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Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 16

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16: Entrada a Tenochtitlan 16: Entrada a Tenochtitlan El amanecer llegó con niebla baja.

Como si la ciudad respirara.

Los españoles habían dormido—por primera vez en días—en una explanada justo fuera de la calzada principal.

Les dieron esteras, agua fresca, hasta un guiso de quelites y calabaza.

Nadie los vigiló.

Nadie los encerró.

Y eso… eso era lo que más les daba miedo.

Cuando salió el sol, un solo hombre se acercó.

No era guerrero.

No llevaba armadura.

Solo una túnica negra, sin bordes, sin insignias.

El pelo corto.

Los ojos claros, como agua de manantial.

Uno de los Panteras.

El mismo que días atrás les había dejado las hierbas junto al fuego.

Se detuvo a diez pasos.

Ni más.

Ni menos.

—Solo tres —dijo, en náhuatl lento, como si cada palabra pesara.

Malinche lo tradujo al instante: —Solo tres pueden entrar.

El jefe.

El traductor.

Y… uno más.

Un soldado.

Cualquiera.

—¿Por qué?

—preguntó Cortés, con la voz ronca de tanto callar.

El joven no respondió.

Solo señaló.

Allí, en la entrada monumental de la calzada, había un puesto de control.

No de guardias.

De sanidad.

Tres chamánes, completamente cubiertos: pies, manos, rostro—todo envuelto en telas blancas gruesas, con solo dos agujeros para los ojos.

Sostenían largas varas de palo de cedro, con copas de cobre en la punta, llenas de humo azul: copal mezclado con ajo machacado y hoja de neem.

El olor picaba en la nariz, limpio, ácido—como si el aire mismo se estuviera lavando.

Detrás, seis enfermeras.

Túnicas blancas hasta los tobillos, pañoletas atadas sobre la boca y nariz—algodón doble, hervido con epazote y sal.

En las manos, varitas largas de algodón virgen, atadas en punta como plumas gigantes.

—Van a revisarlos —dijo el joven—.

Si tienen punzones rojos… no entran.

Si tosen más de tres veces seguidas… no entran.

Si tienen fiebre, erupciones, ojos amarillos… no entran.

—Hizo una pausa.

—Ustedes… trajeron la gran peste a Cholula.

Aquí, no.

Aquí, la vida se protege antes que el honor.

Cortés palideció.

Miró a Malinche.

Ella bajó la vista.

Sabía.

—¿Y si nos negamos?

El joven solo extendió la mano.

en toda la entrada salieron guerreros águila apuntando con flechas y guerreros del otro lado de la calzada con sus armas esperando una guerrilla.

—Entonces… se quedan afuera.

Y la ciudad… y usted desaparecen.

Como si nunca hubieran llegado.

Silencio.

Cortés respiró.

Asintió.

—Yo iré.

Malinche.

Y… Alvarado.

Pero antes de que diera un paso— Una figura salió del arco de flores.

Balam.

No con corona.

No con manto de plumas.

Solo una túnica verde oscuro, sencilla, con un bordado pequeño en el pecho: una pantera agachada, hecha con hilo de oro y jade molido.

A su lado… Citlalli.

Recién despierta.

El pelo suelto, los ojos aún hinchados de tanto dormir, pero ya con esa mirada… firme.

Como si hubiera soñado con su padre… y lo hubiera perdonado.

Cortés camino e intento hablar.

Quiso decir su nombre.

Su título.

Su derecho.

Pero antes de que saliera una sola palabra— El Pantera que estaba detrás de Malinche actuó.

Rápido.

Fugas., Sin gritar.

Le agarró el brazo, la giró suavemente—pero con fuerza—y la hizo caer de rodillas.

No la golpeó.

Solo la inmovilizó, con una rodilla en su espalda y una mano en la nuca.

—¡Ella no entra —dijo, en náhuatl claro—!

Ella sabe.

Y los que saben… traicionan dos veces.

Alvarado rugió.

Sacó su espada—la que le quedaba—y avanzó.

No llegó a dar el primer paso.

Otro movimiento.

Una sombra desde arriba.

Un segundo Pantera bajó de una columna oculta, como si hubiera estado colgado del techo con lianas.

Un golpe seco—en el cuello, preciso, como el picotazo de un colibrí venenoso—y Alvarado cayó de bruces, sin perder el conocimiento, pero sin poder mover un músculo.

Solo sus ojos, desorbitados, parpadeaban.

Cortés se quedó petrificado.

No corrió.

No gritó.

Solo se quedó ahí… de pie.

La boca entreabierta.

Las manos temblando—no de rabia.

De miedo puro.

El miedo de quien por primera vez… Siente que no tiene control.

Balam no dijo nada.

Solo lo miró.

No con odio.

No con triunfo.

Con piedad.

Nadie habló.

Nadie se movió.

Solo el humo del copal subiendo, lento, como una oración… esperando la siguiente palabra.

Y entonces—levantó la mano derecha.

Una sola orden, Clara, Con Calma.

Dos enfermeras avanzaron.

—Llévenla —dijo Balam, señalando a Malinche—.

Al Baño de los Cuatro Vientos.

Desnúdenla.

Lávenla con agua de sal y neem.

Revisen cada centímetro: piel, boca, ojos, uñas.

Si hay una llaga, una erupción… a la Cámara de Purificación.

Treinta días.

Sin contacto.

Miró al soldado caído—Alvarado—y añadió: —A él también.

Pero primero, examen de tos, pulso y temperatura.

Si está limpio… vigilancia estrecha.

Si no… mismo destino.

Nadie se movió rápido.

Nadie habló alto.

Todo fue silencioso.

Metódico.

Científico.

Y en medio de todo eso— Cortés, solo, con las manos vacías, la armadura oxidada, el orgullo hecho trizas… sintió por primera vez algo más fuerte que la ambición: La duda.

(Y bajo su túnica, el Sistema emitió una única línea, dorada y fría:) [Fase 3 — “La Prueba del Huésped” iniciada.

Objetivo: Que el enemigo tema no a las armas… sino a la razón.]

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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