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Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 14

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14: PRIMER CONTACTO 14: PRIMER CONTACTO Al segundo día de que Tlilatl se marchó de Tenochtitlan los panteras ya había ubicado los campamentos y matado a los últimos tlaxcaltecas que estaban al orden de cortes.

Los españoles estaban acampados cerca de un río angosto, el agua turbia, llena de raíces como venas podridas.

Cortés apenas comía.

Alvarado se quejaba de que le dolía la espalda—o el orgullo, difícil saber—y los demás miraban la selva como si cada hoja fuera un ojo por los animales que se encontraban.

Entonces… él apareció.

Un chico.

Flaco.

Piel tostada por el sol, pelo corto, ojos grandes y tranquilos.

Vestía una túnica tlaxcalteca raída—la misma tela que usaban los tres aliados desaparecidos—, pero sin insignias.

Sin armas.

Solo una calabaza con agua y un haz de hierbas atado con fibra de maguey.

Caminó despacio.

Sin correr.

Sin esconderse.

Como si tuviera todo el derecho a estar ahí.

Alvarado levantó su espada al instante.

—¡Alto!

¡O te atravieso como a una rata!

El chico se detuvo.

No levantó las manos.

Solo inclinó la cabeza.

Y dijo, en náhuatl claro, pausado: —No soy enemigo.

Soy de Tlaxcala.

Me separé del grupo… me perdí.

Vi sus fogatas.

Vine a ayudar.

Malinche tradujo, casi sin inflexión.

Pero sus dedos se apretaron en el borde de su huipil.

Cortés la miró.

Luego al chico.

Lo estudió como a un pergamino sospechoso.

—¿Tu nombre?

—Cuauhtémoc —mintió el chico, con una voz que sonaba a debilidad y agitado.

(Ningún Cuauhtémoc se llamaría así en Tlaxcala.

Pero ellos no lo sabían.) —¿Por qué vienes solo?

—Los demás… murieron.

La selva no perdona a los ruidosos.

Cortés no se movió.

Pero asintió.

Un gesto mínimo.

—Dale agua —ordenó.

El chico se acercó.

Puso la calabaza en el suelo.

Retrocedió tres pasos.

Luego, con calma, señaló al norte.

—Hay un camino.

Más seco.

Menos mosquitos.

Lleva a un valle con fruta y agua limpia.

Si caminan rápido… en dos días estarán fuera de la zona de patrullas mexicas.

—¿Y por qué nos ayudas?

—preguntó Cortés, con duda y preocupación.

El chico lo miró.

No con miedo.

Con tristeza.

—Porque ustedes no son como los otros.

Ustedes no mataron a mi hermano en Cholula.

Él murió por órdenes de Xicoténcatl… no por las suyas.

Hizo una pausa.

—Yo solo quiero que mi pueblo sobreviva.

Aunque sea con nuevos amos.

Era una mentira perfecta: tenía dolor, tenía lógica, tenía historia.

Malinche tradujo—y por un segundo, su voz se quebró.

No porque fuera falsa… sino porque sí sonaba real.

Demasiado.

Esa noche, el chico no se quedó.

Se fue, como había venido: solo, sin pedir nada.

Pero antes de desaparecer entre los árboles, dejó algo junto al fuego: un manojo de hojas de epazote y yerba santa.

—Para las fiebres —dijo, y se fue.

Al día siguiente, cuando el grupo siguió la dirección que él señaló… el camino sí estaba más seco.

Sí había fruta.

Y sí, al tercer cruce, encontraron las ropas de los tlaxcaltecas—como si hubieran sido atacados por animales.

Fue entonces cuando Malinche, al agacharse a recoger una lanza rota, vio el signo grabado en el asta: una pantera agachada, hecha con carbón.

No fue un animal.

Esto puede ser una trampa pensó.

Esa noche, mientras todos dormían, tres figuras salieron de la nada.

Rápidas.

Silenciosas.

Uno se acercó a Malinche.

No con una daga.

Con una semilla negra— tlapatl, la que nubla la mente si se inhala, pero también cura el pánico si se mastica con sal.

Le habló al oído, en náhuatl bajo, como un hermano mayor que no quiere asustar a su hermana: —Habla y mueres.

Pero no por nosotros.

Por ellos.

Cuando se den cuenta de que los traicionaste… te desollarán viva.

Nosotros… te daremos una salida.

Sobrevive.

Sirve.

Y al final… podrás elegir.

Malinche tragó el tlapatl con saliva.

Asintió y siguió durmiendo.

Y al amanecer, cuando Cortés le preguntó si confiaba en el chico del río… ella dijo, sin dudar: —Sí, mi señor.

Es uno de los pocos que todavía entiende lo que es la lealtad.

Cortés asintió.

Y por primera vez en semanas… sonrió.

No sabía que acababa de cruzar la primera puerta.

Y que detrás de ella… todo estaba ya en su lugar.

(Y en lo alto del árbol más viejo del río, Tlilatl observaba.

No como cazador.

Como jardinero.

Porque las raíces del engaño… también necesitan tiempo para crecer.)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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