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Reincarnation: Multiversal Class - Chronicles of the Wandering Miracle - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 6 Lecciones de Fuego Filosofía y Filialidad
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7: Capítulo 6: Lecciones de Fuego, Filosofía y Filialidad 7: Capítulo 6: Lecciones de Fuego, Filosofía y Filialidad Capítulo 6: Lecciones de Fuego, Filosofía y Filialidad El aroma que flotaba por la Villa Emiya esa mañana no era el habitual a café y tranquilidad.

Era un penetrante olor a huevo quemado, masa carbonizada y desesperación culinaria.

— ¡Shirou-chan, ¿qué demonios estás haciendo?!— La voz de Taiga, más consternada que enfadada, retumbó en la cocina— ¡Parece que intentaste freír un extintor!

Shirou, de pie frente a la estufa como un general frente a una batalla perdida, sostenía una espátula con mano trémula.

Delante de él, en el teppan, yacía lo que alguna vez aspiró a ser tamagoyaki.

Ahora era una masa irregular, negra por los bordes y sospechosamente líquida en el centro, que emitía un humo grisáceo y olía a fracaso con notas de aceite recalentado.

— Creo… creo que confundí el azúcar con la sal— Admitió Shirou, con la cara manchada de harina y una expresión de perplejidad absoluta.— Y puede que el fuego estuviera demasiado alto.

¿Cuánto es “demasiado alto”, exactamente?

Kiritsugu, que observaba la escena desde la puerta con los brazos cruzados y una ceja levemente arqueada, no pudo contener un leve resoplido.

No era una risa, pero para sus estándares era el equivalente a una carcajada histérica.

— Te lo dije— Murmuró Shirou, lanzando una mirada acusadora hacia su padre.— Sabías que mi habilidad culinaria está en números negativos.

Esto es premeditación.

Homicidio gastronómico.

— La orden era “hacer tamagoyaki”, no “declararle la guerra al desayuno”— Respondió Kiritsugu, su tono imperturbable.— Las consecuencias son tuyas.

Recuerda el acuerdo.

Taiga, que ya había abierto todas las ventanas y agitaba una revista para disipar el humo, se giró con los ojos brillando con una mezcla de exasperación y diversión.

— ¡Acuerdo!

¡Exacto!— Exclamó, señalando a Shirou con un dedo acusador.— ¡Hoy toca limpieza profunda del dojo!

Y no pienses que por ser mi kouhai favorito te voy a perdonar.

¡Mis tamagoyaki merecían mejor destino!

Shirou miró el desastre en el teppan, luego sus propias manos, y finalmente a Taiga.

La sonrisa alegre que tenia en su rostro desde que se levantó, se torció, mitad disculpa mitad travesura.

— En mi defensa… técnicamente, sí cociné.

Solo que… el resultado es más “arte abstracto” que “comestible”.

O quizás “arte contemporáneo”, donde el mensaje es el sufrimiento del chef.

Mientras recogían los restos del desastre— Kiritsugu había desaparecido discretamente, probablemente a ventilar su estudio del humo penetrante—, Shirou no pudo evitar comentar: — Lo raro es que, antes del… incendio, creo que sí sabía cocinar.

O al menos, en mis… recuerdos confusos, hay imágenes de una cocina y platos terminados.

Pero ahora mis manos parecen tener una alergia mortal a los utensilios de cocina.

— ¡Bah!

¡Eso solo significa que necesitas práctica!— Declaró Taiga con su optimismo habitual.— Aunque, para ser honesta, yo tampoco soy una gran cocinera.

Mi especialidad son los karaage condimentados que solo necesitan calentarse.

¡Pero me encanta comer!

Mis favoritos son el ramen de miso del puesto cerca de la estación, y el curry extra picante del comedor escolar los jueves.

Mientras se lavaba la cara en el fregadero, Shirou reflexionó en voz alta: — No sé cuál es mi comida favorita.

He estado tan… distraído, que no he pensado en eso.

Pero ayer, después de… bueno, de hacer ese jardín en el patio, me dieron ganas de probar algo dulce.

Algo que sepa a primavera.

Taiga parpadeó, recordando la transformación que había visto esa mañana al pasar por el patio.

Su expresión se suavizó.

— Oye, sobre eso… está increíble.

En serio.

¿Cómo lo hiciste?

Las flores parecían… más vivas de lo normal.

Incluso esas orquídeas que no deberían estar floreciendo.

Shirou se encogió de hombros, secándose las manos.

— No lo sé.

Solo… empecé a mover piedras y tierra, y las ideas fueron llegando.

Me gustó cómo se sentía.

Es diferente a cocinar— Añadió con una mueca.— La tierra no se quema si te equivocas.

Solo se derrumba.

Y las flores… me gustan los nomeolvides.

Esos azules pequeños.

Parecen estrellas en el suelo.

— ¡Oh, qué lindo!— Exclamó Taiga, y luego su mente, como era habitual, saltó a otro tema.— ¡Hablando de cosas lindas!

¿Sabías que ayer estaba leyendo esta novela de romance donde el protagonista tiene que elegir entre su amiga de la infancia y la chica nueva del colegio?

Es tan dramático, ¡Pasan cien páginas dudando!

Yo creo que debería elegir a la amiga de la infancia, porque esa conexión del pasado es irreemplazable, ¿No te parece?

Shirou, mientras se ponía la chaqueta del uniforme escolar— una gestión que Kiritsugu había completado discretamente durante la semana anterior, presentando documentos de transferencia y aprovechando la confusión post-incendio para integrarlo en el sistema educativo—, inclino la cabeza con curiosidad, la sonrisa aún es su rostro, como esculpida en piedra.

— ¿Por qué tiene que elegir solo una?— Preguntó con genuina curiosidad.— Si las dos le gustan y está enamorado de ambas… ¿Por qué no quedarse con las dos?

Suena más eficiente.

Y más feliz para todos.

Taiga casi se atraganta con su propio aire.

— ¡Shirou-chan!

¡No se puede decir eso!

¡Es… es indecente!

¡Y poco realista!

En esta época, eso está mal visto, ¿sabes?

¡La monogamia es lo socialmente aceptado!

— ¿Por qué?— Insistió Shirou, abriendo la puerta principal para que salieran.— Suena a que el problema no son sus sentimientos, sino las reglas que alguien más inventó.

Si las tres personas están de acuerdo… ¿No es solo una forma diferente de ser feliz?

— ¡Ay, eres un niño terrible!— Rio Taiga, dándole un suave codazo.— ¡Tan pragmático!

¡Y un poco codicioso!

Pero… bueno, en las novelas históricas a veces pasaba eso, ¿Sabes?

Con los señores feudales y sus concubinas… Aunque siempre terminaba en dramas sangrientos de celos y traiciones.

Quizás por eso la gente ahora prefiere una sola persona.

Menos complicaciones.

— Supongo— Concedió Shirou, aunque no parecía totalmente convencido.

Caminaron en silencio unos momentos, disfrutando del aire fresco de la mañana.

Los cerezos en las calles laterales estaban pelados, su época de floración ya pasada hace algún tiempo.

— A propósito— Dijo Shirou de pronto—, ¿Cómo es que terminé inscrito en la escuela tan rápido?

No recuerdo hacer trámites.

— ¡Oh, eso!

Kiritsugu-san lo arregló todo la semana pasada— Explicó Taiga, balanceando su bolso.— Dijo que era importante que tuvieras una rutina, que te ayudaría a “estabilizarte”.

Y como soy la capitana del club de kendo y una estudiante modelo,— Dijo esto último con un guiño exagerado— me asignaron como tu guía.

¡Así que no me deshonres, kouhai!

Shirou asintió, comprendiendo la mano firme— y un tanto manipuladora— de Kiritsugu detrás de todo.

No le molestaba.

En cierto modo, era un alivio.

No tener que decidir todo desde cero.

— Sobre la escuela…— Comenzó, buscando las palabras.— La idea de estar encerrado en un salón escuchando a alguien hablar de… No sé, la tabla periódica o las guerras del pasado… Me parece insoportable.

Como si el mundo fuera más grande fuera de esas ventanas, y yo estuviera perdiéndomelo.

Taiga lo escuchó, esta vez sin interrumpir.

— Pero…— Continuó Shirou— La idea de conocer gente, de tener… amigos.

Eso sí me atrae.

Es raro.

Siento como si nunca hubiera tenido uno de verdad.

Y quisiera saber cómo se siente.

El corazón de Taiga se ablandó.

Le dio una palmada en la espalda, fuerte pero cariñosa.

— ¡Pues tienes a esta onee-chan!

¡Y créeme, en la escuela hay de todo!

Gente aburrida, gente divertida, gente que solo piensa en estudiar… y gente como las chicas de mi club, que son un terremoto con piernas.

Te advierto: se vuelven locas con cosas lindas.

Y tú, con esa cara de ángel y ese pelo blanco que parece de personaje de fantasía… estás marcado para ser acosado.

Shirou parpadeó, procesando la información.

“Cosa linda”.

No estaba seguro de cómo sentirse al respecto.

— Hablando de tu club… ese kendo que haces.

Ayer, cuando hablabas de tu abuelo… dijiste algo que me quedó dando vueltas.

Que lo que él te enseñó no era el deporte.

El cambio en Taiga fue instantáneo.

Su andar se volvió más medido, y su expresión despreocupada se suavizó, adoptando un matiz de respeto y nostalgia profunda.

— Mi abuelo… Fujimura Raiga— Dijo, y su voz perdió por un momento toda su estridencia.— Para él, el kendō moderno era un juego de niños.

Una simulación domesticada.

Lo que él custodiaba, y lo que me transmitió a mí, es kenjutsu.

El arte de la espada real.

No para ganar puntos, sino para decidir la vida o la muerte en un instante.

Nuestro estilo familiar… no tiene nombres vistosos ni posturas teatrales.

Es eficiente.

Directo al centro.

Un corte que no anuncia su llegada.

El kendō del colegio es solo… un juego que juego para no oxidarme, y porque el director cree que da buen nombre a la escuela.

Shirou escuchaba, completamente absorto.

En sus visiones caóticas, las espadas eran un elemento recurrente: destellos de acero, pesos terribles en sus manos, el sonido del metal rasgando el aire.

Escuchar a Taiga, esta chica que era un torbellino de energía alegre, hablar con tanta naturalidad sobre un conocimiento tan mortal… era fascinante.

Era como descubrir que debajo del pavimento de la ciudad tranquila había filones de acero afilado.

— ¿Me enseñarías?— La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera calibrarla.— No el juego.

Lo otro.

Lo real.

Taiga se detuvo y lo miró fijamente.

No era la mirada de la “onee-chan” bulliciosa, sino la de la heredera del estilo Fujimura.

— ¿En serio?

No es un hobby, Shirou.

Es… un compromiso con una forma de pensar.

Con la responsabilidad de saber cómo terminar una vida.

No es como la jardinería o la musica— Dijo, pero sin menosprecio, solo siendo franca.

— Justamente por eso— Respondió Shirou, y en sus ojos ámbar había un destello de esa determinación que Kiritsugu había visto la noche anterior.— Creo que necesito aprender.

No para buscar peleas, sino… para tener opciones.

Para poder proteger cosas sin tener que romperme en el intento.

Y si voy a aprender, quiero hacerlo bien.

De la fuente más auténtica que conozco.

Taiga guardó silencio durante varios pasos, observando el rostro serio del niño a su lado.

Vio curiosidad, sí, pero también una madurez precoz y una falta total de romanticismo sobre la violencia.

No quería ser un héroe de cuento; quería una herramienta efectiva.

— Está bien— Asintió finalmente, y su sonrisa regresó, pero esta vez era una sonrisa de complicidad y promesa.— Pero las reglas son mías.

Yo mando.

Tú obedeces, sin rechistar.

Empezamos hoy, después de que termines de limpiar el dojo.

Y si te quejas del dolor muscular mañana, te hago limpiarlo otra vez.

Y sí,— Añadió, con un brillo travieso— esto también cuenta como castigo extendido por los tamagoyaki que mataste.

— Trato— Dijo Shirou, su sonrisa volviéndose atrevida… o temeraria.

* * * El dojo de la escuela Homurahara era un espacio amplio y alto, con el olor característico a madera de pino pulida, sudor seco y esfuerzo.

El sol de la tarde se colaba por las altas ventanas, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire.

Taiga empujó las puertas corredizas con energía teatral.

— ¡Llegamos!

¡Y traigo refuerzos de limpieza y posible víctima!

Dentro, una docena de chicas con hakama azul marino y protecciones estaban realizando estiramientos o practicando golpes básicos contra postes de madera.

Todas giraron la cabeza al unísono hacia la entrada.

El efecto fue instantáneo y abrumador.

Un coro de grititos ahogados, “¡Kawaii!” y “¡Mira ese pelo!” surgió como una explosión.

Shirou apenas tuvo tiempo de dar un paso atrás antes de ser rodeado por un maremoto de hakama y sonrisas entusiastas.

— ¡Taiga-senpai, ¿es tu hermanito?!

¡Es adorable!

— ¡Dios mío, su cabello es blanco como un fantasmita!

¡Quiero tocarlo!

— ¡Sus mejillas!

¡Se ven tan suaves!

¿Puedo pellizcarlas?

Shirou se encontró en medio de un mar de tela azul.

Una chica le pellizcó la mejilla con ternura destructiva, otra le revolvió el pelo con furia amorosa, una tercera lo abrazó por la cintura en un gesto que pretendía ser amistoso pero que comprometía seriamente su capacidad respiratoria.

— ¡Eh, eh, despejen el área!

¡Dejen respirar al recluta!— Gritó Taiga, abriéndose paso como un ariete social.— ¡Es mi kouhai personal y está aquí para redimir sus pecados culinarios con trabajo duro, no para ser su nuevo animal de peluche!

Logró rescatar a un Shirou ligeramente aturdido, con el pelo ahora en un estado de caos artístico y el uniforme arrugado.

— Lo siento, lo siento— Murmuró, arreglándole la chaqueta.— Te lo dije.

Eres un imán para el amor agresivo.

Shirou, recuperando el aliento y con las mejillas enrojecidas, solo pudo sonreír con cierta resignación divertida.

— No… no está tan mal.

Es como… ser atacado por almohadas con patas.

Aplastante, pero bien intencionado.

* * * Mientras Taiga dirigía a sus compañeras, ya recuperadas de su frenesí, hacia los ejercicios de calentamiento formal, Shirou se puso manos a la obra con la limpieza.

Pero sus ojos, más que en el polvo del suelo, estaban clavados en el centro de la sala.

Taiga, con un shinai en mano, había sufrido otra transformación.

Su postura era impecable: espalda recta, pies separados a la distancia exacta, rodillas ligeramente flexionadas.

Sus ojos, normalmente llenos de chispa y risa, ahora estaban enfocados, fríos y precisos como los de un depredador.

Cuando demostró un golpe básico descendente (men), el shinai no solo se movió: silbó.

Cortó el aire con una velocidad limpia y una intención tan palpable que parecía dibujar una línea de peligro entre el inicio y el final del movimiento.

No había florituras, ni grito exagerado, ni esfuerzo visible.

Solo economía de movimiento y la amenaza silenciosa de un filo invisible.

‘Eso no es un deporte’, Pensó Shirou, deteniendo la escoba.

‘Eso es… una promesa.

Una promesa de que, si es necesario, ese golpe no se detendría en el casco.’ Al terminar la demostración, Taiga se relajó instantáneamente, riéndose a carcajadas de un chiste que hizo una compañera.

Pero Shirou ya había visto la grieta.

La línea que separaba a la Taiga Fujimura, estudiante y amiga ruidosa, de la heredera del kenjutsu Fujimura, para quien el bambú podía ser, en cualquier momento, la sombra de una katana.

* * * Una hora después, con el dojo impoluto y las demás miembros del club despidiéndose con más pellizcos y promesas de “volver a jugar con el hermanito de Taiga-senpai”, Shirou se encontró solo con Taiga en el vasto espacio vacío.

— Bien— Dijo Taiga, arrojándole un shinai que Shirou atrapó torpemente.— Regla número uno: esto duele.

El shinai no es un juguete.

Un golpe bien dado magulla incluso a través del bōgu.

Hoy no usaremos protecciones.

Para que aprendas a respetar el arma desde el primer día.

Shirou asintió, ajustando su agarre incómodo alrededor del cilindro de bambú.

Pesaba más de lo que parecía.

Su rostro adoptó una expresión cómicamente seria — Primero, la postura básica.

Kamae.

Pies separados al ancho de los hombros, rodillas flexionadas, espalda recta.

El shinai es una extensión de tu centro, no de tus brazos.

Durante los siguientes veinte minutos, Shirou fue moldeado como arcilla.

Taiga era una instructora exigente y directa, corrigiendo cada error con precisión quirúrgica.

“El pie izquierdo un poco más atrás”, “no tenses los hombros”, “mira a donde quieres golpear, no al suelo”.

— Ahora,— Dijo Taiga, adoptando su propia postura a unos metros de distancia— intenta golpearme.

Un golpe básico, men.

Directo a la cabeza.

No pienses demasiado.

Solo hazlo.

Shirou respiró hondo.

Luego cargó.

Sus movimientos eran torpes, predecibles, la punta de su shinai trazando un arco amplio y lento.

Taiga no se movió hasta el último momento.

Luego, con un movimiento tan pequeño que apenas fue perceptible, desvió el golpe con la punta de su propio shinai y contraatacó.

THWACK!

El bambú golpeó a Shirou en el muslo con un sonido seco y doloroso.

Shirou soltó un gruñido, retrocediendo tambaleante.

El dolor era agudo, punzante.

— Eso es— Dijo Taiga, su voz neutral.— El precio de un movimiento mal hecho.

De nuevo.

Shirou se frotó el muslo.

En lugar de frustración o miedo, algo extraño comenzó a bullir dentro de él.

Una emoción cálida y expansiva.

Volvió a su postura.

Esta vez, cargó con más determinación.

De nuevo, su ataque fue desviado.

De nuevo, el shinai de Taiga encontró su objetivo, esta vez en el costado.

THWACK!

— ¡Ja!— La exhalación escapó de los labios de Shirou.

No era un grito de dolor, sino algo más… vibrante.

Sus ojos, que antes mostraban concentración, ahora brillaban.

Una sonrisa, pequeña al principio, comenzó a curvar sus labios.

Volvió a atacar.

Falló.

Recibió un golpe en el hombro.

THWACK!

— ¡Jajaja!— Esta vez fue una risa clara, que resonó en el dojo vacío.

No era una risa de burla ni de locura.

Era una risa de descubrimiento.

Cada golpe que recibía no lo aplastaba, sino que parecía quitarle peso de encima.

Como si con cada impacto, un fragmento de la niebla que siempre cargaba en su mente se dispersara, dejando solo la claridad del momento presente: el dolor agudo, el sonido de la madera, el ardor en sus músculos, y la figura imperturbable de Taiga frente a él.

— ¡De nuevo!— Gritó, y su voz sonaba más alta, más viva de lo que Taiga había escuchado jamás.

Atacó.

Esta vez, su movimiento fue un poco menos torpe.

Taiga desvió, pero su contraataque, que debería haber golpeado el brazo de Shirou con certeza matemática, falló por un centímetro.

Shirou, en medio de su torpeza, había tropezado con su propio pie al retroceder, un movimiento descoordinado que por pura casualidad lo sacó de la línea de ataque.

— ¡Oh!— Exclamó Shirou, recuperando el equilibrio.

Su sonrisa se amplió.

No se había dado cuenta de lo improbable que había sido esa esquiva.

Solo sabía que había evitado un golpe.— ¡Casi!

Taiga parpadeó, pero no comentó nada.

‘Suerte de principiante’, pensó.

— De nuevo— Ordenó, y esta vez su ataque fue más rápido.

Shirou intentó bloquear.

Su shinai se movió en un ángulo extraño— no el bloqueo correcto que ella había enseñado— pero de alguna manera interceptó el golpe de Taiga no con el cuerpo del bambú, sino con la empuñadura, desviando la fuerza lo suficiente para que solo un golpe débil le rozara el hombro.

THWACK!

— ¡Sí!— Gritó Shirou, y su risa llenó el espacio otra vez.

No le importaba que el golpe hubiera llegado.

Le importaba que había hecho algo.

Había afectado el resultado.

Por minúsculo que fuera.

Taiga lo miró, realmente intrigada ahora.

La sonrisa en el rostro de Shirou no disminuía.

Aumentaba.

Sus ojos, de un ámbar pálido, brillaban con un fuego interno que ella no había visto antes.

No era la mirada de un fanático ni de un sanguinario.

Era la mirada de alguien que había encontrado, en el simple acto de intentar y fallar, una alegría pura y fundamental.

‘Ganaré’, Pensaba Shirou, aunque su cuerpo protestaba con dolor.

‘No importa cuántas veces caiga.

Me levantaré.

Porque quiero ganar.

No para vencer a Taiga, sino para vencer a la versión de mí que no podía hacer esto antes.

¡Jajaja!’ El pensamiento era claro, brillante, liberador.

No había espacio para las visiones aterradoras, para la confusión existencial.

Solo había este momento, este desafío, y la esperanza incandescente de que, si perseveraba, algo bueno sucedería.

La sesión continuó.

Shirou recibió más golpes de los que dio.

Pero con cada caída, se levantaba más rápido.

Con cada error, su risa sonaba más genuina.

Y en ocasiones, con una frecuencia que empezaba a parecer menos casual y más… perturbadoramente oportuna, sus errores lo salvaban.

Un tropiezo que era una esquiva.

Un bloqueo mal ejecutado que, por milímetros, era efectivo.

Un contraataque desesperado que, por pura suerte del novato, obligaba a Taiga a ajustar ligeramente su posición.

Al final, Shirou estaba empapado en sudor, jadeando, con moretones que florecerían en múltiples colores al día siguiente.

Se apoyaba en su shinai como si fuera la única cosa que lo mantenía en pie.

Pero su sonrisa… su sonrisa era enorme.

Radiante.

Como si acabara de vivir el mejor día de su vida.

Taiga bajó su arma, observándolo.

Estaba impresionada.

No por su habilidad— que era, objetivamente, pésima—, sino por su espíritu.

Por esa resiliencia alegre, esa capacidad de encontrar júbilo en la derrota misma.

Y por esos pequeños destellos de… ¿Qué era?

¿Suerte imposible?

¿Instinto?

— Bien— Dijo, y su propio tono era más cálido.— Por hoy, basta.

Mañana dolerá más.

Shirou asintió, incapaz de hablar, pero su sonrisa lo decía todo.

Sus ojos brillaban con un único mensaje: ‘Valió la pena.

Todo valió la pena.’ Mientras salían del dojo, el sol de la tarde bañaba la ciudad en tonos dorados.

Shirou cojeaba, pero su paso tenía un nuevo ritmo, una ligereza que no provenía de su cuerpo dolorido, sino de algo más profundo.

— Oye, Taiga-nee— dijo, rompiendo el silencio.— Gracias.

Ella lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo una broma o una exageración a mano.

Solo asintió, una sonrisa genuina y tranquila en sus labios.

— De nada, Shirou-chan.

Solo recuerda… los tamagoyaki aún están pendientes.

Shirou rió, un sonido claro y libre que pareció llevarse consigo los últimos vestigios de la niebla de su mente.

Por hoy, el camino que había elegido no era una idea abstracta.

Era el dolor en sus músculos, la madera en sus manos, y la sonrisa que, descubría, podía permanecer incluso cuando todo lo demás dolía.

Y en lo profundo, sin que él lo supiera, algo en el mundo se había inclinado ligeramente a su favor.

No un milagro visible, sino el susurro de la probabilidad diciendo “sí” cuando debería haber dicho “no”.

El primer y más sutil de los dones de un Origen que anhelaba hacer posible lo imposible.

* * * Glosario de términos del capitulo “Trémula”: Que tiembla o vibra ligeramente, puede referirse a algo que se mueve con temblor o a una voz que tiembla “Teppan”: Plancha o superficie de hierro usada para cocinar, especialmente en la cocina japonesa llamada “teppanyaki”, donde se cocinan alimentos sobre una plancha caliente.

“Tamagoyaki”: Tortilla japonesa dulce y enrollada, hecha con huevos batidos y cocinada en capas finas.

“Dojo”: Lugar o sala donde se practican artes marciales japonesas.

“Kouhai”: Persona que es aprendiz o está en un nivel inferior en una relación jerárquica, especialmente en escuelas o artes marciales, opuesto a “senpai” (mentor o superior).

“Karaage”: Técnica japonesa de freír alimentos, generalmente pollo, que se marina y luego se fríe para quedar crujiente.

“Ramen”: Plato japonés de fideos en caldo, muy popular y con muchas variantes.

(En serio, si tuvieron que llegar hasta aquí para saber que es el ramen… Naruto estaría muy decepcionado de ustedes) “Curry”: Plato de origen indio adaptado en Japón, con una salsa espesa y especiada, que se sirve con arroz.

“Kendo”: Arte marcial japonés que utiliza espadas de bambú (shinai) y armadura (bōgu).

“Kenjutsu”: Técnica o arte tradicional japonesa de esgrima con espada.

“Hakama”: Pantalones anchos tradicionales japoneses que se usan en artes marciales como kendo, aikido, y también en ceremonias.

“Katana”: Espada japonesa tradicional, curva y de un solo filo, usada por los samuráis.

“Shinai”: Espada de bambú usada en la práctica de kendo.

“Bōgu”: Armadura usada en kendo para proteger al practicante durante el combate.

“Kamae”: Postura o guardia en artes marciales japonesas, especialmente en kendo y kenjutsu.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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