportando un peso indecible, finalmente cediera. No con un estallido, sino con un suspiro.

La cuerda se rompió.

Y lo que quedó al otro lado no era el Shirou que todos conocían. Era otra cosa. Algo construido con fragmentos de odio, impotencia y sufrimiento silencioso. Algo que, durante todo ese tiempo, había estado creciendo en las sombras de su psique, esperando el momento adecuado para emerger.

Y el momento había llegado.

— Shinji…— Repitió, y esta vez la palabra fue una declaración de guerra— Shinji Matou.

Sus puños se cerraron con tanta fuerza que las uñas se clavaron en la piel, dibujando medias lunas de sangre. Su cuerpo entero temblaba, no de miedo, sino de una rabia contenida que buscaba desesperadamente una salida.

Rin dio otro paso atrás, su expresión pasando de la confusión al verdadero miedo. Había visto muchas cosas en su vida como magus, pero nunca había visto a un humano irradiar tanta furia. Era como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto más denso, más pesado, cargado de una electricidad estática que prometía tormenta.

— Emiya— Dijo, y su voz tembló ligeramente— Shirou. Escúchame. Lo que sea que estés pensando, no lo hagas. No solo.

Pero Shirou no la oía. Sus ojos, inyectados en sangre, se posaron por un momento en Sakura. En ella vio todo: el miedo, las lágrimas, la confusión, y debajo de todo, ese pequeño destello de esperanza que él había encendido. La esperanza de que alguien, algún día, la salvara.

Ese destello era lo único que le importaba.

— Te prometí,— Dijo, con voz ronca— que estaría ahí para ti. Que te sostendría. Que no te dejaría caer.

Sakura lo miró, sin entender.

— No pude estar anoche. Pero puedo estar ahora— Sonrió, y era una sonrisa terrible, una sonrisa que no tenía nada que ver con la alegría— Voy a asegurarme de que nunca más te haga daño. Nunca más.

Se dio la vuelta.

— Shirou, ¡espera!— Gritó Rin, corriendo tras él.

— ¡Shirou!— Llamó Sakura, con una voz desgarrada.

Pero él ya no las escuchaba. Solo escuchaba el latido de su corazón, marcando el ritmo de una única obsesión.

SHINJI MATOU

SHINJI MATOU

SHINJI MATOU

Caminó por los pasillos, hacia mas adentro de la academia, hacia Shinji. Sus pasos eran firmes, decididos, inexorables. Como los de una estrella fugaz que, después de años brillando con luz prestada, finalmente había decidido estrellarse contra el mundo.

Y detrás de él, dos hermanas corrían, intentando alcanzarlo antes de que fuera demasiado tarde.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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