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Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 EN UN LUGAR EN LA SELVA 2
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12: EN UN LUGAR EN LA SELVA 2 12: EN UN LUGAR EN LA SELVA 2 La humedad de la selva no era solo un clima; era una presencia opresiva, un sudario viscoso que se aferraba a cada fibra de la ropa y el alma de los españoles.

Después del horror de Cholula, la retirada había sido una carrera ciega hacia la profundidad verde, solo para encontrarse de nuevo atrapados.

Los quejidos de los hombres se habían silenciado, reemplazados por el sonido monótono del goteo sobre el follaje y el zumbido de los mosquitos.

El pequeño campamento era miserable: tres tiendas empapadas bajo una bóveda de hojas.

Con ellos, solo quedaban tres tlaxcaltecas, guerreros endurecidos que, a pesar de la matanza de su tlatoani, Xicoténcatl, habían jurado lealtad a Cortés.

Estaban tan agotados y perdidos como sus nuevos aliados.

Cortés se sentó sobre un tronco cubierto de musgo, el mapa de cuero desenrollado en sus rodillas, inútil ante la impenetrable muralla vegetal.

Sus ojos se desviaron de la tinta para posarse en Malinche.

Ella estaba de pie junto a un fuego moribundo, su huipil mojado pegado a su figura, su rostro moreno y enjuto reflejando la misma tensión y fatiga que él sentía, pero con una estoicidad de piedra.

Había una barrera invisible entre ellos, hecha de jerarquía, de diferencias culturales y, sobre todo, de la opinión de sus propios hombres.

“El barro se come las botas, General,” masculló el Capitán Alvarado, entrando en la tienda y sacudiendo el agua de su capa.

Miró a Malinche con un desdén apenas disimulado, como si la culpabilidad de la jungla recayera en ella y en los tres nativos que esperaban bajo la lluvia.

“Estos ‘guías’ no nos están guiando a ninguna parte, sino a una emboscada o a pudrirnos de malaria.

¿Por qué confiar en ellos ahora?” “Cálmate, Alvarado,” replicó Cortés, su voz un murmullo cortante.

“Ellos saben más de esta tierra que tú y yo juntos.

Sin ellos, ya estaríamos muertos o vagando en círculos.

Confío en su conocimiento.” Hizo una pausa, y su mirada se encontró con la de Malinche por un instante antes de volver a su Capitán.

“Uno de ellos, el más joven, ha salido hace horas a buscar un paso menos fangoso, un desvío de los caminos que podrían estar patrullados por los mexicas.

Esperaremos su regreso.” Alvarado resopló.

“Yo diría que aprovechó la oportunidad para desertar.

Al igual que el resto de su gente.” Se secó el rostro con el dorso de la mano y se dirigió a los otros capitanes que estaban apiñados en la tienda, discutiendo en voz baja.

La hostilidad hacia los nativos flotaba en el ambiente, una nube tóxica de racismo y miedo.

Para ellos, estos indios no eran aliados, sino herramientas prescindibles de un mundo que solo entendían como oro o barbarie.

Cuando Alvarado y los otros se retiraron, dejando a Cortés solo con la luz vacilante de la vela y la silueta silenciosa de Malinche, el aire cambió.

La tensión entre ellos se hizo más tangible, más espesa que la humedad de la selva.

Cortés se levantó y se acercó a ella.

No la tocó, pero la distancia se acortó peligrosamente.

Sus ojos, normalmente llenos de cálculo, ahora revelaban una debilidad que él se negaba a mostrar a nadie más.

“Están cansados,” dijo, su voz ronca.

“Y tienen miedo.” Malinche no se inmutó.

“No es el miedo lo que los hace hablar así, Señor.

Es el orgullo.

No soportan deberle la vida a un pueblo que consideran inferior.

Y no soportan que usted me escuche a mí.” Ella lo había confrontado con la verdad, una verdad que a él, el conquistador, le resultaba extrañamente atractiva.

La inteligencia y el fuego que había en su mirada lo cautivaban.

En un mundo de hombres ruidosos y de ambición palpable, Malinche era su ancla silenciosa y astuta.

“Yo solo escucho la verdad que me conviene, Malinche,” respondió Cortés, dando un paso más cerca.

El olor a tierra mojada, a sudor y a humo la envolvía.

“Y tú nunca me has mentido, ni siquiera con la cabeza de Xicoténcatl fresca en mi mente.” Ella bajó la mirada, con un ligero rubor.

“Usted sabe que lo que sucedió en Cholula…

fue un mensaje de Moctezuma.

Ellos son rápidos.

Son brutales.

Pero también son predecibles en su crueldad.

Debemos ser más inteligentes.” Cortés asintió.

Extendió una mano y le tocó el hombro brevemente, un roce fugaz pero cargado.

La textura mojada de su tela era fría, pero su piel, debajo, era cálida.

Retiró la mano de inmediato, consciente de la delgada línea que cruzaba, pero la imagen del rostro de Alvarado y sus prejuicios desaparecieron.

En la intimidad y el peligro de la selva, ella no era la traductora o la ‘india’ de sus hombres; era su consejera, su confidencia, y el objeto de una fascinación profunda.

“El joven tlaxcalteca no tardará.

Dame un poco de fe, Señora,” susurró Cortés.

“Yo le doy mi fe,” replicó Malinche, levantando de nuevo la mirada, un fuego tranquilo en sus ojos que reflejaba la vela.

“Pero usted me debe la suya, replico Malinche.” El silencio regresó, solo roto por el incesante tamborileo de la lluvia.

Esperaban, mojados y exhaustos, un informe que no solo les diera un camino, sino también la esperanza de que en esa selva traicionera, su improbable alianza podría sobrevivir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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