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Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 10

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10: En un lugar en la selva 10: En un lugar en la selva El aire espeso y pegajoso de la jungla de Cholula se aferraba a los soldados de Cortés como un sudario.

Las armaduras, una vez brillantes, estaban cubiertas de óxido y sudor, el plumaje de sus cascos, antes orgulloso, ahora lacio y pegado.

Habían esperado la señal de los tlaxcaltecas durante días, una señal que nunca llegó.

La impaciencia se convertía en inquietud, la inquietud en duda de descontento que corría como la fiebre por las filas.

“¿Dónde están esos indios?” masculló un soldado, golpeando con la culata de su arcabuz una rama que se interponía en su camino.

“Dijeron que nos guiarían a la ciudad de oro, no que nos dejarían pudrirnos aquí”.

Cortés, con su mirada aguda y su barba rala cubierta de sudor, observaba el horizonte con frustración.

La jungla era un enemigo tan implacable como cualquier ejército.

Insectos zumbaban, serpientes se deslizaban entre la maleza y el calor sofocante agotaba incluso a los más robustos.

La promesa de Xicoténcatl de una alianza tlaxcalteca contra Moctezuma era la clave de su avance, pero el silencio se había vuelto ensordecedor.

Finalmente, el capitán Alvarado, con su habitual impetuosidad, se acercó a Cortés.

“Mi General, no podemos seguir esperando.

Algo ha sucedido.

Propongo que avancemos hacia Cholula.

Si los tlaxcaltecas no vienen a nosotros, iremos a ellos”.

Cortés dudó un momento.

El plan era esperar, dejar que los nativos hicieran el trabajo sucio primero.

Pero el tiempo se acababa y la moral de sus hombres se desmoronaba.

Asintió con un movimiento brusco.

“Que así sea.

Alvaredo, toma un grupo de reconocimiento y avanza.

El resto de nosotros los seguiremos al amanecer.

Pero estén alerta.

Esta tierra es traicionera”.

Los españoles marcharon con una tensa expectación.

El aire se hizo más denso con un olor acre, a humo y algo más, algo putrefacto.

Cuando finalmente emergieron de la densa jungla y llegaron a las afueras de Cholula, el espectáculo que encontraron los dejó helados.

La ciudad, normalmente vibrante y llena de vida, era un cementerio.

Cadáveres apilados en las calles, casas incendiadas, el silencio de la muerte reinaba sobre todo.

No había señal de los tlaxcaltecas, solo la evidencia de una masacre brutal.

Y en el centro de lo que parecía haber sido la plaza principal, un grupo de guerreros mexicas, ataviados con sus impresionantes penachos y armaduras de algodón, realizaban un ritual macabro.

Uno de ellos, un hombre alto y majestuoso con la piel de jaguar adornando su armadura, sostenía en alto una cabeza decapitada.

La sangre goteaba por sus dedos y, a pesar de la distancia, los españoles pudieron distinguir el rostro inconfundible del anciano Xicoténcatl, el emperador tlaxcalteca, con una expresión de eterno asombro grabada en sus facciones.

Los guerreros mexicas levantaron sus macuahuitls en un grito gutural, un aullido de victoria que resonó en el valle.

Los españoles se quedaron petrificados, sus armaduras rechinando suavemente.

No era solo la visión de la matanza, o la cabeza de Xicoténcatl, lo que los horrorizó.

Era la eficiencia brutal con la que se había ejecutado todo.

No había rastros de una larga batalla, solo una aniquilación total.

“¡Por el amor de Dios!” exclamó un sacerdote, haciendo una cruz con sus manos repetidamente.

“Estos paganos son demonios, no hombres”.

Cortés, aunque visiblemente afectado, recuperó la compostura rápidamente.

Esto era un revés, pero también una lección.

Los mexicas no eran solo un puñado de salvajes.

Eran un imperio organizado y brutalmente efectivo.

El rostro de Xicoténcatl, en las manos del guerrero jaguar, era un mensaje claro para cualquiera que osara desafiar a Tenochtitlan.

“Alvarado,” dijo Cortés, su voz tensa pero firme, “reúne a los hombres.

No podemos quedarnos aquí.

Hemos subestimado a Moctezuma.

Ahora sabemos a qué nos enfrentamos.” Con un nudo en el estómago, los españoles se retiraron de Cholula, dejando atrás el horror y la silenciosa advertencia.

La jungla, una vez un mero obstáculo, ahora parecía un refugio ante la nueva y aterradora verdad.

La guerra que esperaban no sería un paseo triunfal.

Sería una lucha a muerte contra un enemigo que no solo se defendía, sino que también atacaba con una ferocidad inesperada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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