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Renaci como el ultimo Emperador Azteca - Capítulo 17

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17: Platica entre heroes 17: Platica entre heroes El silencio duró lo que dura un latido… y medio.

Cortés seguía parado.

Solo.

Sin espada.

Sin traductor.

Sin aliados.

Solo con su miedo… y la mirada de Balam, fija en él.

Entonces— Balam dio un paso adelante.

No con arrogancia.

Con calma.

Y habló.

—Hernán.

No Cortés.

No señor.

Hernán.

Y lo hizo… en español.

El sol ya no era frío.

Calentaba las piedras, pero no los huesos de Cortés.

Balam no llevaba corona.

Ni plumas.

Solo una túnica sencilla, el pelo corto, las manos con callos de quien ha pasado más horas en archivos que en batallas.

—¿Usted… cómo habla mi lengua así?

—preguntó Cortés.

No con soberbia.

Con cansancio.

Como quien ya no tiene fuerzas ni pa mentirse.

Balam lo miró.

No como a un conquistador.

Como a un hombre que ya ha muerto… y aún camina.

—Yo no soy de aquí.

Soy de después.

Me llamaba Dr.

Balam ikal Hau.

Historiador.

De la UNAM, ciudad de México si así se llamase la nueva España.

Trabajaba en el INAH.

Estudiaba los códices que no quemaron.

Los que escondieron antes del colapso.

Encontré el último escondite: una cueva bajo el Popocatépetl.

No había oro.

Había papel.

Rollos de amate, sellados con resina de copal y sal marina.

Medicina.

Astronomía.

Cómo detener una epidemia con epazote y miel de abeja melipona… Cortés frunció el ceño.

—¿Y por qué… no los publicó?

Balam se tocó la nuca.

Una cicatriz fina —casi invisible, pero presente.

—Porque confié en un colega.

Joaquín.

Comíamos juntos en el centro.

Tomábamos café en San Ángel.

Un día, lo llevé al volcán con otra historiadora éramos un grupo selecto.

—Su voz bajó— No fue rápido.

Fue lento.

Sentí las piedras.

El frío del lodo.

Lo último que vi fue su mochila… mi mochila… con los códices dentro.

Luego desperté ene este cuerpo entre medio de mi gente y con algo en mi cabeza Cortés no dijo nada.

Solo miró sus manos.

Agrietadas.

Manchadas de óxido y sudor viejo.

—y tu… volvíste a España con oro.

Con títulos.

Pero te llamaron mentiroso.

te encerraron.

te quitaron hasta la pensión.

Al final… moriste solo.

En una casa pequeña.

Con una pierna gangrenada y una hija que ya no tee escribía.

–dijo Balam—.

Y en tu segunda carta a Carlos V… usted escribió: “Hay mares de gente en estas tierras”.

Fue la única verdad que hablaste … y la que menos le creyeron.

Cortés parpadeó.

Rápido.

Como si algo le hubiera picado el ojo… o el alma.

—¿Por qué me cuenta esto… ahora?

—Porque mi misión no era matarlo.

Era hacerle ver.

Y hoy… la cumplí.

Justo entonces — ding.

Un sonido claro.

Como una gota en jade hueco.

[SISTEMA EL ÚLTIMO EMPERADOR — ACTUALIZACIÓN] [MISIÓN: “LA SOMBRA QUE CAMINA” — COMPLETADA] [+800 lingotes de oro puro — depositados en el almacén secreto de Xochimilco] [+1 Corazón de Jaguar Negro — entregado.

(Objeto único: permite camuflaje perfecto en sombra total por hasta 17 respiraciones.)] [+Acceso concedido: Códice del Dominio del Acero — fundición con carbón vegetal + ceniza del Xitle, temple con jugo de nopal, acero flexible para cuchillas y placas livianas.] [+Acceso concedido: Códice del Control de la Guerra — tácticas de desgaste simétrico, señales acústicas (silbatos de barro, tambores huecos), formaciones “Agua-Fuego”: 3 Panteras + 1 Jaguar.] [+1 Rango: Guardián del Conocimiento — enseñar no reduce el saber.

Lo multiplica.] Balam cerró los ojos.

No celebró.

Pero su espalda… se enderezó.

Como si, por primera vez desde que cayó en el volcán… volviera a sentir el suelo.

—Usted no fue un demonio —dijo—.

Fue un hombre.

Ambicioso.

Valiente.

Pero también… ciego.

Y eso… es lo más peligroso.

Cortés miró a su alrededor.

Las enfermeras revisando a un niño tlapaneco.

Los chamánes humeando copal mezclado con neem.

Nadie los apuntaba.

Nadie los insultaba.

Pero tampoco los necesitaban.

—¿Y ahora?

—preguntó, con la voz ronca—.

¿Qué pasa conmigo?

—Usted elige.

Puede ser el prisionero.

O el primer testigo… de un mundo que no cayó.

Silencio.

Una brisa movió las banderas blancas.

Una enfermera pasó cerca.

Le dio a Balam una vasija con agua de chía y limón.

Él la tomó.

Bebió.

Y en sus ojos… no había triunfo.

Había alivio.

Cortés miró el suelo.

Luego, al horizonte.

Donde la ciudad brillaba—no con oro.

Con vida.

Y por primera vez desde que pisó estas tierras… no supo qué decir.

(Y en lo alto del templo mayor, una bandera nueva ondeó: Un libro abierto.

Una espada envainada..

Y, en la esquina inferior, una firma pequeña, en tinta de carbón:) —Dr.

Balam Hau.

Historiador.

No héroe.

Solo… quien no se calló

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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