Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 15
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15: LLegada 15: LLegada No era mentira que Tenochtitlan estaba cerca, pero por la pesada carga, la pólvora todas las armaduras de acero se entorpeció el camino no eran dos podía ser hasta 5 días era lo que calculaba cortes, pero no se desanidaba ya que comió fruta bebió agua limpia y sentía con más ánimos.
Día 1 — La pólvora.
Amaneció con un cielo bajo, gris, el aire tan húmedo que hasta el cuero rechinaba.
Alvarado fue el primero en darse cuenta: al abrir el barril de pólvora… no era polvo.
Era una masa negra, pastosa, con olor a ceniza mojada y hongos.
Había algo más: un toque dulzón, raro.
Como raíz machacada.
—¡Está podrida!
—gritó, golpeando el barril.
Cortés lo revisó.
Ni siquiera se enfadó.
Solo cerró los ojos.
Sabía.
Algo o alguien había metido mano.
Y no con fuerza.
Con paciencia.
Esa noche, el primer “accidente”: un arcabuz se disparó solo mientras lo limpiaban.
Nadie murió.
Pero el ruido—ese ¡pum!
seco, desesperado—los hizo saltar como conejos.
Nadie durmió.
Día 2 — Los caballos.
Al amanecer, faltaban tres caballos.
Luego cinco.
Al mediodía, solo quedaban dos, temblando, con espuma en la boca y los ojos inyectados.
Uno cayó de rodillas y no se levantó.
Alvarado lo remató con un golpe seco.
—Veneno —dijo un soldado viejo, agachándose junto al animal.
En la hierba, medio enterrada, había una piedra plana con residuos de una pasta verde— tzitzilinacatl, la que usan los nahuas pa’ calmar… o pa’ dormir para siempre.
Malinche no dijo nada.
Pero esa noche, mientras preparaba el atole, dejó caer unas gotas de xiuhxoxouhqui—agua de cempasúchil—en la olla de los oficiales.
No pa’ matar.
Pa’ que soñaran con voces.
Con aullidos.
Con silbatos.
Día 3 — El acero se va.
Fue el peor.
Primero desapareció un arcabuz.
Luego otro.
Nadie lo vio llevarse.
Solo… no estaba.
Después, las espadas.
Alvarado gritó como poseído cuando buscó la suya—una hoja toledana, regalo de su padre—y encontró solo la vaina, vacía, apoyada contra su petate.
Al rato, un soldado halló la espada clavada en el tronco de un ceiba, a cien pasos del campamento.
Perfectamente limpia.
Como si alguien la hubiera usado… y devuelto.
—¡Nos están jugando!
—rugió, golpeándose el pecho con el puño.
Pero ya nadie lo siguió.
Estaban rotos.
No por las heridas.
Por el no saber.
Por el silencio que los acechaba.
Por los ojos que sentían en la nuca, aunque al girar… no había nadie.
Y entonces—al atardecer del tercer día—el bosque se abrió.
No con fanfarria.
Con silencio.
Subieron un cerro bajo, cubierto de zacate fino, y allí… Tenochtitlan.
No como la habían imaginado: una ciudad de oro y templos sangrientos.
No.
Era limpia.
Calzadas pulidas, sin una hoja fuera de lugar.
Flores en los bordes—cempasúchil, alhucema, clavel silvestre.
Y en la entrada principal, bajo un toldo de algodón teñido de blanco y verde, estaban ellos: —Mujeres con túnicas blancas y cinturones rojos—enfermeras—dando de beber a viajeros de otros pueblos.
—Chamánes con copas de copal, humeando suaves espirales.
—Guardias… pero sin armas a la vista.
Solo bastones de madera tallada, con serpientes enroscadas.
Uno revisaba a un anciano tlapaneco—le tocaba el pulso, le miraba los ojos, le ofrecía un té de tilia.
Otra limpiaba una herida en la pierna de un niño con una pasta de tzauhtli y miel.
Nadie gritaba.
Nadie corría.
El aire olía a eucalipto, a tierra mojada después de la lluvia, a paz.
Cortés se quedó parado.
Su armadura, oxidada.
Su pelo, grasiento.
Sus ojos, hundidos, llenos de sombras y dudas.
—¿Es… real?
—susurró.
Malinche, a su lado, no miraba la ciudad.
Miraba a una de las enfermeras—la que sostenía una vasija con agua de chía y limón.
La mujer le dio un leve movimiento con la barbilla.
Casi invisible.
Sí.
Es real.
Pero no es para ustedes.
—Es Tenochtitlan —dijo Malinche, con voz serena, como si leyera una inscripción sagrada—.
Dicen que aquí… la guerra se deja en la orilla.
Como las armas.
Como el miedo.
Cortés no respondió.
Solo aferró la empuñadura de su espada—la que sí le quedaba—y dio un paso adelante.
Detrás de él, sus hombres avanzaron como sonámbulos.
Agotados, Desarmados.
Y, sin saberlo… Ya prisioneros.
(Y desde lo alto del cerro, entre las ramas de un ahuehuete, Tlilatl vio que llegaban los españoles bajo de dicho árbol y se postro ante el rey.) —Listo, Mi Tlatoani —murmuró, aunque nadie lo escuchó—.
La roca ya está dentro del mar.
Justo entonces— ding.
Un sonido claro, como una gota cayendo en jade hueco.
Ni fuerte.
Ni triunfal.
Sólido.
En su cabeza sonó y apareció en su meno de estado.
[SISTEMA EL ÚLTIMO EMPERADOR — ACTUALIZACIÓN] [MISIÓN: “LA SOMBRA QUE CAMINA” — COMPLETADA] [+800 lingotes de oro puro — depositados en el almacén secreto de Xochimilco] [+1 Corazón de Jaguar Negro — entregado.
(Objeto único: permite camuflaje perfecto en sombra total por hasta 17 respiraciones.)] [+Acceso concedido: Códice de los Secretos.
Habilidad desbloqueada: “Ojo del Trono” — detecta mentira, miedo o duda en el movimiento mínimo de una ceja, un pulso, un parpadeo.
Vigencia: permanente.] [Rango confirmado: Mano Derecha del Trono — vinculación vital con el Tlatoani.
Romperla = muerte.
Aceptarla = eternidad en la sombra del imperio.] Tlilatl cerró los ojos.
No sonrió.
Pero algo en su postura cambió.
Ya no era solo el general de hierro.
Era la voluntad de Balam, hecha carne y sigilo.
Respiró hondo.
El aire ya no olía a podredumbre ni a miedo.
Oloraba a eucalipto.
A flor de iztac.
A próxima fase.
—Ahora —susurró— empieza lo difícil.
Y bajó del templo.
No corriendo.
No escondiéndose.
Caminando.
Como quien regresa a casa… con una ciudad entera en sus manos.
(Y en el Palacio, Balam, sin moverse del mapa, acarició el mensaje de Xochitl.
Una sola palabra salió de sus labios—tan baja que ni el viento la oyó:) —Gracias.
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